Por Hernán Dobry | Para LA NACION
Humillaciones, golpes y violencia psicológica son algunos de los padecimientos “extras” que debieron sufrir muchos soldados judíos, víctimas del antisemitismo de sus superiores. Enfoques reunió a diez de esos veteranos de guerra que hoy, a 30 años del conflicto, dan testimonio del trato recibido cuando, como todos, arriesgaban la vida en defensa de la patria

Silvio Katz llegó a las Malvinas junto con sus compañeros del Regimiento de Infantería Mecanizada 3 (RIMec 3), de La Tablada, en la mañana soleada del 11 de abril de 1982. Hacía pocos días se había enterado, como los demás, que la Argentina había recuperado las islas, pero ni imaginaba que lo llevarían allí cuando lo subieron en un avión sin asientos en la Base Aérea de El Palomar, con ropa de verano y un fusil que apenas funcionaba.
Ni siquiera había logrado acostumbrarse al frío helado del otoño austral y a la humedad del pozo de zorro en el que vivía, a la espera de que los ingleses desembarcaran, cuando el subteniente Eduardo Flores Ardoino lo devolvió de golpe a la realidad.
“Me castigó todos los días de mi vida por ser judío. Me congelaba las manos en el agua, me tiraba la comida adentro de la mierda y la tenía que buscar con la boca. Me trataba de puto, que todos los judíos éramos cagones y miles de bajezas más. El tipo se regodeaba con lo que me hacía, era feliz viéndome sufrir. Les decía a los demás que les hubiera pasado lo mismo si hubieran sido judíos como yo”, recuerda hoy, a casi 30 años del conflicto.
Ni siquiera el comienzo de los bombardeos ingleses, el 1° de mayo, logró que Flores Ardoino dejara de tratarlo a él como a un enemigo. Todo lo contrario, intensificó el maltrato con el correr de los días como si ésa fuera su manera descargar tensiones, pese a que, como todos, Katz pasaba noches enteras sin dormir por los estruendos de las bombas, y además, acumulaba días sin comer porque su superior le impedía que le dieran alimentos.
“Cuando parecía que íbamos a entrar en combate, sacaba una botella de whisky, nos ponía a todos en fila y nos daba un trago, algo para tener calor. Cuando llegaba a mí, decía: ‘Usted no porque lo van a matar’. Llegué a pensar que realmente era mejor morir, que ojalá ése fuera el día”, recuerda el soldado, quien denunció a su superior ante la Justicia.

Hitler en las islas
Por terrible que fuera, la de Katz no es la única historia que testimonia el ensañamiento de muchos oficiales con soldados judíos mientras defendían la patria durante el conflicto del Atlántico Sur. Sus relatos y las denuncias que plantean forman parte de la investigación realizada para mi libro Los rabinos de Malvinas: La comunidad judía argentina, la guerra del Atlántico Sur y el antisemitismo, que Enfoques adelanta en forma exclusiva.
Si bien es imposible saber la cantidad real de conscriptos israelitas que estuvieron combatiendo en las islas, ya que ni las Fuerzas Armadas ni las instituciones de la colectividad llevaron un registro, este autor logró encontrar a veinticinco de ellos, de los cuales diez se prestaron a participar de esta nota.
En medio de los bombardeos, mientras los ingleses trataban de destruir las defensas antiaéreas argentinas en las islas, un suboficial se sorprendió de que Pablo Macharowski, del Grupo de Artillería Aerotransportado 4, luchara hasta caer herido pese a su condición de judío. “‘Qué raro que vos que sos judío estés combatiendo acá’, me dijo. Soy argentino, no tiene nada que ver que sea judío o no. Al tipo le maravillaba, como si fuese algo ajeno”, resalta.
A algunos kilómetros de distancia, Claudio Szpin, del RIMec 3, vivió una situación similar mientras montaba guardia cerca de su pozo de zorro, junto a su amigo Sergio Vainroj. “Había una cosa de si uno era argentino o no. Era como que por el hecho de ser judío no se terminaba de ser del todo argentino”, recuerda hoy.
Mientras tanto, en el continente, grupos de soldados esperaban que les llegara el momento de cruzar a las Malvinas para combatir. Algunos de ellos lograron viajar en medio de la noche, volando a ras del mar, para evitar que los captaran los radares ingleses y que los derribaran.
