En el Aniversario del Genocidio Armenio

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Israel y el genocidio armenio

Editorial de LA NACION

La admisión israelí de la tragedia abatida sobre el pueblo armenio tendría una tremenda fuerza moral en el mundo actual
El crimen de genocidio es llamado, con toda razón, “crimen de los crímenes”. Como sostuviera en su momento la Corte Internacional de Justicia, supone nada menos que negar el derecho a existir a grupos humanos enteros, lo cual ofende a la conciencia de la humanidad y es absolutamente contrario a la moral y a la propia Carta de las Naciones Unidas. En virtud de ello, los principios de la Convención contra el Genocidio, adoptada en 1948, son obligatorios para todos porque, en rigor, están entre aquellos que deben tenerse por reconocidos por las naciones civilizadas.
En ese contexto, la mayor parte de los países que componen la comunidad internacional reconocen hoy la existencia del genocidio armenio. No así, desgraciadamente, Turquía, que aún mantiene su propia versión oficial, distinta de lo sucedido en la que fuera una inmensa tragedia abatida sobre el pueblo armenio.
Algunos gobiernos han asumido una posición particularmente clara sobre el tema, como es el caso, por ejemplo, del francés. Otros han manifestado su posición desde hace largo rato, como ocurriera con los aliados al suscribirse el Tratado de Sevres, en cuyo artículo 230 el gobierno de Turquía convino expresamente entregarles a aquéllos a los responsables de las masacres de las que los armenios resultaron víctimas, cometidas en el territorio del que, en su momento, fuera el Imperio Otomano.
No obstante ello, lo cierto es que ese tratado no fue ratificado y su sucesor, el Tratado de Lausanne, de 1923, incluyó en cambio una declaración de amnistía para los crímenes que se cometieron entre 1914 y 1922.
También el gobierno norteamericano sostuvo claramente, en este caso ante la Corte Internacional de Justicia, que la masacre perpetrada por los turcos contra el pueblo armenio es uno de “los ejemplos del crimen de genocidio”.
Hasta hoy, sin embargo, el gobierno turco sigue negando obstinadamente la existencia misma de este genocidio y demorando la investigación histórica que, independiente, debiera hacer luz definitiva sobre este triste episodio, exponiendo la verdad de lo sucedido.
Hace algunas semanas un alto funcionario de la Cancillería israelí recordó ante un medio local que su Parlamento, la Knesset, no reconoce el genocidio armenio, aunque es tema de discusión recurrente en ese ámbito.
Pese a lo comprensible de este argumento que concierne a su política exterior, lo cierto es que un reconocimiento israelí de la existencia del genocidio armenio tendría una tremenda fuerza moral en el mundo actual, más allá de las circunstancias puntuales actuales y por razones que tienen que ver con la afirmación de los principios rectores de la convivencia civilizada.
Es más, ese reconocimiento podría ayudar decisivamente a que matanzas y aberraciones inhumanas, como las cometidas en Ruanda o en Darfour en tiempos recientes, no vuelvan a repetirse. Quizá sea la hora de reconsiderar esa posibilidad, por lo mucho que hay en juego en esta tan delicada cuestión.

Genocidio nazi y genocidio argentino, de conexiones y desconexiones

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Por: Guillermo Levy 
Para: Nueva Sion 

Hace falta establecer puentes, comparaciones, para aprender de las heridas que marcaron y marcan a nuestros pueblos. Esto nos permite entender; que no es banalizar, que no es decir: “Todos los genocidios son lo mismo”.

El exterminio nazi hacia los judíos europeos se instaló en la historia de las últimas décadas desde la pretensión de exclusividad.
La historia humana ha presenciado innumerables masacres y genocidios pero hay uno que se presenta como único, tanto en su forma, en su sistematicidad como en su intencionalidad: The holocaust, si tomamos el vocablo anglosajón que acuñaron los vencedores de la guerra, la Shoá si tomamos la palabra que construyó el naciente Estado de Israel como forma de resignificar la historia de la tragedia, articulándola con la “resurrección” judía en un nuevo estado, Israel. Jurbn si queremos tomar el término que las victimas, hoy silenciadas, usaban para hablar de su exterminio.
Esta línea de interpretación se fue consolidando como “la” historia del exterminio nazi, se la denomina la uniqness, o sea la decisión de que cualquier intento de comparar la tragedia de los judíos europeos con otro acontecimiento histórico implica -sí o sí- una banalización de este hecho considerado, en todos sus términos, único, sin antecedentes ni conexiones con el resto de la historia humana. “El que no estuvo en Auswichtz no puede entrar, el que estuvo no puede salir” es una de las frases más famosas de Elie Wissel, y una definición conmovedora del paradigma de la uniqness.
El problema es que si queremos restituir al nazismo y al exterminio nazi a la historia moderna, si queremos convertir a sus protagonistas –burócratas, ideólogos, ejecutores directos – en seres humanos construidos como tales en nuestro planeta y nuestra cultura occidental, recuperándolos del infierno que tiene demonios y no seres humanos concretos, necesitamos cometer ese sacrilegio.

