Beatriz Rojkés se convirtió en la primera presidenta judía de la Argentina, al menos por unas horas.

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“Tomo los valores del judaísmo como filosofía de vida, lo cual me marca absolutamente todo”, dijo Beatriz Rojkés, quien se convirtió en la primera presidenta de origen judío de la Argentina al reemplazar en forma temporal a la titular del Ejecutivo nacional, Cristina Kirchner, y al vicepresidente Amado Boudou, ambos de viaje.
Rojkés estará a cargo del gobierno por un día y medio desde este miércoles, debido a que la Presidenta viajará a Angola, mientras que el vicepresidente Amado Boudou se embarcará por la noche con destino a Suiza para recibir un premio para la Argentina en la Unión Internacional de Telecomunicaciones.
La presidenta provisional del Senado es el tercer cargo del gobierno y el segundo en la línea de sucesión.
Rojkés fue elegida para representar a la norteña provincia argentina de Tucumán en el Senado en 2009. Dos años más tarde, fue designada presidenta provisional del Senado por la jefa de Estado. Se convirtió en la primera judía y mujer en ocupar el cargo.
Rojkés está casada con José Alperovich, el actual gobernador de Tucumán. Él fue el primer judío en ser elegido gobernador y en prestar juramento sobre una Biblia judía en la Argentina.
En una entrevista realizada hace unos meses por la Agencia Judía de Noticias (AJN), la legisladora expresó que “como judía hay un sentimiento y un compromiso muy grandes” hacia Israel.
Justamente ese sentimiento fue el que la llevó a sumarse al Grupo Parlamentario de Amistad Argentino-Israelí. “Seguramente ahora tendré más posibilidades de generar lazos de amistad (con Israel) y mostrar la verdad de la historia y no la que nos quieren vender en Latinoamérica”, afirmó Rojkés, quien siempre tuvo un fuerte vínculo con la comunidad judía.
En esa charla con AJN, la senadora y esposa del gobernador de Tucumán, José Alperovich reveló que recién conoció Israel hace 6 años. “Viajaba muy poquito para no dejar a mis hijos chicos”, se justificó.
Incluso señaló que el motivo de ese viaje a Israel fue para “ver y conocer la verdad de la historia” en el lugar y explorar “la posibilidad de abrir mercados en Israel” para Tucumán y la Argentina. “Esto último pudimos hacerlo cuando era parlamentaria del Mercosur y la Argentina todavía no había firmado el convenio de libre comercio” entre Israel y el bloque regional, recordó.
En cada entrevista, Rojkés trata de dar muestra de su vínculo con el judaísmo. “Vengo de una familia no religiosa, pero sí profundamente judía, en la cual la tzedaká (justicia social) era lo más importante”, subrayó.
Su vínculo con el judaísmo fue ratificado cuando el 30 de noviembre juró sobre la Torá en la ceremonia previa a la reasunción de su banca como senadora.
Rojkés aseguró que tanto ella como su marido practican el judaísmo “con orgullo, como tiene que ser”. “Esto es algo que es así, en algún momento hemos tenido algún problema de dificultad pero nunca he sentido tener inconvenientes por mi condición de judía, salvo en alguna oportunidad cuando salió todo un fascismo desconocido durante el gobierno de (Antonio) Bussi que salieron con una bandera que tenía una cruz”, afirmó.
No obstante, con la sanción del Digesto Jurídico Provincial, en diciembre de 2008, se dio de baja a la polémica Bandera de Tucumán luego de 13 años de existencia, aunque nunca fue usada efectivamente como símbolo provincial.
Para Rojkés, la decisión de la Presidenta de designarla como titular provisional del Senado “supone una ponderación de un trabajo responsable, de mucha vocación, en el intento de cambiar el medio” en el cual se vive.
“Yo estaba muy cómoda siendo la compañera de (el gobernador de la provincia de Tucumán) José Alperovich y trataba de hacer lo máximo para enriquecer toda su tarea de gobierno, sin ambición alguna -ni mucho menos lobby- de ocupar otro lugar”, aclaró.
CGG-DB

Buenos Aires inaugura Plaza de la Shoá

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El jefe de Gobierno de la ciudad de Buenos Aires, Mauricio Macri, encabezará esta mañana la inauguración de la Plaza de la Shoá, en la zona de Palermo.

El acto está convocado para las 10.30 en Avenida del Libertador 3905 y la plaza que rinde homenaje a las víctimas del Holocausto estará instalada en el ex Paseo de la Infanta.