El 3 de junio, Marcelo Eddi, del Regimiento de Infantería 1 Patricios (RI 1), estaba en Comodoro Rivadavia cuando su superior le ordenó que, junto a sus compañeros, formara frente al galpón sin paredes donde dormían. Allí les anunciaron que la sección Morteros, de la que formaba parte, saldría rumbo a las islas ese mismo día. Cuando estaban a punto de partir, el jefe de su unidad lo separó del grupo y le dijo que no iría porque era judío. Muchos hubieran aprovechado la oportunidad, pero Eddi hizo todo lo posible para viajar y le cambió el lugar a un soldado que temblaba de miedo. El 6 de junio llegó al cerro Dos Hermanas, en la primera línea de fuego. “El teniente primero que nos acompañaba era el hijo de Adolfo Hitler, porque era nazi, se vestía igual y se peinaba con gomina para atrás -relata-. A mí me sacaron a un costado. Entonces, se paró al lado mío y me dijo: ‘Voy a llevar todos soldados criollos, no un judío’. Le respondí: “No hay problema. Lo que pasa es que acá son todos valientes, como usted”. ‘A mí no me conteste, soldado’. ¿Qué va hacer? ¿Me va a pegar, a meter preso? Quédese tranquilo que cuando le tenga que dar la espalda, veremos, le dije y me gritó: ‘Judío de mierda'”.
Una situación parecida tuvo que vivir Sigrid Kogan, también del RI 1., unas semanas antes, tras la recuperación de las islas cuando su unidad aún estaba formada en Palermo y los oficiales pasaban con la lista seleccionando quiénes irían a Malvinas. Una vez más, el ser judío fue la razón para que sus superiores se ensañaran con él. “Hicieron pasar a todos los soldados en el playón, empezaron a armar una lista y preguntaron: ‘¿Los judíos no van a ir? ¿Quiénes son los judíos? Ertel, Kogan, un paso para acá’ -rememora. Me dijeron: ‘Cuando nombre a Fernández, diga presente’. Entonces, yo judío, tuve que dar el apellido de un soldado que no había venido. No estaba en la lista original y terminé yendo a Malvinas por ser judío, sino, no me tocaba.”
Su suerte no cambió demasiado cuando llegó a las islas y, menos aún, después de que comenzaron los bombardeos. Cuando se sentía mal prefería quedarse en su trinchera en lugar de consultar a un médico para evitar los maltratos de sus superiores. “Aún en dolorosos momentos evité ir a la enfermería para eludir la repetida respuesta de mi jefe: ‘Judío de.'”, escribió en su diario personal.
A veces las agresiones rayaban en el absurdo. Un buen ejemplo lo cuenta Adrián Haase, del Regimiento de Infantería Mecanizada 6, de Mercedes. En medio de los bombardeos ingleses sobre el Monte Goat Ridge, lo llamó su superior. “Un día me llamó el subteniente Frinko y me dijo: ‘¿Sabe una cosa? Yo odio a los judíos’. Yo me quedé duro, ya que me tomó por sorpresa. ¿Por qué?, le pregunté. ‘No sé, pero los odio'”, recuerda.
Otras veces las razones del antisemitismo no eran tan inasibles y, en todo caso, la forma en que se manifestaba era bien concreta en su violencia y su desprecio. Vainroj padeció el odio de su superior desde que llegó a las islas, cuando nadie preveía que los ingleses iban a animarse a atacarlos.
“Cada tanto, me decían judío de mierda, y cuando no, me daban una sobrecarga de trabajo, por ejemplo, empezar a hacer un pozo de zorro y, después, taparlo y hacer otro. A los demás no se lo hacían”, señala.
Sin embargo, esa situación se fue intensificando con el correr de los días y se acentuó cuando comenzaron los bombardeos, al punto de que, en una oportunidad, terminó en una agresión que incluyó a su compañero Szpin, que había salido a defenderlo.
“Cuando los ataques estaban ya avanzados, en junio, recibí una encomienda y el sargento me ordenó: ‘Traiga para acá’. Se la quedó para él y me decía: ‘Judío de mierda, te traen encomiendas ¿cómo puede ser que el sargento no reciba nada?’ -recuerda-. Se ensañó conmigo y me gritó: ‘Venga acá, chúpeme la pija’. Se bajó la bragueta y me quería obligar, y yo me hice para un costado. En eso, entró Szpin, vio la escena e intentó defenderme: le pisó el pie, lo empujó y se pegaron. Entonces, se lo llevó con el capitán a decirle que se había insubordinado y que solicitaba que lo mandaran al frente, a la primera línea del combate”. Finalmente, un superior intercedió y lo dejó en su posición.
Aunque parezca difícil de creer, algunos de los soldados que recibieron estos maltratos en Malvinas no se sorprendieron demasiado de esa violencia, del abuso de poder y la intolerancia porque ya lo habían padecido mientras realizaban la colimba. la discriminiación contra los judíos no fue una rareza que sólo padecieron las clases 62 y 63, sino que se trataba de un comportamiento habitual en muchos miembros de las Fuerzas Armadas en las décadas anteriores a la derogación del Servicio Militar Obligatorio, en 1995. No era una práctica institucional pero sí algo que sucedía dentro de la institución con demasiada frecuencia.
