Antisemitismo en la Guerra de Malvinas

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Por Hernán Dobry | Para LA NACION
Humillaciones, golpes y violencia psicológica son algunos de los padecimientos “extras” que debieron sufrir muchos soldados judíos, víctimas del antisemitismo de sus superiores. Enfoques reunió a diez de esos veteranos de guerra que hoy, a 30 años del conflicto, dan testimonio del trato recibido cuando, como todos, arriesgaban la vida en defensa de la patria

Silvio Katz llegó a las Malvinas junto con sus compañeros del Regimiento de Infantería Mecanizada 3 (RIMec 3), de La Tablada, en la mañana soleada del 11 de abril de 1982. Hacía pocos días se había enterado, como los demás, que la Argentina había recuperado las islas, pero ni imaginaba que lo llevarían allí cuando lo subieron en un avión sin asientos en la Base Aérea de El Palomar, con ropa de verano y un fusil que apenas funcionaba.
Ni siquiera había logrado acostumbrarse al frío helado del otoño austral y a la humedad del pozo de zorro en el que vivía, a la espera de que los ingleses desembarcaran, cuando el subteniente Eduardo Flores Ardoino lo devolvió de golpe a la realidad.
“Me castigó todos los días de mi vida por ser judío. Me congelaba las manos en el agua, me tiraba la comida adentro de la mierda y la tenía que buscar con la boca. Me trataba de puto, que todos los judíos éramos cagones y miles de bajezas más. El tipo se regodeaba con lo que me hacía, era feliz viéndome sufrir. Les decía a los demás que les hubiera pasado lo mismo si hubieran sido judíos como yo”, recuerda hoy, a casi 30 años del conflicto.
Ni siquiera el comienzo de los bombardeos ingleses, el 1° de mayo, logró que Flores Ardoino dejara de tratarlo a él como a un enemigo. Todo lo contrario, intensificó el maltrato con el correr de los días como si ésa fuera su manera descargar tensiones, pese a que, como todos, Katz pasaba noches enteras sin dormir por los estruendos de las bombas, y además, acumulaba días sin comer porque su superior le impedía que le dieran alimentos.
“Cuando parecía que íbamos a entrar en combate, sacaba una botella de whisky, nos ponía a todos en fila y nos daba un trago, algo para tener calor. Cuando llegaba a mí, decía: ‘Usted no porque lo van a matar’. Llegué a pensar que realmente era mejor morir, que ojalá ése fuera el día”, recuerda el soldado, quien denunció a su superior ante la Justicia.

