Auschwitz nunca fue liberado

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Por Jack Fuchs*

Para la narración de la historia –los historiadores usan aquí mayúsculas que evito– sesenta años es nada más que un parpadeo del tiempo, para un hombre es casi todo su tiempo. De modo que un hombre, aunque sólo sea por una mínima razón de perspectiva, no habla como historiador o como filósofo, por más que el filósofo o el historiador no sean más que un hombre.

Hace sesenta años que la historiografía, y casi la entera totalidad de la literatura que se ocupó de pensar el campo de concentración como objeto, viene diciendo que el 27 de enero de 1945 Auschwitz fue liberado. Yo mismo usé esa terminología. Pero liberar supone una acción voluntaria, una decisión política, militar, una forma de intervención específica y concreta. Y no fue eso lo que ocurrió en Auschwitz. Auschwitz, del ’41 al ’45 fue ignorado por los aliados. Los campeones de la libertad, de la democracia y el progreso humano, los líderes del antinazismo estaban ocupados en asuntos de más vasto alcance: se trataba de ganar la guerra. De conquistar hegemonía política, económica y militar en ese escenario europeo devastado por la misma lógica de la guerra. Y en la guerra, como se sabe, las personas no cuentan, no tienen valor.
Los aviones aliados sobrevolaron los campos desde 1944: jamás bombardearon una sola cámara de gas, los hornos crematorios jamás fueron concebidos como objetivos militares de guerra. Bombardearon Munich, pero no bombardearon Dachau, que está al lado, o Slesia, un verdadero objetivo militar porque allí se concentraba parte de la industria alemana de guerra, pero no bombardearon Auschwitz, a muy pocos kilómetros de distancia.
Habría que decir: hace sesenta años que Auschwitz no fue liberado. Hace sesenta años que el Ejército Rojo encontró huellas de las víctimas, barracas vacías, montañas de zapatos, de pelo humano, de anteojos, de juguetes que habían estado en manos de los niños, cadáveres sin enterrar. El general soviético Petrenko cuenta en sus memorias (Antes y después de Auschwitz) que él “liberó” el campo, pero reconoce que hasta un día antes, hasta el 26 de enero, no tenía información acerca de su existencia y que, en realidad, se dirigía a localidades cercanas cumpliendo el plan de reconquistar zonas ocupadas. Sin embargo, durante 1941 las primeras víctimas del gas en Auschwitz fueron oficiales y soldados del Ejército Rojo, fue con prisioneros soviéticos con quienes se puso a prueba el funcionamiento maquinal de las cámaras y la incineración en los crematorios. De modo que el ejército de la revolución proletaria sabía muy bien qué era Auschwitz. ¿Cómo podía pasar inadvertido que desde el otoño de 1941 hasta noviembre del ‘44 Auschwitz había producido un millón seiscientas mil víctimas? ¿Cómo se pudo mantener ocultos los trenes con carga humana, que salían de París, de Roma, de Budapest, de Praga, de Berlín, de Viena, de Amsterdam y llegaban por la mañana con miles de personas vivas que unas horas después, más bien durante la noche, quedaban convertidas en ceniza? No, no fue ningún secreto. No podía serlo. Porque los grandes movimientos de transporte, la enorme energía desplegada en esa máquina de muerte era enteramente visible.
