Por Ezequiel Fernández Moores
Para LA NACION
Gretel Bergmann, discriminada por judía, está furiosa. Descubre que Marie Kettelman, que compite con ella para ganar un puesto en el equipo atlético alemán, es un hombre. Marie se disculpa ante Gretel contándole su confusa historia sexual. Le dice que los nazis, a cambio de no enviarla a un hospital psiquiátrico, le sugirieron que prestara “un servicio a la patria”. “Sólo podemos enfrentar esto juntas”, pide Marie a Gretel. Marie se deja vencer y el pacto de amistad entre ambas arruina el deseo de Hitler de que una atleta aria gane la medalla de oro del salto en alto femenino de los Juegos Olímpicos. Es la trama de Berlín 36, uno de los films del Festival de Cine Alemán que concluye hoy en Buenos Aires. “Una historia verdadera”, se presenta el film, que fue estrenado el año pasado en Alemania. Pero historia y verdad no siempre van de la mano. Menos aún cuando el mundo del espectáculo mete la cola.
La historia de Gretel Bergmann es conocida y real. La Alemania nazi debía demostrar que no discriminaba a los atletas judíos para que el Comité Olímpico Internacional (COI) no le quitara la organización de los Juegos de Berlín. Gretel, campeona británica en su exilio, vuelve a Alemania a pedido de su familia, amenazada por los nazis, para competir en la preselección del equipo alemán. Anota un récord de 1,60 metros, suficiente para ganar su puesto en los Juegos. Pero los nazis, alejada ya la amenaza de boicot de los Estados Unidos, la excluyen del equipo alegando una lesión, a sólo dos semanas del inicio de los Juegos. Tan fuerte fue la injusticia que el deporte alemán, 73 años después, pidió disculpas y homologó en 2009 el récord que los nazis habían ocultado en 1936. La cadena HBO elaboró en 2004 un documental. Lo llamó Hitler?s pawn.The Margaret Lambert Story, con narración de la actriz Natalie Portman. Margaret Lambert es el nombre de casada de Gretel, que a los 95 años sigue viviendo en Nueva York, obligada a recordar siempre su historia, aunque ahora con la adaptación impuesta por Hollywood.
También es verdad que el puesto de Gretel en los Juegos fue ocupado por una competidora que terminó siendo hombre. Dora Ratjen (Berlín 36 la llama Marie Kettelman por derechos contractuales) tiene una historia que también es conocida. El verdadero sexo de Ratjen se descubrió en 1938, cuando volvía en tren de Viena, tras coronarse campeona europea. Gretel, entonces, nunca lo supo durante los Juegos, como dice Berlín 36. Recién se enteró de que Dora era un hombre en 1966, leyendo Time Magazine en la sala de espera del dentista. “Me obligaron a hacerlo por el bien y la gloria de Alemania”, dijo Ratjen, según ese artículo de Time. Der Spiegel, la revista más respetada en el periodismo alemán, sospecha que esa declaración, repetida luego en miles de crónicas, fue inventada. Apoyada en documentos oficiales de la época, Der Spiegel sostiene que Ratjen, más que una manipulación nazi, es la historia de un drama privado.
Los Ratjen, una familia humilde con tres hijas en un pueblo cerca de Bremen, anotaron con el nombre de Dora y sexo femenino al bebe nacido el 20 de noviembre de 1918. Tenían sus dudas, pero la partera, acaso confundida por una cicatriz en los genitales, dijo “nena”. Fue vestida como una niña y enviada a escuelas de niñas. Dora advirtió al crecer que su genitalidad no era la de una niña, pero jamás cuestionó la decisión paterna. El film habla de una madre cruel. Der Spiegel dice que fue ignorancia. El film también dice que Dora fue convocada a la preselección del equipo que iría a los Juegos para dejar afuera a Bergmann. Pero Dora ya era campeona de salto en la región de Baja Sajonia. La hubiesen convocado igual. Dora, como muestra Berlín 36, se aseaba en un baño aparte, alejada del resto. “Una chica rara”, decían sus compañeras, que por supuesto se reían del aspecto de varón de Dora. Podrá sonar extraño a ojos de hoy. No 74 años atrás. También tenían aspecto hombruno tres finalistas de los 100 metros femeninos de Berlín 36. “Yo era la única mujer en esa carrera”, se burló Marie Dollinger de sus rivales Helen Stephens, Stanislawa Walasiewicz y Kathe Krauss. Sólo a la hora de su muerte, en 1980 en Cleveland, se descubrió que Walasiewicz, una polaca nacionalizada en los Estados Unidos con el nombre de Stella Walsh, efectivamente era un varón.
