El mundo ha largado muchas más lágrimas con el rescate de los 33 mineros chilenos que con el Mundial de Fútbol de Sudáfrica 2010. Y me refiero por lágrimas a llantos de alegría grupales, a un hilo de esperanza del cual se sujetaron muchísimas personas en casi todos los rincones de esta esfera.
Hablamos de un suceso magnífico en cuanto a espectáculo se refiere, que significó la tal vez mayor cobertura periodística desde el ataque a las Torres Gemelas el 11 de setiembre.
Es que el pasaje de la oscuridad a la luz del que tanto habló Platón, ha sido refabricado en la tierra, y gracias a esto es que aún no cesan los aplausos.
¿Qué se puede concluir de un acontecimiento que transportó a millones de personas de las calles a los sillones de sus casas, para acompañar al heroísmo chileno desde cada televisión del planeta?
Tal vez más allá de describir a la política del rescate como moral, debamos entender la lógica por la cual un Gobierno decide pasar del anhelo de lograrlo, al hecho de invertir tanto tiempo, cerebros y dinero, y en tan importantes cantidades, en una sola causa.
Vale la pena comprender por qué una política interna pasa a ser, más que externa, de todos quienes habitan este mundo.
Es que hoy más que nunca nos damos cuenta de la clase de milagros que precisan las tapas de los diarios y los titulares de los informativos para impactar con fuerza en los medios. Los mismos, quizás, que precisan las personas comunes alrededor de toda la Tierra para romper con cualquier diferencia cultural y abrazar a la vida por encima de cualquier otra cosa; a pesar de los choques entre las civilizaciones que Samuel Huntington considera mundos separados por muros.
Y a pesar de que la prensa internacional dé por concluida y cerrada la película de los mineros, los espectadores siguen expectantes de que en lugar de finalizarla, haya una continuación.
Todavía, aunque lejos de la mina San José, hay muchos más para salvar del cautiverio: el grupo terrorista Hamás se ha adueñado de la sonrisa de Guilad Shalit casi por el mismo tiempo que el que sumaron en la cueva todos los mineros juntos.
Y ni el pedido a gritos de sus padres, ni las opiniones de los civiles, ni el esfuerzo de miles de militantes de ONGs israelíes, han logrado aún liberarlo; moviéndonos siempre bajo el mismo ethos con el cual ha vibrado el mundo ante lo predicho: exactamente idéntico a lo que señaló Berl Katzenelson acerca del valor que representa el shabat como el más importante aporte del judaísmo para con la humanidad: la libertad.
El judaísmo emana un sentimiento de necesidad de elevar los valores más importantes de su cultura para consumarlos en esfuerzos de todo un pueblo por evitar injusticias insoportables a la impotencia humana. Y es esta última palabra, “humana”, la que hace más de cinco años está siendo vencida por el “anti humanismo” encarnado en el fundamentalismo salvaje, asesino y esclavista del terror, quien ha exagerado tanto sus interpretaciones de las divinidades que se ha olvidado de la única razón por la que estamos en este mundo: respirar.
Los principales centros de poder deben enfrentarse a este problema, ya que está lejos de ser puramente de su familia o de su nación: es un enfrentamiento tan inmenso como lo son el terrorismo contra la democracia, la violencia contra el diálogo, la defensa contra el ataque y la razón contra el odio.
En lugar de buscar excusas a por qué el Ejército de Defensa de Israel mantiene políticas “imperialistas” y “desproporcionadas” frente a estos “justos militantes”, son tiempos de refinar el uso de la razón y pensar con las verdades y no con los prejuicios, y entender que si este tipo de cosas pasan a ser tácitamente legítimas -pues prácticamente no hay reclamos a nivel internacional-, si degradar a un ser humano manteniéndolo en situaciones infrahumanas es acaso permitido y nadie dice nada, entonces que el último en irse cierre la puerta.
No podemos olvidarnos de la vida de Guilad Shalit tan sólo porque la alta política prefiere taparlo, porque entre las causas del mundo hay otras más “nobles” que la de soldados del “régimen sionista”.
Llevarlo al olvido y renunciar a su regreso, sería aplaudir a la espada de la indiferencia que continúa acuchillando los sueños de este joven, como los de tantos otros más.
No sólo que llegó la hora de motivar a que se organicen más flotillas humanitarias para desbloquear las cerraduras tras las que se encuentra Guilad; tampoco alcanza con que el irónico Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas deje algún día de lado su sarcasmo, generado por algunos de sus miembros por el tan simple hecho de serlo (me refiero a China con la masacre de Tiananmen de bandera y su promedio de 15.000 civiles asesinados por año a manos del Gobierno, sin extenderme demasiado en los rusos o los pakistaníes, entre otros que reclaman democracia, libertad y justicia aunque suene increíblemente paradójico, por no decir tremendamente insólito) y se dediquen al menos un minuto a reflexionar qué hacer por él, ya que nadie es merecedor de tan asqueroso desprecio.
No se puede seguir simplemente esperando. El ejemplo del pueblo chileno y la respuesta del mundo entero son un precedente perfecto para entender que ha llegado la hora de imitarlos -salvando las distancias, claro-, no para producir milagros celestiales, sino para invertir esfuerzos reales tanto a nivel estatal como sobre todo internacional, en puntos a los que deben apuntar sólo los verdaderos estadistas y coherentes defensores de los valores liberales a los que tanto pregonan.
Entonces, y a diferencia del desastre que desató n su población la tragedia chilena, debemos abogar mancomunadamente por arreglar los horrores artificiales producidos por hombres y no solamente por los que genera la naturaleza.
Que quienes mandan en nombre de todos los que les confiamos semejante responsabilidad, se reúnan para salvar a Sakineh y para sancionar a Mahmud Ahmadineyad, de la misma manera que para liberar al cautivo Guilad Shalit y para exterminar el arma destructiva más barbárica de este mundo: el terrorismo.
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