Los gobiernos aliados sabían muy bien lo que pasaba. Lo mismo en el frente inglés-americano que en el frente soviético. Los ingleses se atribuyen haber “liberado” Bergen Belsen y los norteamericanos, Dachau. Pero tampoco fue así. Los ingleses y los americanos encontraron los campos. Antes de que el ejército soviético llegara a Auschwitz, los alemanes habían huido llevándose con ellos a los prisioneros en lo que se conoce como la Marcha de la Muerte, camino de Alemania. El comandante de Auschwitz, Rudolph Hoss, fue apresado en Alemania, enviado a Polonia, juzgado y colgado frente a una de las barracas de Auschwitz en 1947.
En el ’45 yo estaba en Dachau, providencialmente me habían llevado ahí desde Auschwitz, y ningún soldado americano vino a rescatarme, los alemanes nos metieron en un tren que después abandonaron a mitad de camino; literalmente, a mí me encontraron en el cobertizo de una casa de campo en Baviera. Cuando terminó la guerra me gustaba decir que los aliados me habían liberado de Dachau. La juventud es más épica. Tardé años en comprender que no había sido así. No hubo ninguna intención de terminar con los campos. Los sobrevivientes fuimos encontrados en la ruta de los distintos ejércitos, mientras cumplían el único objetivo que se habían propuesto: derrotar a Alemania. La prioridad, la única finalidad, diría, fue la de derrotar al nazismo, y nunca la de rescatar a las víctimas. Los aliados permitieron que durante toda la guerra la matanza se ejecutara sin obstáculos.
Hoy, escribo esta nota y me es difícil retroceder en el tiempo y verme en el planeta Auschwitz (digo planeta irónicamente, para evocar la idea de que la tierra, los hombres, no podrían dar forma a una máquina semejante de muerte, pero sin embargo fue en la tierra y son los hombres), donde los SS eran dioses siniestros que decidían sobre la vida y la muerte a cada momento.
Henry Ibsen dijo que la mayoría no siempre tiene razón. Las Naciones Unidas, todas las organizaciones que preparan actos para la ocasión, la mayor parte de la prensa mundial hablan en estos días de la “Liberación” de Auschwitz, para mí se trata de una ironía de mal gusto, no puedo pensarlo de otro modo, quizá se trata sólo de una imprecisión en el lenguaje, quizá las cosas van más rápido que el lenguaje, pero no creo en esta interpretación, las palabras siguen hablando y a su modo dan cuenta siempre, fatalmente, de la verdad que ponen a cada momento en juego: las palabras y la verdad de lo que dicen y ensombrecen. Yo pregunto (me gustaría escribir como Zola: yo acuso, pero me reservo esa gravedad y ese entusiasmo ya un poco anacrónicos), ahora, 60 años más tarde, señores: ¿por qué los campos nunca fueron liberados? Y más, pregunto: ¿es la misma persona, soy el mismo, que hace 60 años, hasta unos meses antes, caminaba, si puede llamarse a eso caminar, entre los pabellones?
En la entrada de Auschwitz hay una placa escrita en 19 lenguas (hasta 1991 ese texto no figuraba ni en idish ni en hebreo), pretende dar testimonio universal de la tragedia, como cuando el turista se pasea por Le Marais, en París y lee “aquí vivió Victor Hugo”, el turista se detiene, se estremece, dice “Ah, la casa de Victor Hugo”, y después sigue, hay muchas otras cosas para ver, se hace tarde y quiere volver a su cuarto de hotel, sacarse los zapatos y tomar una ducha.

