Egipto y aquellos años locos

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Por Julián Schvindlerman

Para Comunidades
Hubo un tiempo en que la relación política entre Egipto e Israel era una certeza relativa. Entre ambos existía una Paz Fría que regulaba la relación bilateral. Así era llamada por la ausencia de calidez en el lazo. El presidente que la firmó, Anwar Sadat, fue asesinado por ello y su sucesor, Hosni Mubarak, decidió preservar el legado pero reducir el trato al mínimo indispensable. El Cairo mantenía la calma en la frontera con el estado judío, reprimía al islamismo local, mediaba entre israelíes y palestinos y era un socio razonablemente confiable de Washington. A la vez, Mubarak evitaba visitar Israel (lo hizo una sola vez en sus tres décadas de gobierno cuando, presionado por los Estados Unidos, asistió al funeral de Yitzjak Rabin), lanzaba campañas diplomáticas hostiles a los intereses de Jerusalem en el foro de la ONU, pujaba por desnuclearizar a su vecino, desincentivaba el intercambio económico, científico y cultural y creaba una atmósfera violentamente antisionista y antijudía en su país. Mientras que la película “La lista de Schindler” era prohibida, se permitía la propagación de una canción popular que ganaba fama con el título “Amo a Amr Mussa y odio a Israel”. Mientras que las mujeres egipcias no gozaban de grandes derechos, se permitía la creación de la Asociación de Mujeres para Combatir al Sionismo. La prensa era censurada si cuestionaba al gobierno de El Cairo, pero las críticas -y las difamaciones- contra Israel eran toleradas y, de hecho, promovidas. Esos eran los buenos tiempos de la relación bilateral.
Hoy el estatus de la relación está en duda. Como consecuencia de las revueltas, Mubarak fue depuesto, juzgado y condenado a cadena perpetua. El Acuerdo de Camp David fue cuestionado por las principales fuerzas políticas del país. El Sinaí es un caos. El gasoducto que traslada gas a Israel es regularmente atacado. Jerusalem comenzó a construir una barrera de seguridad en su frontera con Egipto y reactivó una división del ejército responsable de proteger ese límite. Si Egipto desapareciese definitivamente como socio de Israel, un pilar de la estabilidad bilateral y regional se iría con él. Históricamente, al saberse rodeados de enemistad vecinal árabe, los líderes israelíes buscaron forjar alianzas con países musulmanes no-árabes más alejados, pertenecientes a lo que se denominó el “círculo periférico” del país: Irán, Turquía y otras naciones asiáticas y africanas. El advenimiento de la paz egipcia, primero, y la posterior paz con Jordania y diálogo con la OLP parecieron quebrar la hostilidad del “círculo interno” a Israel en un lapso histórico en el que Irán cayó en manos de los Khomeinistas y Turquía en manos de los islamistas del partido de Erdogan. Actualmente, las chances de una paz palestino-israelí son remotas, Irán es el principal enemigo internacional del estado judío, Ankara pasó de ser un aliado a convertirse en un antagonista de Jerusalem, y Egipto se encuentra atravesado por una transición inestable cuyas consecuencias pueden ser calamitosas. Su parlamento ya está en manos del Islam político.
En cuanto a las elecciones actuales, bajo la mirada de las formas todo parece ir en orden allí. Hubo elecciones nacionales en mayo que depuraron candidatos, habrá un ballotage esta semana entre dos contendientes, los resultados serán anunciados el 21 de junio y el poder transferido de una autoridad militar a una civil el 1 de julio. Un problema es que ninguno de los candidatos es especialmente fantástico para Egipto o para la relación bilateral. Mohamed Morsi, el candidato de la Hermandad Musulmana, ganó el 24% del voto popular. Aunque Egipto tiene una población de ochenta millones, importa el 60% de los alimentos y el 40% del combustible que consume, y su economía está afectada, su partido rechazó un ofrecimiento de 3.2 mil millones de dólares del Fondo Monetario Internacional. Morsi no es un enamorado de los israelíes, a quienes llamó “vampiros” y “asesinos”. Ahmed Shafiq, el candidato del Ancien Régime, cosechó el 23% y promete ser más moderado que su competidor, pero su pertenencia al gobierno de Mubarak no despierta el entusiasmo de las masas de laicos y jóvenes que revolucionaron al país un año y medio atrás. Además, la validez de su candidatura misma está en jaque, pendiente de una decisión que debe tomar la Corte Constitucional Suprema en vísperas del ballotage. (Luego de las revueltas, el parlamento adoptó una ley que prohíbe a figuras de la época de Mubarak postularse).
Morsi representa el cambio y el islamismo, Shafiq la continuidad y el totalitarismo. No son grandes opciones. Los frutos de la revolución no están ya en manos de quienes la gestaron. Si gana Morsi, ¿aceptará ello el ejército, el cual ha reprimido desde siempre a la Hermandad Musulmana? Si gana Shafiq, ¿aceptará ello el pueblo, que derrocó al gobierno del cual él era parte? No se avecinan tiempos calmos en Egipto. Lo que significa que tampoco lo serán para Israel.

