El establishment militar estima que el régimen del presidente sirio Bashar Asad no sobrevivirá y eventualmente colapsará ante la presión de las manifestaciones, una perspectiva que está ganando fuerza entre los analistas.
Una alta fuente de Defensa, señaló al diario Haaretz, que Asad se está debilitando. “Puede tomar algunos meses, un año, o más pero el régimen probablemente no se recuperará. Cuarenta años de gobierno de la familia Asad están llegando a su fin”.
“Asad ha perdido legitimidad frente a los ojos de su propio pueblo y por lo tanto su destino está sellado. Cada semana de manifestaciones y muertes le vuelve las cosas cada vez más difíciles. Su dilema está entre ofrecer mayor concesiones a los manifestantes –que puede ser visto como un signo debilidad y conducirá a la intensificación de los esfuerzos por derrocarlo- y la adopción de medios más agresivos para sofocar las manifestaciones, que pueden acelerar su caída. No pienso que tenga posibilidades contra la oposición. Este es el ocaso de su régimen”, predijo la alta fuente de Defensa al rotativo.
Los organismos de derechos humanos han informado que en los últimos dos meses y medio de manifestaciones, las fuerzas sirias han asesinado a más de 1.200 personas. Miles han sido heridos y muchos más arrestados.
“El mismo Asad no sabe cómo será Siria el fin de semana o el próximo. La incertidumbre es un problema para él y para nosotros-“, afirmó el jefe del Estado Mayor del Ejército, Benny Gantz, ante la Comisión de Defensa y Exteriores de la Knéset (Parlamento).
La debilidad de Asad es también un motivo de preocupación para sus aliados. Altos jefe de Hamás rechazaron la presión de Assad, quien les pidió que apoyaran públicamente a su régimen; a pesar de que la sede de la dirección política del movimiento fundamentalista islámico palestino se encuentra en Damasco.
Mientras tanto Hezbollah sigue de cerca los desarrollos en Siria. Existen, en Israel, inquietudes de que el grupo chiíta libanés – preocupado por la posible caída del dictador- podría haber trasladado parte de su arsenal desde Sira al Líbano.

La caída de Asad, un desastre para Hezbollah e Irán
Hezbollah ha sido atrapado con las manos en la masa por el levantamiento en Siria. Las palabras de solidaridad del líder de Hezbollah, jeque Hassan Nasrallah, con su acorralado aliado de Damasco, llevaron a la quema de la imagen del islamista líder chiíta libanés por las enfurecidas multitudes sirias durante las manifestaciones del viernes pasado.
La posición del movimiento sobre Siria pone de relieve una contradicción básica entre los intereses prácticos de Hezbollah y la imagen que quiere proyectar.
Esta contradicción, a su vez, revela las limitaciones propias del “bloque de la resistencia”, conducido por los chiítas de Irán, en el mundo árabe parlante de mayoría sunita.
A nivel práctico, no es difícil de entender por qué la caída del régimen de Assad sería un desastre para Hezbollah y su patrono iraní.
Siria es el conducto seguro a través del cual Teherán arma a su aliado libanés en el Mediterráneo.
Importantes componentes del arsenal de Hezbollah se almacenan, de forma segura, bajo el cuidado de Asad. Los misiles M-600 y Fateh-110, que podrían provocar un ataque israelí -antes de tiempo- si son desplegados en el Líbano, esperan en instalaciones seguras, más allá de la frontera, el momento apropiado.
Pero Siria es mucho más que un depósito de Hezbollah. Desde la asunción de Bashar Asad, la relación entre ambos se ha vuelto cada vez más simbiótica. Hezbollah fue el instrumento por el que Siria pudo recuperar su influencia en Líbano, tras su vergonzosa retirada en 2005. Damasco suministró a Hezbollah una zona contigua vital para la logística, durante la guerra de 2006.
Se sospecha de que ambos habrían cooperado en el asesinato del ex primer ministro libanés Rafik Hariri.
Por lo tanto, la relación es estratégica, y está basada en una variedad de intereses compartidos. Ninguna de las partes es completamente un cliente o un socio principal de la otra. Por el contrario, el patrono de ambos es Irán. Las expresiones de Nasrallah de apoyo a Asad derivan del mismo impulso que el apoyo práctico a gran escala que ofrece actualmente a Siria el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria iraní. Ellos son los miembros de una alianza, que se unen en defensa de un miembro del equipo que está actualmente en problemas.
