En un interesante ejercicio que propone analizar lo social sin entrar en el campo de la fe, el autor reflexiona acerca de los modos en que el pensamiento de “verdad única” propio de las religiones monoteístas, agravado con las formas de sincretismo cristianas y musulmanas, perpetúa sociológicamente el antisemitismo. Por el contrario, el politeísmo resulta más tolerante en su relación con el “otro”.
Por Mauricio Zieleniec

¿Cómo surge la judeofobia? ¿Cuándo comienza? ¿Por qué se sostiene durante siglos y milenios? Rara vez, cuando hablamos o denunciamos el antisemitismo, nos preguntamos su origen; se suele analizar coyunturalmente, en situaciones inmediatas a los sucesos, pero no los orígenes que perpetúan y continúan durante milenios.
Un contraste para tener en cuenta y comenzar a entender este fenómeno es saber, por ejemplo, que en Japón, en plena Segunda Guerra Mundial, los judíos japoneses que vivían en dicho país no fueron afectados, a pesar de las fuertes presiones de la Alemania Nazi, para que Japón, como aliado de su eje, implementara su política de exterminio.
Lo mismo sucedió en otros países. Esto nos permite recomponer el porqué de los orígenes del “antisemitismo” (la palabra “antisemita” fue generada en el modernismo, pero el concepto viene de milenios atrás).
Tenemos que retornar a tiempos muy antiguos; hasta el mismo momento en que el pueblo judío tomó el monoteísmo. Es importante saber que el monoteísmo tuvo trascendencia en el mundo Occidental a través del judaísmo. Si bien hubo otras creencias monoteístas, una de ellas fue Akatenón en Egipto, no fue otra más que la israelita la que trascendió a posteriori.
Monoteísmo versus politeísmo
El pueblo judío, al afirmar la creencia en un Dios único, produce un cambio, un paradigma nuevo en la sociedad antigua.
En el politeísmo coexistían muchos dioses. Cuando un pueblo subyugaba a otro, le permitían sostener sus creencias y dioses dejándolos en un grado de jerarquía menor con respecto a los pueblos dominadores (situación no absoluta en la historia). Eso hizo del politeísmo, al aceptar al otro, una forma mucho más tolerante, en comparación con el monoteísmo.
Durante el exilio babilónico, el pueblo judío tuvo amplitud en sus creencias aun siendo Babilonia una de las grandes civilizaciones politeístas de aquella época (589 a. C.). Esta tolerancia a los israelitas permitió generar nuevas riquezas en las Escrituras (como el Pentateuco) partiendo y modificando las propias creencias venidas de antes del exilio. En Babilonia, incluso nos permitieron generar las primeras “sinagogas” o lugares de reunión en espacios abiertos para desarrollar y sostener las creencias. El de Babilonia es un simple ejemplo de cómo un poderoso imperio, enmarcado en su concepción politeísta, fue muy tolerante con los israelitas.
El monoteísmo fue modificando en forma negativa la flexibilidad de la tolerancia, porque siempre se piensa que existe una única verdad, un Dios sagrado y único; por lo tanto eso limita la tolerancia hacia lo que podía pensar el otro, porque su manera distinta de pensar ataca la creencia primera de un único Dios, “su Dios”.
En Extremo Oriente, donde predomina un pensamiento no monoteísta, con países, regiones o culturas que no han tenido influencias del monoteísmo, como China, India, Corea, Japón, entre otros, existiendo pequeñas colectividades judías no ha habido antisemitismo. Con esta experiencia, podemos notar que al no ser la ideología dominante la monoteísta, ni la de los sincretismos religiosos, los judíos han tenido una situación muy distinta a la que conocemos en Occidente. El citado caso de Japón durante la Segunda Guerra Mundial es un acabado ejemplo de la ausencia de prejuicios antisemitas en la región.
Sincretismos religiosos
Otro de los elementos que compone la judeofobia es la existencia de sincretismos religiosos (cuando se toma la cultura de una sociedad o creencia; una parte la acepta y en la otra se genera una creencia nueva).
Ocurrió que desde el seno mismo del pueblo judío surgió quien dijo ser un Mesías, Jesús; luego los católicos concibieron que era ungido por el Espíritu Santo en una trilogía que integraba a Dios (una unidad). Jesús anduvo durante décadas en las sinagogas, en la observancia y predicando divergencias que surgieron dentro del judaísmo.
Hubo un momento de rompimiento del judaísmo con el cristianismo; eso fue cuando se generó el concilio de Jerusalén, allí comenzó la afirmación básica de transformación; ese sincretismo religioso es el cristianismo primitivo, que luego evolucionó hasta el presente, habiendo partido de la propia Torá.
El cristianismo, al igual que el judaísmo, no son solo una forma de creencia y de fe religiosa; son a la vez un fenómeno humano, y podemos interpretar la parte humana desde un pensar sociológico, dejado la creencia teológica como base, pero ajena a lo social. Aclarado esto, podemos analizar lo social sin entrar en la fe.
Cada una de las creencias marca los límites de la diferencia con el “otro”. El otro es el límite; no es el sujeto, ni el similar, sino que puede ser el enemigo, o el que de alguna forma se tolera. Y tolerar no significa que lo acepto, que me congratulo con él, de alguna forma, al otro lo tengo que tolerar para convivir con él o para “no” convivir…
 
El cristianismo y posteriormente el islamismo tuvieron que convivir con el judaísmo, el “otro”, pero con el agregado de que ambos parten de sincretismos y son religiones abrahámicas. El hecho de que se constituyeron con sincretismos del judaísmo significa un dolor, porque “el otro” (el judío), es de donde el cristianismo partió en sus bases religiosas y sagradas, por lo tanto se siente muchas veces disminuido porque sus mismas bases emanan de las escrituras originales de la Torá, que es” del otro” y para tolerarlo, como monoteísta, tiene que renunciar a su verdad absoluta cristiana o islámica; hay una verdad anterior: la Torá. Se potencializa de esta forma en el mundo cultural-social, cristiano y musulmán “una doble intolerancia”.
Significa que el sincretismo hacia el israelita, presupone una “relativa” verdad; eso molesta y hace más intolerable la relación con el “otro”, el israelita. Recordemos, en la antigüedad se desvalorizaba a los paganos por diferentes, pero los hebreos, además de ser diferentes, son la génesis de sus creencias; nuestra existencia es una contradicción potencializada, difícil de tolerar.
Esa cultura que nació traspasando lo teológico, generó un rechazo “antisemita”. Por ejemplo en Inglaterra, durante 300 años no habitaron judíos en su suelo; sin embargo el espíritu antisemita queda impregnado en la sociedad cristiana, en su cultura dominante.
El desafío, a futuro, es el reciente cambio que en este escenario genera el surgimiento de la globalización, fundamentalmente en internet, que ha generado una “aldea global”. Han aparecido formas antisemitas tenues, en lugares donde antes no existieron en milenios. Y a la vez, en lugares donde sí existían, se han apaciguado parcialmente. El diálogo judeocristiano, sin duda apacigua estas contradicciones, pero la esencia dialéctica social no cambia totalmente.
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