Israel: el impacto geopolítico de una coalición

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Por Julián Schvindlerman 
Para INFOBAE
 
En su tiempo, el entonces Secretario de Estado de los Estados Unidos Henry Kissinger célebremente afirmó que “Israel no tiene una política exterior, sólo política interna”. El comentario aludía a una realidad que ha aquejado al sistema de gobierno israelí por décadas: los gobiernos dependen de coaliciones formadas por diversos partidos políticos, algunos mayores y otros menores, cuyas contrastantes ideologías o intereses los han llevado al límite de la inestabilidad o a la ruptura misma. Como todo partido que obtenga apenas el 2% del voto popular gana acceso al parlamento (Knesset), agrupaciones minoritarias han ejercido una influencia desproporcionada en las coaliciones. Y como los asuntos cotidianos de la agenda israelí han sido tradicionalmente enormes -cuestiones de paz o guerra, el complejo entramado de lazos regionales e internacionales de Jerusalem, las relaciones entre laicos y ortodoxos, la situación económica, etc- las tensiones reinantes en las coaliciones han sido usualmente notorias.
El acuerdo alcanzado entre el primer ninistro Benjamin Netanyahu y el líder del partido Kadima Sahul Mofaz ha legado posiblemente el más amplio gobierno en la historia de la nación hasta el presente: a partir de ahora el oficialismo controlará 94 sobre 120 asientos de la Knesset. Con anterioridad, solamente el laborista Shimon Peres y el likudnik Itzak Shamir lograron un gobierno de unidad nacional de similar envergadura (97 asientos del parlamento), en 1984. El precedente más extraordinario ocurrió en 1967 cuando se forjó un gobierno de emergencia en el contexto de la Guerra de los Seis Días (111 asientos). La norma, sin embargo, ha sido la inestabilidad política, con pocos gobiernos pudiendo cumplir mandatos electorales completos.

Netanyahu era un premier fuerte antes del pacto y lo seguirá siendo. Mofaz, en cambio, estaba destinado -según indicaban las encuestas- a sucumbir políticamente en las elecciones próximas. Ahora será designado vicepremier, ministro sin cartera y miembro del gabinete de seguridad. La incorporación de Kadima, una escisión del Likud que siguió a Ariel Sharon cuando llevó adelante la retirada unilateral israelí de la Franja de Gaza en el 2005, dará mayor margen de maniobra a Netanyahu en las tratativas con los palestinos, al reducir la influencia de un importante integrante de la colación, el canciller Avigdor Lieberman del partido Yisrael Beitenu, de línea dura. Una coalición menos dependiente de partidos derechistas y que ha sumado a partidarios del ala blanda del llamado campo nacional, seguramente será más concesiva en lo referido al proceso de paz. Su progreso real, resta observar, dependerá también de la parte palestina.

Quienes llevan las de perder de modo apreciable son los haredim o ultraortodoxos que han tenido peso considerable en las decisiones relativas a su posición en la sociedad. Un tema de gran discusión actual en Israel es la exención del servicio militar del que gozan los estudiantes ultraortodoxos. Este segmento deberá ahora enfrentar en esta área a tres partidos seculares (Likud, Kadima, Yisrael Beitenu) que agrupan a 70 de los 94 asientos que tendrá la coalición gobernante en el parlamento.

Pero el mayor impacto -geopolítico, más que político a secas- quizás se haga sentir a 1.500 kilómetros de distancia del estado judío, en la República Islámica de Irán. Israel estará siendo gobernado por tres ex comandos militares de la prestigiosa Unidad de Reconocimiento del Estado General, conocida en hebreo como Sayeret Matkal, la cual ha llevado a cabo las operaciones militares más legendarias de la historia del país. El premier Netanyahu, el vicepremier Mofaz y el Ministro de Defensa Ehud Barak han sido integrantes ejemplares de esta unidad. Las próximas elecciones nacionales ocurrirán recién en octubre del 2013, lo que dará al gobierno la posibilidad de enfocarse en un asunto crítico para la seguridad nacional, y la supervivencia misma de la nación, sin las distracciones de una campaña electoral inminente. Un interrogante clave de esta movida política es, de hecho, si fue propiciada por la irresuelta cuestión nuclear iraní.

Con fuerzas islamistas cosechando los frutos de las revueltas árabes por toda la región (Egipto incluido), con el Hezbollah rearmándose sin pausa, con el régimen sirio inestable y con un gobierno Ayatollah cero dispuesto a abandonar sus aspiraciones nucleares conformando el entorno geopolítico de Israel, es factible que sus principales dirigentes hayan finalmente comprendido que el tiempo para la unidad nacional era impostergable.

