por Rav Benjamín Blech
para Aish Latino

Dios puede garantizar la supervivencia del pueblo judío, pero individualmente, la amenaza existencial es alarmantemente real.

Sentados en el Seder este año, es comprensible que nosotros los judíos de hoy tengamos más en nuestras mentes que los antiguos egipcios. Hoy en día tenemos buenas razones para estar nerviosos una vez más por nuestra supervivencia.
Uno de nuestros enemigos declarados, que ha dejado en claro su intención de destruirnos, está en camino a tener la capacidad nuclear necesaria para materializar su amenaza. A pesar de los innumerables esfuerzos diplomáticos, las sanciones y la presión política puesta sobre el liderazgo de Irán, nada parece persuadirlos de llevar a cabo su versión propia de la “solución final”.
Así como el Faraón, Ahmadinejad representa el peligro más grave, cuyo objetivo no es solamente dañar, sino destruir por completo al pueblo judío. Y así como el Faraón, el crimen de Ahmadinejad es tan inconcebible que Dios promete evitar que ocurra.
Déjenme explicar.
En la historia de Pesaj, los judíos estuvieron en Egipto por 210 años. Ellos sufrieron durante la mayoría de este tiempo. Varias generaciones fueron esclavizadas. ¿Qué fue lo que finalmente provocó que Dios designara a Moisés y comenzara el proceso de la redención? ¿Cuál fue la gota que rebalsó el vaso?
La respuesta fue revelada simbólicamente a Moisés en su primer encuentro dramático con Dios en la Zarza Ardiente.
Una lectura simple de la historia nos dice que mientras atendía a sus ovejas en el desierto de Sinaí, Moisés repentinamente vio una zarza que estaba envuelta en llamas. Sin embargo extrañamente, a pesar de que la zarza estaba ardiendo, no se consumía. Eso desafiaba las leyes de la naturaleza. El fuego siempre destruye. Moisés no podía entender.
En este mismo momento, mientras Moisés se quedó paralizado por el milagro ante sus ojos, Dios se reveló y proclamó, “Yo soy el Dios de tus padres”.
Superficialmente, la historia parece decirnos que Dios realizó este maravilloso acto para impresionar a Moisés antes de pedirle que asumiera el liderazgo. Dios escogió esta señal para que Moisés comprendiera el significado del poder Divino. Pero aquí surge una pregunta. ¿No podía Dios haber realizado otro milagro incluso más sorprendente, más convincente, más indicativo de su control sobre todo el mundo en vez de una zarza en el desierto?
Los comentaristas rabínicos proveen una hermosa respuesta. Dios no estaba solamente realizando un milagro; Él estaba enviando un mensaje. Dios sabía lo que Moisés estaba pensando. Desde el momento en que huyó de Egipto y vio a sus hermanos sufriendo bajo la brutal opresión del Faraón, Moisés se preocupó y se preguntó: ¿Acaso mi pueblo está vivo aún? Y entonces la primera cosa que Dios hizo fue tranquilizar a Moisés, no sólo momentáneamente, sino también a futuro.
La zarza simbolizaba al pueblo judío. La zarza ardía, pero, en contra de todas las leyes de la naturaleza, no se consumía. Así también, el pueblo judío, en contra de todas las leyes de la historia, nunca perecerá. Esa fue la promesa Divina implícita en el primer mensaje que Dios le dio a Moisés al comienzo de su liderazgo.

Promesa Eterna
El milagro de la Zarza Ardiente fue la representación grafica del milagro de la supervivencia judía. Cuando Arnold Toynbee completó The Study of History (El Estudio de la Historia), su clásico análisis de 10 volúmenes de extensión acerca del nacimiento y la caída de las civilizaciones humanas, él estaba perturbado por una aparente refutación de sus reglas universales que gobernaban el inexorable descenso de cada pueblo en la Tierra. Solamente los judíos habían sobrevivido, desafiando el cuidadoso y racional análisis de Toynbee. Así que Toynbee proclamó a los judíos nada más que un “residuo remanente”, un pueblo destinado a expirar prontamente.
Pero de alguna manera, a pesar de todos los brutales intentos por destruirnos, los judíos han personificado el constante milagro de la Zarza Ardiente.
La historia judía desafía la lógica. Se cuenta que cuando el rey Luís XIV le preguntó a su filósofo residente, Pascal, si creía en milagros, Pascal le respondió que sí.
Sorprendido, el rey exigió, “Dame un ejemplo de un milagro que justifique tu creencia”.
“Los judíos, su majestad. La supervivencia de los judíos – eso ciertamente es un milagro”.
La razón de este milagro es la promesa Divina hecha hace mucho tiempo a nuestros patriarcas, Abraham, Isaac y Yaakov. Una promesa que le aseguró a nuestros ancestros que sus descendientes nunca perecerían; que su rol en la historia de ser “una luz para las naciones” permanecería vigente hasta el cumplimiento del sueño mesiánico.
Y eso explica porqué Dios escogió aquel particular momento para que Moisés comenzara el milagro de la redención nacional de Egipto. Cuando los planes del Faraón pasaron de opresión a exterminación, la salvación de Dios fue innegable e inevitable.
Tan pronto como Hamán determinó asesinar a todos los judíos – hombres, mujeres y niños – el milagro de Purim fue una conclusión decidida y Hamán fue condenado a ser colgado en la horca. La desaparición de los judíos del escenario del mundo tenía que ser prevenida, sin importar cuan improbables fueran las muchas coincidencias requeridas para traer la Divinamente deseada conclusión.

Respondiendo al Peligro
Mientras nos preparamos para celebrar Pesaj, y mientras nos enfrentamos nuevamente a una figura similar al Faraón que busca destruirnos, debemos recordar dos cosas cruciales: Por un lado, todos aquellos que buscan destruirnos provocan la misma cólera Divina que cayó sobre los egipcios que perecieron en el Mar Rojo. Pero por otro lado, debemos asegurarle a Dios que merecemos Su intervención.
De ninguna manera quiero minimizar el peligro de la situación actual. Sin embargo, cuando somos amenazados, nuestra respuesta siempre debe ser el tradicional acercamiento triple de arrepentimiento, rezo y caridad. Los “Hamanes” de la historia pueden estar condenados a la destrucción Divina, pero aún así debemos hacer todo lo que esté en nuestras manos para mitigar los resultados de su maldad, fortaleciendo nuestro compromiso con Dios y con la Torá.
Podemos estar confiados de que Dios no nos abandonará; Él garantiza nuestra supervivencia colectiva. Pero individualmente, la amenaza existencial es muy real. Hay una razón genuina para sentir temor, un temor alarmante que debiera despertarnos e incitar sincera teshuvá.
Este Pesaj, mientras nuestra alegría es atenuada por las siniestras advertencias de los vecinos de Israel, obtengamos esperanza (no apatía) de las palabras de un famoso autor quien, aunque no es judío, comprendió bien el mensaje de la Zarza Ardiente. Leo Nikolayevich Tolstoy, un cristiano más conocido por su libro War and Peace (Guerra y Paz), escribió en 1908:

El judío es el emblema de la eternidad. Aquel a quien ni las matanzas ni las torturas de miles de años han podido destruir; aquel a quien ni el fuego ni la espada ni la inquisición pudieron borrar de la faz de la tierra; aquel que fue el primero en producir los oráculos de Dios; aquel que ha sido por tanto tiempo el guardián de la profecía y quien la transmitió al resto del mundo. Una nación así no puede ser destruida. El judío es tan imperecedero como la eternidad misma.
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