Además de Macri y funcionarios del Gobierno porteño se prevé la presencia de dirigentes de las instancias centrales de la comunidad judía argentina y del Keren Kayemet LeIsrael (KKL), entre otras organizaciones.

Los festejos de la comunidad judía argentina en el Día de la Independencia de Israel

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Luego de una multitudinaria marcha por la avenida Alicia Moreau de Justo en dirección al estadio Luna Park, la comunidad judía de la Argentina celebró el 64º Iom Haatzmaut con más de 6 000 personas que le dieron el marco de una verdadera fiesta con bailes, canciones y gran alegría.
La movilización fue encabezada por el embajador de ese país, Daniel Gazit, y los presidentes de la DAIA, de la AMIA y la OSA, Aldo Donzis, Guillermo Borger y Manuel Junowicz, respectivamente, junto con centenares de jóvenes, quienes portaban banderas israelíes y de diversos movimientos juveniles comunitarios de Buenos Aires y el interior del país.
Ya dentro del estadio, el acto se inició con cuatro discursos.
“Hay momentos que uno no olvida, y pienso que éstos acá, en el Luna Park, todos los años, con la caminata de los jóvenes y no tan jóvenes cantando van a quedar grabados para mi esposa, Michelle, y para mí”, admitió Gazit, quien en tres meses dejará su cargo.
Para el diplomático, la Argentina “es una maravillosa comunidad judía que celebra el festejo del pueblo judío todo: 64 años del Estado del pueblo judío, el Estado de Israel, que en una vida es extenso, pero es una pequeña gota en nuestra historia milenaria”.
“Tener un Estado judío fue el anhelo del movimiento sionista, que llegó a establecerlo en la Tierra de Israel con el apoyo de todas las comunidades del mundo, después del enorme Holocausto que nos azotó”, recordó.
En tanto, el representante en América Latina de la Organización Sionista Mundial, Lázaro “Lalo” Slepoy explicó que nació en Rosario, fue miembro del movimiento juvenil Hashomer Hatzair, hizo aliá en 1976 y desde entonces vive en el kibutz Barkai.
“Este año, el 64, no parece ser distinto a los anteriores: seguimos amenazados por países cercanos y no tan cercanos, que predican nuestra destrucción; seguimos con efervescencia social por la diferencia en el nivel de vida existente en la sociedad israelí y -al parecer- lamentablemente la mayoría del pueblo judío seguirá viviendo fuera de su país, pero también sabremos sobreponernos, con un ejército popular que sabe defendernos, con políticas adecuadas que aumenten el diálogo por la paz, con estrategias económicas que achiquen la brecha social y, por sobre, todo con esta hermandad que une a los que vivimos allá con los que aún viven fuera” de Israel, resumió.
A su turno, el mazquir del Consejo Juvenil Sionista Argentina, Jack Hodari, contó algunas de las preguntas que se hacen los jóvenes a raíz de los festejos por Iom Haatzmaut y se refirió a los 64 años de la independencia del Estado de Israel.
Acto seguido, Manuel Junowicz agradeció la presencia de la multitudinaria concurrencia que colmaba el estadio Luna Park y luego sostuvo: “Israel es nuestro faro, origen y destino; el solo pisar su tierra nos llena de júbilo, emociona y rejuvenece; nos preocupan sus problemas y nos alegramos con sus logros”, antes de parafrasear una famosa frase bíblica: “Si te olvidare, oh Israel, que se olvide mi diestra…”.
A continuación desfilaron las banderas de ceremonia de las escuelas de la red judía y otras instituciones comunitarias, se cantaron los himnos Nacional Argentino y Hatikva, se proyectó un video con una salutación del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, con motivo de Iom Haatzmaut, se escuchó el penetrante sonido del shofar, ejecutados al unísono por varios jóvenes, y se presentó un espectáculo artístico de varios cuadros alusivos a la fecha, en el que actuaron diversos conjuntos de bailes folclóricos israelíes y coros de alumnos y adultos.

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Iom Hazikarón: El recuerdo para un argentino que persiguió un sueño a Israel

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Paula es argentina y en marzo del 1977 junto a su marido Carlos y su beba de siete meses decidieron viajar a Israel con la intención alcanzar un sueño de juventud, pero sin pensar que el destino le depararía años después un terrible final.

