“No es accidental que nuestras sociedades de la información sean sociedades sin memoria, o dicho de otro modo, sociedades cuya memoria es “artificial”, como la inteligencia, una memoria que ya no se encuentra en los hombres sino en las máquinas. Por eso la modernidad hace a las sociedades comunidades amnésicas, incapaces de transformar los acontecimientos del pasado en relatos, en narraciones que se puedan transmitir, que se deban aprender, y que deben perdurar a lo largo del tiempo… Donde impere el impulso electrónico y la mente se vea obligada únicamente a trabajar con datos y a procesar información, resultará imposible la vivencia del tiempo profundo y estaremos desarmados para luchar, como ciudadanos, contra el poder de la vigilancia moderna. Porque entretanto esperamos su regreso, el lenguaje se habrá degradado, las perspectivas históricas homogeneizado y el espacio subjetivo -el yo privado- quizá definitivamente destruido.”

Estas inquietantes palabras son del filósofo español Fernando Barcena en su obra “La Esfinge Muda”. El aprendizaje del dolor después de Auschwitz vinieron a mi mente al reflexionar sobre la cercanía de Pesaj y su valor para nuestro tiempo.

La fugacidad de los saberes y modas de nuestro tiempo, su atroz velocidad y rapidez se contraponen con el sentido de propósito y la perspectiva de larga duración de la tradición judía. Los ritmos de la tradición frenan el acelerado trajinar del mercado, de la sociedad de consumo y las tecnologías de la información.

Tenemos acceso a aparatos con memorias cada día más rápidas y extensas en sociedades que están perdiendo siglos de herencias culturales y espirituales acumuladas por generaciones, y que pasan a convertirse en un lenguaje incomprensible para muchas personas, pues carecen de los códigos para acceder a ellas, comprenderlas y valorarlas.

En las palabras de M. Kundera: “la manera como se cuenta la historia contemporánea se asemeja a un gran concierto en el que se presentaran seguido los ciento treinta y ocho opus de Beethoven, pero tocando tan sólo los primeros ocho tiempos de cada uno de ellos. Si volviera a hacerse el mismo concierto diez años después, sólo se tocaría de cada pieza, la primera nota, siendo pues, ciento treinta y ocho notas durante todo el concierto. presentadas como única melodía. Y, veinte años después, toda la música de Beethoven quedaría resumida en una única larguísima nota aguda que se asemejaría a la que oyó, infinita y muy alta, el primer día de su sordera”.

La amnesia cultural de las sociedades posmodernas se contrapone a la incesante proliferación de mensajes sin sentido y a la vulgaridad de mucha de la cultura popular que se propaga en los medios masivos de comunicación que nos invaden. En este contexto Pesaj, con su carga milenaria de tradiciones, memorias y rituales, nos confronta para que nos repensemos como individuos y como miembros de una comunidad que ha sabido trascender fronteras y geografías, en aras de su identidad primigenia conectada con lo divino.

El acto central de Pesaj, además de la abstención de comer Jametz. y comer Matzá, es la Mitzvá de relatar el Éxodo de Mitzraim. La Hagada, esta narrativa compuesta desde la noche del Éxodo, tal como lo relata la Tora, enriquecida por siglos de repetición y recreación, que agregaron sus interpretaciones, costumbres, historias y canciones, es nuestra guía en la noche del Seder.

Nadie puede excusarse de cumplir con la obligación de relatar esta narración fundamental, sin importar su erudición o su religiosidad. Porque las memorias personales, familiares y comunitarias deben construirse en forma activa y artesanal mediante acciones concretas que movilicen emocional e intelectualmente a personas concretas. Ninguna memoria artificial puede reemplazar el compromiso del acto de puesta en acción de esta narración sagrada, que nos relata cómo un grupo de esclavos, sometidos a una implacable tiranía, encontró su redención en la conjunción de la guía divina y la acción decidida de sus líderes.

La memoria individual es “un espacio subjetivo” en el que se sostiene la memoria colectiva y que resignificamos y activamos en cada generación.
En el judaísmo no hay anonimato ni transmisión virtual. Todo acto tiene su peculiaridad y su sentido en la trama de relaciones en las que nos movemos. No se trata simplemente de procesar información, sino de comprender significados y asumirlos como propios.

Esta epopeya de la liberación se erige como un desafío a la superficialidad, la desintegración del lenguaje y la pérdida de la subjetividad personal. Pesaj nos interpela sobre nuestra condición de esclavos existenciales, sometidos a adicciones y a presiones sociales, que nos limitan y nos quitan nuestra dignidad. Pesaj nos invita a asumir desafiantemente nuestra dignidad.

Cada noche del Seder nos unimos a una comunidad milenaria que conoce la “vivencia del tiempo profundo” porque no confunde el presente con la totalidad, ni el pasado con lo ideal, mientras vive su propia experiencia de la redención en un mundo no redimido.
El Seder es una verdadera pedagogía de la liberación, que ha sabido perdurar en el tiempo, porque como judíos seguimos teniendo lo que narrar y lo que proclamar a nuestros hijos.
A.J. Heschel decía que el drama del ser humano contemporáneo no radica en su incapacidad o limitaciones, sino en el hecho de que se ha transformado en un mensajero que ha olvidado su mensaje.

En Pesaj recuperamos nuestra narrativa fundacional de esclavos que descubrieron la vivencia de la libertad en una vida con sentido, asumiendo el yugo de la Tora.
Al saberse hombres libres debieron asumir los riesgos y las cargas de la responsabilidad que su nuevo estado les impuso en un largo y complejo proceso de aprendizaje, que no ha terminado.

Hoy más que nunca, cuando los mensajes “posmodernos” nos dibujan a seres humanos sin vocación, sin historia y sin proyectos, el Seder nos ayuda a recuperar el hilo narrativo que nos permita volver a ser personas y dejar de parecernos a caricaturas grotescas.
Hoy más que nunca, cuando vivimos rodeados de miles de verdades que nos rodean sin conducirnos a ninguna parte, cuando pareciera que no hay códigos comunes, porque cada uno de nosotros tiene su propio dogma, venimos a recuperar un lenguaje común, que nos permita constituirnos en comunidad. Un lenguaje y una imaginación en la que padres e hijos y en la que nietos y abuelos puedan encontrarse en la palabra.

Frente al individualismo extremo, al enclaustramiento autista y al “sálvese quien pueda”, que nos despojan de nuestra trama social como judíos y como seres humanos, celebramos Pesaj para redescubrir la solidaridad, la comunidad y los proyectos compartidos.
En Pesaj hablamos en familia y con amigos de libertad y justicia, de alabanza y agradecimiento, de liberación y redención y contemplamos el complejo mundo que nos toca vivir desde la óptica de nuestros textos milenarios.

En Pesaj afirmamos nuestro destino desafiando a la amnesia.

Anuncios