Las prácticas incluían desde insultos, en su gran mayoría, hasta el maltrato físico, pasando por la sobrecarga especial de trabajos o la realización de tareas insalubres que a otros no les daban. Jorge Carlos Sztaynberg, de la Compañía de Ingenieros Mecanizada 10, de Pablo Podestá, provincia de Buenos Aires, recuerda que los suboficiales sometían a “algunos con maltrato físico. Venía la patada y atrás el ‘judío de mierda'”.
A su vez, eran sometidos a sesiones de “baile” extra o especiales, muchas veces en terrenos llenos de piedras o a temperaturas extremas. “Eramos cinco soldados judíos y sufríamos una ‘persecuta’ de aquellas. A las dos de la mañana, nos agarraban y nos sacaban a ‘bailar’ sólo a nosotros en calzoncillos largos y remera. Era en lugares inhóspitos, en el campo, y nos hacían aplaudir cardos y arrastrarnos entre el barro y el granito. Terminábamos con los codos y los pies sangrando”, recuerda Gustavo Guinsburg, de la Jefatura de la Brigada de Infantería Mecanizada 11, de Río Gallegos. Katz concuerda: “Durante la colimba, nos ‘bailaban’ a todos los judíos como correspondía, una vez o dos por semana”, destaca.
Algunos de los castigos buscaban explicarse en razones religiosas vinculadas con la acusación de que los israelitas habían matado a Cristo. “Nos maltrataban, nos decían judío de mierda, que había que matarnos a todos. El oficial Kuffmann decía que nosotros habíamos matado a Jesús, y que teníamos toda la culpa de por vida, que éramos traidores, y que él a mí me iba a hacer cristiano. Me mandaba a misa. Yo me quedaba siempre afuera de la capilla y escuchaba. En un momento, me dice: ‘Usted va a hacer de monaguillo’. Acepté y se sorprendió. Me puso la sotana y fui al lado del capellán. ‘Muy bien, a usted lo voy a hacer un buen cristiano’, me dijo y le respondí: ‘Lo único que hice fue ayudar a un cura, pero sigo siendo judío'”, afirma Szpin.
“El antisemitismo que había adentro era muy intenso, muy pesado, con amenazas de muerte permanente, con recuerdos del nazismo. Me llegaron a decir: ‘No entiendo cómo ustedes están acá, si ya los tendrían que haber matado a todos'”, destaca Marcelo Laufer, del RI 1.
Pablo Kreimer, del mismo regimiento, recibió un discurso similar. “Había un cabo que, cuando hicimos la instrucción, se paseaba canturreando: ‘Ahí viene Hitler por el paredón, matando judíos para hacer jabón’. Un día me dijo: ‘¿Sabe que Hitler también fue cabo?’ Y le respondí: No me extraña. No le daría para más, como a usted”, recuerda.
Incluso, el cabo segundo Fernando Grunblatt, sufrió ese mismo trato en la Armada, a pesar de ser un suboficial. En Malvinas, en cambio, donde estaba al mando de una unidad, no tuvo que sufrir episodios como esos.

El retorno
El general Mario Benjamín Menéndez firmó la rendición argentina el 14 de junio de 1982. Entre los soldados el clima era una mezcla de odio, dolor por la muerte de sus compañeros y amigos, frustración y alivio por el final de casi tres meses de sufrimientos.
Sin embargo, pocos se imaginaban que los padecimientos recién comenzaban y que sus propios compatriotas los tratarían como locos y les darían la espalda cuando intentaron reinsertarse en la vida cotidiana.
Iban de aquí para allá tratando de rearmar sus vidas, volver a estudiar o conseguir trabajo. Nadie quería tomarlos. Eso los desesperaba y deprimía al tal punto que en estos treinta años se han producido más muertes, por suicidios, de las que hubo en los combates.
Las entidades centrales de la comunidad judía fueron consecuentes con la actitud que tuvo la población argentina frente a los veteranos de guerra, ya que no se preocuparon por el estado de los conscriptos israelitas, ni cuando regresaron al continente, ni en los meses siguientes, a pesar de que unas semanas antes habían estado gestionando el envío de los rabinos para prestarles asistencia espiritual.
Esto provocó un dolor aún mayor entre los ex combatientes, que todavía perdura. Ante esta situación, este autor le planteó al presidente de la DAIA, Aldo Donzis, en dos oportunidades las necesidades que tenían los veteranos de Malvinas judíos, para que realizara un acto en el que les reconocieran lo hecho durante el conflicto e, incluso, le entregó el listado con todos los datos de cada uno de ellos. Nunca obtuvo respuesta.
Pasaron casi tres años desde el último contacto y, hasta el momento, jamás los llamaron. Sólo se pusieron en campaña cuando Szpin, Vainroj y Katz fueron el 17 de noviembre de 2011 a pedirles que por favor les hicieran un homenaje y les permitieran contar su historia en las escuelas de la colectividad. Aún siguen esperando una respuesta.

Anuncios