¿Y acaso no fue justamente en el mismo estadio olímpico de Berlín donde el año pasado nacieron las suspicacias sobre el sexo de la sudafricana Caster Semenya, autorizada hace sólo meses a seguir compitiendo entre las mujeres?
El nazismo, dice Der Spiegel, abrió en 1938 una causa contra Ratjen, pero la justicia desestimó la acusación de fraude. “Nunca se le dijo que era un hombre.” Documentos de la causa desnudan el drama familiar que provocó la noticia. Dora pasó a llamarse Heinrich, como su padre, jamás habló públicamente de su caso y murió en 2008, a los 89 años. “No es culpable, la obligaron a hacerlo”, dice la verdadera Gretel Bergmann, entrevistada en el cierre del film Berlín 36. Der Spiegel fue a verla para contarle lo que decían los documentos oficiales. Pero Bergmann apoyó la teoría del complot nazi que cuenta el film. Su director, Kaspar Heidelbach, se aferra al testimonio de Bergmann, de 95 años, para validar su historia. “Todo sucedió tal cual, cambiamos tan poco que por eso la presentamos como una historia verdadera”, agrega el productor, Gerhard Schmidt. El film dramatiza también trampas e insultos entre las candidatas nazis y Bergmann. Las atletas cuentan sin embargo que entre ellas siempre hubo gestos de compañerismo. Der Spiegel cita a especialistas como el escritor Volker Kluge y los historiadores Berno Bahro y Jutta Braun que descalifican el film. El “consumo cinematográfico”, dice la revista, inventó un pacto de amistad entre dos atletas para arruinar el deseo de Hitler. Si hubo manipulación, afirma Der Spiegel, no fue nazi, sino de Heidelbach.
Bergmann, que al año siguiente se coronó campeona nacional en los Estados Unidos, ingresó en los Salones de la Fama de Israel y Nueva York y tiene un estadio con su nombre en Alemania, adonde había jurado no volver, aunque finalmente lo hizo en 1999, para recibir nuevos homenajes. El salto en largo de Berlín 36 fue ganado por la húngara Ibolya Csak, paradójicamente de origen judío. La gran figura de Berlín fue el atleta Jesse Owens. Como todos sus compatriotas negros, Owens carecía de derechos básicos en su país, igual que los judíos en la Alemania nazi. Pero Estados Unidos se aferró a los triunfos de Owens para hablar de “humillación” a Hitler. Lo mismo hizo el COI. Precisaron justificar su decisión de ir a competir a la Alemania nazi a pesar de que el antisemitismo ya era público desde mucho antes. “Prohibidos los perros y los judíos”, decían en 1933 carteles en gimnasios y clubes deportivos, antesala del horror. El libro Berlín Games, publicado en 2006 por el inglés Guy Walters, desnuda que el antisemitismo no era patrimonio de la Alemania nazi. “Podemos aprender mucho de Alemania. También nosotros, si queremos preservar nuestras instituciones, tenemos que erradicar el comunismo. También nosotros tenemos que tomar medidas para frenar la caída del patriotismo.” El discurso lo pronunció pocos días después de los Juegos el millonario constructor Avery Brundage, presidente del Comité Olímpico de los Estados Unidos. Brundage fue el principal impulsor de los Juegos de Berlín, los únicos ganados por Alemania en toda su historia, con Hitler y sus cruces gamadas en lo alto del podio. Ernest Lee Jahncke lideró en los Estados Unidos la oposición. Dos días antes de que comenzaran los Juegos de Berlín, el COI lo echó por 49 votos contra 0. A Brundage terminó designándolo presidente.