Omán es un caso singular en el mundo árabe. Es amigo de Estados Unidos, pero se entiende con Irán, cuyo programa nuclear provoca dolores de cabeza en Occidente. El sultanato de Omán, pragmático y con sus depósitos de petróleo casi en la reserva, desafió el año pasado a Egipto y Arabia Saudí al no boicotear una reunión en apoyo de Hamas, a quien ayuda Irán. “Nuestra política exterior se basa en el diálogo”, afirmó el pasado martes a este corresponsal Said bin Jalfan al Harthy, consejero del Ministerio de Información, en Mascate, la capital.
Omán también es un caso singular por otras razones. Descubrió el petróleo en 1964, pero no pertenece a la Organización de Países Exportadores de Petróleo. Ingresó en la Liga Árabe en 1971, pero fue el único país árabe que no rompió las relaciones con Egipto cuando Anuar el Sadat firmó la paz con Israel. Es cofundador del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), junto con Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Bahréin y Qatar, pero no comparte la idea de crear una moneda común. Y si los líderes árabes suníes andan preocupados por el uranio iraní, Omán acaba de firmar un acuerdo de seguridad con el régimen chií. “Los iraníes son inteligentes y no quieren otra guerra en la región”, afirmó el consejero ministerial.
El sultán Qabus sabe navegar por unas aguas donde las palabras han provocado más de una guerra. Pero ¿qué explica su fe en la diplomacia? La geografía y la demografía omaníes (tres millones, con casi un millón de inmigrantes) tienen mucho que ver. Irán ha crecido como potencia a resultas de la guerra de Iraq. Arabia Saudí, con las mayores reservas de petróleo, es el campeón suní. Y Estados Unidos es el guardián del Golfo. Esto es lo que dice la ecuación geopolítica, pero no lo explica todo.
El sultán Qabus, en el poder desde 1970, cuando un golpe muy británico derrocó a su padre, ha modernizado el país. Su padre fue descabalgado porque se negaba a extraer petróleo, cosa que no hizo gracia en Londres. Y al acceder al trono, el nuevo sultán, de educación inglesa, se comprometió a destinar los ingresos del petróleo (ahora, el 70% del total) para sacar el país de la oscuridad y traer la electricidad. “En 1970 aquí no había nada”, sentenció Dave Spearman, ejecutivo de Parsons Brincherhoff, compañía que desarrolla el proyecto Duqm, uno de los dos grandes puertos industriales, junto con el de Sohar, con los que la economía omaní, que ya atisba un futuro sin petróleo, se diversifica. Las reservas de crudo se calculan en unos 5.600 millones de barriles, lo que daría un respiro de veinte años.

daría un respiro de veinte años. La crisis internacional también afecta al sultanato, pero no como en el resto del CCG, creado como respuesta a la revolución iraní. “En Dubái, el 80% de los proyectos urbanísticos se han parado; aquí, no”, añade Spearman. Omán, al contrario que los emiratos vecinos, no ha apostado sólo por los grandes proyectos urbanísticos, sino por el desarrollo industrial y la logística, que se benefician de su gran valor geoestratégico.
El sultanato tiene una moderna red eléctrica y buenas infraestructuras, aunque en política está en la penumbra (el índice Bertelsmann sobre democracia le da 3,98 sobre 10). El sultán es el jefe de Estado, primer ministro y ministro de Finanzas, Defensa y Exteriores. Pero a diferencia de Qatar, que pretende ser un mediador regional, la ambición del sultán parece más modesta en un vecindario problemático. Con Yemen inseguro, Pakistán en convulsión y Arabia Saudí e Irán librando una guerra fría, Omán teme más por su estabilidad.
El sistema político omaní se completa con dos cámaras consultivas: la Alta (Consejo de Estado), nombrada a dedo, y la Baja, elegida en las urnas. Pero el único legislador es el sultán. “No hay ninguna contradicción, su majestad nos consulta; Occidente debe comprender nuestro gradualismo, entre tradición y modernidad”, afirmó Samira Musa, miembro de la Cámara Alta. El régimen es estable. No hay partidos políticos ni sociedad civil, tampoco parece haber terroristas en la costa, y en la península de Musandam se pasa contrabando a Irán, lo que alivia las sanciones. ¿Está entonces el sultán al abrigo de lo que Huntington llamó “el dilema del rey”, que se plantea cuando las reformas inspiradas desde arriba tienen consecuencias opuestas a las previstas? “Gracias a nuestro sistema de gobierno transparente, dirigido por su majestad, los islamistas nunca se impondrán aquí”, contestó Saad Mohd Said al Mardhof, vicepresidente de la Cámara Baja. La mujer omaní no sufre la misma discriminación que padece en su vecindario. Y el ibadismo, rama suní mayoritaria en Omán, no es antioccidental como el wahabismo saudí. Hace un año, Said al Hashmi, miembro del Consejo de Estado, declaró a The New York Times: “No permitimos que los (religiosos) saudíes trabajen en nuestra comunidad”. Pero los omaníes sí tienen algo en común con sus vecinos: el 50% son menores de veinte años.

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