Hitler en las islas
Por terrible que fuera, la de Katz no es la única historia que testimonia el ensañamiento de muchos oficiales con soldados judíos mientras defendían la patria durante el conflicto del Atlántico Sur. Sus relatos y las denuncias que plantean forman parte de la investigación realizada para mi libro Los rabinos de Malvinas: La comunidad judía argentina, la guerra del Atlántico Sur y el antisemitismo, que Enfoques adelanta en forma exclusiva.
Si bien es imposible saber la cantidad real de conscriptos israelitas que estuvieron combatiendo en las islas, ya que ni las Fuerzas Armadas ni las instituciones de la colectividad llevaron un registro, este autor logró encontrar a veinticinco de ellos, de los cuales diez se prestaron a participar de esta nota.
En medio de los bombardeos, mientras los ingleses trataban de destruir las defensas antiaéreas argentinas en las islas, un suboficial se sorprendió de que Pablo Macharowski, del Grupo de Artillería Aerotransportado 4, luchara hasta caer herido pese a su condición de judío. “‘Qué raro que vos que sos judío estés combatiendo acá’, me dijo. Soy argentino, no tiene nada que ver que sea judío o no. Al tipo le maravillaba, como si fuese algo ajeno”, resalta.
A algunos kilómetros de distancia, Claudio Szpin, del RIMec 3, vivió una situación similar mientras montaba guardia cerca de su pozo de zorro, junto a su amigo Sergio Vainroj. “Había una cosa de si uno era argentino o no. Era como que por el hecho de ser judío no se terminaba de ser del todo argentino”, recuerda hoy.
Mientras tanto, en el continente, grupos de soldados esperaban que les llegara el momento de cruzar a las Malvinas para combatir. Algunos de ellos lograron viajar en medio de la noche, volando a ras del mar, para evitar que los captaran los radares ingleses y que los derribaran.
El 3 de junio, Marcelo Eddi, del Regimiento de Infantería 1 Patricios (RI 1), estaba en Comodoro Rivadavia cuando su superior le ordenó que, junto a sus compañeros, formara frente al galpón sin paredes donde dormían. Allí les anunciaron que la sección Morteros, de la que formaba parte, saldría rumbo a las islas ese mismo día. Cuando estaban a punto de partir, el jefe de su unidad lo separó del grupo y le dijo que no iría porque era judío. Muchos hubieran aprovechado la oportunidad, pero Eddi hizo todo lo posible para viajar y le cambió el lugar a un soldado que temblaba de miedo. El 6 de junio llegó al cerro Dos Hermanas, en la primera línea de fuego. “El teniente primero que nos acompañaba era el hijo de Adolfo Hitler, porque era nazi, se vestía igual y se peinaba con gomina para atrás -relata-. A mí me sacaron a un costado. Entonces, se paró al lado mío y me dijo: ‘Voy a llevar todos soldados criollos, no un judío’. Le respondí: “No hay problema. Lo que pasa es que acá son todos valientes, como usted”. ‘A mí no me conteste, soldado’. ¿Qué va hacer? ¿Me va a pegar, a meter preso? Quédese tranquilo que cuando le tenga que dar la espalda, veremos, le dije y me gritó: ‘Judío de mierda'”.
Una situación parecida tuvo que vivir Sigrid Kogan, también del RI 1., unas semanas antes, tras la recuperación de las islas cuando su unidad aún estaba formada en Palermo y los oficiales pasaban con la lista seleccionando quiénes irían a Malvinas. Una vez más, el ser judío fue la razón para que sus superiores se ensañaran con él. “Hicieron pasar a todos los soldados en el playón, empezaron a armar una lista y preguntaron: ‘¿Los judíos no van a ir? ¿Quiénes son los judíos? Ertel, Kogan, un paso para acá’ -rememora. Me dijeron: ‘Cuando nombre a Fernández, diga presente’. Entonces, yo judío, tuve que dar el apellido de un soldado que no había venido. No estaba en la lista original y terminé yendo a Malvinas por ser judío, sino, no me tocaba.”
Su suerte no cambió demasiado cuando llegó a las islas y, menos aún, después de que comenzaron los bombardeos. Cuando se sentía mal prefería quedarse en su trinchera en lugar de consultar a un médico para evitar los maltratos de sus superiores. “Aún en dolorosos momentos evité ir a la enfermería para eludir la repetida respuesta de mi jefe: ‘Judío de.'”, escribió en su diario personal.
A veces las agresiones rayaban en el absurdo. Un buen ejemplo lo cuenta Adrián Haase, del Regimiento de Infantería Mecanizada 6, de Mercedes. En medio de los bombardeos ingleses sobre el Monte Goat Ridge, lo llamó su superior. “Un día me llamó el subteniente Frinko y me dijo: ‘¿Sabe una cosa? Yo odio a los judíos’. Yo me quedé duro, ya que me tomó por sorpresa. ¿Por qué?, le pregunté. ‘No sé, pero los odio'”, recuerda.
Otras veces las razones del antisemitismo no eran tan inasibles y, en todo caso, la forma en que se manifestaba era bien concreta en su violencia y su desprecio. Vainroj padeció el odio de su superior desde que llegó a las islas, cuando nadie preveía que los ingleses iban a animarse a atacarlos.
“Cada tanto, me decían judío de mierda, y cuando no, me daban una sobrecarga de trabajo, por ejemplo, empezar a hacer un pozo de zorro y, después, taparlo y hacer otro. A los demás no se lo hacían”, señala.
Sin embargo, esa situación se fue intensificando con el correr de los días y se acentuó cuando comenzaron los bombardeos, al punto de que, en una oportunidad, terminó en una agresión que incluyó a su compañero Szpin, que había salido a defenderlo.
“Cuando los ataques estaban ya avanzados, en junio, recibí una encomienda y el sargento me ordenó: ‘Traiga para acá’. Se la quedó para él y me decía: ‘Judío de mierda, te traen encomiendas ¿cómo puede ser que el sargento no reciba nada?’ -recuerda-. Se ensañó conmigo y me gritó: ‘Venga acá, chúpeme la pija’. Se bajó la bragueta y me quería obligar, y yo me hice para un costado. En eso, entró Szpin, vio la escena e intentó defenderme: le pisó el pie, lo empujó y se pegaron. Entonces, se lo llevó con el capitán a decirle que se había insubordinado y que solicitaba que lo mandaran al frente, a la primera línea del combate”. Finalmente, un superior intercedió y lo dejó en su posición.
Aunque parezca difícil de creer, algunos de los soldados que recibieron estos maltratos en Malvinas no se sorprendieron demasiado de esa violencia, del abuso de poder y la intolerancia porque ya lo habían padecido mientras realizaban la colimba. la discriminiación contra los judíos no fue una rareza que sólo padecieron las clases 62 y 63, sino que se trataba de un comportamiento habitual en muchos miembros de las Fuerzas Armadas en las décadas anteriores a la derogación del Servicio Militar Obligatorio, en 1995. No era una práctica institucional pero sí algo que sucedía dentro de la institución con demasiada frecuencia.
Las prácticas incluían desde insultos, en su gran mayoría, hasta el maltrato físico, pasando por la sobrecarga especial de trabajos o la realización de tareas insalubres que a otros no les daban. Jorge Carlos Sztaynberg, de la Compañía de Ingenieros Mecanizada 10, de Pablo Podestá, provincia de Buenos Aires, recuerda que los suboficiales sometían a “algunos con maltrato físico. Venía la patada y atrás el ‘judío de mierda'”.
A su vez, eran sometidos a sesiones de “baile” extra o especiales, muchas veces en terrenos llenos de piedras o a temperaturas extremas. “Eramos cinco soldados judíos y sufríamos una ‘persecuta’ de aquellas. A las dos de la mañana, nos agarraban y nos sacaban a ‘bailar’ sólo a nosotros en calzoncillos largos y remera. Era en lugares inhóspitos, en el campo, y nos hacían aplaudir cardos y arrastrarnos entre el barro y el granito. Terminábamos con los codos y los pies sangrando”, recuerda Gustavo Guinsburg, de la Jefatura de la Brigada de Infantería Mecanizada 11, de Río Gallegos. Katz concuerda: “Durante la colimba, nos ‘bailaban’ a todos los judíos como correspondía, una vez o dos por semana”, destaca.
Algunos de los castigos buscaban explicarse en razones religiosas vinculadas con la acusación de que los israelitas habían matado a Cristo. “Nos maltrataban, nos decían judío de mierda, que había que matarnos a todos. El oficial Kuffmann decía que nosotros habíamos matado a Jesús, y que teníamos toda la culpa de por vida, que éramos traidores, y que él a mí me iba a hacer cristiano. Me mandaba a misa. Yo me quedaba siempre afuera de la capilla y escuchaba. En un momento, me dice: ‘Usted va a hacer de monaguillo’. Acepté y se sorprendió. Me puso la sotana y fui al lado del capellán. ‘Muy bien, a usted lo voy a hacer un buen cristiano’, me dijo y le respondí: ‘Lo único que hice fue ayudar a un cura, pero sigo siendo judío'”, afirma Szpin.
“El antisemitismo que había adentro era muy intenso, muy pesado, con amenazas de muerte permanente, con recuerdos del nazismo. Me llegaron a decir: ‘No entiendo cómo ustedes están acá, si ya los tendrían que haber matado a todos'”, destaca Marcelo Laufer, del RI 1.
Pablo Kreimer, del mismo regimiento, recibió un discurso similar. “Había un cabo que, cuando hicimos la instrucción, se paseaba canturreando: ‘Ahí viene Hitler por el paredón, matando judíos para hacer jabón’. Un día me dijo: ‘¿Sabe que Hitler también fue cabo?’ Y le respondí: No me extraña. No le daría para más, como a usted”, recuerda.
Incluso, el cabo segundo Fernando Grunblatt, sufrió ese mismo trato en la Armada, a pesar de ser un suboficial. En Malvinas, en cambio, donde estaba al mando de una unidad, no tuvo que sufrir episodios como esos.