Intentar entender lo que pasó, pero sobre todo, por qué pasó, en qué condiciones se producen seres humanos capaces de cometer semejantes crímenes, en qué condiciones la política es productora de una decisión semejante, nos lleva a la historia de los hombres y lo que estos producen y no a otro lado. Ahí necesitamos restituir al exterminio nazi a nosotros. A nuestro planeta y a nuestra civilización.
El término genocidio nos sirve para eso. El exterminio nazi fue un genocidio, pero hubo otros genocidios. Eso no le quita sus particularidades a ninguno, pero propone, desafía a tender puentes, como los tendían sus víctimas aniquiladas y sus voces silenciadas cuando los resistentes, en varios guetos, leían: “Los cuarenta días de Musa Adar”, porque intuían, sabían, que el genocidio armenio de principios del siglo XX algo decía de su propia tragedia, buscando conexiones en la historia humana para identificarse con otras víctimas, entender lo que les pasaba y así tener herramientas de lucha. Todo lo contrario a buscar una exclusividad, que en ese contexto incrementaría la desesperación. La unicidad, la anulación del carácter humano a los perpetradores, sólo llevaría a la desesperación más absoluta: no se puede enfrentar lo que es inentendible.

Entender no es banalizar, no es decir: “Siempre hubo genocidios” o “Todos los genocidios son lo mismo”. Entender permite comprender cómo se producen los acontecimientos históricos y cómo podemos enfrentarlos. El problema es que el intento por entender implica la puesta en común, la restitución del exterminio nazi al rompecabezas de la historia moderna, que los términos Holocaust o Shoa contribuyeron a quitarle.

Suturas de la historia
Las comparaciones entre el exterminio nazi a la población judía europea y el llevado a cabo por la última dictadura militar en Argentina han sido resistidas fuertemente por los defensores de la unicidad, que creen que aquellas sólo sirven para quitar toda especificidad o subestimar una experiencia con respecto a otra.
No me mueve ninguna de esas dos intenciones, sólo poner en común lo que hay realmente en común y ver dónde los caminos se bifurcan. Los hombres somos producto de toda la historia humana y los vasos comunicantes de todas las experiencias son enormes. Comunicaciones que no siempre aparecen en las imágenes o títulos más difundidos de cada experiencia sino en miles de conexiones, sutiles, casi invisibles que hay que reconstruir.

En el comienzo de la monumental película de Lanzmann, Shoá, aparecen Itzak Duguin y Motzke Zaidl, que cuentan cómo los obligaban a desenterrar decenas de miles de cuerpos con sus propias manos: judíos asesinados meses o un año atrás, para luego quemarlos. Esa escena puede no tener nada de particular, más allá del horror de la situación en sí, si no fuese por la prohibición de los guardias SS de mencionar la palabra muerto o cualquier término que se refiera al carácter humano de las víctimas. Sólo podían decir figuren o shmotte. Eran “cosas”, decenas de miles, que se desenterraban para ser quemadas. Cosas que iban a desaparecer. Podríamos pensar que sólo hay un intento de eliminar pruebas de los crímenes para la posguerra; sin embargo, creo que hay una estrategia más audaz en la desaparición de los cuerpos y en la decisión de prohibir toda mención humana a las víctimas.

La desaparición de los cuerpos, de su historia, la construcción de nuevas sociedades sin rastros de muchos de los que antes la componían, sin sus vidas presentes ni sus historias, nos remite inequívocamente a nuestros represores argentinos, más allá de que hallemos o no la forma en que esas estrategias se encontraron. Ahí, en esos pozos de Ponary, los nazis estaban inventando algo monstruoso que los genocidios nuestros usaron en su estrategia de construcción de sociedades presentes y futuras.
La identidad del asesinado desenterrado en Polonia radicaba en que sólo era pura materia. La identidad de nuestros desaparecidos yace en que “no están”, como una vez sugirió Videla a la prensa. La lucha por la recuperación de las identidades personales, políticas, culturales de cada una de las víctimas y la puesta en juego de éstas en el presente, son parte de una lucha que también junta a los dos procesos históricos y permite a ambos mirarse mutuamente.

