Sudáfrica recuerda los 18 años del final del apartheid
El 17 de junio de 1991 el parlamento de ese país derogaba la ley sobre segregación racial de la población, que estuvo vigente durante más de cuatro décadas.
Aunque parezca que han pasado siglos, hace apenas 18 años que Sudáfrica abolió la legislación que impuso una política racista y de segregación practicada en ese país desde 1948, bajo el mandato de Daniel-François Malan. El objetivo del apartheid, vigente por más de 40 años y que en afrikaans -una variante sudafricana del idioma holandés- significa “separación”, era mantener divididas a las razas: blancos, mestizos y negros, cada uno por su lado, estableciendo una jerarquía en la que los primeros sometían al resto.
El ex primer ministro, Hendrik Verwoerd, llegó a decir: “Estamos decididos a que Sudáfrica siga siendo blanca. Esto significa una sola cosa: la dominación de los blancos. Nuestro objetivo es terminar con la discriminación, separando cada vez más al blanco del negro”. Sus palabras abrían la puerta a décadas de discriminación, represión, persecución y violencia a las que serían sometidos los habitantes de raza negra. La política sudafricana se sumergía en una Era de oscuridad, surgida de la convicción de algunos pocos dirigentes que creían haber encontrado una fórmula para asegurar el futuro de la minoría gobernante –3 millones de blancos- sobre una mayoría de color de 12 millones. El apartheid alcanzó su pico de violencia en 1959, cuando la población negra quedó totalmente relegada a pequeños territorios marginales y privada de la ciudadanía sudafricana. Pero la lucha de la resistencia se inició apenas instalado el régimen.
El Gobierno, respaldado por una poderosa fuerza de seguridad, respondió persiguiendo a los movimientos políticos y sindicatos negros hasta forzarlos a pasar a la clandestinidad. Hubo represión, arrestos masivos, ejecuciones públicas y muertos. En la clandestinidad, los grupos opositores lucharon para hacer resurgir y fortalecer la “conciencia negra” de los ciudadanos. Hasta ese momento, la política sudafricana no había sido fuertemente cuestionada.
Sin embargo, el brutal sistema de segregación racial hizo que las presiones de la comunidad internacional se acrecentaran.
En 1977, Sudáfrica fue sometida a un embargo de armas y material bélico.
En 1985, la ONU llamó a sus miembros a adoptar sanciones económicas contra dicho país. El Gobierno comenzaba a sentir los primeros estrangulamientos.
El apartheid vio llegar su fin cuando el 17 de junio de 1991, el Parlamento sudafricano decidió por unanimidad derogar la ley que avalaba el perverso sistema de explotación.
Hacía poco más de un año que el activista Nelson Mandela había sido liberado por el presionado presidente Frederik de Klerk tras 27 años de cárcel. La liberación del líder de la comunidad negra sudafricana, que se convertiría en mandatario de su país en 1994, así como la abolición de la ley, fue producto de la lucha incansable del movimiento político hasta entonces perseguido. Sin embargo, y a 18 ños de la abolición de aquella ley, Sudáfrica no ha experimentado los cambios que se esperaba. El fin del apartheid como institución no implicó su extinción en la realidad cotidiana, ni en la mentalidad de los ciudadanos.

La vida, sobre todo de los negros, aún hoy se encuentra influenciada por la lógica de la segregación racial y la pobreza. El sistema logró imponer una ideología tan fuerte que en la mentalidad del hombre común el apartheid no desapareció tan fácilmente como se derogó la ley. La mayoría de la población negra sigue marginada, sin poder acceder a una educación de nivel. La pobreza roza al 60%; el desempleo alcanza al 35% de los habitantes y 12 de cada 100 sudafricanos está infectado con HIV.
A pesar de las cifras, esta joven democracia es el Estado más rico del continente africano.
Tiene una ubicación geográfica privilegiada y grandes recursos mineros –por ejemplo, oro y diamantes- para ser aprovechados; en tanto, también crece el turismo en la región.
Sudáfrica tiene los costos de electricidad más bajos del planeta, su infraestructura vial está catalogada como la tercera del mundo y las instituciones financieras se consideran altamente desarrolladas y dentro de las más transparentes a escala internacional.