La reciente iniciativa de resarcimiento lituana es bienvenida. Simbólicamente, sirve para superar la pesada carga moral que el Holocausto dejó en el país báltico. Se estima que, prácticamente, va a solventar más de una década de las actividades de la comunidad judía en Lituania.
Por Ellen Cassedy*

El gobierno lituano anunció que comenzará a compensar a la pequeña comunidad judía local por las propiedades confiscadas durante la ocupación nazi y la era soviética. Durante la próxima década, 36.5 millones de euros serán destinados a financiar proyectos de educación judía, religiosa, científica, cultural y bienestar social en el país báltico.

De más está decir, que nunca podrá haber una compensación por el sufrimiento soportado por los judíos lituanos. El Holocausto en Lituania estuvo entre los más fulminantes y letales de toda Europa. Durante la era soviética, la cultura judía fue aplastada.
Aún así, la iniciativa de restitución es bienvenida. Simbólicamente, sirve para superar la carga moral lituana. Prácticamente, solventará la vida judía en el antiguo corazón del yiddish. El anuncio, sin embargo, es el último paso de un camino difícil.

Con la independencia de la Unión Soviética, en 1991, Lituania ganó el derecho, de hecho, la responsabilidad, de configurar su propia visión de la historia del siglo XX. El nuevo esfuerzo nacional para vincularse con su pasado se vio plagado de controversias desde el comienzo.

En numerosas ocasiones, la comunidad internacional fue atinadamente crítica. Los fiscales lituanos fueron reprendidos por declinar procesar a criminales de guerra nazis ancianos, al tiempo que cuestionaban a numerosos judíos que lucharon como valerosos partisanos contra la ocupación alemana. Las alarmas se encendieron, justamente, con el llamado a un mayor reconocimiento a los crímenes de guerra de Stalin, aparentemente enlazado con la intención de negar, disminuir y distorsionar los delitos de Hitler.

También hubo desarrollos positivos en Lituania, y éstos merecen más atención internacional del que tuvieron hasta ahora. Vi evidencia de estos desarrollos positivos la primera vez que visité Lituania hace ya varios años, con la intención de conectarme con la tierra de mis antepasados judíos, pero mi visita rápidamente se expandió a una examinación de cómo un país con cicatrices de un genocidio avanza hacia el futuro.
Al hablar con líderes lituanos del frágil intento de vincularse con el pasado judío, encontré razones para la esperanza.

Hablé con dos mujeres empleadas por el gobierno lituano para diseñar la bibliografía del programa sobre el Holocausto en las escuelas públicas. Ellas enfatizaron que el Holocausto no sólo fue una tragedia para los judíos sino para Lituania en su conjunto. Si Lituania va a madurar como nación, sostuvieron, los lituanos deben preguntarse a sí mismos cuestiones morales rigurosas sobre las acciones de lituanos durante el Holocausto. “Nuestro objetivo es transformarnos a nosotros mismos de una sociedad pasiva a una sociedad civil activa”, me dijeron.

Otra atenta joven mujer, que trabajó para el Museo Judío de Vilna, me mostró la guía para docentes que estaba escribiendo, incluidas preguntas muy duras para estudiantes de secundaria:
¿Estuviste alguna vez en una situación en la que alguien necesitaba tu ayuda y no se la proveíste?
¿Toleraste alguna vez lo que otras personas hacían, incluso si pensabas estaba mal, en lugar de escuchar a tu conciencia?
¿Hay alguna conexión entre tus respuestas y el comportamiento de la gente durante el Holocausto?

Al hablar con la gente sobre el pasado judío, judíos y gentiles solían romper en llantos al describir sus experiencias familiares. Escuché sobre víctimas, colaboracionistas, perpetradores, salvadores y observadores. Me parecía claro que la historia del Holocausto permanecía presente y sin resolverse en ese país.

Una organización llamada Casa de la Memoria me pareció estar en el camino correcto. Su objetivo es facilitar la comunicación intergeneracional entre los lituanos gentiles acerca del mundo judío perdido. Según el líder, con quien dialogué, cuando los jóvenes hablan con sus parientes mayores de los pueblos pequeños y las villas, es cuando surgen las verdaderas dificultades. La cercana cultura judía desaparecida se convierte en vívida para los estudiantes, y comienzan a cuestionarse y entender sus visiones.

El acercamiento al pasado judío que vi en Lituania plantea preguntas, más que proveer respuestas. Más que verse forzados a arrepentirse, la gente es invitada a diseñar sus propios vehículos de remordimientos. Junto con el remordimiento, son estimulados a celebrar la gloria del pasado judío.

Estos esfuerzos llaman a la gente a acceder a historias distintas y aparentemente irreconciliables, no sólo porque algunos de ellos necesitan aprender una lección, ni porque cada uno es estimulado a demandar el manto de victimización. Por el contrario, la gente es invitada a unirse porque todos son necesarios en el complicado diálogo que debe desarrollarse.
Nosotros desde el exterior de Lituania tenemos el rol de impulsar ese diálogo. Cuando creemos que las cosas están yendo por mal camino, debemos advertirlo. Pero también hagamos oír nuestro apoyo cuando vemos cosas bien hechas.

* Autora de “Estamos acá: Memorias del Holocausto lituano”, editado por la Universidad de Nebraska.

Fuente: Haaretz
Traducción: Ariel Abramovich
Para: Nueva Sion