El término genocidio también permite suturar, unir y mirar qué puentes hay entre estos dos procesos. Término acuñado con posterioridad al exterminio nazi y para hablar de éste, remite a una intención estatal de aniquilamiento de personas en tanto pertenecientes a un grupo. La Convención sobre Genocidio, votada por Naciones Unidas en 1948, limita los grupos protegidos a sólo cuatro y excluye los grupos políticos, pero eso a efectos de lo que planteo no cobra mayor relevancia. El sentido parece ser que los hombres de la modernidad, en ciertas condiciones, deciden transformar sus sociedades, vía el exterminio de una parte de las mismas. Estas estrategias son estrategias humanas y no de demonios. Son estrategias racionales que devienen de objetivos políticos y económicos, y cuya implementación sólo puede ser exitosa en la medida de que sus medios sean también racionales.

Eichmann, el funcionario encargado de todo el sistema de trenes a los campos de exterminio, era eficiente en la medida que operaba como un funcionario moderno de un Estado o de una corporación privada. La burocracia estatal, que no reconoce emociones, sólo la implementación racional, se apropió del exterminio nazi y lo hizo eficientemente. Eichmann fue un engranaje de esa maquinaria. En ese sentido, toda la locura, odio e irracionalidad que se les atribuye a los dirigentes nazis, presenta problemas con este personaje que no tiene rasgos ni de odio ni de especial antisemitismo. Su carácter moderado, gris y sin odios, podría ser una estrategia de salvación personal, difícil en el marco de un juicio en el que ya estaba condenado.

Convergencias y bifurfaciones
Es éste un punto de tensión con nuestro exterminio argentino. Acá no hubo tal maquinaria de burócratas eficientes, por las dimensiones del mismo. Sin embargo, en las palabras de Videla -puestas en superficie en el reportaje publicado en la revista española Cambio 16-, aparece un hombre moderado, que habla de la historia argentina y que pone la acción de su gobierno -a la que nombra con eufemismo, de la misma manera que Eichmann no hablaba en el juicio de los crímenes más que en forma elíptica– como una acción racional, necesaria para salvar a la Argentina.
Trasformar la Argentina, vía la muerte -aunque minoritaria pero cualitativamente relevante- de una porción de su población, era uno de los objetivos centrales del gobierno militar que en su nombre se anunciaba: “Proceso de Reorganización Nacional”.

Los nazis son, en este sentido, los grandes maestros de la reorganización social vía la muerte planificada. Polonia fue un ejemplo de esta ingeniería social. En Polonia se exterminó a la población judía, se deportaron decenas de miles de polacos y se implantaron –como semillas transgénicas– a miles de colonos alemanes. En Polonia se cambiaron los nombres de pueblos y ciudades de la porción anexada del territorio, se secuestró a miles de niños polacos considerados racialmente compatibles y se los llevó a Alemania, donde fueron criados como alemanes nazis. Práctica tan presente en nuestro genocidio pero -en este caso- no inventada por los alemanes nazis, que fueron también continuadores de otra experiencia histórica reciente que admiraban: el franquismo. La dictadura fascista de Franco también se apropió de decenas de miles de hijos de republicanos, a los que crió como niños católicos, robándoles su identidad.

Los puentes que niegan los partidarios de la exclusividad los construye nuestra historia, conectada en miles de puntos que es necesario develar para entendernos mejor.
Marzo y abril son los meses que recordamos tanto el golpe genocida en Argentina como la resistencia en el gueto de Varsovia en 1943. En Marzo de 1977, un periodista de investigación, militante montonero, que había armado una agencia de noticias clandestina para romper el cerco informativo de la dictadura y llevar registro de todos los crímenes, escribió una carta balance al primer año del golpe: la famosa “Carta a la Junta Militar” fue enviada también al presidente de los EE.UU. y a la OEA. Un día después, Rodolfo Walsh fue secuestrado y desaparecido.
El gueto de Varsovia también tuvo su militante clandestino que se dedicó a registrar todo, a enfrentarse a la impunidad del olvido, dejando testimonio de lo que pasaba. Emmanuel Ringenblum, historiador y militante social, que dirigió una organización clandestina para registrar el exterminio y la vida en el gueto, obviamente no supo de Walsh y seguramente éste no supo de aquel, pero la historia, que es en definitiva la historia humana, tiene esa compulsión, produce esas conexiones, produce verdugos con rasgos similares pero también seres maravillosos que sin conocerse, se conocen y aprenden unos de otros.

