El lunes, al caer el sol comenzó el ayuno de Tishá Beav, que recuerda días tristes de nuestra historia. El texto, extraído del libro “Fiestas y tradiciones judias” del Prof. Heriberto Haber z”l, es esclarecedor y mueve a la reflexión

El trasfondo histórico: Tisha Beav, el 9 de Av, por julio-agosto, es el terrible día de luto en el cual, con el correr de los siglos, se acumularon diferentes desgracias sobre el pueblo judío. El ayuno de Tishá Beav es expresión de duelo, como el de varias otras fechas que también veremos en el presente capítulo. Y en esto se distingue del ayuno de Iom Kipur, que no va asociado a expresión de luto alguna. Además, todos estos ayunos de luto, cuando caen un sábado, quedan postergados para el día siguiente, el domingo. No así el ayuno de Iom Kipur, fecha que es Shabat Shabatón ( “sábado de sábados”) y por lo cual se celebra el mismo sábado -si así le toca en el almanaque- sin sufrir postergación alguna.

Tishá Beav recuerda la destrucción del Primer Templo de Jerusalén a manos de Nabucodonosor, rey de Babilonia, en 586 a.C., y la del Segundo, quemado por Tito, general romano en esa época, en el año 70 d,C. Y con cada una de estas destrucciones, gran parte de los judíos que las sobrevivieron porque no murieron luchando en la guerra o consumidos por el hambre en la capital asediada por el enemigo, después de la derrota fueron llevados al exilio. Y de este modo, la destrucción de cada Templo simboliza al mismo tiempo el fin de la vida nacional del pueblo judío, la pérdida de su patria, el cese de la independencia y el comienzo de su dispersión entre los pueblos del mundo.

La primera diáspora, después de Nabucodonosor, fue relativamente corta: al pasar Babilonia al dominio del imperio persa, un monarca de éste, Ciro, permitió el retorno de los judíos a su patria, y favoreció la construcción del Segundo Templo -mucho más modesto que el primero- que fue inaugurado por el año 516 a.C, vale decir, unos 70 años después de quemado el primero.

Y en cuanto a la construcción de un eventual tercer Templo en Jerusalén, además del impedimento físico que constituye la presencia de dos mezquitas, sagradas para el mundo musulmán, en el terreno que otrora ocupaba nuestro santuario, queda en pie, además, la pregunta de si realmente quisiéramos los judíos reinstaurar allí, en honor de nuestro Dios, un culto de sacrificios como el de los tiempos antiguos, con el cual el Templo volvería a ser, como entonces, un gran degolladero de ovejas, vacunos, aves y otros animales.

La destrucción de1 Templo: No es del todo segura la fecha en que fue quemado el Primer Templo. El texto de Melajim Bet-II Reyes 25.8-9 nos refiere que ello sucedió el día 7 del quinto mes (el de Av, cuando se comienza la cuenta del año en Nisán). De ahí que el luto por el acontecimiento quedó fijado para el día 9 de Av, en coincidencia con la fecha de la destrucción del Segundo Templo. De este último quedó en pie una sola reliquia, el Kotel Hamaaraví o Muro Occidental, uno de los cuatro que rodeaban por afuera ese sagrado recinto.

Ante este muro se concentraron más tarde las lágrimas y las plegarias de los judíos durante los dos milenios de la segunda diáspora. Hubo épocas en que los Gobiernos foráneos que dominaban Jerusalén, tenían vedado a los judíos el acceso al lugar. Y en los últimos tiempos, décadas antes de su recuperación por manos judías, hecho que ocurrió en 1967, corría ante el muro una estrecha callejuela que permitía el paso de los transeúntes, de modo que frecuentemente chocaban entre sí los judíos parados en el lugar para recitar sus plegarias, y gente de otras religiones que querían seguir su camino por allí. Algunos de los disturbios que culminaron con la matanza de decenas de judíos, se iniciaron con fricciones e incidentes habidos en la callejuela del Kotel. Su forma actual de monumento histórico, con una amplia explanada de acceso, con un extenso lugar disponible para grandes multitudes de fieles, y con iluminación nocturna, es posterior a la Guerra de los Seis Días de 1967.

Otras desgracias: Después de la destrucción de los dos Templos, hubo otras desgracias importantes en la Historia judía, que también sucedieron en Tishá Beav.

Ese día cayó Betar ante el ataque de los romanos: la última fortaleza que, en tiempos de Bar Kojbá, logró mantenerse después de que los invasores sometieron, poco a poco, los focos de la rebelión que encabezó este luchador judío. El hecho ocurrió en 135 e.c. (Véase lo dicho sobre Bar Kojbá en el capítulo que habla de Lag Baomer).

Durante la Edad Media, la fecha de Tishá Beav está vinculada con diversos decretos de expulsión de judíos en Europa, y el más trascendental de ellos es el que emitieron Fernando de Aragón e Isabel la Católica, los reyes de España, en 1492, por el cual todos los judíos que no se convertían a la fe cristiana, debían dejar el país en el plazo de unas pocas semanas.

A este decreto de expulsión se debe el hecho de que tantas familias españolas tengan hoy diversas dosis de sangre judía en sus venas: es la de los judíos que en esa oportunidad se convirtieron por la fuerza a su religión. Y en cuanto a los que se negaron a hacerlo, de ellos desciende

el sector sefardí del pueblo judío.