El retorno
El general Mario Benjamín Menéndez firmó la rendición argentina el 14 de junio de 1982. Entre los soldados el clima era una mezcla de odio, dolor por la muerte de sus compañeros y amigos, frustración y alivio por el final de casi tres meses de sufrimientos.
Sin embargo, pocos se imaginaban que los padecimientos recién comenzaban y que sus propios compatriotas los tratarían como locos y les darían la espalda cuando intentaron reinsertarse en la vida cotidiana.
Iban de aquí para allá tratando de rearmar sus vidas, volver a estudiar o conseguir trabajo. Nadie quería tomarlos. Eso los desesperaba y deprimía al tal punto que en estos treinta años se han producido más muertes, por suicidios, de las que hubo en los combates.
Las entidades centrales de la comunidad judía fueron consecuentes con la actitud que tuvo la población argentina frente a los veteranos de guerra, ya que no se preocuparon por el estado de los conscriptos israelitas, ni cuando regresaron al continente, ni en los meses siguientes, a pesar de que unas semanas antes habían estado gestionando el envío de los rabinos para prestarles asistencia espiritual.
Esto provocó un dolor aún mayor entre los ex combatientes, que todavía perdura. Ante esta situación, este autor le planteó al presidente de la DAIA, Aldo Donzis, en dos oportunidades las necesidades que tenían los veteranos de Malvinas judíos, para que realizara un acto en el que les reconocieran lo hecho durante el conflicto e, incluso, le entregó el listado con todos los datos de cada uno de ellos. Nunca obtuvo respuesta.
Pasaron casi tres años desde el último contacto y, hasta el momento, jamás los llamaron. Sólo se pusieron en campaña cuando Szpin, Vainroj y Katz fueron el 17 de noviembre de 2011 a pedirles que por favor les hicieran un homenaje y les permitieran contar su historia en las escuelas de la colectividad. Aún siguen esperando una respuesta.