“Llegamos a Israel en el marzo de ’77, con 26 años y una beba, Maia, de siete meses. Queríamos tratar de probar, experimentar, algo que era parte de nuestros sueños de juventud. Nos parecía una vida mejor, la vida en el kibutz”, cuenta Paula.
Como todo inicio no fue sencillo para esa pareja argentina que primero tuvo que aprender el idioma y luego instalarse en una colonia agrícola en que solo conocía a unos tíos de Paula que habían llegado en los años ’50, dentro de los primeros grupos.
“Hasta el día de hoy tengo a mis tíos en el kibutz Metzer (fundado en 1953 por argentinos alineados con las ideas socialistas del movimiento Hashomer Hatzai) donde estuvimos 15 años”, relata Paula.
Luego la familia emigró a la localidad de Pardes Hanna-Karkur, en el distrito de Haifa, que pese a ser pequeña no deja de ser bella.
Cuando a Paula se le pregunta porque dejaron la Argentina, más allá de los ideales, la mujer aclara que en Buenos Aires no tenían casa y ella trabajaba en un jardín de infantes mientras estudiaba danzas.
“Carlos quería ser actor y había empezado a hacer cine en super ocho, estudiaba teatro y trabajaba como taxista para mantenernos. El futuro era ese la maestra y el tachero, pero sobre todo éramos jóvenes y queríamos la vida del kibutz, que desde lejos parecía muy ideal, muy lógica, muy justa… Hoy pienso de dónde no salió el coraje para arrancarnos de nuestras familias”, se pregunta.
El tiempo los afianzó en la vida israelí y Carlos se convirtió en un director de televisión. “Era director de cámaras y profesor de comunicación en la parte práctica. El usaba las cámaras y a veces hacia películas, tipo documentales, para que distintas organizaciones lleven a presentar su proyecto, tal vez en otra parte del mundo”, cuenta.
“Eran películas que nos ayudaron a construir la casa donde vivimos”, agrega la mujer en una tarde apacible de Israel.
Carlos ya había dejado atrás su pasado de taxista y de su andar por la avenida Corrientes y había saltado a la fama como el creador de una canal interno en un kibutz, el primero en su clase dentro de Israel.
Una serie de emisoras que luego serían adoptadas en otras regiones para transformarse en una suerte de canales locales que ya fueron privatizados por el gobierno.
“Carlos era un hombre tranquilo, callado, pero le gustaban las cosas arriesgadas. Tenía el carnet de buceador y hacía paseos en el Mar Rojo o en el Mediterráneo, pero lo que más le gustaba era ser aviador. Por eso cuando cumplió 50 años le hicimos de regalo un vuelo de bautismo con un instructor”, recuerda.
Aquella experiencia lo llevó a Carlos a estudiar aviación civil, hizo curso de instrucción y llegó al examen final en el año 2002.
Para antes del inicio de Pesaj de 2002, Carlos se preparó para la última clase vinculada con la seguridad aérea que tenía que rendir en Haifa y cumplía así con el requisito necesario para acceder a la licencia de piloto civil.
“Ese día, Carlos me dice: “¿Qué puedo hacer al mediodía porque estaba todo cerrado debido al feriado por Pesaj? Yo le digo llama a Carlos (un ingeniero amigo) que vive en Haifa y que te a decir donde poder comer”, recuerda Paula.
Efectivamente, Carlos, luego de su última clase de aviación fue el restaurante Matza, donde se vio con su amigo aunque no llegaron a compartir el almuerzo.
Fue el 31 de marzo de 2002, cuando un terrorista suicida ingresó al restaurante donde había varias familias con sus hijos e hizo detonar un explosivo que dejaría un saldo de 15 muertos y decenas de heridos.
Carlos fue herido de gravedad y rápidamente trasladado a un hospital, mientras que su amigo falleció en el acto al ser alcanzado por la bomba.
“Fue en ese momento que Paula comenzaba a vivir una larga tragedia. “Estaba con mi hija la iba a llevar a Tel Aviv, mi hijo estaba en un lugar cerca del Río Jordán, en una zona alejada, luego de terminar su tarea en el ejército, donde conoció a quien es hoy su esposa y con quien tiene tres hijos”, recuerda Paula.
La mujer estaba camino a Tel Aviv, cuando a las 14.20, las radios comenzaban a dar parte de lo ocurrido en aquel restaurante Haifa y una vez más la tragedia enlutaba a todo Israel.
“Juro que se me paro el corazón, seguimos escuchando la radio y lo empiezo a llamar a Carlos y no me contesta el celular y después todo se transforma en una pesadilla que dura hasta las dos de la madrugada del día siguiente, cuando lo ubicamos en el Hospital Rambam de Haifa”, relata.
Familiares, amigos, conocidos de la familia llegaron al hospital para interiorizarse sobre la salud de aquel argentino que en 1977 había dejado Buenos Aires por un sueño.
Antes de reunirse con Carlos, la familia pasó un largo periplo que incluyó también una primera visita por la morgue, ya que hasta la madrugada no había podido identificarlo.
En el hospital Rambam, a la familia se le asignó una habitación ya que es un hospital que en la época de la guerra del Líbano también exigía la presencia de soldado para que cuiden a los heridos.
“Reconocí la ropa de Carlos y me di cuenta que tenía una herida en la parte de la cabeza, porque estaba limpia de sangre”, comenta. El parte médico indicó que las esquirlas de la bomba le habían dañado el cerebro, y pese a las esperanzas de la familia, el 2 de abril de 2002, Carlos murió en el hospital de Rambam.
“Lo que más quiero destacar es que Carlos era un hombre paz, él quería paz y lo seguimos queriendo paz a pesar todo. Y otra cosa que me parece importante es que Carlos pudo donar sus órganos y cuatro personas siguen viviendo hoy. Es la paz y la vida”, dice Paula, con apenas un hilo de voz y quien lamenta haber quedado sola en el “abuelazgo”.
Hoy es un día “raro”, como dice Paula, para cualquier persona ajena a este territorio, ya que una sirena marca el inicio del duelo nacional en Israel y 24 horas más tarde otra sirena abrirá los festejos por la Independencia.
GB