Esto es todo lo que se puede asegurar. En cuanto a los desarrollos futuros, sólo el tiempo dirá.

El Vaticano e Israel

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Por Julián Schvindlerman
Para Comunidades

La idea de un estado judío desafió al Vaticano política, psicológica y teológicamente. Durante la primera mitad del siglo pasado, la noción de que el pueblo judío tenía derecho a la autodeterminación era todavía inconcebible al entendimiento católico del papel del judío en la historia, y aceptar algo diferente demandaba un ajuste emocional exigente.

La respuesta vaticana al establecimiento de Israel quedó inicialmente contenida en un artículo de L´Osservatore Romano publicado el día en que Israel proclamó su independencia. “El Sionismo moderno no es el verdadero heredero del Israel bíblico” decía el órgano vaticano, el “Cristianismo [es] el verdadero Israel”. Existencialmente, la reconstitución de la soberanía judía en la Tierra de Israel hizo inseparables la noción de estado judío y de nación judía. Pero la Iglesia Católica veía con hostilidad la conexión judía con la Tierra de Israel. Pío X gestó en 1904 una teología antisionista que perduraría por buena parte del siglo XX. A partir del nacimiento del Estado de Israel, el Vaticano hizo un esfuerzo en caracterizar al estado judío como un fenómeno meramente político, desprovisto de connotación religiosa alguna. Ello le permitió al final del camino reconocer al Estado de Israel diplomáticamente sin tener que lidiar con el desafío teológico a él asociado. No obstante, ello significó una negación de las bases espirituales del sionismo y una ofensa al modo en que los judíos se veían a sí mismos y a su vínculo con Israel.

Una vez que Israel nació, la cuestión relativa al reconocimiento o no del nuevo estado pasó a ser un tema de preocupación vaticana, agregado a otras consideraciones ya presentes en la agenda de la Santa Sede, como el destino de Jerusalem y los lugares santos, el devenir del conflicto árabe-israelí y la situación de las comunidades cristianas en el Medio Oriente. Tal como el vaticanista católico Henry Bocala señaló, la Santa Sede veía a la cuestión de Jerusalem como un asunto religioso (protección de los lugares santos) con una dimensión política (status jurídico para la ciudad). Aquí Roma se veía como parte en la disputa y en consecuencia no sólo pidió por una resolución del asunto sino que exigió que formato debía tener dicha solución. Inicialmente pidió por la internacionalización de Jerusalem y los lugares santos, y a partir de 1967 alteró su postura en pos de un estatuto especial internacionalmente garantizado. Al conflicto árabe-israelí lo veía como un problema político (un choque entre dos nacionalismos) con un componente religioso (la disminuida presencia cristiana en Tierra Santa). Roma se veía a sí misma en el papel de un conciliador y pidió por una resolución sin proponer detalles para la misma. Esto no impidió que adoptara una posición pro-palestina, la cual quedó expresada en esta frase poderosa de 1983 del monseñor John Nolan, director de la Misión Pontificia en Jordania: “Si los palestinos no tienen voz, nosotros somos su voz”.

El respaldo de Roma a las aspiraciones nacionales palestinas no tuvo eco en análogo respaldo a las aspiraciones nacionales judías antes de 1948, y una vez que Israel fue establecido, el Vaticano demoró lo más posible entablar lazos diplomáticos. Con el correr de los años, esta renuencia fue dejando a la Santa Sede en compañía de los países más intransigentes. A pesar de su prédica a favor de la reconciliación entre las naciones, el Vaticano negaba la caridad al estado judío.

Sólo después que la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) consintió en reconocer formalmente a Israel, la Santa Sede decidió hacer lo mismo. Para entonces el Estado de Israel había cumplido cuarenta y cinco años de vida soberana. En diciembre de 1993 el Acuerdo Fundamental fue firmado entre las partes y en junio de 1994 Israel y la Santa Sede intercambiaron embajadores. Ello fue un hito histórico. Desde entonces, las partes han tenido mejores y peores momentos, pero, esencialmente, la relación entre Roma y Jerusalem ha quedado normalizada.

Un nuevo libro del autor, “Roma y Jerusalem: la política vaticana hacia el estado judío”, ha sido publicado por Random House Mondadori bajo su sello Debate.