El término significa precisamente eso: “español”. Sefarad es el nombre hebreo de España, sefaradim son los judíos expulsados de la Península Ibérica que se dispersaron por Holanda, Turquía, los países balcánicos, etc., en los años y siglos subsiguientes a su expulsión de España.

Hay quienes también establecen una relación directa entre la apremiante necesidad de irse que tenían los judíos desterrados por el decreto de Fernando e Isabel, y el viaje de Cristóbal Colón, quien procuraba hallar una nueva ruta para llegar a las Indias:

La motivación histórica: Ya nuestros sabios de la antigüedad se preguntaban asombrados, por qué tantas desgracias juntas convergen en una misma fecha del calendario judío.

Y hallaron una respuesta, que exponen en el Talmud (Tratado Taanit, Cap. 4 Mishná 6). El 9 de Av -así lo establecieron después de hacer los cálculos cronológicos del caso- fue el día en que los hijos de Israel fueron sentenciados por Dios a andar 40 años por el desierto, antes de permitírseles a los hijos, a la nueva generación, el acceso a la Tierra Prometida. “En este desierto caerán vuestros cadáveres… desde (quienes tienen hoy) veinte años para arriba… porque incitasteis contra Mí” (Bamidbar – Números 14.29), dice la orden divina a Moisés.

El hecho ocurrió después de que regresaron al campamento los 12 exploradores que el pueblo había enviado a Canaán, para recorrer el país que Dios les había prometido. Como consecuencia del informe pesimista que presentó la mayoría -diez de los doce- “alzó toda la congregación y dieron voces, y lloró el pueblo esa noche” (íd. 14.1). Entonces Dios habría sentenciado lo siguiente: “Hoy vosotros lloráis sin motivo en esta noche de Tishá Beav; pues bien, en el futuro ya os daré Yo razones suficientes para que lloréis v os lamentéis en esta fecha”.

El duelo de Tishá Beav: Tishá Beav es, junto con Iom Kipur, día de ayuno de 24 horas completas, desde una puesta del sol hasta la otra. Todos los demás ayunos del calendario hebreo sólo comienzan con la salida del sol, es decir que durante las horas de la noche todavía se puede comer y beber. (Costumbre que también perpetúan los musulmanes en su ayuno del Ramadán, durante un mes entero).

A diferencia del ayuno de Iom Kipur, el de Tishá Beav es expresión de dolor y de luto. Además, varios otros detalles también señalan en la sinagoga el ambiente de duelo en que está sumida la comunidad. Del Arón Hacodesh o Arca Sagrada (donde están guardados los rollos de la Torá) se ha quitado la cortina de color que suele estar colgada allí, y asimismo se ha sacado el paño que cubre el pupitre donde se lee la Torá. Los fieles que concurren a los servicios religiosos no se sientan como de costumbre en bancos o sillas, sino en el suelo, en los escalones que llevan al Arca Sagrada o en unos taburetes bajos.

Y también se suele evitar todo calzado de cuero en los pies, ya sea usando zapatillas de tela o de goma, o bien caminando directamente sólo con las medias puestas.

Los textos de duelo especiales que se recitan en Tishá Beav, entonados con melodías tristes, se conocen por el nombre genérico de “Kinot” “Lamentaciones” (¡no confundir con el libro de la Biblia que veremos en seguida!) y entre ellos se destaca el Libro de Eijá, cinco capítulos de duelo y de lamentos que la tradición judía atribuye al profeta Jeremías, que fue contemporáneo y testigo de la destrucción del Primer Templo.

En las Biblias traducidas a otros idiomas, se llama a este libro de Jeremías con el nombre de “Lamentaciones”, cuando su nombre hebreo, en cambio, proviene de la palabra inicial del mismo.

Otra composición poética contenida en las Kinot son las elegías de Iehudá Ha-Leví (poeta judeo-español del siglo XII e.c.) llamadas “Siónidas”, que dicen en su verso inicial: “Oh Sión, ¿no preguntas cómo están tus prisioneros, los que desean tu paz, y son el resto de tus rebaños?”

Algunas Kinot hacen referencia a persecuciones y matanzas de judíos habidas en Europa en plena Edad Media, durante las Cruzadas, y en otras oportunidades.

Y de los tiempos más antiguos, se evocan los diez sabios judíos torturados hasta morir, hecho que ocurrió como consecuencia de la revuelta de Bar Kojbá, por orden del emperador Adriano.

También es costumbre de Tishá Beav recitar la plegaria matutina sin el talit o “manto ritual” y sin los tefilín o filacterias, que se consideran ornamentos que el judío se coloca a la hora de la oración en honor de Dios. Tampoco se estudia la Biblia o el Talmud, porque son libros edificantes para el alma humana, salvo fragmentos especiales que contienen textos de admonición o de luto, que sí están permitidos.

Tal es, también, el carácter de las lecturas de la Torá y de los Profetas que se leen en Tishá Beav en la sinagoga, ya sea por la mañana, o por la tarde.

En la oración de Shemoné Esré o Amidá se intercala un párrafo especial que comienza con la palabra “Anenu” (“¡Respóndenos!” Oh, Señor) y en la Amidá de la tarde (o Minjá), se lee otro capítulo más donde rogamos: “Najem”, “¡Consuela (oh Dios, a los enlutados por Sión)!”

Pero asimismo, fue costumbre de nuestros sabios presentarle siempre al pueblo judío, aún en las peores desgracias, también un rayo de luz para el futuro, que infunda ánimos y esperanza para resistir el dolor del presente, y seguir adelante en procura de un porvenir mejor.
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