Repasando algunos datos históricos que algunos desconocen y que otros desmienten o decididamente prefieren no conocer.
Hace ya más de 3.000 años que la ciudad de Jerusalem se convirtió en el centro del pueblo judío. Fue el Rey David quien convirtió a Jerusalem en la capital de su reino y desde entonces y hasta nuestros días la ciudad pasó a ser el centro de la vida judía del mundo entero.
Fue en Jerusalem en donde el rey Shlomó erigió el Primer Templo, en el Monte Moriah, de la ciudad, hace unos 2.960 años aproximadamente, lugar sagrado para el pueblo judío, pues en dicho lugar la tradición bíblica ubica el “sacrificio de Itzjak”, Templo que fue destruido por los babilonios hace unos 2.580 años.
Alrededor de 60 años después y en el mismo lugar, en el monte Moriah de Jerusalem, fue erigido el Segundo Templo, Templo que fue destruido por los romanos 2.000 años atrás.
Ahí dio comienzo la larga dispersión del pueblo judío, quien nunca dejó de anhelar, de soñar, de mantener la esperanza de regresar a “la Tierra de los Antepasados” y a su capital eterna, Jerusalem.
Los distintos testimonios históricos y arqueológicos demuestran que a lo largo de casi 20 siglos, nunca se interrumpió la vida judía en la Tierra de Israel en general y en la ciudad de Jerusalem en particular.
La ocupación árabe se produjo en el año 636, es decir alrededor de 2.600 después de la época de los Patriarcas, dando término a la ocupación bizantina.
Los árabes mantuvieron su ocupación hasta el año 1099 en que fueron desplazados por los cruzados.
Es decir que la relación entre los árabes y la Tierra de Israel se remonta a alrededor de 1.400 años atrás, a diferencia del pueblo judío cuyos lazos con la Tierra de sus Antepasados se remonta a más de 3.500 años.
Durante la ocupación árabe, en el siglo VII, fueron erigidas las mezquitas de Omar y de El Aktza, en el Monte del Templo en Jerusalem, en el mismo lugar en donde unos 1.500 años antes se encontraba el Primer Templo y alrededor de 1.100 años antes, era el lugar en donde se había erigido el Segundo Templo.
Entre los años 1.516 y 1.917 la región fue ocupada por los turcos.
Tanto durante la ocupación árabe, como durante la ocupación turca, la ciudad de Jerusalem no se constituyó en capital de ninguno de dichos territorios ocupados.
Entre los años 1.917 y 1.948 se prolongó la ocupación británica que en el año 1.921 se convirtió por decisión de la Liga de las Naciones, en el Mandato Británico sobre Palestina.
En su resolución del 29 de Noviembre de 1947, la Asamblea General de las Naciones Unidas había aprobado por mayoría, la Partición de Palestina, la creación de dos Estados, uno judío y otro árabe y la internacionalización de la ciudad de Jerusalem.
Los representantes de la Comunidad Judía anunciaron que aceptaban dicha resolución.
No era la solución ideal, pero era lo mínimo necesario como para poder establecer nuevamente un estado libre e independiente en la tierra histórica y por sobre todo, abrir las puertas del país a la enorme cantidad de sobrevivientes o desplazados de la Segunda Guerra Mundial, quienes no tenían a donde ir.
Los representantes árabes anunciaron que ellos no aceptaban dicha resolución. Ellos no aceptaban la partición, ellos querían “todo” y no sólo “una parte” y también proclamaron abiertamente que iban a luchar para hacer valer “sus derechos” por medio de la fuerza.
El resultado es conocido, la guerra que le fue impuesta al Estado de Israel desde el momento de su creación, terminó con la derrota de los ejércitos árabes que habían invadido Israel y el surgimiento del “problema de los refugiados”.
Hasta aquí, todo lo referido está basado en “hechos históricos”, que algunos desconocen o que otros tratan de tergiversar.