En la Tierra de Fidel

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Por Julián Schvindlerman
Para Comunidades

Mi viaje a Cuba comienza una semana antes de mi partida. Aterrizaré previamente en Guadalajara y Guatemala para dictar conferencias, y continuaré posteriormente hacia Caracas, Lima y Curaçao con el mismo fin. Pero es La Habana la ciudad que mas demanda mi atención. Adentrarse en territorio comunista exige tomar una serie de decisiones desde Buenos Aires: necesito llevar mi laptop, ¿pero qué si me la retienen en la aduana? Quisiera obsequiar un ejemplar de mi libro “Tierras por Paz, Tierras por Guerra” a la comunidad judía, ¿pero no será considerado material político por las autoridades? Debo llevar tarjetas personales, ¿pero acaso no figura mi sitio oficial allí? Abandono aquello que pueda meterme en líos. Dejo mi laptop y mi libro en la Argentina, subo a mi cuenta de email online todo el material que puedo y que deberé dejar atrás antes de ingresar a Cuba, y me embarco hacia Centroamérica.
En el avión que me lleva desde México hacia la isla advierto, con preocupación, que llevo conmigo artículos de la prensa norteamericana que he ido tomando durante mi gira. Me deshago del material “político”. Aún restan dos notas que me hacen dudar. Una, del Wall Street Journal, relata que el compositor ruso Rimsky-Korsakov estimuló a sus alumnos judíos a escribir música que reflejara su propia identidad. La otra, de Commentary, aborda la relación de Louis Armstrong con los judíos; su primera corneta la compró con dinero prestado de una familia judía que lo empleaba. ¿Habrá algo contrarevolucionario aquí? Quizás exageradamente, las abandono en la escala en Cancún. Estoy leyendo una nota de tapa de la revista Newsweek en la cual un periodista estadounidense-iraní narra su ordalía en la temida prisión de Evin. Cuenta como su interrogador le apretaba una oreja como si exprimiese un limón y daba consejos de supervivencia en las cárceles de Irán. ¿Por qué leo esto en ruta a una dictadura? La revista quedará en el asiento para un futuro pasajero.
Arribo a Cuba antes de la medianoche. Indico al oficial de inmigración que mi visa ya ha sido tramitada; minutos más tarde me trae el papel que autoriza mi ingreso al país. No me hacen una sola pregunta: ni motivo del viaje, ni días planeados de la estadía, ni de donde provengo, etc. Veo el sello de ingreso en mi pasaporte y me adentro hacia la sala de retiro de equipajes. Cruzo un control de seguridad, y me dirijo hacia una fila para la revisión de las valijas. Una joven oficial me hace una seña, quedo apartado del resto. “Bienvenido a Cuba” me dice mientras me hace un gesto de que puedo pasar sin revisión alguna. Todo duró unos cuantos minutos. Me consideré afortunado; colegas me habían contado de los largos interrogatorios a los que habían sido sometidos. Solamente días después, una vez que haya partido de Cuba, entenderé que mi visita a la isla estaba oficialmente pre-autorizada.
Llego al hotel y hago el check-in. Es tarde ya pero necesito un poco de aire fresco. Camino hacia el malecón que linda con el Mar del Caribe. El alumbrado público no es óptimo, pero una luna blanquísima lo ilumina todo. Hay mucha gente en la calle. Unos taxistas me ofrecen un viaje, un hombre de apodo oriental me ofrece mujeres. Ya frente al mar, un anciano que ha estado tocando su bello saxo a un grupo de jóvenes se aproxima, inicia conversación educada y me ofrece una serenata.
Por la mañana, La Habana se despliega ante mí en todo su esplendor. Vista desde la amplia ventana de la suite ejecutiva del piso veinte del hotel Meliá Cohíba (adoro ese nombre) luce como si todavía estuviera aterrizando. Me conmueve la hospitalidad de la comunidad y la generosidad de la B´nai B´rith internacional. Veo circular automóviles coloridos de los años cincuenta sobrepasados por otros más modernos y unas motos-taxi amarillas que remiten a Tailandia. Durante mi estadía cumpliré con el ritual turístico: fumaré un purito en el malecón, tomaré un mojito en el histórico hotel El Nacional y sacaré una fotografía al retrato del Ché en la Plaza de las Armas. Todo muy clisé, y todo muy precioso.
