Por Xavier Batalla | 29/05/2010

Turquía tiene cerrada la puerta europea, aunque es una potencia regional emergente. Históricamente, la élite laica turca ha presionado a los comunitarios con la advertencia de que si no abrían la puerta quienes ganarían serían los islamistas. Pero los islamistas moderados de Recep Tayyip Erdogan ganaron las elecciones en el 2002 y siguen empujando, aunque también sin éxito, hacia Europa. Ahora bien, los islamistas no creen que el mundo se acabe en Europa: también miran hacia Oriente Medio, que hasta la Primera Guerra Mundial fue parte del imperio otomano; invierten en África, por donde también se extendieron los otomanos, y acaban de sellar una serie de acuerdos estratégicos con Rusia.
Mustafa Kemal Atatürk, fundador de la república laica, sólo miraba a Europa; Erdogan, que reivindica el pasado otomano, no. Abundan quienes atribuyen este cambio a una islamización de la política exterior turca. Incluso señalan al responsable: Ahmet Davutoglu, el actual ministro de Asuntos Exteriores. Pero Davutoglu no lo ve así. En una entrevista con este corresponsal el año pasado en Ankara, el ministro definió la política exterior turca de la siguiente manera: “Cero problemas”; es decir, un intento de resolver las diferencias con sus vecinos, desde Armenia hasta Irán, pasando por Siria e Iraq. Turquía tiene la llave del Tigris y el Éufrates, cuyas aguas riegan Siria e Iraq; ha mediado entre Siria e Israel; habla con Hamas, y ha negociado, junto con Brasil, una propuesta para solucionar el contencioso sobre el controvertido programa nuclear iraní.
Por qué Turquía se ha metido en este lío, lo que no ha sido aplaudido en Estados Unidos, su aliado tradicional? Roger Cohen ha escrito en The New York Times que la mediación de Turquía y Brasil ante Irán “es un presagio del mundo postoccidental que empieza a surgir”. ¿Una exageración? Posiblemente no, aunque los turcos tienen ahora un motivo más inmediato. Turquía es miembro no permanente del Consejo de Seguridad, que el próximo junio tal vez deberá pronunciarse sobre la cuarta tanda de sanciones contra Teherán que pide Washington. Y los turcos, aunque tienen ambiciones diplomáticas mayores, buscan una solución rápida para no tener que tomar partido entre unos y otros cuando se vote.
África es otra historia. Hace tres semanas, en Rabat, Mohamed Cherkaoui, director de investigación del Centre National de la Recherche Scientifique de Francia, se quejó ante este corresponsal por la negativa europea a abrir la puerta a Turquía. “Es un error. ¿Sabe cuál es la segunda potencia extranjera en África después de China? Turquía”, dijo. Las relaciones de Turquía con África han conocido tres periodos. El primero cubrió la era otomana hasta el establecimiento de la república laica, en 1923; en este periodo las relaciones fueron intensas, entre otras cosas porque diversos países fueron parte, total o parcialmente, del imperio, entre ellos Egipto, Libia, Argelia, Túnez, Sudán, Somalia e incluso Níger y Chad. Después, entre 1923 y 1998, cuando Ankara sólo miraba a Europa, las relaciones cayeron a su nivel más bajo. Y con los islamistas moderados en el poder, las relaciones con África han vuelto a intensificarse. En los dos últimos años, Abdullah Gül se ha convertido en el primer jefe de Estado turco en visitar Camerún, Kenia y Tanzania. En África, los turcos construyen aeropuertos, presas y viviendas. Turkish Airlines ofrece vuelos regulares a Adís Abeba, Dakar, Johannesburgo, Lagos y Nairobi. Y las exportaciones turcas han pasado de 1.500 millones de dólares en el 2001 a 10.000 millones en el 2009.
El cambio con respecto a Rusia no ha sido menos significativo. Turquía y Rusia han firmado este mayo una serie de acuerdos con los que se pretende reforzar la cooperación entre los antiguos rivales de la guerra fría. Y el presidente ruso, Dimitri Medvedev, ha calificado de “asociación estratégica” las relaciones entre los dos países. Turquía, cuyas importaciones de energía proceden en un 70% de Rusia, cooperará en la construcción del oleoducto Samsun-Ceyhan para transportar petróleo ruso desde el mar Negro hasta el mar Mediterráneo. Este proyecto confirmará el estatus de Turquía como centro geoestratégico del transporte de energía.
Turquía, pues, emerge. Y su política de “cero problemas”, si prospera, puede ser un alivio no sólo para los turcos. En este contexto, el Grupo de Reflexión sobre el Futuro Europeo, presidido por Felipe González, ha pedido que la Unión Europea haga “honor a sus compromisos en relación con los candidatos, incluida Turquía, y siga negociando”. Pero la llave la tienen Francia y Alemania.
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