Janucá, la fiesta de la ”inauguración” del Templo, es una de las celebraciones más recientes del calendario judío, si exceptuamos aquéllas relacionadas con el moderno Estado de Israel. Janucá tiene ”nada más” que dos milenios bien cumplidos de edad, como que evoca un acontecimiento ocurrido en el año 165 a.C. y acerca de su nombre, cabe acotar que más correcto sería traducirlo como ”re-inauguración” del Templo, pues éste, el segundo, ya había sido construido e inaugurado en tiempos del primer retorno a Sión, allá por el año 516 a.C., unos tres siglos y medio antes de los hechos que alude a Janucá.
La ciudad israelí de Modiin en la actualidad, allí comenzó la rebelión de los macabeos. Foto: Blog de Joel Salpak

Los macabeos y el milagro del jarrito de aceite

La rebelión contra las imposiciones religiosas de Antíoco Epifanes se inició en el pueblo de Modíin, donde vivía un anciano sacerdote, Matatías, junto con sus cinco hijos: Iojanán, Simón, Judá, Eleazar y Jonatán. La familia entera era conocida con el nombre de Jashmonaim o Asmoneos, y el hijo que encabezó las acciones militares, Judá, recibió el apodo de Macabí, que después se hizo extensivo a todos sus hermanos, quienes fueron llamados macabeos.
La rebelión contra el invasor foráneo que este pequeño grupo familiar inició en Modíin se expandió rápidamente, y no pudieron sofocarla los ejércitos cada vez más fuertes y numerosos que Antíoco mandó a Judea al mando de sus mejores generales. Hasta que el proceso culminó en el mencionado año 165 a.C. con la expulsión de la guarnición que ocupaba Jerusalén y la consiguiente recuperación del Templo por los judíos fieles a la tradición.
Recuperado el Templo, fue destrozada y alejada del mismo la estatua que Antíoco había mandado colocar allí para imponer a los judíos el culto pagano de los griegos y fueron purificados el altar y los instrumentos del santuario que habían sido dedicados a ese culto.
Después, el día 25 del mes hebreo de Kislev – por diciembre se celebró la ceremonia de Janucá, la ”inauguración” (o mejor dicho, la reinauguración) del Templo.
En esa ocasión ocurrió el famoso milagro del jarrito de aceite: para prender las luces en el candelabro de oro apostado en el lugar, se usaba un cierto aceite de olivas, y éste venía guardado en unos jarritos especiales que llevaban un sello donde acreditaba su pureza y la legitimidad de su uso en el Templo. Llegado el momento, fue dable encontrar un solo jarrito semejante que no había sido profanado para dedicarlo al culto pagano. Y esta dosis de aceite, que normalmente servía para alimentar las luces del candelabro un solo día, en aquella ocasión alcanzó para ocho días, plazo necesario para que los sacerdotes prepararan nuevas raciones de aceite.
La celebración de Janucá: En recuerdo de esos ocho días, celebramos la fiesta de Janucá también ocho días.
El candelabro usado en el Templo de Jerusalén tenía siete brazos, se lo llamaba Menorá (de la raíz nur, ”fuego”), era de oro macizo y podemos leer su descripción en la Biblia (Shemot – Exodo 25.31 ss.). Hoy en día, un candelabro parecido también constituye el escudo del Estado de Israel.
El candelabro para la fiesta de Janucá, en cambio, se denomina Januquiá – nombre derivado del de la fiesta – tiene ocho brazos o espacios para ocho luces, y además, un noveno, algo apartado de los demás, el shamash o ”servidor”, destinado a una luz que se prende primero que todas, y con cuya llama se encienden después las demás. Las luces pueden prenderse en mechas de algodón impregnadas en aceite, o bien pueden usarse velas. A veces, en edificios públicos de Israel, en el techo de sinagogas o en otros sitios semejantes, los grandes candelabros que están emplazados allí tienen como luces lámparas eléctricas.
A la hora del encendido de las luces de Janucá, la familia reunida alrededor del candelabro – o bien los fieles en la sinagoga – entonan, después de pronunciadas las bendiciones respectivas, un himno tradicional que comienza con las palabras de Maoz Tzur Ieshuatí, ”Fortaleza y roca de mi salvación (eres Tú, oh Dios)”.
La primera noche de Janucá también se agrega la bendición de Shehejeiánu, de la cual ya hemos hablado en ocasión de la celebración hogareña de Rosh Hashaná. Y durante los ocho días, en la plegaria Shemoné Esré o Amidá, se intercala un párrafo especial que comienza con las palabras Al hanisim, ”Por los milagros (te agradecemos, oh Dios)”.
En Janucá se suele obsequiar a los niños con monedas – ”dinero de Janucá” – o con regalos diversos. En algunas épocas se les solía regalar nueces, y ellos jugaban entre sí y las apostaban al azar de una perinola de cuatro costados, en los que figuraban otras tantas letras hebreas: N-G-H-SH, que algunos interpretaron como iniciales de Nes gadol haiá sham, ”un gran milagro ocurrió allí”. Pero también hay quienes creen que cada una de estas cuatro letras simplemente indicaba cuántas nueces ganaba o perdía quien había echado la perinola (llamada en hebreo sevivón).
Comidas típicas de Janucá son las levivot, unos pasteles fritos de papa rallada; o bien las sufganiot, unas bolas de masa fritas, que contienen un núcleo de dulce o de mermelada.

Las transformaciones de Janucá

Jánuca representó durante algún tiempo la celebración de la independencia judía recuperada, y como prueba de ello está el hecho de que los festejos respectivos se extienden a lo largo de nada menos que ocho días.
De modo que Janucá se convirtió en Jag Ha-Urim, Ia ”Fiesta de las Luces”, que se prenden, mediante la ayuda del shamash, la primera noche una, la segunda dos, etc., hasta llegar a completar, en la última noche, las ocho luces de la januquiá.
Asimismo Janucá quedó como símbolo de la oposición tenaz de los judíos de aquel entonces contra la cultura helenística que, con todo lo que ella involucraba – una religión pagana, un nuevo idioma, el culto de la belleza física, una pervertida vida sexual etc. – se les quiso imponer por la fuerza.
En cambio hoy día, en el moderno Estado de Israel – que fue proclamado en un nuevo Día de la Independencia en 1948 y que cuenta otra vez con su propio ejército – Janucá también vuelve a recuperar paulatinamente su carácter de evocación de la lucha armada contra un enemigo invasor, y del triunfo que coronó aquella heroica gesta. En los ”Libros de los Macabeos” – repudiados por nuestros sabios, quienes no los integraron al canon de la Biblia oficiales del ejército de Israel estudian la estrategia que aplicaron Judá el Macabeo y sus hermanos y sucesores, en su lucha contra los ejércitos enemigos.
Y cuando prenden las velas de Janucá en el hogar, padres e hijos en Israel recuerdan que ellos mismos también son soldados en las fuerzas armadas del país – algunos, en actividad, otros, como reservistas – que cada tanto son llamados a las armas, y que intervinieron, también, en las frecuentes guerras de estas últimas décadas, en que el joven Estado Judío tuvo que defenderse una y otra vez de los ataques de sus vecinos.

(Del libro ”Fiestas y tradiciones judías”, del Prof. Heriberto Haber z”l, Editorial Aurora)

Anuncios