Malvinas, historias de nazis y rabinos

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Por: Darío Brenman
Para: Nueva Sion Online

De toda la escoria guardada bajo la alfombra tras la Guerra de las Malvinas, el antisemitismo sufrido por muchos jóvenes conscriptos judíos en la zona del conflicto es una de las más flagrantes. En particular, por la falta de respuestas de la comunidad y sus instituciones. Otro de los aspectos con escasa trascendencia de aquel conflicto, fue el viaje de un grupo de rabinos argentinos para dar contención moral religiosa, tanto a los soldados que estuvieron en el frente de guerra como a los movilizados.

En el libro “Los Rabinos de Malvinas”, el periodista y escritor Hernán Dobry rescata aspectos desconocidos hasta el momento sobre la guerra del Atlántico Sur, como son el antisemitismo que sufrieron los soldados judíos en ese conflicto y el viaje de un grupo de rabinos argentinos al sur del país.
La guerra de Malvinas fue unos de los conflictos bélicos más descarnados de la historia argentina. En primer lugar, porque fue una guerra peninsular alejada de los centros urbanos y de abastecimiento para ambos países. Y en segundo, debido al factor climático y la falta de preparación militar de los soldados argentinos. “La primera vez que tuve una granada en mano fue en medio de la guerra y no sabía ni cómo funcionaba, al igual que algunos oficiales que me acompañaban”, recuerda Marcelo Wolf, marino destinado a un apostadero naval.

