El apellido Rothschild es, aun hoy en día, sinónimo de riqueza, y efectivamente en su tiempo de mayor auge esa familia adquirió patrimonio e influencia a una escala que solo los reyes habían disfrutado en otras épocas. En la historia judía, por otra parte, la saga de los Rothschild no fue solo de éxitos asombrosos en una época en que apenas comenzaba la emancipación, sino un símbolo de orgullo por lo que podía lograrse con talento y constancia. Este año se cumplen dos siglos del fallecimiento del fundador de la dinastía, oportunidad apropiada para una breve crónica
Las primeras generaciones
Mayer Amschel Rothschild (1744-1812) fue un comerciante que nació en la Judengasse (“Calle Judía”) del gueto de Frankfurt, principado de Hesse, en lo que más tarde sería Alemania; su apellido puede trazarse hasta el siglo XVI, y proviene del escudo rojo que había sobre la puerta de la casa familiar.
Mayer era cambista y comerciante de antigüedades. Así conoció al príncipe elector Wilhelm I de Hesse, de quien llegó a ser asesor y confidente. Más tarde, con la apertura del comercio a los judíos, pudo extender sus negocios a los textiles y eso lo relacionó con Inglaterra, que entonces se había constituido en el centro del ramo y que sería la capital de las finanzas mundiales durante todo el siglo XIX.
En 1797 envió a su hijo Nathan a Manchester, centro de la revolución industrial, para encargarse del negocio familiar. Nathan vendía las manufacturas de algodón en Europa sin pasar por intermediarios, y para ello ofrecía crédito, lo que le dio pie para pasar al mundo de las finanzas.
En 1803 Nathan se trasladó a Londres. Inglaterra se encontraba en plena guerra contra Napoleón; para ese momento, la fortuna familiar había crecido tanto que la casa Rothschild se constituyó en la principal financista del gobierno británico.
Otros tres hijos de Amschel Rothschild se radicaron en diferentes ciudades de Europa para crear “sucursales” de la casa: James en París (1811), Salomón en Viena (1816) y Karl en Nápoles (1821), mientras que Mayer, el mayor, permaneció en la sede de Frankfurt a raíz de la muerte del patriarca en 1812.
Después de las guerras napoleónicas se de­sa­rrolló un nuevo tipo de comercio mundial, basado en el crédito y los valores; en este nuevo mundo los Rothschild pusieron las bases de la banca privada multinacional. Financiaron la construcción de los primeros ferrocarriles de Francia y Austria, así como la del Canal de Suez. Prestaron servicios de representación a Bélgica, a varios principados alemanes, a los gobiernos de Nápoles, Cerdeña y Sicilia, e incluso a los Estados Pontificios, además de las familias reales Borbón, Orleáns y Bonaparte.
Por sus aportes financieros y de servicios los cinco hermanos recibieron títulos nobiliarios, tanto en Inglaterra como por parte del emperador austríaco, algo extraordinario tratándose de judíos, que además practicaban abiertamente su fe; debe señalarse que muchos judíos que aspiraban a ascender en la escala social accedían a la conversión como salida a las limitaciones legales y los prejuicios.
Como dato curioso puede mencionarse que, para disponer de información para sus negocios con la mayor rapidez posible, los Rothschild hicieron uso de un novedoso servicio de palomas mensajeras creado en 1848 por el también judío Israel Beer Josaphat. Este germanizó su nombre por el de Paul Julius Reuter, y cuando su empresa pasó a usar el telégrafo —la “alta tecnología” de aquella época—, se convirtió en la primera agencia internacional de noticias, hoy conocida como Reuters.
La tercera generación
El barón Lionel de Rothschild (1808-1879), hijo de Nathan, marcó la entrada de la familia en la política: en 1847 fue electo por el voto popular como parlamentario de la “City” de Londres a la Cámara de los Comunes; sin embargo, no pudo asumir porque el juramento obligaba a decir que ejercería el cargo “de acuerdo con la verdadera fe de un cristiano”. Lionel fue electo otras cuatro veces sucesivas, pero se negó a hacer ese juramento, y la Cámara de los Lores rechazaba la posibilidad de modificar el texto.
Finalmente, en 1858 se aprobó la propuesta de que se pudiera sustituir la frase de acuerdo con la religión del incumbente. Lionel se juramentó sobre un ejemplar del Antiguo Testamento, con la cabeza cubierta y pidiendo “la ayuda de Adoshem”, esta última palabra en hebreo. Ello marcó la abolición de una de las últimas restricciones legales a los judíos en el Imperio Británico. Su hijo Nathaniel se convertiría a su vez, tres décadas más tarde, en el primer judío en incorporarse a la Cámara de los Lores.
