«Los vecinos judíos de Bronx se habían quedado sin un lugar de culto y sin dinero para alquilar un local, y los vecinos musulmanes tenían espacio de sobra», explicó Patricia Tomasulo, católica practicante y nieta de italianos, quien logró que el Centro Cultural Islámico de Estados Unidos albergara una sinagoga ultraortodoxa.
La sinagoga Beit Menajem se encuentra en la planta baja del Centro Cultural Islámico, y comparte fachada con la escuela islámica y la guardería Barack Hussein Obama. La mezquita ocupa todo el primer piso, justo encima del templo judío.
«La comunidad judía del barrio me produce mucha admiración y es un honor y una experiencia muy positiva tenerlos aquí», afirmó el imán Moussa Drammeh.
«El Corán dedica su capítulo 2 verso 62 a los judíos, los cristianos, los sabeos, quienes creen en Alá y en el último Día, y obran bien», aseveró el imán y añadió: «Tenemos la obligación de querer a nuestros hermanos; quien diga lo contrario no sigue el Corán y es un hipócrita».
«El Corán nos empuja a relacionarnos con buenas personas, ¿Con quién debería juntarme?», preguntó el imán Drammeh: “¿Con personas de mi misma religión pero que hacen el mal?».
«Un musulmán de verdad no hace daño a los cristianos y a los judíos», explicó mientras abría la puerta para que los dos jóvenes rabinos de la sinagoga puedan entrar cargados con comida kosher y con la Torá, su texto sagrado.
En una visita al centro un viernes por la tarde, antes de la puesta de sol, el imán y su congregación preparon una cena halal mientras comentaban el noticiero de un canal de televisión iraní, y el rabino y su congregación se disponían a celebrar el Shabat en una sala contigua.
«El imán Moussa Drammeh nos hizo sentir muy a gusto aquí y estamos felices de tener un espacio para celebrar el Shabat y nuestras fiestas religiosas», explicó el rabino Meir Kabakov, quien se reúne con su congregación y con alumnos de estudios rabínicos los viernes, los sábados y todas las fiestas religiosas.
El Centro Cultural Islámico, situado en un edificio que una década atrás era el taller mecánico del barrio, también cedió sus aulas para clases de judaísmo que se imparten a mujeres a lo largo de la semana.
El rabino Kabakov no vive en el Bronx, sino en Brooklyn, y todos los viernes se desplaza treinta kilómetros cargado con la Torá y comida kosher para poder reunirse con la comunidad de judíos ultraortodoxos de la zona, la mayoría octogenarios. Tras la puesta de sol no puede regresar a Brooklyn en automóvil o transporte público ya que es contrario a los preceptos del Sabbat, y hace el trayecto de más de cuatro horas a pie cargando de vuelta la Torá.
«Me impresiona que caminen bajo la nieve, la lluvia, el viento o el sol para reunirse con su congregación», indicó el imán mientras se preparaba para celebrar una cena con comida halal en el comedor del centro.
En los últimos años la comunidad judía de esta parte del Bronx envejeció y los jóvenes mudaron a otros barrios y a las afueras de Nueva York. Las decenas de sinagogas del barrio se fueron cerrando a medida en que se quedaban vacías.
León Bleckman, un vendedor jubilado, solía acudir a la sinagoga de Tzeirei Israel, que se vio obligada a cerrar en 2008 por falta de dinero. Tomasulo y un grupo de alumnos de estudios rabínicos consiguieron que el Centro Cultural Islámico les cediera un local.
«Tener un lugar de culto es un derecho fundamental», dijo Tomasulo, quien acude todos los domingos a una iglesia que está a la vuelta de la esquina pero imparte clases de tolerancia religiosa en el centro islámico.
«Ahora este es el único espacio donde puedo celebrar las festividades judías en el nordeste del Bronx», indicó León Bleckman.
«La experiencia no podría haber sido más positiva y es un ejemplo a seguir, si tenemos en cuenta lo que está pasando en Oriente Medio, concluyó Bleckman mientras saludaba a uno de los niños que estudia en la escuela islámica: «Me gustaría que los niños de las escuelas públicas del barrio fueran tan educados como los alumnos de este centro».
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