Por Emuna Braverman
Para Aish Latino

Cuando veo el estomago de un niño subiendo y bajando rápidamente con cada respiro, recuerdo. Cuando veo un cartel de investigación sobre el cáncer, recuerdo. Cuando paso cerca del hospital, cuando el sol rompe entre las nubes justo de la forma en que lo hizo aquella mañana, cuando veo su fotografía con ese sombrero con la flor excesivamente grande comprado especialmente para ocultar la pérdida de pelo, recuerdo.

Yo no necesito que aparten ese día especial. Yo nunca olvidaré a mi nieta.

Y estoy segura que lo mismo es cierto con los sobrevivientes del Holocausto. Sus traumas diarios han sido ampliamente documentados. Ya sea acaparando comida mientras recuerdan la hambruna, o rehusándose a tolerar la actuación de Wagner en Israel mientras recuerdan la asociación negativa, o en sus altas expectativas para sus hijos mientras recuerdan el potencial no realizado, ellos nunca olvidan.

Y para los padres de aquellos que murieron por defender Israel y su pueblo, ya sea en la guerra o como víctimas de ataques terroristas, los recuerdos están sin duda aún frescos, las imágenes aún vivas. Ellos no necesitan apartar un día. Quizás ellos a veces quisieran poder olvidar.

Sin embargo, existe cierta sabiduría psicológica en los días del recuerdo. Quizás necesitamos tener un día único dedicado exclusivamente a recordar, un día en el que podamos permitirnos libremente ventilar toda esa dolorosa emoción. Sin retenerla.

Quizás necesitamos ese tiempo para poder manejar el resto de nuestras vidas, para que no estemos constantemente a merced de nuestro dolor, para disminuir o suprimir esa sensación de crudeza y vulnerabilidad. Quizás esa es una razón para separar un día para recordar.

Pero pienso que estas ocasiones no son realmente para los parientes de aquellos que perdieron sus vidas; son para aquellos que no son parientes. Son para aquellos que están en peligro de olvidar – aquellos que no conocieron a mi nieta pero que podrían olvidar el poder de los rezos que dijeron por ella, podrían olvidar el sentimiento de unidad y conexión que tuvieron con otros judíos mientras recitaban Salmos en su nombre.

Son para aquellos que no vivenciaron la Segunda Guerra Mundial, para aquellos que vivieron cómodas vidas en América o nacieron en generaciones siguientes, para aquellos que la conciencia judía no fue formada por los horrores del Holocausto. Ellos necesitan aprender y recordar.

Y para aquellos que no combatieron en las guerras de Israel – para extranjeros e israelíes que escogieron construir sus vidas en otro lugar o para niños demasiado jóvenes como para recordar la excitación del 67, el terror del 73, el desastre en el Líbano. Para aquellos que no habían nacido en la época de la Guerra del Golfo o eran niños durante la Intifada – ellos necesitan un día de recuerdo. Ellos necesitan conocer todas las formas en que hemos luchado como pueblo. Ellos necesitan comprender lo que esto significa para que no desechen displicentemente aquello por lo que otros han luchado tan duro por preservar.

Ellos necesitan aprender nuestra historia, ya que si es necesario, ellos también deben estar preparados para levantarse y luchar – ya sea con palabras o con armas, ya sea con el intelecto o con fuerza, ya sea con lo espiritual o con lo físico.

Ellos son quienes están en peligro de olvidar – aquellos que ni siquiera saben que hay que recordar. Por ellos – y por las generaciones futuras – necesitamos estos días de recuerdo.

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