Unos de los temas que aporta la investigación de Dobry es el antisemitismo en ese conflicto bélico: “Algunos oficiales y suboficiales usaban para atacar a los judíos la supuesta condición de extranjeros. Para ellos judíos y argentinos eran antónimos, y hasta términos incompatibles entre sí”, explica el autor. Las entrevistas realizadas en esta investigación dan cuenta de medidas que bien podrían ser comparadas en algunos aspectos al nazismo de los años ’30.

Silvio Katz, conscripto del RIMec 3, tiempo después de terminada la guerra denunció por maltrato antisemita ante la Justicia al por entonces subteniente Eduardo Sergio Flores: “Flores Ardoino me castigó todos los días de mi vida en Malvinas por ser judío. Me congelaba las manos en el agua, me tiraba la comida dentro de la mierda y la tenía que buscar con la boca. Me trataba de puto, que todos los judíos éramos cagones, y miles de bajezas más. El tipo se regodeaba de lo que me hacía, era feliz viéndome sufrir”, comenta Katz.

Sin dudas, el otro tema fuerte del libro es el envío por primera y única vez en la historia del país de cuatro rabinos, con la intención de que lleguen al frente de conflicto para dar apoyo moral y religioso a los soldados judíos.

“Es en este tema donde se originaron los mayores debates dentro del Seminario Rabínico Latinoamericano, lugar donde se diseñó esta idea. Marshall Meyer planteó la posición de que apoyar la guerra era una ‘estupidez’, y que había que oponerse ya que sólo servía para que los militares intentaran relegitimarse en un momento en el que había comenzado su decadencia”. La oposición a esta idea estuvo liderada por el rabino Baruj Plavnik, quien sostuvo en una acalorada reunión: “Vos no entendés, porque sos estadounidense, pero para un argentino que cursó la primaria y la secundaria acá, las Malvinas son argentinas”.

Ante esta situación, Meyer lo desafió a que debía ir a las islas como capellán, para prestarles asistencia espiritual a los soldados judíos que estaban siendo movilizados para enfrentar una posible guerra. “En ese momento, comprendí que eso era lo que tenía que hacer: había chicos que estaban en una situación durísima, entre la vida y la muerte”, explicó Plavnik al autor de “Los Rabinos de Malvinas”.
La inquietud fue llevada a la DAIA para que gestione ante el Estado Mayor Conjunto la autorización al envío de rabinos a la zona de conflicto. Un hecho inédito en la historia del país.

La idea fue nombrar a religiosos vinculados a la ortodoxia y a los conservadores, para que ambos sectores de la comunidad se sintieran representados. Los que participaron de la iniciativa fueron cinco religiosos, cuyo perfil era acorde a otro de los objetivos del proyecto: que sean argentinos y jóvenes.

A medio camino
Baruj Plavnik partió el 12 de mayo hacia Puerto Argentino, aunque se quedó finalmente en Comodoro Rivadavia. Efraín Dines se trasladó el día 16 rumbo a Comodoro Rivadavia, para luego instalarse en Trelew y Rawson. Junto con él, viajó también Tzví Grunblat, quien recaló en Río Gallegos. Y por último, Felipe Yafe y Natán Grunblatt viajaron el 31 de mayo a Comodoro Rivadavia.

Tras la designación de los religiosos, surgió el problema que para cruzar al frente del conflicto había que viajar en un avión de la Cruz Roja Internacional, porque estaba prohibido que viajen civiles en un avión militar. De cualquier manera, ningún rabino pudo viajar a la zona de conflicto.
Otros de los debates que hubo en ese momento era si usar o no uniforme militar. “La gente de Marshall Meyer expresaban en aquel momento: ‘No vamos a vestir el uniforme de las Fuerzas Armadas Argentinas porque están manchadas con sangre’. Por otro lado, el rabino Dines decía: ‘Es un honor usarlo, entiendo que vamos ayudar y apoyar a los soldados, no a manifestar ideales personales, porque para eso no voy’”, explicó el religioso al autor del libro.
“Más allá de los debates, se optó porque vistieran atuendos civiles. La realidad es que nunca fueron considerados capellanes, a pesar de que los llamaban así en todos los documentos”, sostiene Dobry.

