Tatsuo Osako, el ‘Schindler’ japonés

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Por Silvia Díaz

“Mis mejores deseos para mi compañero Tatsuo Osako”, reza una de las fotos del viejo diario de un empleado del Departamento de Turismo de Japón (JTB) durante la Segunda Guerra Mundial. El retrato, un regalo para el hombre que le ayudó a escapar, es una de las siete instantáneas recientemente descubiertas que arrojan luz sobre la historia de miles de judíos a los que Osako, fallecido en 2003, habría ayudado a huir de las garras nazis. Setenta años después, la aparición del diario ha desencadenado una búsqueda internacional para encontrar a las personas que aparecen en las imágenes o sus descendientes. Las fotos personales de refugiados, que a menudo escaparon con pocas pertenencias, son poco comunes.
En 1940, a pesar de las estrechas relaciones con los alemanes, el Departamento de Turismo de Japón acordó con EEUU ayudar a los judíos que huían de Europa. El JTB se encargaba de los refugiados una vez pisaban territorio japonés. Y Osako, en su segundo año en la oficina, trabajó como acompañante en los barcos que transportaban a los judíos hasta la isla. Para muchos, Osako es considerado el Schindler japonés.
“Los judíos que vi en esa época no tenían pasaporte y eran apátridas, eran refugiados que habían huido de Europa y estaban generalmente alicaídos, algunos con una mirada ausente que proyectaba la soledad de la gente en el exilio”,
escribió brevemente Osako en 1995 para una publicación de ex alumnos de su instituto. Poco dado a hablar -como muchos de su generación- de sus experiencias en tiempos de guerra, éstas habían sido las únicas palabras pronunciadas por el japonés sobre su humanitaria labor hasta la aparición del diario. Ni su hija Mie Kunimoto conocía la existencia de las fotos.
“No sabía nada, ni mi hermana. No era de la clase de personas que habla del pasado”, señala.
“Con mis mejores sentimientos, Marie”, dice un mensaje en francés en otra de las fotos del diario. “Un recuerdo para un amable japonés. Rozla”, aparece escrito en polaco en el reverso de otra de las imágenes. Los distintos idiomas de las dedicatorias -alemán, polaco, noruego, francés…- son un fiel reflejo del avance nazi por Europa.

Historias humanas
Los historiadores tienen varias teorías sobre las razones que llevaron a Japón a permitir la entrada a los judíos. Algunos señalan intereses puramente humanitarios, mientras otros afirman que el país del sol naciente quería reclutar ciudadanos educados para poblar sus nuevos territorios conquistados y tratar de congraciarse con Estados Unidos en los años anteriores a su guerra. Poco importan los verdaderos motivos cuando miles de vida fueron salvadas.
Akira Kitade, que trabajó a las órdenes de Osako y actualmente está haciendo una investigación que servirá de base a un libro, ha sido el encargado de sacar las fotos a la luz, y con ellas las historias humanas que esconden.
“Muchas personas habrán muerto, pero, si es posible, me gustaría encontrar a las familias para enseñárselas”.
Para ello, Kitade ha contactado con funcionarios israelíes y ha visitado el Museo Memorial del Holocausto de los Estados Unidos (USHMM) con una treintena de fotografías que está tratando de identificar.
En Washington, el ayudante de Osako consiguió una lista de más de 2.000 judíos que recibieron papeles para poder desembarcar en Japón. Nissim Ben Shitrit, el embajador de Israel en el país del sol naciente, ha pasado toda la información a la Autoridad Nacional para el Recuerdo de los Mártires y Héroes del Holocausto (Yad Vashem) en Jerusalén, y piensa que algunos individuos pueden ser localizados.
“Creía que habíamos descubierto todo sobre el horror del Holocausto, pero aún hay más por descubrir”, reconoce Shitrit.
El cónsul Sugihara
El camarada Osako no fue el único buen samaritano durante la guerra. Japón también tuvo otro Schindler, el cónsul Chiune Sugihara, uno de de los diplomáticos -como el sueco Raoul Wallenberg o el estadounidense Hiram Bingham IV – que utilizaron la maquinaria burocrática, a menudo a espaldas de sus gobiernos, para expedir el papeleo que permitiría salvar a los judíos del Holocausto.
Destinado en Lituania, Sugihara concedió, por iniciativa propia, visados de tránsito a miles de judíos hasta que en agosto de 1940 Rusia anexionó Lituania y se vio obligado a abandonar el país. El Schindler japonés fue galardonado en 1985 por el Yad Vashem como uno de los ‘Justos entre las Naciones’, un honor reservado a los no judíos que arriesgaron sus vidas para salvar a los judíos del Holocausto.
Un corto sobre su labor, ‘Visas and Virtue’, ganó el premio de la Academia en 1997, y varios museos han sido dedicados a su memoria en su ciudad natal -Yaotsu- y Lituania.
Aliado con Jan Zwartendijk, un cónsul holandés, Sugihara expidió miles de documentos durante meses hasta que Rusia anexionó Lituania, y continuó deslizando visas en blanco por la ventanilla del tren cuando se alejaba. Se calcula que los visados emitidos por Sugihara, que falleció en 1986 a los 86 años, sirvieron como salvoconducto a unos 6.000 judíos, aunque los archivos están incompletos. Estas visas de tránsito les permitían viajar por Rusia en el ferrocarril transiberiano hasta la región de Manchuria -bajo dominio japonés-, un angustioso viaje de miles de kilómetros que podía durar semanas.
Mientras el cónsul expedía sus visados por sí mismo, una maquinaria mucho más organizada y menos conocida ayudaba a los refugiados judíos una vez pisaban territorio japonés.
“Sugihara ha recibido elogios en todo el mundo, pero estuvo apoyado por el trabajo en la sombra de otras personas”, señala Kitade.
Esas “otras personas” fueron japoneses como Osako, quien gracias a la historia destapada por las fotos, ocupa por fin su merecido lugar en la Historia.