Llego al edificio de la comunidad judía en la Habana al mediodía. Me reciben con una calidez y una expectativa abrumadoras. Me muestran su muy digna biblioteca, rica en literatura judía, a la que con gusto entrego los libros que he llevado en obsequio: dos novelas de Isaac Bashevis Singer y una crónica de la Shoá. Dicto una conferencia sobre la vida y la obra de Elie Wiesel que es escuchada con suma atención por una nutrida y participativa audiencia. Detrás de mí cuelgan las banderas de Cuba y de Israel. No puedo evitar ceder a la tentación de deslizar una frase suya que espero les sirva de apoyo: “Cuando sea que hombres y mujeres son perseguidos por su raza, religión o puntos de vista políticos, ese lugar debe -en ese momento- convertirse en el centro del universo”. No me atrevo a ir más lejos, se supone que no puedo abordar temas políticos. En todos los países visitados expongo sobre la incursión iraní en Latinoamérica, más no en Cuba. Aquí hablo de literatura judía exclusivamente. Me aplauden de pie. Me siento honrado por las cortesías y respetos de esta comunidad fascinante. Converso informalmente con sus miembros. Nadie criticará al gobierno o a Fidel, e incluso algunos lo defenderán. Al menos varios de sus líderes pueden viajar al extranjero y las instalaciones comunitarias se ven en muy buen estado. Un hombre se presenta como el hijo de uno de los fundadores del Partido Comunista cubano y me dice que Israel es un estado terrorista (por algún motivo no me sorprende que la educación comunista derive en una apreciación de este tipo). Claramente este individuo es una excepción: la comunidad luce pro-israelí y muy orgullosa de su judaísmo.
Para lo que resta de la tarde, mis anfitriones me ofrecen un tour por la ciudad. Aprecio la gentileza. Recorremos la Habana Antigua: el clásico restaurante La Bodeguita, el hotel donde Ernst Hemingway se hospedó, locales de oferta autóctona. En una tienda compro veinticinco dólares de tabaco cubano. Cuando caigo en la cuenta de que acabo de gastar en tabaco el equivalente a un mes de salario promedio de un trabajador local me siento avergonzando por mi insensibilidad. La sublimo culpando al régimen que ha hecho una revolución proclamando la igualdad social y ha terminado creando una sociedad clasista con brechas escandalosas en la distribución del ingreso entre la elite gobernante y la masa popular. Por la noche ceno con el atento jazán argentino de la comunidad, mientras un grupo canta sonoramente coplas cubanas que nos impiden conversar. Amanezco a mi último día en la isla. Camino nuevamente por el malecón hasta llegar a la Oficina de Intereses de los Estados Unidos. Frente a ella ha sido erigida una gigante estructura con un cartel que anuncia “¡Patria o muerte, venceremos!”. Continúo mi camino hasta el imponente hotel El Nacional, antaño cuartel general de la revolución. Un cartel cuelga de una de sus ventanas: “Viva la Patria” dice con el trasfondo de un soldado y la bandera cubana. Una de sus tiendas está dedicada el Ché en todas sus variedades: remeras, calcomanías y demás merchandising. De repente, oigo la voz de Hugo Chávez. Al volverme, veo su imagen en el televisor. Es domingo, día del programa bolivariano “Aló Presidente”.
Me quedan unas pocas horas en La Habana y aún no he visitado la Plaza de la Revolución ni la universidad. Opto por un poco de relax burgués: la piscina del hotel es demasiado tentadora. Siento culpa capitalista; así es Cuba. Sigo teniendo suerte: en el taxi al aeropuerto paso justo al lado de la impresionante Plaza de la Revolución con su homenaje a José Martí, Camilo Cienfuegos y Ernesto Guevara. En la vía pública no se ven retratos de Fidel. “Así él ha querido”, me explica el taxista, “aún está con vida”. En el aeropuerto descubro que para mi vuelo hacia Caracas he sido ubicado en primera clase; esta es una tierra de contrastes. El aeropuerto esta atestado de gente y es bullicioso. Vislumbro una disquería. Elijo despedirme de Cuba oyendo el tributo de Carlos Puebla al Ché: “Hasta Siempre”.