Mientras que quienes manipulan la historia desconocen o tratan de ocultar el derecho histórico del pueblo judío sobre la Tierra de Israel, la posición de las autoridades judías en su mayoría, era la de reconocer el derecho que le correspondía a la población árabe que habitaba Palestina o la Tierra de Israel.
Lo que resulta interesante destacar es que en todas estas referencias históricas, en ningún momento apareció el término “palestinos”, sino población árabe de Palestina.
Había tanto judíos palestinos como árabes palestinos, quienes vivían bajo el Mandato Británico.
El término palestinos recién comenzó a ser utilizado después del año 1967.
Ahora bien, los ingleses abandonaron Palestina el 15 de Mayo de 1.948.
Para que no haya un vacío de poder, horas antes, el 14 de Mayo por la tarde, David Ben Gurión declaró la Independencia del Estado de Israel, en base a la resolución de las Naciones Unidas, Independencia que el joven Estado tuvo que hacer valer defendiéndola ante el ataque de sus enemigos, Independencia que fue reconocida por gran parte de los países que constituían entonces las Naciones Unidas.
Los límites del joven Estado fueron fijados mediante los acuerdos de Cese del Fuego firmados en la Isla de Rodas en el año 1.949, entre Israel y los representantes de Egipto, Siria, Jordania y Líbano.
La ciudad de Jerusalem había quedado dividida por dichos acuerdos y la parte que quedó en manos de Israel fue proclamada como capital del Estado.
Después de 1.878 años, Jerusalem volvía a convertirse en la Ciudad Capital de una nación judía independiente.
El resto de la ciudad de Jerusalem, incluida toda la Ciudad Vieja con el Barrio Judío y el Kotel, el lugar más sagrado para el pueblo judío, así como los territorios de Yehudá y de Shomrón fueron ocupados militarmente por Jordania y también la Franja de Gaza, fue ocupada por Egipto.
Lejos de encaminar a la población árabe local hacia un posible futuro estado independiente, los mismos países árabes utilizaron a los refugiados como “carne de cañón” para mantener latente su estado anómalo, estado al que la misma dirigencia árabe había llevado y del cual siempre Israel era señalada como “la única culpable del mismo” y sin brindarles ninguna solución a sus propios hermanos, que los pudiese convertir en una población estable y mucho menos, independiente.
Como muchas veces fue planteada la cuestión, parecería que era mayor el interés a que no existiese un estado judío independiente, a cualquier otra solución que pudiese crear un estado árabe independiente en Palestina.
Muchos de los países que entablaron relaciones diplomáticas con Israel, no reconocieron a Jerusalem como su capital, basándose en la resolución del año 1.947, que determinaba que la ciudad iba a constituir un “corpum separatum”, que iba tener el carácter de “internacional”, bajo la custodia de las Naciones Unidas, resolución que de acuerdo a los hechos no había sido reconocida por los mismos árabes y que por lo tanto dejaba en libertad de acción a Israel con respecto al tema de Jerusalem.
Es el derecho de todo estado soberano establecer su capital en donde así lo determine.
Para Israel este tema no puede ser discutido.
Para otros, es un asunto acerca del cual la legislación internacional no tiene respuestas claras, pero sí distintas interpretaciones.
La posición de Israel constituye una de dichas variantes.
Lo que resulta inaceptable, es la conducta de aquellos quienes no sólo no reconocen a Jerusalem como la capital de Israel, sino que “determinan por propia voluntad” que Tel Aviv es la capital de Israel.
Es como si de la misma manera, hubiese quien determine que Barcelona es la capital de España o Rosario la capital de la Argentina.
En el año 1.967, las continuas amenazas árabes de destruir a Israel, obligaron a que Israel no tuviese otra alternativa que salir a defenderse.
El Rey Hussein de Jordania había sido advertido de que no se dejase llevar por las declaraciones de sus “hermanos árabes” y que si el ejército jordano se mantenía al margen del conflicto, Jordania no se vería afectada en sus intereses.
Pero el ejército jordano se unió a la lucha bombardeando la parte judía de Jerusalem.