El término genocidio nos permite reconstruir esos puentes, las unicidades dejémoslas para los que quieren tener la experiencia humana como su experiencia única en la vitrina de los trofeos en los que coexisten las hazañas y las tragedias.

Día de acción por la tolerancia y el respeto entre los pueblos, en conmemoración del Genocidio Armenio

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El 24 de abril se conmemora el Genocidio Armenio, en el que murieron aproximadamente un millón y medio de personas. Te acercamos un material elaborado por el Programa Educación y Memoria, de la Subsecretaría de Equidad y Calidad Educativa del Ministerio de Educación de la Nación.

La fecha evoca el intento por parte del Imperio Otomano de exterminar al pueblo armenio. En la noche del 23 de abril de 1915, y durante toda la madrugada del día 24, cientos de intelectuales, religiosos, profesionales y ciudadanos de ese origen fueron despojados de sus hogares y deportados, para ser posteriormente asesinados. El 24 de abril resume simbólicamente todos aquellos crímenes de lesa humanidad, que los turcos-otomanos cometieron en perjuicio del pueblo armenio con anterioridad a esa fecha.

La lucha contra las políticas de negación y olvido por parte de los sobrevivientes y los familiares de las víctimas armenias, ha sido clave para que hoy podamos ejercer nuestro recuerdo activo. Pese a la magnitud de estos crímenes, sólo una veintena de países han reconocido, mediante una resolución de carácter formal, la perpetración del genocidio armenio. Argentina es uno de ellos. .
El recuerdo del Genocidio Armenio nos interpela en tiempo presente sobre las consecuencias que pueden generar la intolerancia y el racismo y nos invita a reflexionar sobre el significado del respeto entre los pueblos y las personas. Asimismo, nos permite pensar en otras situaciones de violencia extrema que han atravesado la historia de la humanidad, la actualidad muestra que la intolerancia persiste como una amenaza para las sociedades democráticas.