Película israelí gana Festival de Cine de Buenos Aires

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La película israelí «Policeman» se consagró como ganadora en el Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires (Bafici) donde se presentaron 449 filmes, 15 de ellos en la competición oficial, informaron los organizadores.
«Policeman» obtuvo el premio a la mejor película y su realizador, Nadav Lapid, el galardón al mejor director.
El polémico film israelí describe, en paralelo, a un grupo de policías de élite encargado de eliminar posibles amenazas terroristas y a un cuarteto de jóvenes judíos dispuestos a todo con tal de atraer la atención sobre la situación política y social en Israel.
Es poco común que un solo título se lleve tanto el premio a mejor película como el de mejor director; usualmente los jurados, divididos en sus opiniones, deciden entregar el último al que consideran el segundo mej
or largometraje.
No fue éste el caso, lo cual habla de la fuerte preferencia por «Policeman», que será estrenada en la Argentina por la distribuidora Z Films.
En la competencia internacional participaron producciones de Argentina, Australia, Chile, Portugal, Francia, España, Estados Unidos, Canadá, Israel, Serbia y Filipinas, entre otros.

Genocidio nazi y genocidio argentino, de conexiones y desconexiones

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Por: Guillermo Levy 
Para: Nueva Sion 

Hace falta establecer puentes, comparaciones, para aprender de las heridas que marcaron y marcan a nuestros pueblos. Esto nos permite entender; que no es banalizar, que no es decir: “Todos los genocidios son lo mismo”.

El exterminio nazi hacia los judíos europeos se instaló en la historia de las últimas décadas desde la pretensión de exclusividad.
La historia humana ha presenciado innumerables masacres y genocidios pero hay uno que se presenta como único, tanto en su forma, en su sistematicidad como en su intencionalidad: The holocaust, si tomamos el vocablo anglosajón que acuñaron los vencedores de la guerra, la Shoá si tomamos la palabra que construyó el naciente Estado de Israel como forma de resignificar la historia de la tragedia, articulándola con la “resurrección” judía en un nuevo estado, Israel. Jurbn si queremos tomar el término que las victimas, hoy silenciadas, usaban para hablar de su exterminio.
Esta línea de interpretación se fue consolidando como “la” historia del exterminio nazi, se la denomina la uniqness, o sea la decisión de que cualquier intento de comparar la tragedia de los judíos europeos con otro acontecimiento histórico implica -sí o sí- una banalización de este hecho considerado, en todos sus términos, único, sin antecedentes ni conexiones con el resto de la historia humana. “El que no estuvo en Auswichtz no puede entrar, el que estuvo no puede salir” es una de las frases más famosas de Elie Wissel, y una definición conmovedora del paradigma de la uniqness.
El problema es que si queremos restituir al nazismo y al exterminio nazi a la historia moderna, si queremos convertir a sus protagonistas –burócratas, ideólogos, ejecutores directos – en seres humanos construidos como tales en nuestro planeta y nuestra cultura occidental, recuperándolos del infierno que tiene demonios y no seres humanos concretos, necesitamos cometer ese sacrilegio.