El resultado fue la ocupación o la liberación, de toda la ciudad de Jerusalem y de los territorios de Yehudá y de Shomrón.
La determinación de si los territorios fueron ocupados o liberados, depende de quién es el que dé su opinión.
Lo cierto es que dichos territorios ya de por sí estaban ocupados previamente y no pertenecían a ninguna entidad soberana reconocida y mucho menos a la Palestina de los árabes que tampoco existía.
La misma situación se daba en la Jerusalem Oriental que había sido ocupada por Jordania y que no era la capital de ningún estado o ente independiente.
Israel hizo prevalecer “de hecho” sus derechos históricos, unificó las dos partes de la ciudad que durante 19 años habían estado divididas y fijó los nuevos límites de la ciudad, que se mantienen hasta el día de hoy.
Hace ya más de 42 años.
Durante esos 42 años Jerusalem siguió creciendo, se construyeron nuevos barrios, se desarrollaron nuevas industrias y nuestra capital se convirtió en la ciudad con mayor población de Israel, más de 700.000 habitantes.
En Jerusalem se encuentra la Kneset, el Parlamento de Israel y casi todas las oficinas gubernamentales.
Toda visita oficial que llega a Israel, es recibida por el Presidente de Israel en su residencia oficial que se encuentra por supuesto en la capital, Jerusalem.
Hoy en día, todas las religiones tienen libertad de culto en la ciudad, cosa que no se dio durante los 19 años de ocupación jordana.
Caminando por las estrechas callecitas de la Ciudad Vieja, es posible cruzarse con judíos ultra-religiosos quienes se dirigen a rezar al Kotel, musulmanes que regresan de los rezos diarios en la mezquita de Omar o de El Aktza, o de una procesión de peregrinos cristianos quienes por la Vía Dolorosa se dirigen a la Iglesia del Santo Sepulcro.
Cerca de 250.000 habitantes se establecieron en los nuevos barrios que se construyeron en nuestra ciudad.
Pero últimamente, cada obra que realiza Israel en su Capital es criticada por aquellos que le niegan a Israel todo derecho sobre su capital histórica.
Cada obra, cada excavación que se lleva a cabo en nuestra ciudad, descubre nuevos indicios del pasado que une a nuestro pueblo con nuestra ciudad y eso es lo que muchos no toleran y que tratan de impedir, casi siempre por medio de la violencia.
Ahora, se escuchan voces que hablan de que Israel debe regresar a los límites que existieron hasta el año 1.967, límites que no tenían el carácter de definitivos, sino que eran líneas de cese del fuego de una guerra que los árabes habían iniciado y que habían perdido.
Israel dejó en claro que no está dispuesta a regresar a esos límites que de hecho dejaron de tener vigencia legal.
Solamente por medio de la vía diplomática, por medio de conversaciones directas y no por medio de la violencia, se podrá intentar el lograr algún avance hacia un acuerdo sobre temas nada fáciles como el de las fronteras, el de los refugiados, pero por sobre todo, sobre el tema de la ciudad de Jerusalem.
Muchos de aquellos que hablan sobre Jerusalem, no conocen la verdadera realidad o desconocen la larga historia que une a nuestro pueblo con nuestra capital eterna.
Muchos de aquellos que visitan por primera vez nuestra ciudad capital se sorprenden al encontrar una realidad de una ciudad pujante, antigua y moderna al mismo tiempo, en donde conviven las tres religiones monoteístas, realidad muy diferente a la que ellos se habían imaginado, acostumbrados a leer mentiras tendenciosas e insidiosas.
Por eso es importante que todo aquel que quiera emitir una opinión, una crítica, una presión o una propuesta con respecto a Jerusalem, lo haga después de conocer lo que muchos niegan o lo que otros tergiversan.
La historia de más de 3.000 años de la ciudad de Jerusalem, la capital del pueblo judío y la Capital del moderno Estado de Israel desde hace 62 años, así lo demuestran.
Es todo por ahora.

Arquitecto Aharon Erlich

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