Reseña histórica
La política hostil del Imperio Otomano hacia los armenios era anterior al estallido de la Primera Guerra Mundial. Los antecedentes remiten a la segunda mitad del siglo XIX. Tras la celebración del Tratado de San Stefano (1878), el Imperio Otomano, derrotado por Rusia, se vio obligado a aceptar la independencia de Rumania, Serbia y Montenegro, además de la semi-independencia de Bulgaria. En ese marco, intentó evitar la creación de un Estado armenio independiente, que consideraba previsiblemente favorable a Rusia, en el este de Anatolia y hasta el Cáucaso, territorios poblados desde hacía siglos por los armenios aunque sometidos al Imperio Otomano. De religión predominantemente cristiana, existen evidencias de la presencia armenia en Anatolia desde el siglo VI A.C.
El recrudecimiento de la política persecutoria del Imperio Otomano enfrentó una creciente resistencia por parte de movimientos populares armenios que se organizaban en torno a reclamo de reformas, el respeto de algunos derechos y garantías que no eran respetadas por parte del Sultán. Algunos inclusive buscaban lograr una cierta autonomía regional y aún el derecho a portar armas. La respuesta fueron una serie de persecuciones y matanzas que preanunciarían el exterminio perpetrado durante el siglo XX. Así, entre 1894 y 1897 se produjeron las llamadas “Masacres Hamidianas”, llamadas así por el nombre del sultán otomano bajo cuyo mandato se perpetraron, Abdul Hamid II. De acuerdo a diversas investigaciones, se considera que el número de víctimas armenias en las matanzas hamidianas se encuentra entre las 200.000 y 300.000 personas. Hasta ese momento, los súbditos armenios del Imperio Otomano gozaban de una relativa libertad religiosa y cultural, aunque eran súbditos de clase inferior.
El crescendo de la violencia y las persecuciones contra los armenios encontró un salto cualititativo a partir del estallido de la Primera Guerra Mundial (1914-1918). El Imperio Otomano ingresó en la contienda el 29 de octubre de 1914, atacando a las fuerzas rusas que rodeaban la ciudad de Kars, en lo que entonces era territorio ruso. A comienzos de 1915, los turcos fueron derrotados en la batalla de Sarikamis, y las fuerzas rusas contraatacaron, internándose en territorio turco, en una zona en la que ya se habían producido fricciones interétnicas entre armenios y musulmanes. Numerosos armenios colaboraron con las tropas rusas con la intención de atacar el frente oriental otomano y el sureste de Anatolia. En su disputa con los turcos, la política rusa indujo a muchos a pensar que apoyaría el establecimiento de un Estado armenio independiente. Por otra parte, un desembarco aliado en los Dardanelos extendió la amenaza sobre los turcos, que buscaron un chivo expiatorio y lo encontraron en los armenios.
Al acercarse el ejército ruso, el 20 de abril de 1915 se produjo una revuelta armenia contra los turcos en la ciudad de Van, a orillas del lago homónimo. Muchos armenios buscaban enfrentar la política genocida de los turcos y la ciudad fue sitiada. Cuatro días después del estallido de la revuelta de Van, el 24 de abril de 1915, el gobierno de los Jóvenes Turcos consideró que afrontaba una sublevación dentro de los límites de su imperio, semejante a las que había enfrentado anteriormente en Grecia, Serbia y Bulgaria (y que habían culminado con la pérdida de dichos territorios). En consecuencia, decidió proceder con dureza y propinar a los armenios un castigo ejemplar. Las autoridades turcas decidieron deportar a sectores importantes de la población armenia hacia el sureste de Anatolia. Según los testimonios, ese mismo día fueron arrestados 250 intelectuales armenios, la mayoría de los cuales fueron ejecutados de inmediato. Poco después –a partir del 11 de junio de 1915– se establecieron órdenes para la deportación de cientos de miles –tal vez más de un millón– de armenios de todas las regiones de Anatolia (excepto zonas de la costa oeste) a la Mesopotamia y el territorio de la actual Siria.
Tras el apresamiento de la mayoría de los hombres y los arrestos de numerosos intelectuales, tuvieron lugar masacres generalizadas a lo largo de todo el Imperio. En Van, el gobernador Djevded Bey ordenó a tropas irregulares cometer crímenes para forzar a los armenios a rebelarse y justificar así el cerco de la ciudad por el ejército otomano. Con la excusa de la resistencia armenia en Van, la política de exterminio y deportaciones se generalizó, acusando a los armenios de sabotaje y terrorismo.
Los nacionalistas en el poder del Imperio Otomano, conocidos como los Jóvenes Turcos (que habían tomado el poder en 1908), impulsaron una política de exterminio de las comunidades armenias, a quienes veían como culpables de la inestabilidad del Imperio Otomano. La raíz de esta política se sostenía, ideológicamente, en la noción de homogeneidad religiosa e idiomática como una forma de fortalecer a la nación. El camino hasta la matanza había sido gradual. Producto de esta extendida concepción conspirativa, las autoridades turcas ordenaron que todos los reclutas armenios del ejército turco fuesen desarmados, desmovilizados y enviados a campos de trabajo. La mayoría de ellos fueron ejecutados. Mientras tanto, como señalamos, intelectuales, periodistas, poblaciones enteras comenzaban a ser desplazadas y asesinadas. A las mujeres y los niños especialmente, se los sometió a vejaciones y agotadoras marchas que los exterminaron.
Se calcula que existieron unos 26 campos de concentración para confinar a la población armenia (Dayr az-Zawr, Ra’s al-‘Ain, Bonzanti, Mamoura, Intili, İslahiye, Radjo, Katma, Karlik, Azaz, Akhterim, Mounboudji, Bab, Tefridje, Lale, Meskene, Sebil, Dipsi, Abouharar, Hamam, Sebka, Marat, Souvar, Hama, Homs y Kahdem), situados cerca de las fronteras con Siria e Iraq. Según fuentes armenias algunos de ellos pudieron haber sido únicamente lugares de emplazamiento de fosas comunes y otros lugares de confinamiento donde morían de epidemias e inanición.

