Carta al mundo desde Jerusalén
por Eliezer ben Yisrael (Stanley Goldfoot) de The Times de Israel

El 24 de noviembre de 2006, a la edad de 92 años, falleció un hombre llamado Stanley Goldfoot. Es recordado por familiares y amigos por su amor y devoción a Israel y el pueblo judío.
Stanley Goldfoot nació en Johannesburgo, Sudáfrica. Después de oir un discurso acerca de la visión sionista de Zeev Jabotinsky, se dirigió hacia Palestina, donde, a la edad de 18 años, se unió a la guerrilla LECHI contra la ocupación británica que Yair Stern fundó. Después del renacimiento del Estado judío de Israel, su principal objetivo, que finalmente materializó, era fundar un periódico Inglés sionista, “The Times of Israel”.En el primer número de “The Times of Israel”, Goldfoot Stanley escribió su famosa y controvertida “Carta a la Organización Mundial de Jerusalén”, que causó un gran revuelo. El artículo sigue siendo pertinente.

Carta a la Organización Mundial de Jerusalén, 1969
por Eliezer ben Yisrael (Goldfoot Stanley)

No soy una criatura de otro planeta, como usted parece creer.
Soy un jerosolimitano – como vosotros, un hombre de carne y hueso.
Soy un ciudadano de mi ciudad, una parte integral de mi pueblo.
Tengo unas cuantas cosas para desahogarme. Como no soy diplomático, no tengo que controlar mis palabras. No tengo que congraciarme con usted, ni siquiera tengo que convencerlo. No le debo nada.
Ustedes no construyeron esta ciudad, no vivieron en ella, no la defendieron cuando vinieron a destruirla.
Y nosotros seremos condenados si permitimos que nos lo quiten.
Hubo una Jerusalén antes de que hubiera una Nueva York.
Cuando Berlín, Moscú, Londres y París fueron miasmáticos bosques y pantanos, había una comunidad judía próspera aquí. Una comunidad que dio algo al mundo que vosotras naciones habéis rechazado desde que os establecisteis – un código moral humano.
Aquí caminaron los profetas, sus palabras relampaguearon como rayos ahorquillados.
Aquí un pueblo que no quería saber nada más que lo dejaran solo, luchó contra oleadas de paganos a los posibles vencedores, sangró y murió en las almenas, se arrojó a las llamas de su ardiente templo antes que rendirse, y cuando finalmente abrumado por números absolutos fueron llevados al cautiverio, juró que antes de olvidarse de Jerusalén, preferían ver sus lenguas pegadas a sus paladares e inútil su brazo derecho.
Durante dos milenios muy dolorosos mientras éramos vuetros invitados no deseados, rezábamos todos los días para volver a esta ciudad. Tres veces al día rogábamos al
Todopoderoso:
“Reúnenos desde los cuatro rincones del mundo, tráenos directo a nuestra tierra, redimento en Tu misericordia a Jerusalén, Tu Ciudad, y habita en ella como has prometido.”
En cada Yom Kippur y la Pascua expresamos con fervor la esperanza de que el próximo año nos encontráramos en Jerusalén.
Vuestras inquisiciones, pogroms, expulsiones, los guetos en los que nos habéis encerrado, vuestros bautismos forzados, vuestros métodos para citarnos, vuestro gentil anti-semitismo, y el indecible horror final, el holocausto (y peor, vuestro terrible desinterés en él) – todo esto no nos ha roto. Es posible que haya minado la poca fuerza moral que aún poseíais, pero a nosotros nos forjado en acero. ¿Creeis que nos podéis doblegar ahora, después de todo lo que hemos pasado? ¿De verdad creeis que después de Dachau y Auschwitz nos asustan vuestras amenazas de bloqueos y sanciones?
Hemos estado en el infierno y hemos vuelto -un infierno creado por vosotros. ¿Qué más podríais tener en vuestro arsenal que nos pudiera asustar?
He visto esta ciudad bombardeada dos veces por naciones que se llaman civilizadas.
En 1948, mientras mirabais con apatía, yo vi a mujeres y niños volar en pedazos, después que aceptáramos vuestra petición de internacionalizar la ciudad. Fue una combinación mortal la que hizo el trabajo – oficiales británicos, artilleros árabes, y cañones de fabricación estadounidense.
Y luego el salvaje saqueo de la Ciudad Vieja -la masacre intencionada, la destrucción sin sentido de todas las sinagogas y escuelas religiosas, la profanación de cementerios judíos, la venta por un gobierno macabro de lápidas como material de construcción para criar aves de corral, para campamentos del ejército, incluso para letrinas.
Y nunca se dijo una palabra.
Nunca se respiró la más mínima protesta cuando los jordanos desconetcraon el más santo de nuestros lugares, el Muro Occidental, en violación de las promesas que habían hecho después de la guerra -una guerra que libró, por cierto, contra la resolución de la ONU. Ni un rumor provenía de vosotros cada vez que los legionarios con sus cascos en punta casualmente abrieron fuego contra nuestros ciudadanos desde detrás de las paredes.
Vuestros corazones sangraron cuando Berlín quedó en estado de sitio. De prisa pusisteis vuestra flota en puente aéreo “para salvar a los galantes berlineses”. Pero no se envió ni una onza de comida cuando los Judios morían de hambre en la sitiada Jerusalén. Usted tronó contra el muro con que los alemanes orientales cortaron el centro de la capital de Alemania, pero nada dijisteis del otro muro, el que destrozó el corazón de Jerusalén.
Y cuando eso mismo ocurrió 20 años después, lcuando os árabes, sin provocación, desencadenaron un salvaje bombardeo de la ciudad santa de nuevo, ¿alguno de ustedes hizo algo?
La única vez en que despertasteis a la vida fue cuando la ciudad estuvo por fin reunificada. A continuación, os retorcisteis las manos y hablasteis con arrogancia de la “justicia” y la necesidad “cristiana” de poner la otra mejilla. La verdad – y usted en su interior lo sabe – prefiere que la ciudad sea destruida en lugar de que sea gobernada por Judíos.
No importa el discurso diplomático que utilice, los viejos prejuicios de siempre se filtran en cada palabra.
Si nuestro regreso a la ciudad ha atado vuestra teología en nudos, tal vez será mejor que volváis a revisar vuestros catecismos. Después de lo que hemos pasado, no vamos pasivamente a acomodarnos a la retorcida idea de que estamos destinados a sufrir eternamente sin hogar hasta que aceptemos a su salvador.
Por primera vez desde el año 70, hay completa libertad religiosa
para todos en Jerusalén. Por primera vez desde que los romanos pusieron una antorcha en el templo, todo el mundo tiene los mismos derechos (¿Preferís tener algunos más iguales que otros?) Nosotros detestamos la espada, pero fuisteis vosotros quienes nos habeis obligado a empuñarla. Ansiamos la paz, pero no volveremos a la paz de 1948 como os gustaría.
Estamos en casa. Tiene un sonido hermoso para una nación que habeis querido que vagara por la faz del planeta. No nos vamos. Estamos redimiendo la promesa hecha por nuestros antepasados: Jerusalén está siendo reconstruida. “El año que viene” y un año después, y el otro, y el otro, hasta el final del tiempo “en Jerusalén”!