A 64 años de haber sido creado, el Estado de Israel es un lugar de crudas contradicciones. Sin embargo, en ocasión de Iom Haatzmaut, el diario Haaretz publicó una columna donde dos intelectuales israelíes sugieren que no requiere un acto de gran imaginación prever un centenario de Israel decente y sustancial para todos sus habitantes, en paz con sus vecinos y con un lugar en el mundo. Tras dos años de recorrer los lugares más recónditos del país, su opinión vale la pena ser considerada.
 
Por Noah Efron* y Nazier Magally**
Para Nueva Sión
 

Para la mayoría de los judíos, Israel es un sueño completo: hogar nacional y un lugar propio. Asimismo, es el hogar para palestinos que también buscan un Estado propio. Israel es una democracia bulliciosa, con un sistema judicial consustanciado con los valores humanos y liberales, y una prensa que argumenta y polemiza. Es también un país donde la discriminación, especialmente contra los árabes, es muy común.

El éxito económico de Israel fue extravagante, desde el milagro agrícola forjado por el colectivismo de los primeros días a la nación informática en que se convirtió hoy. Pero el crecimiento económico dejó mucho detrás, generando brechas entre los pudientes poderosos y los vulnerables, e incluso los numerosos desposeídos.

Israel acobija espléndidamente culturas que juntas producen literatura, música, artes, ciencias y educación de renombre internacional. Aunque muchos todavía lo ven como una cultura en decadencia, aún renuente a fundar universidades, librerías, teatros y museos.

Israel es una tierra de gran belleza natural. Pero su paisaje está infectado de shoppings desabridos, con agua y aire contaminados, al tiempo que los espacios abiertos abren paso al asfalto y el concreto del desarrollo desconsiderado.

Estas contradicciones pueden encontrar tanto esperanza como desaliento. Por algún tiempo, la desesperanza ganó el presente. Tendemos a asumir que los problemas de hoy sólo van a empeorar mañana. Este pesimismo nos previene de ver los extraordinarios logros de Israel, y disuade de dar voz a una visión para un futro mejor. La inacción de las generaciones desesperanzadas que genera desesperanza.

Para cortar este círculo, tomamos la ruta en un esfuerzo para ver el nuevo país. Junto con nuestros colegas, desde hace dos años pasamos días y noches con ultraortodoxos judíos de Beit Shemesh, inmigrantes rusos de Ashdod, israelíes palestinos de Nazaret, mizrajim de Yerucham, beduinos de la villa no reconocida de Rachma, colonos de Kfar Etzion y palestinos de Beit Jallah. Viajamos a Efrat, Uhm el-Fahm, Tirat Carmel, Ein Hud, Haifa y Jerusalén. Cuando las protestas de verano produjeron campamentos a lo largo del país, los visitamos desde Kiryat Shemona en el norte hasta Dimona en el sur.

Durante esos viajes, observamos una gran y creciente discrepancia entre la manera en que la política israelí y la sociedad son discutidas, acá y en el exterior, y la manera en que operan realmente. Estas dicotomías que muchos de nosotros creímos que definían al país desde hace tanto –asquenazis vs. mizrajim, judíos vs. árabes, centro vs. periferia, nativos vs. inmigrantes, derecha vs. izquierda- ya no reflejan la complejidad de la sociedad israelí. Hay afinidades en valores y visiones que han pasado casi desapercibidos. Y en estas cosas que compartimos, se encuentran las semillas de un futuro común caracterizado no por el conflicto sino por la comunidad.
 Una afinidad, habitualmente ignorada, es un deseo compartido de ser parte del mundo en el que vivimos, y tomar la responsabilidad para eso. Se asume habitualmente que los ultraortodoxos quieren ser solventados y que se los deje hacer lo que quieran. Encontramos muchos haredim que buscan maneras de integrar la sociedad que los rodea, al trabajar en tecnología de punta, al tomar parte de ONGs, al participar en política municipal. Encontramos en Yerucham gente concientizada acerca de la pobreza de Rachmah, la villa beduina vecina.

En donde sea encontramos israelíes que creen que la habilidad de cada uno de nosotros de vivir una buena vida depende de la habilidad de nuestros vecinos de vivir una vida decente. Para muchos, esto significa desarrollar nuevas aptitudes acerca de cómo marcha nuestra economía. Después de décadas de privatizar, una gran cantidad de israelíes ahora quiere participar de la vida del ámbito público. Asimismo, queremos complementar la economía de firmas informáticas globales con economías locales que funcionen, en paralelo a las salidas altamente capitalizadas buscamos empresas que echen raíces. No deseamos aceptar que para avanzar, muchos deben ser dejados atrás. Para muchos de nosotros, la solidaridad social importa, tanto como el salario.

Descubrimos que, en paralelo al disgusto por la política del presente, hay un gran interés en una nueva política en el futuro.
Después de dos años de ver estas mismas cosas en lugares muy diferentes a lo largo del país, cuando la protesta social fue recibida el último verano con prácticamente un apoyo universal, fue –con toda su energía y buenas intenciones- no del todo nueva. Los manifestantes nos encantaron, pero no nos sorprendieron.

En 1906, Theodor Herzl finalizó Altneuland (La Vieja Nueva Tierra), la novela que anticipó al Estado judío, con un aforismo: “Si lo deseas, entonces no es un sueño”. Esta inverosimilitud fue desechada por sus contemporáneos, pero pasaron apenas 42 años antes de que Israel fuera establecido. El mismo Herzl insistió en que la simiente del futuro ya había sido plantada cuando escribió su obra, y que el suyo fue menos un acto profético que una observación sensible de un futuro que ya se encaminaba.
Para aquellos capaces de ver con un ojo cuidadoso, el futuro que está desarrollándose es más decente del que usualmente nos permitimos ver a nosotros mismos. La verdad es que no lleva un gran acto de imaginación vislumbrar un Israel en sus 100 años que sea decente y sólido para todos los israelíes, en paz con sus vecinos y un lugar en el mundo. De hecho, requiere menos aún que un viaje en colectivo y un corazón abierto.

* Noah Efron es miembro de Shaharit, un think tank de políticas israelíes, y docente de la Universidad Bar Ilan. Es autor del libro Judíos reales: seculares, religiosos y la lucha por la identidad judía en Israel.
** Nazier Magally, quien también integra Shaharit, es un escritor y periodista que vive en Nazaret. Es editorialista de Eretz-Aheret, el diario londinense Asharq Alawsat, y conductor de diferentes noticieros de la TV israelí.
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