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¿Era Raoul Wallenberg el "prisionero Nº 7"?‏

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Cuando establecí la Fundación Internacional Raoul Wallenberg, mi difunto amigo Tom Lantos, único sobreviviente del Holocausto miembro del Congreso de los Estados Unidos, me dijo que su sueño era ver a su salvador, Raoul Wallenberg, volviendo a su casa.
Tom falleció en 2008, sin poder alcanzar su meta. Sin embargo, su legado vive conmigo y con todos mis colegas, personal y voluntarios, que trabajan día y noche en la Fundación Wallenberg para documentar e investigar el legado de Raoul Wallenberg y de otros salvadores de las víctimas de la Shoá.
Las revelaciones recientes sobre el destino de Raoul Wallenberg podrían acercarnos un poco más a lograr la misión incumplida de Tom, que es compartida por los familiares con vida de Raoul y por millones de personas en todo el mundo.
Raoul Wallenberg era uno de los más grandes héroes de la humanidad. Como hombre joven con un brillante futuro, podría haber elegido un camino diferente y más conveniente. En cambio, se lanzó a una peligrosa misión en tiempos de guerra en Hungría y en cuestión de meses, frente a las amenazas diarias de muerte de los nazis, logró salvar a decenas de miles de judíos húngaros del exterminio.
Después de su impresionante hazaña, el 17 de enero de 1945, fue secuestrado por los soviéticos, junto con su chofer, Vilmos Langfelder. Desde entonces nada se sabe ni del paradero ni del destino de ambos.
Hasta hace unos días la versión oficial soviética y la de sus sucesores de Rusia, ha sido tercamente coherente y manifiestamente infundada, en el sentido de que Wallenberg había sido ejecutado el 17 de julio de 1947, en la prisión de Lubianka. Ahora, en una carta dirigida a uno de nuestros miembros, la prestigiosa investigadora Susanne Berger, así como al Dr. Vadim Birstein, el FSB (el servicio secreto ruso, antes conocido como KGB) se reconoce que lo “más probable” es que Wallenberg haya sido el “Prisionero n º 7”, sometido a un interrogatorio a fondo el 23 de julio de 1947, seis días después de su presunta ejecución.
Ya en 2006, el entonces jefe adjunto de la embajada rusa en Washington, el Sr. Darchiev, escribió a nuestra Fundación que: “la responsabilidad de la muerte del Sr. Wallenberg recae en los dirigentes de la URSS de ese momento y en Stalin en persona. Ninguna otra autoridad podría haber hecho frente a un diplomático sueco, representante de un Estado neutral, un miembro de la “Familia Wallenberg”, bien conocida tanto en el extranjero y como por el gobierno soviético “.
Sin duda, todos los hechos parecen apoyar esta afirmación. Dado que el gobierno stalinista fue implacable, pero bien organizado, es muy poco probable que un prisionero de alto perfil como Raoul Wallenberg pueda haber sido ejecutado sin dejar una montaña de documentos oficiales.
En 1976 fui secuestrado por una banda de paramilitares protegidos por el Estado argentino. Estas personas siniestras me acusaron de “infectar la Iglesia Católica con el virus del judaísmo”, como he dedicado toda mi vida para fomentar el diálogo interreligioso. Gracias a mi esposa Perla y a mi querido amigo, el fallecido sacerdote católico, Padre Horacio Moreno, pude sobrevivir y contar la historia.
Mi pesadilla terminó en cuestión de días, pero tuve la oportunidad de probar la impotencia de estar en cautiverio y sentir el temor de ser olvidado.
Sólo puedo imaginar lo que Raoul ha sintió durante todos esos años (¿cuántos?) en su confinamiento.
Como judío y como ser humano que aprecia los valores de la solidaridad cívica, me comprometí con Tom y conmigo mismo a no renunciar a la lucha para que Raoul vuelva a su casa.
El 12 de abril el Estado de Israel y el pueblo judío conmemorarán el Día del Recuerdo de los Héroes y Mártires del Holocausto. Es una buena ocasión para unir fuerzas e instar al Presidente Dimtry Medvedev y al primer ministro, Vladimir Putin, a que permitan el acceso sin restricciones a los archivos del FSB y así poner un punto final a esta historia trágica.
Se debe permitir que Raoul Wallenberg pueda reunirse con su familia. Si él ya no está vivo, merece ser un héroe con tumba.
Baruj Tenembaum
Fundador de la Fundación Internacional Raoul Wallenberg
Fuente: Fundacion Internacional Raoul Wallenberg