Autor: Aarón Alboukrek, México

Si la paz entre israelíes y palestinos llegara -la paz que habría de cambiar profundamente la faz de Medio Oriente y que alentaría a otros pueblos del orbe a esperanzarse en sí mismos- ¿qué palabras brotarían desde tu corazón? Imagina una impetuosa cascada que se detiene de pronto, ¿qué verías? ¿Las formas pétreas que el agua esculpió en su detrás, el verdoso limo resbaladizo, el manantial sosegado de su debajo, algún ave que zigzagueara queriendo atravesar el grueso de la corriente pendida, las blancas burbujas inmóviles salpicando nubes estáticas de algodón efervescente? ¿Qué verías ahora en un dolor torrencial, a la manera de esa cascada, que detuviese su marcha bélica de repente? Si hubieses sido actor en él, ¿verías tal vez una hija o un amigo fenecidos o lisiados, el grito ahogado de un niño inocente, la puerta que azotó un viento distraído sobresaltando el sueño reparador, un brazo saltando por el aire con su ensangrentada estela de nervios y fibras desbaratadas, una máscara antigás, un enemigo curando a su enemigo?
¿Qué tiempos te vendrían a la mente, te atajaría el presente por aquello que dejó de ser lo que podía haber sido, el futuro vencido de una promesa robada, la nostalgia de lo que no fue?
Si hubieses sido un observador de lo lejos, ¿qué palabras podrían venirte que gravitaran lo que no se vio desde el adentro y sirvieran de algo?
Si la paz entre israelíes y palestinos llegara me dispondría de seguro a decir, desde mi lejos, algunas palabras, no sé exactamente cuáles pero lo haría por el simple gozo de oír aquella plenitud actuada. Sin embargo, no me estoy pudiendo esperar, hay algo tan pesado en mis adentros que me induce a hacerlo a destiempo y como si fuera el boceto de una esperanza que el tiempo dilata.
Apuntaría así que israelíes y palestinos, cada cual en su momento histórico, tuvieron que blandir el blasón de su esperanza en la soledad histórica de sus derechos, y que nunca dejó de ser avasallante que sendos pueblos lo hayan tenido que hacer sangrando las raíces del mismo olivo. Diría que esa paz logró de manera venturosa un cerco obligado para aquellos discursos políticos, religiosos, analíticos y populares que generaron prejuicios delirantes y peligrosas fantasías psicodinámicas contra el lícito derecho a la diferencia o a favor de la discriminación velada por el uso distorsionado, ingenuo o manipulado, muchas veces, del lenguaje democrático o pacifista.
Diría que ahora ya no es posible imaginar para muchos palestinos que el pueblo judío no tenga derecho a existir o a tener un Estado nación, ni para muchos israelíes que los palestinos sean un pueblo improvisado, nómadas reproduciéndose por encono, copistas fraudulentos de la errancia judía o que para algunos hasta hayan sido en otras épocas judíos débiles sometidos por el Islam que debían retransformarse y desaparecer como palestinos para uniformar la cultura y dejar tranquilo de una vez y para siempre al único Estado judío y democrático del mundo.
Haría hincapié en que ahora ya no será viable que muchos palestinos piensen que todos los sionistas son imperialistas, usurpadores o fascistas ni que muchos sionistas piensen que todos los palestinos son terroristas o educadores perversos.
Repararía en lo absurdo que será de aquí en adelante vincular legalmente el derecho de tierras a lo que supuestamente dijo, quiso decir o dejó de decir Dios o cualquier profeta.
Señalaría que el discurso fanático político religioso bilateral fue finalmente vencido, que le fue cortada su yugular impasible y laberíntica, esa gruesa vena obstruida por un coágulo de intransigencia que impedía la circulación de las ideas y los derechos, y que ahogaba en su propio y amoratado sebo absolutista las esperanzas colectivas.
Explicaría que la victoria contra el fanatismo dio oportunidad para que los discursos judíos pudieran seguir moviéndose errantemente hacia el encuentro de nuevas auroras filosóficas, y para que los discursos palestinos fuesen capaces de abonar sus campos semi vírgenes.
Destacaría con ímpetu que la sensatez acabó con la enajenada inmoralidad de que niños palestinos hubiesen sido educados para inmolarse y de que miles de no palestinos anti sionistas hubiesen callado o aplaudido esa barbarie.
Celebraría que se ha terminado venturosamente la posibilidad de utilizar a los niños como escudos y la burla enfermiza del enemigo capturado.
Insistiría en que en una guerra difícilmente se sale airoso, aunque sea por un derecho asistido de ambos oponentes.
Expondría que la aguja de los vientos perdió en esa porción de tierra ofrendada su estrella navegante durante mucho tiempo, y que habrá quienes nunca la puedan reencontrar; que quedará ciertamente perdida no sólo para aquellos que cometieron crímenes fuera de la lacerante ética bélica, sino lamentablemente también para muchos que se vieron obligados a combatir sin desearlo y para otros que desde dentro se opusieron vehementemente lanzando afilados dardos de conciencia, razón y denuncia o deshojando uno a uno los pétalos más perfumados de sus épicas y desoídas plumas.
Resaltaría que esa guerra produjo flores malditas sobre las arenas de un desierto de desesperanza que insolaba la identificación posible en la más cálida sombra de la lucha por la paz; que poemas y prosas quedarán atrapados por mucho tiempo en la aturdida memoria de la deconstrucción de un proceso de identidad difiriéndose o queriendo, simplemente, nacer.
Diría que ahora dos hileras de olivos separan y unen a dos pueblos fatigados pero con esperanza; que la sangre derramada se está evaporando y se está haciendo invisible; que los israelíes refunden sus metáforas y que los palestinos hacen emerger las suyas propias. Exclamaría que hay júbilo en los ojos de Guilad y en la familia de Ahmed; que hay más tiempo para encontrar una gloriosa y refrescante época de identidad.
Expondría que las comunidades diaspóricas comienzan a renovarse y que me siento más ligero; que los olivos florecen para todos; que las piedras de Jerusalén olvidan los agravios y recuerdan las palabras del profeta: “…“No levantará espada nación contra nación, ni se adiestrarán más para la guerra””.
Registraría que otros peligros seguirán acechando, que eso es muy cierto, pero que ya hay más tiempo, que ya hay más oportunidad, y que al menos esas dos naciones trocaron una parte importante de sus lanzas por hoces de trabajo y libertad.
Aplaudiría esa paz como un acto esforzado para detener la crueldad que significa una guerra.
Mostraría que habría mucho por hacer y que la tristeza brotaría después del bullicio para desahogarse con largueza y poder reconstruir.
Anotaría que sólo habiendo parado la guerra ha sido posible percatarse de la magnitud de sus delirios y de sus despojos materiales, emocionales y culturales.
La paz ciertamente no ha llegado aún y no sé si este boceto enunciado desde mi lejos pueda servir de algo, pero ¿imaginas el tiempo que llevaría ya reponer los pasos perdidos que pudieran reponerse? ¿Imaginas el número factorial del resarcimiento interior?
Con certeza, la paz del hoy sería todavía el dolor de muchas mañanas, pero la paz de un mañana incierto ¿sería el dolor del porvenir?
Que los que ya han sufrido tengan tiempo de lagrimear la alegría. Que los viejos de hoy no se vayan sin esa sal en sus mejillas y que los recién nacidos no tengan en ningún tiempo que enjugarla, que ya llorarán por amores .
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