“La llegada de Plavnik a Comodoro Rivadavia tuvo una gran cobertura periodística, ya que era la primera vez que había capellanes judíos dentro del Ejército Argentino. Los rabinos no recibieron ayuda oficial para cubrir su manutención. Ni tampoco durmieron en los cuarteles del ejército, sino en hoteles privados. Por otra parte, no se les permitió ir a las Malvinas por su cuenta”, describía en una carta que el rabino Marshall Meyer les envió a sus colegas de Estados Unidos, en diciembre de 1982, donde daba cuenta de este hecho histórico.

A nivel comunitario se acordó que el rabino Baruj Plavnik sea el primero que viaje. Los objetivos que se había planteado el religioso apenas llegó a esa provincia fue prestarle asistencia espiritual a los soldados judíos que estaban desplegados en la zona, visitar a los que estaban heridos o internados en los hospitales, y averiguar por los fallecidos en combate para que la DAIA gestionara su entierro religioso. Plavnik comenzó primero a detectar a los soldados judíos en los regimientos, luego a conectarse con los miembros de la comunidad en esa provincia y lograr que se abra una pequeña sinagoga que había estado cerrada durante mucho tiempo. Precisamente allí, luego de reabrirla, fue donde se realizó el primer Kabalat Shabat en el marco del conflicto.

“Las preocupaciones de los soldados era recurrente: el miedo a cruzar a las Malvinas, morir en medio de una guerra, a matar a otra persona, y el sufrimiento de sus familiares por la falta de información que tenían de ellos, entre otras cosas. Era una situación delicada. Buscaba evitar que se quebraran al recordar a sus familias, que eso los fortaleciera moralmente, como seres humanos, para enfrentar una situación crítica. Lo que hacía era charlar sobre sus temores”, recuerda Plavnik.

El final de la guerra fue el mismo para todos los soldados. La rendición, el encarcelamiento inicial por parte de los ingleses, la vuelta al país; pero fundamentalmente el olvido y la negación de gran parte de una sociedad, que sin distinción de credos o religión, apoyaron inicialmente esa aventura militar para luego, una vez perdido el conflicto, poner bajo la alfombra su propia responsabilidad colectiva.

Shema Israel – 2 de Abril de 1982 Guerra de Malvinas

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Cuatro de abril del año 1982. El avión Lockneed C-130B Hércules de las fuerzas Aéreas Argentinas partió de su base en el aeropuerto de Comodoro Rivadavia. En su interior más de ciento cincuenta soldados.

