En su hospitalaria tienda, un viejo beduino me dijo hace cinco años: “Un beduino no puede vivir sin cigarros, café y su mujer”. Ismail Khaldi añade un cuarto ingrediente: la diplomacia. A sus 38 años, es el primer diplomático beduino israelí. De una modesta tienda en su aldea natal de Khawalid (norte de Israel) a una selecta residencia de San Francisco donde en los últimos dos años ha sido vicecónsul de Israel. De un poblado sin electricidad a elegantes cóctels con líderes internacionales. De nómada en su tierra a nómada en el mundo.
Ismail tiene cierto aire al presidente norteamericano Barack Obama al que imita rompiendo moldes, superando obstáculos y cosechando curiosidad. Y, claro, escribiendo una biografía. “El diario de un pastor”, es el recorrido de un hombre que demuestra que es posible ser beduino, israelí, musulmán, árabe, pastor, académico y diplomático de Israel. Como él mismo confiesa, “desde pequeño vivo entre el mundo musulmán y el judío, entre Occidente y Oriente, entre lo moderno y lo tradicional, entre lo secular y lo religioso”.
¿Cómo le han tratado en Estados Unidos?, le preguntamos. “Muy bien aunque reconozco que mi historia personal desconcertó a muchos. Además no es fácil representar a Israel en un clima internacional tan hostil y basado en la propaganda”. Nunca olvidará, por ejemplo, su intervención en la Universidad de Berkeley: “Fui invitado a un debate con un profesor libanés que da clases en esa universidad. Su único discurso era atacar a Israel. Se negó incluso a darme la mano. Me quedé de piedra ya que el objetivo era intercambiar ideas. A muchos estudiantes les molestó que un árabe defendiera la democracia israelí. Las minorias aqui viven muchísimo mejor que en el resto de Oriente Medio”.
Pero añade: “Ojo, yo no fui a Estados Unidos para decir que Israel es perfecto. No somos una democracia perfecta. Hay muchos defectos y desigualdades como en otros países y en muchos casos los árabes israelíes no reciben el mismo trato. Claro que hay diferencias y cosas que cambiar pero también hay mucha hipocresía y odio hacia Israel. Los medios de comunicación describen la realidad en base a prejuicios e ignorancia. Es evidente que hay un conflicto y que debemos solucionarlo. Ojalá haya paz en esta zona y los palestinos tengan un Estado democrático pero no entiendo por qué siempre hay un dedo acusador hacia Israel, pase lo que pase”.
Cuenta que “algunos estudiantes en Estados Unidos ignoraban que Israel goza de libertad de credo. No toleraban que yo apoyara al Estado judío sin ser judío. En algunos campus, intentaron silenciarme”. Sonríe cuando recuerda el encuentro con una anciana judía de San Francisco. “Me preguntó cómo es posible que yo sea embajador israelí siendo musulmán y árabe. La señora no era del todo consciente que en el Estado de los judíos hay un 20% de árabes”.
Ismail Khaldi en Jerusalén (Sal Emergui)
Orgulloso de ser una persona “badiya” (del desierto), no oculta sus orígenes. Todo lo contrario. Recuerda que de niño tenía que recorrer cada mañana a pie varios kilómetros para llegar al colegio. “Mi padre me decía que debía ir a la universidad y visitar la Casa Blanca. No estoy seguro que él sabía lo que era la Casa Blanca”. El hogar de los Khaldi era la atracción del pueblo ya que disponían de la única televisión. “14 pulgadas… funcionaba gracias a la batería del jeep ya que el pueblo no tenía electricidad”, evoca con nostalgia.
En un colegio árabe de Haifa, se sintió diferente. “Mis compañeros árabes no beduinos sentían hostilidad hacia el país en el que vivían y pertenecían a movimientos palestinos. Mi compañero de pupitre se consideraba ´un palestino árabe que vive en Israel´. Yo, en cambio, me definía como beduino israelí. Entre los profesores había un sentimiento antiisraelí”, dice. Le gritaron “traidor” cuando respetó el minuto de silencio en el día de recuerdo de los muertos israelíes en las guerras y atentados. Su primer viaje al extranjero fue nada más y nada menos que a Nueva York donde se sintió como Cocodrilo Dundee. Al volver a su poblado, su abuela le preguntó: “¿Tienen ovejas?”.
Tras hacer el servicio militar y graduarse en la Universidad de Tel Aviv, se presentó al curso diplomático. Al tercer intento, aprobó el examen y fue aceptado en el Ministerio de Exteriores donde defiende con pasión a Israel sin renunciar a su identidad beduina y árabe. A diferencia de Obama, no tiene aspiraciones políticas.
Sabe que hace historia al ser el primero en 62 años. ¿Considera que Israel tendrá algún día un jefe de Gobierno no judío? “Teóricamente es posible pero yo no veo que se produzca en los próximos años. Israel es un Estado con mayoría judía y con un carácter judío declarado”, nos responde.
En una conferencia (S.E)

Reconoce que “ser beduino en una sociedad tan moderna como Israel tiene sus complicaciones. No bebemos alcohol ni llevamos camisetas y pantalones cortos, tampoco vamos a discotecas. Yo nunca fui de joven al cine o un pub. Siempre comíamos en casa”. Se refiere a sus padres, abuelos, primos y 10 hermanos.
A los 38 años, sigue sintiéndose un pastor: “Quizás haya visto más mundo que mis amigos de infancia pero yo nunca olvido las sabias lecciones que aprendí en Khawalid como hospitalidad, paciencia y fidelidad”.
Quizás Ismail ha elegido el trabajo más adecuado a sus orígenes. El diplomático es un nómada por antonomasia. Con más electricidad y una casa habitualmente espaciosa pero a fin de cuentas, un nómada. Como Ismail