Obama Ignora el Genocidio de Sudan

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La semana pasada el Enviado Especial de los EEUU para Sudan, Scott Gration, conto al Comite de Relaciones Extranjeras del Senado que aunque el continua partidario de las “campañas internacionales” para llevar al Presidente sudanes Omar

al-Bashir ante la justicia, la administracion Obama esta tambien buscando “responsabilidad penal local propia y mecanismos de reconciliacion a la luz de las recomendaciones hechas por el panel de alto nivle de la Union Africana sobre Darfur.”
El Sr. Bashir esta acusado por la Corte Internacional en lo Criminal (ICC) por crimenes de guerra y crimenes contra la humanidad, pero el Panel de la Union Africana sobre Darfur claramente se ha alineado con Kartum. Un miembro del panel, el ex Ministro del Exterior egipcio Ahmed Al Sayed, dijo en una entrevista con un periodico egipcio, “El enjuiciamiento de un titular de estado africano ante un tribunal internacional es totalmente inaceptable. Nuestro objetivo es encontrar una salida.”
El panel de la Union Africana es liderado por el ex presidente sudafricano Thabo Mbeki, quien en 2008 descarto la acusacion de la Corte Penal Internacional, diciendo que es “la responsabilidad del estado sudanes actuar en aquellos temas.” Luego, a fines del año pasado su panel propuso una contra-iniciativa a la Corte Penal Internacional en la forma de un tribunal hibrido, con sede en Sudan con jueces tanto arabes como africanos a ser seleccionados por la Union Africana.
Pero todo esto es debatible ya que el Sr. Bashir inmediatamente rechazo la propuesta del Sr.Mbeki. Perversamente, el Sr. Gration ha arrojado ahora el apoyo del gobierno americano a un tribunal que no existe y probablemente nunca existira. Aun si alguna vez lo hizo, la “responsabilidad penal local propia” a la que el se refiere no es factible bajo las condiciones politicas prevalecientes, en tanto que cualquier tribunal con sede en Sudan sera controlado por los mismos perpetradores.
Por siete años, la gente de Darfur ha estado rogando por proteccion y por justicia. Ellos no creen que ni la paz ni la justicia puedan llegar mientras el Sr. Bashir—orquestador de su sufrimiento—continue como presidente de Sudan. Ni ellos creen que la “responsabilidad penal local propia” sea remotamente posible bajo el actual regimen.
Cuando Barack Obama fue electo presidente de los EEUU, abundaba la esperanza, incluso en los desolados campos de refugiados de Darfur. Los darfuries creian que este hijo de Africa podria entender su sufrimiento, terminar la violencia que les ha quitado tanto, y llevar al Sr. Bashir ante la justicia. Los refugiados esperaban que “Si, nosotros podemos”* estuviese destinado a ellos tambien. Ellos creyeron que el Presidente Obama traeria paz y proteccion a Darfur y no se conformaria con nada menos que verdadera justicia.
Yo he tenido en brazos nuevos bebes llamados Obama y he observado como los darfuries comenzaban a soñar nuevamente. Fatima Haroun, una viuda y madre de 24 años, me dijo que seguramente estaba cerca el dia en que los refugiados podrian abandonar la suciedad y hambre de los campos y regresar a salvo a las cenizas de sus poblados. Primero, ella dijo, ellos honrarian a sus seres amados perdidos; ellos buscarian entre las cenizas por huesos, los vestirian en ropas nuevas, y los enterrarian con respeto. Ellos juntarian madera y juncos para reconstruir sus hogares, ellos cantarian nuevas canciones y prepararian sus campos para plantar. El hambre y el terror se alejarian. Omar al-Bashir se pudriria en la carcel.

Tales esperanzas no duraron mucho.

Casi tres millones de almas estan aun esperando en campamentos miserables a lo largo de Darfur y Chad oriental. Las bombas del gobierno sudanes continuan cayendo, los asesinos y violadores continuan deambulando libres, y los refugiados no se han sentido a salvo por un largo tiempo. El Secretario General de Naciones Unidas, Ban Ki-Moon ha expresado preocupacion por los crecientes niveles de violencia en Darfur.
En sus horas mas oscuras y a traves de perdidas muy dolorosas para sondear, el mundo ha abandonado repetidamente al pueblo de Darfur. Por mas de siete años, dos presidentes americanos han utilizado la palabra “genocidio” para describir lo que ha sucedido aqui, pero ellos han hecho poco para terminarlo.
Ya es hora que nosotros nos pongamos de pie y aceptemos nuestra obligacion moral de proteger a la gente indefensa. El pueblo americano debe presionar al Sr. Gration y a la administracion Obama para liderar una ofensiva diplomatica para convencer al mundo de aislar al Sr. Bashir como un fugitivo de la justicia, y para apoyar sinceramente al unico organismo ofreciendo al pueblo de Darfur una medida de autentica justicia: la Corte Penal Internacional.

*”Yes, we can”, “Si, nosotros podemos”: fue el lema de la campaña presidencial de Barack Hussein Obama