Intentar entender lo que pasó, pero sobre todo, por qué pasó, en qué condiciones se producen seres humanos capaces de cometer semejantes crímenes, en qué condiciones la política es productora de una decisión semejante, nos lleva a la historia de los hombres y lo que estos producen y no a otro lado. Ahí necesitamos restituir al exterminio nazi a nosotros. A nuestro planeta y a nuestra civilización.
El término genocidio nos sirve para eso. El exterminio nazi fue un genocidio, pero hubo otros genocidios. Eso no le quita sus particularidades a ninguno, pero propone, desafía a tender puentes, como los tendían sus víctimas aniquiladas y sus voces silenciadas cuando los resistentes, en varios guetos, leían: “Los cuarenta días de Musa Adar”, porque intuían, sabían, que el genocidio armenio de principios del siglo XX algo decía de su propia tragedia, buscando conexiones en la historia humana para identificarse con otras víctimas, entender lo que les pasaba y así tener herramientas de lucha. Todo lo contrario a buscar una exclusividad, que en ese contexto incrementaría la desesperación. La unicidad, la anulación del carácter humano a los perpetradores, sólo llevaría a la desesperación más absoluta: no se puede enfrentar lo que es inentendible.

Entender no es banalizar, no es decir: “Siempre hubo genocidios” o “Todos los genocidios son lo mismo”. Entender permite comprender cómo se producen los acontecimientos históricos y cómo podemos enfrentarlos. El problema es que el intento por entender implica la puesta en común, la restitución del exterminio nazi al rompecabezas de la historia moderna, que los términos Holocaust o Shoa contribuyeron a quitarle.

Suturas de la historia
Las comparaciones entre el exterminio nazi a la población judía europea y el llevado a cabo por la última dictadura militar en Argentina han sido resistidas fuertemente por los defensores de la unicidad, que creen que aquellas sólo sirven para quitar toda especificidad o subestimar una experiencia con respecto a otra.
No me mueve ninguna de esas dos intenciones, sólo poner en común lo que hay realmente en común y ver dónde los caminos se bifurcan. Los hombres somos producto de toda la historia humana y los vasos comunicantes de todas las experiencias son enormes. Comunicaciones que no siempre aparecen en las imágenes o títulos más difundidos de cada experiencia sino en miles de conexiones, sutiles, casi invisibles que hay que reconstruir.

En el comienzo de la monumental película de Lanzmann, Shoá, aparecen Itzak Duguin y Motzke Zaidl, que cuentan cómo los obligaban a desenterrar decenas de miles de cuerpos con sus propias manos: judíos asesinados meses o un año atrás, para luego quemarlos. Esa escena puede no tener nada de particular, más allá del horror de la situación en sí, si no fuese por la prohibición de los guardias SS de mencionar la palabra muerto o cualquier término que se refiera al carácter humano de las víctimas. Sólo podían decir figuren o shmotte. Eran “cosas”, decenas de miles, que se desenterraban para ser quemadas. Cosas que iban a desaparecer. Podríamos pensar que sólo hay un intento de eliminar pruebas de los crímenes para la posguerra; sin embargo, creo que hay una estrategia más audaz en la desaparición de los cuerpos y en la decisión de prohibir toda mención humana a las víctimas.

La desaparición de los cuerpos, de su historia, la construcción de nuevas sociedades sin rastros de muchos de los que antes la componían, sin sus vidas presentes ni sus historias, nos remite inequívocamente a nuestros represores argentinos, más allá de que hallemos o no la forma en que esas estrategias se encontraron. Ahí, en esos pozos de Ponary, los nazis estaban inventando algo monstruoso que los genocidios nuestros usaron en su estrategia de construcción de sociedades presentes y futuras.
La identidad del asesinado desenterrado en Polonia radicaba en que sólo era pura materia. La identidad de nuestros desaparecidos yace en que “no están”, como una vez sugirió Videla a la prensa. La lucha por la recuperación de las identidades personales, políticas, culturales de cada una de las víctimas y la puesta en juego de éstas en el presente, son parte de una lucha que también junta a los dos procesos históricos y permite a ambos mirarse mutuamente.