A pesar de ocupar estos importantes cargos, según el historiador Paul Johnson, los Rothschild “detestaban usar impropiamente su poder financiero o que se les sorprendiera ejerciendo ese poder (…) Como entidad colectiva, los Rothschild siempre favorecieron la paz, como cabría esperar; individualmente, las filiales tendieron a apoyar los objetivos políticos de sus respectivos países, lo cual también era natural. En Gran Bretaña, donde habían acumulado más poder, rara vez o nunca lo usaron para presionar al gobierno (…) En momentos de duda sobre los asuntos extranjeros, su costumbre fue preguntar al gobierno lo que los ministros esperaban de la firma”. Johnson califica su influencia como un “benéfico poder”, que llegó a un punto culminante en la época del primer ministro Benjamín Disraeli, quien era judío converso.
En un episodio que le ganó gran respeto, Lionel de Rothschild rechazó la concesión de un préstamo de 100 millones de libras esterlinas a la casa real de Rusia, a causa de los brutales ataques antisemitas que estaba instigando el régimen zarista, aunque ese empréstito le habría significado una ganancia de dos millones de libras a la empresa.
En apoyo a Israel
El barón Edmond de Rothschild, de París (1845-1934), fue el más entusiasta patrocinante del sionismo en la familia: dio auxilio al movimiento Jovevéi Zion cuando estaba en condiciones precarias, para el desarrollo del poblado de Rishon Letzion (“El Primero de Sión”); adquirió extensos terrenos de propietarios otomanos para establecer a los pioneros, fundó varias empresas que generaron empleo, e incluso envió expertos que asesoraran la industria vinícola y varias ramas de la agricultura. En la historia de Israel se le llama Hanadiv hayadúa (“el benefactor conocido”), y una de las principales avenidas de Tel Aviv lleva su nombre.
Por otra parte, la familia Rothschild fue una de las principales benefactoras de la Alianza Israelita Universal, institución que promovió la educación judía en numerosos paí­ses, sobre todo en el norte de África. Y no puede dejar de mencionarse que James de Rothschild aportó fondos para la construcción del actual edificio de la Knesset en Jerusalén.
Por otra parte, un miembro lejano de la familia pereció en el Holocausto: Robert Rothschild, joven industrial propietario de una fábrica de tractores en Francia, no solo fue despojado por los nazis cuando ocuparon el país, sino que la empresa alemana Krupp gestionó su envío a Auschwitz para poder “legalizar” la trasferencia de la propiedad. Esta fue una de las causas por las que Alfried Krupp, entonces jefe del famoso consorcio del acero que utilizó a miles de esclavos judíos, fue condenado a prisión en los Juicios de Núremberg, aunque poco después fue “perdonado” por las autoridades norteamericanas.
Con el auge de las leyendas antisemitas promovidas por el libelo Los protocolos de los sabios de Sión, y sobre todo para el nazismo, la familia Rothschild se había convertido en el arquetipo de los judíos poderosos que supuestamente traman el dominio del mundo a través de prácticas predatorias. Paradójicamente, fueron los alemanes Krupp quienes realmente se acercaron a ese papel.
Tradición que sobrevive
En la actualidad la fortuna de la familia está dividida entre un número creciente de descendientes, y su influencia en el mundo de las finanzas y la industria es mucho menor que antaño, destacando más bien sus actividades culturales y de beneficencia.
Desde el siglo XIX los Rothschild han sido famosos por su mecenazgo; en un tiempo poseyeron una de las mayores colecciones privadas de arte del mundo, y según Frederic Morton, biógrafo de la familia, una parte significativa de las obras existentes en numerosos museos de todo el mundo son donaciones de los Rothschild; con frecuencia, siguiendo su costumbre de discreción, estas obras han sido legadas en forma anónima.
FUENTES
Gidal, Nachum (1998). Jews in Germany – From Roman times to the Weimar Republic. Colonia: Könemann.
Johnson, Paul (2004). La historia de los judíos. Barcelona: Vergara Editores.
Keller, Werner (1969). Historia del pueblo judío. Barcelona: Ediciones Omega.
Manchester, William (1968). The arms of Krupp. Boston: Little, Brown and Company.
Wurmbrandt, Max y Roth, Cecil (1987). El pueblo judío – Cuatro mil años de historia. Tel Aviv: Editorial Aurora.
Wikipedia.org.
Sami Rozenbaum
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