No ha surgido ninguna prueba que confirme los rumores de que los combatientes de Hezbollah participan en el terreno en Siria.
Y es difícil de ver lo que es lo que podrían lograr las fuerzas de Hezbollah que lo propios hombres de Asad no pudieran. Al líder sirio no le faltan grupos armados. Pero el “apoyo moral” que Hezbollah le ofreció a Siria pone al descubierto el vacío de las afirmaciones permanentes de Nasrallah, que dice representar la voluntad popular de los árabes.
Tanto Asad como Nasrallah emplean el lenguaje de la “resistencia”; pero ambos están unidos resistiendo la voluntad claramente expresada del pueblo sirio.
Hay una lógica más profunda funcionando aquí que el eterno espectáculo de los movimientos y regímenes dictatoriales que pone en evidencia el vacío de sus discursos. El bloque liderado por Irán podría haberse presentado como la voz de la autenticidad y la resistencia regional.
Pero si uno mira a los elementos que lo componen, rápidamente se hace evidente que era y es en gran medida una alianza de fuerzas árabes chiítas (o al menos de no sunitas) detrás de un
gran Estado no-árabe chiíta.
Los miembros principales de la alianza son Irán, el chiíta Hezbollah, el régimen controlado por los alauitas de Asad y el movimiento chiíta de Muqtada al-Sadr en Irak. Irán ha tratado de sacar partido de la agitación actual en el mundo árabe. Sin embargo, su ámbito de actividad se ha limitado principalmente a las zonas de población mayoritariamente chiíta, como Bahréin.
Fuera de las estrechas franjas donde residen las comunidades chiítas árabes, existe una arraigada sospecha contra los iraníes.
La guerra de Irán contra Israel tiene la intención de refutar esas sospechas, y en esto se ha logrado algo de éxito. Pero el prestigio ganado por elementos chiítas en la lucha contra Israel no parece ser fácilmente transferible a otras áreas.
La única excepción importante en la naturaleza del bloque chiíta, liderado por Irán, fue y es Hamás. El enclave de Hamás en Gaza ha sido mantenido con el dinero y las armas de Irán. Pero uno de las consecuencias más notables de la caída de Hosni Mubarak en Egipto es el aparente intento de Hamas de reorientarse alejándose del eje Irán-Siria-Hezbollah, y volverse hacia el Egipto árabe sunita.
El Emirato (sunita) de Qatar, por su parte, que ha coqueteado con el eje de la resistencia en los últimos años, ha dirigido firmemente la enorme influencia de su red Al Jazeera contra el régimen de Siria en las últimas semanas. La Turquía de Recep Tayyip Erdogan también ha intensificado la crítica contra Assad y es anfitrión de los encuentros de la oposición siria.
Siria, en definitiva, está desangrando a sus amigos sunitas. Sus chiítas, en cambio, tienen menos opciones y se mantienen fieles.
Por lo tanto, la adhesión de Hezbollah e Irán hacia su aliado sirio tiene el aspecto de un cierre de filas en la alianza no sunita para defenderse de la agitación en el mundo árabe sunita. El analista libanés Michael Young ha observado la creciente opinión de que el régimen sirio se dedica a la limpieza étnica de los sunitas sirios de la ciudad de Tal Kalakh, cerca de la frontera con el Líbano.
Tal Kalakh es un enclave sunita en una importante área alauita.
Si las motivaciones del régimen son en realidad sectarias es casi irrelevante. El hecho de que esto es creído ampliamente pone al desnudo la lógica sectaria en funcionamiento.
Desde el punto de vista de Israel, las limitaciones innatas de la resistencia del bloque liderado por los chiítas son una buena noticia. Las no-tan-buenas noticias es que centros rivales de poder sunitas anti-occidentales y anti-Israel están surgiendo en la región.
La reconstrucción de las relaciones de Hamás con Egipto, después de todo, se basa en el rápido deterioro de las relaciones entre El Cairo y Jerusalén. El AKP, islamista sunita, mientras tanto, parece que va a ganar otro mandato en Turquía.
Tampoco “la media luna chiíta” está a punto de colapsar. Por el momento, su capacidad inigualable para la brutalidad parece que va a mantener a su cliente sirio en su silla. Pero su pretensión de representar las fuerzas de la “resistencia” árabe frente a Occidente e Israel ha recibido un duro golpe como consecuencia de las turbulencias en el mundo árabe. Y mientras tanto, una “media luna sunita” antagonista, con una demanda rival sobre el mismo manto, está en proceso nacer.

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