El Libelo de sangre de Estocolmo

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Se conoce como libelo de sangre a la maledicencia de que los judíos necesitan la sangre de niños cristianos para la cocción del pan leudado durante las festividades del Pesaj. A pesar de que el pueblo judío fue desde tiempos bíblicos la primera nación en prohibir el consumo de sangre y los sacrificios humanos, la creencia en esta acusación lunática se esparció velozmente y no parece querer sucumbir.El primer caso europeo surgió en Norwich, Inglaterra, en 1144, cuando se halló en los bosques el cadáver de un joven llamado Guillermo y los judíos fueron acusados por su muerte. Se repitió en 1147 en Wursburg, en 1168 en Gloucester, en 1171 en Blois, en 1182 en Zaragoza, en 1255 en Lincoln, en 1286 en Munich, y reiteradamente por toda Europa aún hasta entrado el siglo XX. Se ha estimado que al menos unas 150 veces fueron los judíos de Europa juzgados y condenados por este supuesto crimen desde el siglo XII en adelante. Esta calumnia aparece en Los Cuentos de Canterbury de Geofrrey Chaucer y en Ulises de James Joyce. Desde el siglo XIX hubo una explosión de acusaciones basadas en el libelo de sangre. Fue introducido al Medio Oriente por misionarios cristianos y rápidamente hizo metástasis en toda la región. Tal como el historiador Efraím Karsh ha documentado, comunidades judías fueron acusadas de haber realizado este falso rito en Alepo (1810, 1850, 1875); Antioco (1826); Beirut (1824, 1862, 1874); Damasco (1840, 1848, 1890); Deir al-Qamar (1847); Homus (1829); Trípoli (1834); Jerusalem (1847); Alejandría (1870, 1882, 1901, 1902); Port Said (1903, 1908); y El Cairo (1844, 1890, 1901-1902).En tiempos modernos, Rusia lo propagó entusiastamente y hubo pogromos cometidos en su nombre. El caso más famoso de injuria ritual del siglo XX ocurrió en Kiev en 1913, manifestado en el escandaloso juicio contra el obrero judío Mendel Beilis. Tanto en el siglo XIX como en el XX, L´Osservatore Romano, Civiltá Cattolica y la Radio Vaticana respaldaron fábulas acerca del libelo de sangre. Este último periódico publicó sobre este tema incluso durante el Holocausto. Desde la década de 1930, los nazis incorporaron el libelo a su maquinaria de propaganda antijudía. Según el historiador James Parkes, “En Europa Oriental, entre los católicos romanos y los cristianos ortodoxos orientales…hay casi más ejemplos de la acusación en los años 1880 y 1945 que en toda la Edad Media”.A partir de la segunda mitad del siglo XX, fueron los árabes y los musulmanes quienes más lo divulgaron mediante imaginativas variaciones y adaptaciones cuya base acusatoria ha sido esencialmente la misma. En 1983, delegados árabes ante la Organización Mundial de la Salud acusaron a Israel de “envenenar masivamente” a adolescentes palestinas en Judea y Samaria. En 1991, el embajador sirio acusó a Israel ante la Comisión de Derechos Humanos de haber asesinado a niños cristianos para beber su sangre en Pesaj. En 1997, el representante palestino acusó a Israel de haber deliberadamente inyectado el virus HIV a niños palestinos durante la previa Intifada. En 1999, Suha Arafat (la viuda de Yasser), en presencia de la entonces Primera Dama de Estados Unidos Hillary Clinton, arguyó que Israel había asesinado niños palestinos con gas venenoso. En el contexto de la Intifada de Al-Aqsa, Arafat repetidas veces afirmó que el ejército israelí empleó un “gas negro” que produce cáncer. En el año 2000, el Ministerio de Educación egipcio republicó un libro originario de 1890 titulado “Sacrificos humanos en el Talmud”. En el 2004, la televisión iraní emitió la serie “Los ojos azules de Zahra” cuyo tema principal versaba sobre un plan israelí orientado a hacerse de ojos palestinos para trasplantarlos a no-videntes israelíes.Y así llegamos a la reciente nota de la discordia del diario sueco Aftonbladet, el de mayor circulación en toda Escandinavia. Publicada en la sección de cultura, escrita por el periodista freelance Donald Boström, y respaldada luego del escándalo por el propio editor, la columna alegó que soldados israelíes matan a palestinos con el objeto de recolectar sus órganos para trasplantes en el estado judío. Notablemente, el gobierno sueco se ocultó tras el cliché de la libertad de expresión y eludió condenar el artículo, llegando a reprender a su embajadora en Tel-Aviv luego de que ésta lo repudiara. Ante la avalancha de cuestionamientos, el editor Jan Helin se vio forzado a admitir que no tenía evidencia respaldatoria de tan seria acusación. De hecho, los propios familiares de Bilal Ahmed Ghanem -el palestino de la pequeña localidad cisjordana de Imatín a cuyo derredor giraba toda la historia de la nota- realizaron similar confesión. Su madre negó haber dicho a algún periodista que los órganos de su hijo habían sido robados. Otro pariente de nombre Ibrahím aseguró que la familia nunca dijo tal cosa al fotógrafo sueco que vio el cuerpo de Bilal. “No sé si esto es cierto, no tenemos ninguna evidencia que apoye esto” resumió su hermano Jalal. En suma, se trató de una maliciosa calumnia.Desde Norwich hasta Imatín, y del siglo XII al XXI, los antisemitas europeos han hallado las formas más efectistas de difamar a los judíos con libelos descabellados. Que hayan sido suecos los involucrados en este lamentable episodio y que hayan demostrado mayor entusiasmo que los propios palestinos en demonizar a Israel, tan solo prueba que la tradición judeofóbica que corroe al viejo continente está intacta, y que el estado judío ha tomado el lugar del pueblo judío en la matriz de este odio humano.

