Por David Harris, director ejecutivo del American Jewish Committee (EL PAÍS):

¿Cuál es el mayor obstáculo para la paz palestino-israelí? Hay una gran confusión respecto a si de lo que se discute es de las fronteras de 1947 o de las de 1967.
Si fuera 1947, el año en que la ONU recomendó la partición en dos Estados de la Palestina gobernada por Gran Bretaña, se trata de la existencia misma de Israel. Si el mundo árabe hubiera avalado el plan de la ONU, no hubiese habido un conflicto. Dos Estados -uno judío, otro árabe- hubieran emergido lado a lado.
Pero si bien las autoridades judías lo aceptaron, no ocurrió lo mismo con los árabes. No reconocían el antiguo y resistente vínculo entre el pueblo judío y la región, veían a los judíos como modernos Cruzados.
Su oposición llevó a un ataque en 1948 a manos de seis ejércitos, buscando la destrucción de Israel. Fracasaron, pero no abandonaron el intento.
En 1967, con el fondo de los espeluznantes llamamientos de Egipto y Siria a la aniquilación de Israel, se desató la guerra. En menos de una semana, las fuerzas israelíes resultaron victoriosas y tomaron territorios de Egipto, Jordania, y Siria.
Israel creyó que había adquirido un nuevo elemento de negociación. Podía cambiar tierras, con modestos ajustes, por una paz segura, al igual que muchas otras naciones vencedoras en guerras de autodefensa buscaban cambios que dieran cuenta de realidades en el terreno. Si así fuese, la naturaleza del conflicto se referiría a las fronteras definitivas, y no a la legitimidad. Si no, la Guerra de 1947 continuaría.
Con Egipto y Jordania la pregunta obtuvo respuesta. En 1979, Israel y Egipto firmaron un tratado de paz. Dos dirigentes improbables lideraron el esfuerzo. Anwar Sadat, que anteriormente había encabezado las Fuerzas Armadas egipcias contra Israel, resultó ser una figura valerosa. Antepuso la construcción del futuro de Egipto a negarle a Israel el propio. Y Menahem Begin, reconocido icono de la derecha israelí -que alguna vez había prometido que se jubilaría en Yamit, un asentamiento israelí en el Sinaí- aprobó su devolución a Egipto en 1982 desoyendo las serias objeciones de sus residentes. Quince años después, Israel y Jordania hicieron la paz, gracias a Yitzhak Rabin, un soldado que devino pacificador, y el rey Hussein, un estadista visionario.
Pero con los palestinos la historia ha sido diferente. Cuatro dirigentes israelíes consecutivos -Barak, Sharon, Olmert, y Netanyahu- han instado a un acuerdo viable de dos Estados. Sin embargo, las autoridades palestinas han emitido señales decididamente confusas sobre si el tema central para ellos es 1947 -el derecho de Israel a su existencia- o 1967 -un acuerdo sobre el territorio-.
Yasir Arafat demostró que no era Sadat ni el rey Hussein. El jurado aún sigue a su sucesor y confidente de tanto tiempo, Mahmoud Abbas. Entretanto, la situación se ha complicado aún más. Hamás, una organización terrorista con respaldo iraní, tomó el control absoluto de Gaza dos años después de que Sharon completase una retirada unilateral de Israel en 2005, e Irán, con sus agresivos programas nuclear y misilístico, amenaza la existencia de Israel.
En los últimos 16 meses, la política estadounidense ha tratado de acelerar el proceso de paz, pero fracasó, confundiendo a los actores clave. Si bien a lo largo de 2008 hubo conversaciones directas sin precondiciones entre israelíes y palestinos, la situación llegó a un punto muerto en 2009.
Finalmente, sin embargo, están comenzando las conversaciones de “proximidad” -con destino incierto-. Si bien Israel pretende negociaciones directas, la Autoridad Palestina desea que Washington “entregue” a Israel, algo que en el mundo real no sucederá.
Por ende, todo se resume en 1947 versus 1967. Si los palestinos hablan seriamente de la paz y de un nuevo comienzo, es hora de aprender del pasado. Las exigencias maximalistas no llevan a un acuerdo; los difíciles acuerdos mutuos sí. Eso requiere un valiente arte de gobernar. Sadat y Hussein, Begin y Rabin, demostraron que así es. Más aún, Sadat y Rabin pagaron con sus vidas la búsqueda de paz.
Ha llegado la hora de que los líderes palestinos pongan las cartas sobre la mesa.
Si la batalla se refiere a 1947, Israel continuará firme, como lo ha hecho notablemente hasta ahora. Pero si se refiere a 1967, es posible un acuerdo, independientemente de su dificultad. Nadie estará totalmente satisfecho, pero se puede encontrar una solución intermedia. Los elementos básicos de un acuerdo de dos Estados -respecto de fronteras, seguridad, asentamientos, refugiados, finalización de los reclamos, y Jerusalén- no son un misterio.
Pero ante todo, ¿cuál es, 1947 o 1967?

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