La Leyenda

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Por Rabí Israel Meir Lau (ex Gran Rabino de Israel)

Imagine la diferencia entre una visita realizada a su patria por Julio Cesar y una por Moisés.
Julius Caesar desembarca en el Aeroporti di Roma en Italia, e inmediatamente sentirá que algo está equivocado.
La gente no habla su idioma. La religión local es completamente diferente. Y Roma ya no es más la capital cultural del mundo.
Él no tiene nada en común con los habitantes de su tierra.

En el Ben Gurion Airport en Tel Aviv, la escena se despliega de manera muy diferente.
Un Moisés anciano sale del avión. La emoción lo supera cuando sus pies tocan la tierra de Israel por primera vez.
Habiendo llevado su nación a través del desierto durante cuarenta años y falleciendo allí sin alcanzar la Tierra Prometida, Moisés finalmente lo ha logrado.
“Shalom” le dice un joven maletero del aeropuerto que emigró hace poco de Argentina y que se acerca para ofrecerle ayuda.
“Shalom” contesta Moisés asombrado que el idioma hablado en este lugar maravillosamente moderno es el mismo que él hablaba hace miles de años.
Luego observa un grupo de hombres que reza en una esquina del aeropuerto.
Cuando se acerca, ve que cada uno de ellos viste Tefilín y Talit.
Después que terminan de orar, Moisés habla con ellos y examina sus artículos religiosos.
Son iguales a aquellos que él ordenó en el Monte Sinaí.
Más de tres mil años separan a estos hombres. Uno nació en Egipto; los otros en Moscú, Mexico, Argentina, Etiopía, Nueva York, Casablanca, Bombay, Sydney, París, y Johannesburgo. Todavía comparten el mismo idioma, fe, tradición, y visión de vida.
Moisés dirige su cara al Cielo y grita: “¡Bendito es el Omnipotente, pues mi pueblo todavía está vivo!”

La nación judía ha sobrevivido imperio tras imperio de supuestos perseguidores. Egipto antiguo, Persia, la antigua Grecia , Roma, ahora ¿dónde están?. ¿Cuál es el milagro de supervivencia judía?. Es nuestra unificada fe judía, historia y herencia.
Hemos sobrevivido a lo largo de los siglos debido a la cadena indestructible de nuestra herencia.
El 15 de Nisan todos los judíos se sientan juntos a un Seder de Pesaj.
Comemos la misma comida, la misma Matzá. Algunos recitan la Hagadá entera, otros un resumen, y otros, cantan unas canciones.
Tres mil trescientos años es un largo tiempo para guardar el mismo menú.

JAG HA PESAJ KASHER VE SAMEAJ!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

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El verdadero Bambi, una obra para adultos

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Felix Salten, nacido hace 140 años, es el autor de un libro que simbolizaba el drama de los judíos

Nace en Budapest en 1869 y, a las tres semanas, se traslada con su familia a Viena porque allí los judíos tenían plena ciudadanía desde 1867.
Forma parte del grupo cultural ‘Jung Wien’ (’Joven Viena’), junto con escritores como Hofmannsthal, Zweig y Schnitzel. Publica dramas teatrales, libros de viajes, novelas, guiones para películas… Se casa con la actriz Ottile Meltz.

Otros libros: ‘La placa conmemorativa de la princesa Ana’ (1902), ‘Historia de una prostituta vienesa’ (1906), ‘Olga Frohmut’ (1910), ‘Novela de un parque zoológico’ (1931).
Thomas Mann recomendó el libro a Disney, que hizo una versión edulcorada
Qué gran desconocido. Este mes se han cumplido 140 años del nacimiento de Felix Salten (1869-1945), seudónimo de Siegmund Salzmann. ¿Les suena de algo? Era húngaro de origen, vienés hasta la médula y un escritor que sabía cómo enganchar al lector. Curtido como periodista, crítico teatral y amante de los Alpes italianos, se las ingenió para concebir las peripecias del ciervo más famoso del mundo en ‘Bambi, historia de una vida del bosque’ (ed. Espasa). Ojo: entre la hojarasca y el revoloteo de los mochuelos, se puede leer mucho entre líneas. La adaptación de Disney, estrenada en 1942, es un clásico infantil pero se inspiró en una obra dirigida, en principio, a los adultos.
Salten era judío y no vivía recluido en su despacho: se pateaba las calles, conocía todos los cabarés de la ciudad y observaba a la gente. Más aún en los ‘felices años 20′, cuando las chicas se cortaban el pelo a lo ‘garçon’ y la vida nocturna burbujeaba como una copa de champán. Pero él intuía lo que se avecinaba. Muy pronto se dio cuenta de que las camisas pardas no eran una moda pasajera. ‘Bambi’ se publicó en 1923, cuando muchos intelectuales europeos se preocupaban más de traducir a los clásicos griegos que de condenar una ideología que se expandía como la pólvora. El fascismo flotaba en el ambiente, todavía no se quemaban libros pero todo era cuestión de tiempo.

