Por Marcos Aguinis.
Para Revista Noticias

Hace un tiempo escribí que el Estado de Israel quiso ser Atenas y lo obligan a portarse como Esparta. Mantengo ese criterio.
Antes de la independencia israelí los judíos asumían que desde Sión se irradiaría paz, luz y saber. Estaba aún lejos la soberanía sobre el terruño ancestral, pero durante la refertilización, reconstrucción y reforestación que desencadenaron los pioneros en esa olvidada provincia del Imperio Otomano, también se establecieron instituciones académicas, científicas y artísticas. La lista de obras realizadas en pocas décadas es apabullante, porque incluye teatros, orquestas, institutos técnicos, una red de escuelas, centros de investigación, la universidad de Jerusalén, conservatorios, el museo Bezalel, huertas, granjas y fábricas. Consolidaron una mentalidad vinculada al trabajo y la creación mediante la erección de ciudades grandes y pequeñas, kibutzim y moshavim, desarrollo vial, excavaciones arqueológicas.
No me gusta ser apologista, pero hay hechos demasiado evidentes que se tratan de negar falazmente. Como argentino, envidio a Israel. Y lo digo, aunque suene a “políticamente incorrecto” en estos días de dolor, confusión y odio.
Israel fue uno de los hechos progresistas más notables del siglo XX. Extensiones desérticas se convirtieron en jardines. Fueron plantados bosques donde sólo había colinas peladas. Documentos del Foreing Office detallan las columnas de árabes provenientes de Egipto y Siria que inmigraron a la entonces Palestina bajo mandato británico para beneficiarse de la industriosidad sionista.
Pese a la ausencia de recursos naturales y la pobreza inicial, fue maciza la decisión de poner las bases de un Estado que fuese productivo, democrático, pluralista, con libertad de expresión, igualdad de la mujer y majestad de la justicia. Significaba una revolución en el Oriente Medio, que generó asombro y luego animosidad entre los sectores más quietistas de toda la región, incluidos los judíos ultra-ortodoxos que allí vivían desde hacía siglos. Por eso dirigentes regresivos como el Mufti de Jerusalén, viajaron a Berlín y Zagreb, para fotografiarse e inclinarse ante Hitler y Ante Pavelic, prometiéndoles liderar la “solución final” en Medio Oriente limpiándolo de judíos.
El renaciente Israel arraigaba en la tradición de los profetas, pero también en la herencia que provenía de Atenas. Ben Gurion fue un lector incansable de los clásicos griegos. La ciudad de Pericles era un modelo que se articulaba con la tradición bíblica y talmúdica. No obstante, pese a que se quería edificar algo semejante a la Atenas de Pericles, hubo que entrenarse para los combates, como los espartanos. Se debía lidiar con un océano hostil. Entonces surgieron personajes bravíos como Leónidas. Se formó un ejército estrictamente popular, donde cada ciudadano debía poner el pecho para defender a su familia. Si no se era también Esparta, no se podía sostener Atenas. Era -sigue siendo- una cruel paradoja.
La mentalidad de Esparta, sin embargo, jamás asfixió la de Atenas. Después de la independencia (año 1948), pese al racionamiento por falta de víveres, y tener que recibir espectrales sobrevivientes del Holocausto -además de los 800 mil judíos expulsados de todos los países árabes como expresión de venganza por la derrota militar-, se fundaron más universidades, más teatros, más conservatorios, editoriales, periódicos, centros culturales, numerosos museos. Se realizaron descubrimientos de trascendencia en el campo de la biología, la agricultura, la genética, las comunicaciones, la química, la informática .. Muchos israelíes recibieron reconocimientos internacionales, entre los cuales figuran varios premios Nobel.
En casi un siglo y medio de afiebrada actividad pionera, ese diminuto fragmento del globo terráqueo vibra con el espíritu de una resucitada y asombrosa Atenas, pese a que los vecinos y una parte enceguecida del mundo la quieren borrar del mapa y la obligan a portarse como Esparta.
García Granados, embajador guatemalteco ante la ONU durante la independencia de Israel, escribió que la legitimidad de este país arraigaba en su extraordinaria potencialidad constructiva y la notable autodefensa desplegada por sus ciudadanos. “Israel no fue un regalo, sino que ganó en buena ley su lugar entre las naciones”. Su vocación no es la guerra, sino vivir en paz para seguir creando. Por eso, cuando Egipto aceptó la paz, Israel le devolvió hasta el último grano de arena del Sinaí, un territorio tres veces más grande que el suyo propio.