Jericó, la ciudad habitada más antigua del mundo, ha comenzado a celebrar sus primeros 10.000 años de existencia en pleno apogeo turístico y la esperanza de ser reconocida como Patrimonio de la Humanidad.
Situada en el valle del bíblico río Jordán, la pequeña localidad palestina ha aprovechado la convergencia de fechas en torno al número diez para rescatar un viejo proyecto con el que relanzar su imponente potencial turístico.
“La ocasión es más un compromiso con un proyecto nacional que una celebración en sí”, afirmó el primer ministro de la Autoridad Palestina (AP), Salam Fayad, al celebrar en la ciudad la reunión semanal de su ejecutivo.
Para Fayad, el proyecto de Jericó y su reconocimiento como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco forman parte “de los preparativos para el establecimiento de un Estado independiente en los territorios ocupados en 1967 de Cisjordania, Gaza y Jerusalén”.
Las celebraciones por este aniversario, que en la Intendencia reconocen como “artificial” pero en cualquier caso incierto porque no se puede fechar exactamente el primer asentamiento humano, tendrán lugar a lo largo del año y contarán con la participación de grupos culturales y musicales de alcance internacional.
La moderna Jericó se alza junto a la colina de Tel A-Sultan, donde los arqueólogos han hallado restos de más de 10.000 años que le confieren el título de ciudad habitada más antigua del mundo.
Así lo proclama también un gran letrero en el centro urbano y cualquiera de los 40.000 habitantes de un municipio que, según algunas teorías, debe su nombre a la luna (“ariha” en árabe y “yerijó” en hebreo).
Con este aniversario el municipio espera sobrepasar la barrera del millón de visitantes que tuvo el año pasado, florecimiento que según su intendente, Hasan Saleh, se debe a los últimos esfuerzos por la paz y a la supresión de los controles israelíes que había a la entrada.
Primera ciudad de Cisjordania que entró en el régimen de autonomía palestina durante el fracasado proceso de paz de Oslo entre 1993 y 2000, Jericó fue también la localidad menos afectada por la Intifada de Al-Aksa y, con excepción de un breve período de dos o tres meses, emergió como una isla de paz en medio del mar de violencia que sacudió la región a principios del siglo XXI.
En los últimos cinco años la AP ha explotado sus vastos recursos arqueológicos y leyendas urbanas para convertirla, junto con Belén, en su principal fuente de ingresos del sector turístico.
Descrita en la Biblia como “ciudad de las palmeras” por la profusión de estos árboles y la fama que ya entonces tenían sus exquisitos dátiles, sus primeros pobladores conocidos fueron los natufienses, cultura anterior al 9000 a.C.
A ella le siguieron una serie de tribus del período Neolítico Pre-Cerámico que dejaron fosos defensivos, restos de murallas, un templo y una cercenada torre de unos 7 metros aún visibles en el yacimiento de Tel As-Sultán.
Pero el hallazgo más importante fue sin duda siete cráneos moldeados del Neolítico Pre-Cerámico tardío (7000-6000 a.C.) que, moldeados con yeso y meticulosamente pintados para emular el rostro del difunto, revelan enigmáticos rituales funerarios.
En los milenios sucesivos la ciudad alternó períodos de prosperidad y crisis según el conquistador de turno -israelitas, persas, griegos, romanos, musulmanes y cruzados-, pero que, sin excepción, dejaron imborrables huellas.
El Monasterio de San Jorge, la Tumba del Profeta Moisés (para el islam) y el Palacio del rey Herodes (con restos de la sinagoga más antigua del mundo conocida) son algunos de los santuarios más importantes para las tres religiones monoteístas.
También fuera del núcleo urbano, en la casi vertical ladera de una elevada montaña, está el Monasterio de la Tentación, donde según los Evangelios Jesús pasó cuarenta días de ayuno y meditación enfrentándose a las tentaciones del Diablo.
Desde allí se contempla una imponente vista panorámica de la urbe y del valle del Jordán, donde se ubica el sitio bautismal de Jesús, cuyo paso por la ciudad narran los Evangelios en relación con un sicomoro aún venerado.
Completa sus tesoros el esplendoroso Palacio de Hisham, ordenado construir por uno de los califas de la Dinastía Omeya como residencia de invierno.
El edificio disponía de amplias salas, un innovador sistema de canalización para calentar o refrigerar el palacio y lujosas mezquitas de las que se conservan dos mosaicos, uno de ellos el más grande de la región y al que, por primera vez, se le ha retirado esta semana la arena que lo cubría, para exponerlo al gran público. EFE
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