* Intelectual, pedagogo y escritor. Sobreviviente de Auschwitz.

Israel no tiene aliados permanentes

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Por Horacio Vázquez-Rial

Suele decirse que Estados Unidos es el más sólido aliado de Israel. La cosa es, en realidad, a la inversa: Israel es el más sólido aliado de Estados Unidos en Oriente Medio. El único que no aspira a ver desaparecer el Capitolio en una nube radiactiva.

Esto, con más o menos indecisiones, es lo que entendieron los sucesivos presidentes americanos desde aproximadamente 1956, cuando la llegada de Nasser al poder en Egipto y la consecuente nacionalización del Canal de Suez, un año después de la Conferencia de Bandung (1955), determinaron el ingreso de Israel en el lado occidental de la Guerra Fría. Hasta entonces, la URSS había coqueteado con los israelíes de todos los modos posibles, incluso alentando el sueño de una experiencia socialista en la región, después de haber destrozado, ya en los años treinta, el proyecto de la República Socialista Hebrea de Birobidján, en el extremo oriental de Siberia, producto de un acuerdo de Lenin con el Bund.
Incluso Clinton, que no es un exactamente un filosemita, terminó por entenderlo, hasta el punto de perder los papeles en la reunión de Camp David con Ehud Barak y Yaser Arafat, que este último llevó al fracaso con todo descaro.
Una de las razones por las que en su momento pedí a mis lectores el voto para McCain fue la imposible lealtad de Obama hacia Israel. Imposible porque Obama se presenta como un progre, y los progres no aman a los judíos, ni siquiera los progres judíos. Imposible porque cuando necesitó una iglesia cristiana para sumar a su currículum de presidenciable acudió a la de Jeremiah Wright, conocido antisemita y supremacista negro –sí, eso existe, señores–, que lo casó con Michelle y bautizó a sus hijas, y que no vaciló en afirmar que los atentados del 11-S fueron consecuencia de la política exterior de los Estados Unidos. El pastor grita como un desaforado, que lo es, “Dios maldiga a América”. Los responsables de la campaña electoral hicieron lo posible por mantenerlo, si no en secreto, al menos en un lugar discreto; con poco éxito, porque el hombre no es de los que pasan inadvertidos. Imposible porque la historia religiosa de Obama sigue siendo un misterio (como toda su historia, a decir verdad).
Obama no cree ni en sueños que el islam sea un enemigo. No lo creyó jamás porque no es su enemigo. Y, como cualquier excusa es buena para demostrarlo, pronunció un lamentable discurso en El Cairo, se prosternó ante el rey saudí, pidió disculpas a Gadafi por el oscuro asunto de Suiza y designó para cargos de confianza en la seguridad nacional, con la connivencia de Janet Napolitano, a Arif Alikhan, devoto musulmán –secretario adjunto para Desarrollo Político del Departamento de Seguridad Interior– y a Kareem Shora, devoto musulmán nacido en Damasco y director ejecutivo nacional del Comité Antidiscriminación Árabe y miembro de Consejo Asesor de Seguridad Interior.
La indeclinable decisión del Gobierno Netanyahu de construir 1.600 viviendas en la parte oriental de Jerusalem es una excusa tan buena como otra cualquiera, y no olvidemos que ya han encontrado miles, para generar un roce y decir que los israelíes se oponen a la creación de un Estado palestino, que es precisamente lo que vienen tratando de hacer desde que los palestinos se presentaron en el mundo, bastante después de 1948, cuando sólo eran árabes entre los árabes. Si no es ésta, será otra.
Como occidental, sostengo que la división de Jerusalem es una fantasía, perversa, además. Sabemos el destino que corrió la ciudad cuando los jordanos la tomaron: el de los budas de Bamiyán. Y fue recuperada lo bastante rápido como para que la destrucción no fuera completa. Si alguien piensa que la inauguración reciente de la sinagoga de la Hurva corresponde a la restauración de una antigüedad, se equivoca: fue destruida por los jordanos en 1948, en una guerra declarada por ellos contra el decreto de partición de la ONU.
Si Jerusalem no es Israel, está condenada a no ser más que un conglomerado de mezquitas lujosas, de esas que los saudíes hacen construir a su costa en todo el mundo. Si Jerusalem no es la capital de Israel, dejará de ser el núcleo del judaísmo y el cristianismo; y advierto, por si algún lector católico lo ha olvidado, que el Santo Sepulcro será arrasado, probablemente por los grupos armados de Hamás, tal como los talibanes arrasaron los budas. Con bombas, metralla y, si cabe, con algún pequeño ingenio nuclear de los que están introduciendo en Gran Bretaña para perpetrar matanzas que dejen pequeñas todas las anteriores.
Hace poco el profesor Steven Plaut le decía a Obama, en un texto que ha circulado profusamente por la red: “Usted no puede entregar Jerusalem a los salvajes”. Eso, a Obama, no le importa en absoluto.
Obama prefiere ignorarlo. Prefiere confraternizar con los musulmanes, que, al fin y al cabo, son más los suyos que nosotros, un nosotros que claramente comprende a WASP, latinos católicos y otras gentes de mal vivir.
Que nadie se llame a engaño: Netanyahu hizo un viaje valiente, pero ya no se reunió con los amigos, sino con una gente nueva que ocupa esas salas en las que trabajaron Jefferson y Lincoln. Y además sabe que a Israel, más que a cualquier otra nación, se le aplican las palabras de Disraeli: “Gran Bretaña no tiene enemigos ni amigos permanentes, sino sólo intereses permanentes”.