Judios Antisionistas

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Por Julián Schvindlerman
Comunidades 19/8/09

La noticia divulgada por Associated Press a comienzos de agosto a propósito de un integrante judío israelí del movimiento palestino Fatah debe haber levantado más de una ceja entre los lectores.
Uri Davis fue uno de los alrededor de setecientos miembros de Fatah que se postuló para uno de los ochenta y nueve asientos del Consejo Revolucionario de esta agrupación que ha controlado el destino de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) por décadas y ha sido la fuerza dominante en la Autoridad Palestina (AP) desde su creación en 1994. En los años sesenta, Davis rehusó sumarse al ejército, algo que en aquella época era considerado alta traición por la sociedad israelí, se casó con una mujer palestina, escribió un libro antisionista en los años setenta, se exilió y unió a Fatah en los años ochenta, convirtiéndose en director de su oficina londinense en tiempos en los que este grupo perpetraba atentados terroristas contra los judíos en Israel y Europa principalmente. Un caso singular, ciertamente.
O quizás no tanto. Pues Davis -que se autodefine como un palestino hebreo-parlante del “estado apartheid de Israel”- no es el único judío en haber simpatizado con el nacionalismo palestino. De los extremos de la sociedad israelí han surgido grupos o personajes controvertidos que han dado apoyo a los nacionalistas palestinos a lo largo del tiempo. Miembros del movimiento ultraortodoxo Neturei Karta, por ejemplo, han visitado a Yasser Arafat cuando convalecía en un hospital parisino en el año 2004 y se han manifestado a favor de ataques terroristas contra Israel. (También han respaldado a Mahmoud Ahmadinehad en Teherán por su diatriba antisionista y negadora de la Shoá). Emanando del lado laico y de la izquierda radical, agrupaciones como Betselem, Paz Ahora y Rabinos por los Derechos Humanos, sin llegar a estos niveles aberrantes, han sistemáticamente elegido respaldar los reclamos nacionalistas de los palestinos en desmedro de los intereses israelíes, contribuyendo a la difamación global de su propio país con sus actividades, reportes y comunicados tendenciosos.
La oposición judía a Sión se remonta a los tiempos del Mandato Británico sobre Palestina e incluyó en sus filas a pensadores estelares a los que no se les podría atribuir sufrir la patología del auto-odio. Martin Buber, por caso, escribió en 1939 -al año de haber arribado a Palestina y a dos meses del inicio de la Segunda Guerra Mundial- un artículo en el diario Haaretz en el que acusaba al Sionismo de “realizar acciones de Hitler en la tierra de Israel, porque ellos [los sionistas] quieren servir al dios de Hitler [el nacionalismo] después de que éste reciba un nombre judío.” Con anterioridad, el reformismo judeo-alemán del siglo XIX decidió expurgar de sus textos litúrgicos las referencias a Jerusalem y a la Tierra de Israel con el objeto de eliminar todo vestigio nacionalista. Para ellos, los judíos constituían una religión y no una nación con reclamos soberanos válidos. En el otro extremo, la ortodoxia rabínica era antisionista en virtud de su mesianismo fundamentalista. En la Rusia post-revolucionaria de principios del siglo XX, los bolcheviques judíos eran profundamente antisionistas. Uno de sus líderes más destacados, el judío ateo León Trotsky, veía a Theodor Herzl como una “figura repulsiva”. Hoy, parte de los judíos residentes en la diáspora fieramente críticos de Israel suelen estar fuera del marco comunitario (aunque de ningún modo ese es siempre el caso), y -en palabras del psiquiatra y profesor de Harvard Kenneth Levin – “su única afiliación con asuntos judíos tiene que ver con sus ataques a Israel”. Juan Gelman y Pedro Brieger tipifican esta categoría en la Argentina. El tópico de la enajenación de algunos judíos respecto de su propia identidad y de su sentido de pertenencia a su propio pueblo ha preocupado a historiadores por largo tiempo. Un reciente ensayo del profesor Alvin Rosenfeld de la Universidad de Indiana, titulado “Pensamiento ´Progresista´ Judío y el Nuevo Antisemitismo” examinó los escritos de varios intelectuales judíos anti-israelíes del mundo anglo tales como Tony Kushner, Jacqueline Rose y Tony Judt entre otros. Similar preocupación llevó a Theodor Lessing ha publicar, en 1930, un libro titulado “El Amor-Odio de los Judíos” en cuyas páginas estudió los casos de seis judíos prominentes que repudiaron su identidad, entre ellos Otto Weininger y Arthur Trebitsch. El filósofo austriaco Weininger terminó quitándose la vida por eso, en tanto que el periodista vienés Trebitsch se convirtió al cristianismo e instó a los alemanes a no ceder en su lucha contra los judíos: “¡Permaneced firmes! ¡No tengáis piedad! ¡Ni siquiera conmigo!”.
Entre quienes evidenciaron alienación (en distintos grados) respecto de su judaísmo, contamos a Karl Marx, quién dejó testimonio de su sentir en el panfleto de 1843 “Sobre la Cuestión Judía”; a Rosa Luxemburgo, que en una carta privada respondió a un colega “¿Por qué recurres a mí con tus penas especiales judías?…No puedo hallar un rincón especial de mi corazón por el ghetto”; y a Gertrud Stein, quién en 1934 dijo al New York Times que “Hitler debió haber recibido el Premio Nobel de la Paz”. Hannah Arendt no tuvo inhibición en ser amante del profesor nazi Martin Heidegger y lo promovió en círculos intelectuales aún después de la guerra. Friedrich Stahl se convirtió al cristianismo, se hizo profesor de derecho eclesiástico en la Universidad de Berlín, y fue líder del antisemita Partido Conservador Cristiano. Todos ellos seguramente coincidirían con la aseveración del poeta judío alemán converso al cristianismo Heinrich Heine, de que “el judaísmo no es una religión sino una desgracia”.
Aún más atrás en el tiempo, podemos identificar a judíos que trocaron el judaísmo por el catolicismo (cuando el segundo pujaba por anular al primero) y se transformaron en antisemitas impiadosos. Entre sus filas, según ha escrito Gustavo Perednik, han militado -especialmente en el Medioevo- Petrus Alfons, Nicholas Donin, Pablo Christiani, Avner de Burgos, Guglielmo Moncada y Alessandro Franceschi.
Así es que Uri Davis, el exótico judío israelí de Fatah, no encarna un fenómeno tan excepcional; él integra un linaje trágico que hace a una parte verdaderamente alucinante de la historia judía.