Émile Zola
Esta obra es un manual de instrucciones para sobrevivir en tiempos de terror. Un ‘Bildungsroman’ (’novela de aprendizaje’) en toda regla, con un cervatillo como protagonista. Lo mismo podía haber sido un crío avispado, con pestañas infinitas y los ojos de Omar Shariff en ‘Doctor Zhivago’. Alguien que ve más que los demás. Un chavalín con alma de poeta. Entre los amigos de Bambi (diminutivo de ‘bambino’, ‘niño’ en italiano) hay ardillas, mochuelos, lechuzas y otros miembros de su especie como los primitos Falina y Gobo. Todos ellos viven en un mundo salvaje en el que hay disputas, luchas a muerte pero también solidaridad y largas tertulias cuando se hace de noche.
En medio de ese orden preestablecido destacan los ciervos: «Nosotros no matamos; nosotros no luchamos por la comida», le dice su madre a Bambi. ¿Una metáfora del pueblo judío de aquella época? Muchos críticos literarios así lo creen. Era un colectivo muy vulnerable a las injusticias y arbitrariedades; el antisemitismo tenía raíces profundas en Europa. No existía lo ‘políticamente incorrecto’ y la difamación contra los judíos era moneda corriente.
Muy pocos seguían el ejemplo de Émile Zola, que defendió a capa y espada al capitán Dreyfus, acusado sin pruebas de alta traición para cubrir las espaldas del verdadero culpable, un francés de pura cepa. Al morir Zola, en 1902, entre los obituarios ditirámbicos que se publicaron en la prensa europea no faltó el de Salten. Un gesto muy suyo. Siempre se empeñó en ser justo. A cada uno, lo suyo. Sin dobleces ni rodeos.
Que bastante tuvo que marear la perdiz en la compañía de seguros donde trabajaba de jovencito. A punto estuvo de tirarse al Danubio… ¡Se aburría soberanamente! Lo suyo era el teatro, la poesía, la ópera y las charlas apasionadas en los cafés. Así acabaría haciendo buenas migas con personalidades de la talla de Hugo von Hofmannsthal, los tenores Richard Tauber y Helge Roswaenge, Arthur Schnitzel… Y también trató a Karl Kraus, el autor de ‘Los últimos días de la Humanidad’, que destilaba mordacidad y jamás se mordía la lengua. Por eso llegaron a las manos; Kraus le reprochaba una semana sí y otra también el uso de expresiones ‘yiddish’ (dialecto judeo-alemán), «porque eso degrada la lengua germana». Llegó un punto en que Salten perdió la paciencia y pasó lo que pasó. Paradójicamente, ambos eran judíos.
En este ambiente tan enrarecido, Salten metió baza con una novela ambientada en pleno bosque centroeuropeo. Ya saben, la Naturaleza bulle en todo su esplendor, la muerte acecha en cada rincón y las crías se apegan al regazo de su madre, ávidas de leche y calor. Nada nuevo. Salvo que aquí hay una presencia criminal y acechante, que se adentra en la espesura y arrasa con todo lo que encuentra a su paso. Los animales lo llaman «el peligro». En definitiva, el hombre y su rifle: un enigma para los seres del bosque. «¿Por qué nosotros? ¿Cuándo dejará de perseguirnos?», se preguntan generación tras generación. No hay respuesta que valga. Única alternativa: olfatear el aire. Los cazadores dejan a su paso un aroma inconfundible, «un hedor que excita hasta la locura».

Prohibición de Hitler
Los personajes de la novela tienen hocico, pelaje, cornamenta o pezuñas. Detalles sin importancia. Sus angustias, ilusiones y tentaciones resultan profundamente humanas. No es de extrañar que Thomas Mann se entusiasmara con la novela y se la recomendara a Walt Disney. Pero, claro, la factoría Disney hizo una versión a su gusto, edulcorada y cargada de buenos sentimientos. El verdadero Bambi no tenía un amigo llamado Tambor que le solucionara la papeleta, ni una mofeta guapetona que le pusiera ojitos. El protagonista de la novela es un ciervo europeo, nacido en el periodo de entreguerras. Tiempos difíciles para los pueblos pacíficos, sin Estado ni ejército. Ese era el caso de los judíos.
En 1939, Salten publicó ‘Los hijos de Bambi’, una secuela destinada al público infantil, sin escenas desgarradoras ni trasfondo ideológico. Para entonces, Hitler había prohibidos sus libros y él estaba exiliado en Suiza; ya no hacía falta emplear metáforas ni símbolos. La cruda realidad se imponía.
Muchos siguieron el ejemplo del primito de Bambi, delicado y asustadizo, siempre a la espera de alguien que le diera comida y acariciara el lomo, a costa incluso de su libertad. O de aquel perro cazador «que se odia a sí mismo y desprecia a su amo, pero estaría dispuesto a dar su vida por él». Son reflexiones del Viejo Príncipe, el guía espiritual de los ciervos, un sabio que toma bajo su tutela a Bambi. Sólo lo abandonará para morir, a sabiendas de que su pupilo ya sabe lo más importante: «Por encima de nosotros no está el hombre, sino Otro». Desde luego, mucho de rabino tenía aquel Viejo Príncipe…