El término genocidio también permite suturar, unir y mirar qué puentes hay entre estos dos procesos. Término acuñado con posterioridad al exterminio nazi y para hablar de éste, remite a una intención estatal de aniquilamiento de personas en tanto pertenecientes a un grupo. La Convención sobre Genocidio, votada por Naciones Unidas en 1948, limita los grupos protegidos a sólo cuatro y excluye los grupos políticos, pero eso a efectos de lo que planteo no cobra mayor relevancia. El sentido parece ser que los hombres de la modernidad, en ciertas condiciones, deciden transformar sus sociedades, vía el exterminio de una parte de las mismas. Estas estrategias son estrategias humanas y no de demonios. Son estrategias racionales que devienen de objetivos políticos y económicos, y cuya implementación sólo puede ser exitosa en la medida de que sus medios sean también racionales.

Eichmann, el funcionario encargado de todo el sistema de trenes a los campos de exterminio, era eficiente en la medida que operaba como un funcionario moderno de un Estado o de una corporación privada. La burocracia estatal, que no reconoce emociones, sólo la implementación racional, se apropió del exterminio nazi y lo hizo eficientemente. Eichmann fue un engranaje de esa maquinaria. En ese sentido, toda la locura, odio e irracionalidad que se les atribuye a los dirigentes nazis, presenta problemas con este personaje que no tiene rasgos ni de odio ni de especial antisemitismo. Su carácter moderado, gris y sin odios, podría ser una estrategia de salvación personal, difícil en el marco de un juicio en el que ya estaba condenado.

Convergencias y bifurfaciones
Es éste un punto de tensión con nuestro exterminio argentino. Acá no hubo tal maquinaria de burócratas eficientes, por las dimensiones del mismo. Sin embargo, en las palabras de Videla -puestas en superficie en el reportaje publicado en la revista española Cambio 16-, aparece un hombre moderado, que habla de la historia argentina y que pone la acción de su gobierno -a la que nombra con eufemismo, de la misma manera que Eichmann no hablaba en el juicio de los crímenes más que en forma elíptica– como una acción racional, necesaria para salvar a la Argentina.
Trasformar la Argentina, vía la muerte -aunque minoritaria pero cualitativamente relevante- de una porción de su población, era uno de los objetivos centrales del gobierno militar que en su nombre se anunciaba: “Proceso de Reorganización Nacional”.

Los nazis son, en este sentido, los grandes maestros de la reorganización social vía la muerte planificada. Polonia fue un ejemplo de esta ingeniería social. En Polonia se exterminó a la población judía, se deportaron decenas de miles de polacos y se implantaron –como semillas transgénicas– a miles de colonos alemanes. En Polonia se cambiaron los nombres de pueblos y ciudades de la porción anexada del territorio, se secuestró a miles de niños polacos considerados racialmente compatibles y se los llevó a Alemania, donde fueron criados como alemanes nazis. Práctica tan presente en nuestro genocidio pero -en este caso- no inventada por los alemanes nazis, que fueron también continuadores de otra experiencia histórica reciente que admiraban: el franquismo. La dictadura fascista de Franco también se apropió de decenas de miles de hijos de republicanos, a los que crió como niños católicos, robándoles su identidad.

Los puentes que niegan los partidarios de la exclusividad los construye nuestra historia, conectada en miles de puntos que es necesario develar para entendernos mejor.
Marzo y abril son los meses que recordamos tanto el golpe genocida en Argentina como la resistencia en el gueto de Varsovia en 1943. En Marzo de 1977, un periodista de investigación, militante montonero, que había armado una agencia de noticias clandestina para romper el cerco informativo de la dictadura y llevar registro de todos los crímenes, escribió una carta balance al primer año del golpe: la famosa “Carta a la Junta Militar” fue enviada también al presidente de los EE.UU. y a la OEA. Un día después, Rodolfo Walsh fue secuestrado y desaparecido.
El gueto de Varsovia también tuvo su militante clandestino que se dedicó a registrar todo, a enfrentarse a la impunidad del olvido, dejando testimonio de lo que pasaba. Emmanuel Ringenblum, historiador y militante social, que dirigió una organización clandestina para registrar el exterminio y la vida en el gueto, obviamente no supo de Walsh y seguramente éste no supo de aquel, pero la historia, que es en definitiva la historia humana, tiene esa compulsión, produce esas conexiones, produce verdugos con rasgos similares pero también seres maravillosos que sin conocerse, se conocen y aprenden unos de otros.

El término genocidio nos permite reconstruir esos puentes, las unicidades dejémoslas para los que quieren tener la experiencia humana como su experiencia única en la vitrina de los trofeos en los que coexisten las hazañas y las tragedias.

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