Un canciller israelí en Sudamérica

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Para Comunidades

En 1947, trece de los entonces veinte países latinoamericanos en las Naciones Unidas votaron a favor del Plan de Partición. América Latina jugó un papel crítico en esa votación. Hoy, eso es historia antigua. En las últimas décadas, las naciones latinoamericanas han virado hacia posturas que oscilan entre la neutralidad y la contrariedad en lo relativo a las cuestiones israelíes. La visita del Ministro de Relaciones Exteriores de Israel Avigdor Lieberman -la primera de un canciller israelí a la región en veintitrés años- claramente ha apuntado a reforzar los lazos bilaterales.Lieberman visitó Brasil, Argentina, Perú y Colombia. En todos estos países -salvo la Argentina- fue recibido por los presidentes, además de otros funcionarios de alto rango. A excepción de manifestaciones callejeras de bajo impacto, ocasionales pegatinas de afiches ofensivos, y el infaltable repudio de grupos radicales judíos, el viaje del canciller por la región pasó sin mayor escándalo y contribuyó a solidificar las relaciones diplomáticas y comerciales entre las partes. Como trasfondo de la visita del canciller se encuentra la creciente penetración iraní en el hemisferio occidental. Ello en parte posiblemente explique el renovado interés israelí por América Latina. Recientemente, ha viajado a Panamá y a Costa Rica el Ministro de Seguridad Pública Yitzjak Aharonovitch, ha participado de la Asamblea General de la Organización de Estados Americanos en Honduras el Vice-Ministro Danny Ayalon, en agosto estará en Paraguay y Ecuador el ministro Uzi Landau, y ha sido anunciada una visita del Presidente Shimon Peres para noviembre. Los diplomáticos israelíes parecen haber descubierto que el sur también existe.A lo largo de su estadía en nuestro país, tuve la oportunidad de escuchar dos veces al canciller. Durante una minúscula y brevísima conferencia de prensa ante periodistas comunitarios en la cuál aceptó cinco preguntas a lo largo de quince minutos, y durante un almuerzo organizado en su honor en el Hotel Alvear donde pude escucharlo por más tiempo. Con el aditamento de la entrevista exclusiva que concedió al diario La Nación, podemos darnos una idea del mensaje que trajo a la región. Cinco puntos pudieron ser detectados con claridad: a) reforzar lazos con Sudamérica, como complemento a la relación especial con Washington y al vínculo cotidiano con la Unión Europea y otros actores internacionales; b) alertar sobre la creciente influencia iraní en estas tierras y denunciar la naturaleza del régimen ayatollah; c) subrayar la no-centralidad del problema palestino como el asunto más acuciante a nivel regional; d) señalar la amenaza global del terrorismo fundamentalista islámico; y e) apoyar a la comunidad judía local en el reclamo de esclarecimiento por el atentado contra la AMIA. Estos cinco asuntos no agotan una agenda mayor de preocupaciones plasmadas en entrevistas, conversaciones y discursos pronunciados durante su visita, pero parecen reflejar fielmente al menos varias de las inquietudes contemporáneas de la diplomacia israelí, algunas de las cuáles tocan directamente a América Latina. Nadie debiera albergar expectativas desmedidas acerca de nuevas actitudes latinoamericanas hacia el Medio Oriente como resultado de esta visita (por caso, Brasilia ya anunció que recibirá en breve al presidente iraní Mahmoud Ahmadinejad). A la vez, tampoco nadie debiera minimizar el impacto positivo que esta gira pudiere haber tenido en la transmisión de la perspectiva israelí a los políticos latinoamericanos. A la luz de las realidades geopolíticas regionales e internacionales, el viaje del canciller Lieberman ha sido oportuno y atinado.