Los asientos del avión habían sido quitados para aumentar su capacidad. Los soldados, acurrucados en el piso de la nave permanecían en silencio mientras que el comandante a bordo dirigió unas palabras a la tripulación, las instrucciones de vuelo se transmitían en forma precisa sin embargo su voz lo delataba, se lo escuchaba tenso, nervioso.
Debían atravesar el Océano Atlántico hacia el sur, hacia las Islas Malvinas. Volarían al ras del suelo y de esa manera lograrían esquivar los radares enemigos. Si los descubren serán derribados. Una falla en los cálculos los sumergiría en la inmensidad de las aguas. Los soldados escucharon con atención. Sin mirarse, sin hablar, recordando a sus familiares. Esperando despertarse de esta pesadilla, Marcelo era uno de ellos, un muchacho judío, del barrio de “Once”.
Pone su mano en su bolsillo y extrae de él un pequeño libro, un Sefer Tehilim. Comienza a rezar, ningún soldado presta atención a este hombre que tenía un libro en sus manos, meneaba su cuerpo de atrás para adelante y recitaba la oración. No le importaba lo que le digan. Había vencido su vergüenza.
A ningún soldado le importaba, a ninguno menos a uno. Desde la otra punta del avión Marcelo es observado por Claudio, él era un chico judío del barrio de Avellaneda. No era observante pero hacia siete años le habían festejado su Bar Mitzva por orden de su abuela. A sus padres les daba lo mismo pero por ella lo mandaron a lo de un rabino para que le enseñara la bendición en fonética. Recordaba que había visto a unos viejitos en el templo moverse de la misma manera que aquél soldado. Recordaba que ellos también tenían en sus manos un libro y lo leían en voz alta.
Unas lágrimas empezaron a salir de los ojos de Claudio y empezó a pensar, ¿Cuánto tiempo me queda por vivir? ¿Volveré a ver a mi familia? Comenzó a arrastrarse por el piso del avión. Debía llegar al lugar donde se encontraba aquel judío, debía pedirle algo. Al llegar al lado de Marcelo, le comenzó a hablar pero no le contestaba, no tenía tiempo para perder, y pensó ¿Quién es este muchacho que viene a interrumpir justo ahora? Claudio no se dio por vencido, lo tomo a Marcelo del brazo y le suplico: “Por favor escúchame” Marcelo levantó la vista y le dijo: “No tengo tiempo para vos”. Por favor, le contestó Claudio, yo también soy judío, ayudame. “¿Que necesitas?” contestó Marcelo. “Enseñame a rezar, a decir algo. Tengo que hablar con Dios. Pedirle que me salve, que me permita volver con mi familia” le dijo Claudio.
A Marcelo se le iluminó el rostro. Ésta era su oportunidad, ayudar a un hermano. A lo mejor gracias a esta obra de bien, se le concederá la salvación “Tenemos poco tiempo”, Exclamó Marcelo. “prestá atención, te voy a enseñar la frase que ha acompañado a los judíos durante todos los tiempos, repetí conmigo: Shema Israel Hashem Elokenu Hashem Ehad.” Claudio repitió y memorizó.
“Shema Israel Hashem Elokenu Hashem Ehad” en lo que restó del viaje hasta el puerto Argentino repitió una y otra vez esta preciosa frase. El avión aterrizó en tierra firme. Llegaron sanos y salvos. A Marcelo lo destinaron en Puerto Argentino. A Claudio a la bahía de San Carlos. Se despidieron con un abrazo. Repitieron a coro “Shema Israel Hashem Elokenu Hashem Ehad”.
El 20 de mayo en la bahía de San Carlos fue un día rutinario. Los soldados se dedicaron en vigilar la zona y a descansar. Al final del día se enteraron que iban a atacar el Puerto Argentino. De repente Claudio se empezó a preocupar por Marcelo ya que el estaba ahí. Al día siguiente se enteran que era una trampa, y que iban a atacar en la bahía de San Carlos, los agarraron de sorpresa y los soldados ingleses empezaron a ir por todos lados en búsqueda de los argentinos, pero en ese momento, Claudio estaba solo y de repente ve a un soldado enemigo frente a él apuntándolo con una metralleta, y Claudio en un último grito de dolor exclamo: “Shema Israel Hashem Elokenu Hashem Ehad.” Abrió los ojos para ver su última mirada de la tierra y encontró que el soldado ingles había quedado en su lugar, con lagrimas en los ojos y le contesto: “Baruj Shem Kebod Maljuto Leolam Vaed”. “¡Lets go!, ¡Escapate!”. Claudio se fue corriendo, y a lo lejos alcanzó a escuchar los lamentos de sus compañeros de combate. Por la noche el seguía corriendo por los campos. Hasta que pudo encontrar el camino hacia el Puerto Argentino. Ahí volvió a ver a su amigo Marcelo, junto a él lucho hasta el final. Aprovecho todo su tiempo libre para estudiar Torá con su amigo.
La guerra terminó, Claudio volvió a su hogar, pero nada volvió a ser como era antes, había tomado una decisión, volver al judaísmo. En su primera oportunidad, viajó a Israel, ingresó a la Yeshiba, estudió y profundizó todo sobre sus orígenes. Ahí descubrió otras enseñanzas sobre el Shema Israel. Este poema que acompaña al pueblo judío durante más de tres mil años. Estas palabras que lo salvaron de una muerte segura, estas frases que lo ayudaron a reencontrarse con su historia y tradiciones.