Fácil de entender, difícil de arreglar

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Por Marcos Aguinis
Para LA NACION

Acabo de escuchar una breve exposición de Dennis Prager, célebre experto en asuntos de Medio Oriente, que enseña en cinco idiomas y, además de sus actividades académicas, dirige orquestas de música clásica. Ha participado en innumerables cursos y mesas redondas sobre el conflicto árabe-israelí. Me sorprendió al afirmar que es uno de los más fáciles de entender, aunque difícil de resolver. Prager es también una figura relevante en los diálogos interreligiosos. Lo hizo con católicos en el Vaticano, con musulmanes del golfo Pérsico, con hindúes en la India y con protestantes de diversas denominaciones. Durante diez años, condujo un programa radial con casi todas las creencias del mundo. Se lo respeta como una voz seria, muy informada y ecuánime.

Reconoce que los estudios, debates y cursos sobre el tema crearon la falsa noción de su complejidad. No hay tal cosa, dice. En 1948, Gran Bretaña fue obligada a retirarse de Palestina por el anhelo independentista de los judíos. Previamente, las Naciones Unidas habían votado la partición del territorio en dos Estados: uno árabe y otro judío. Los judíos aceptaron y los árabes no, porque preferían “echar a los judíos al mar” mediante la invasión de siete ejércitos, con el apoyo de la ex potencia mandataria. El resultado de esa guerra fue prodigioso. Aunque el pueblo judío acababa de emerger -muy quebrado- del Holocausto nazi, pudo vencer. Desprovisto casi de armas, abrumado por el ingreso de sobrevivientes enloquecidos, carente de recursos naturales y alimentos, se empeñó en salir adelante. Sus vecinos se negaron a firmar la paz y sólo hubo fronteras de armisticio, provisionales. Después sucedieron nuevas guerras, cuyo propósito respondía al mismo eslogan: “Echar a los judíos al mar”.

Israel es más pequeño que la provincia argentina de Tucumán, que el estado norteamericano de Nueva Jersey y que la república de El Salvador. No obstante, su carácter democrático y pluralista lo ha convertido en una espina que hiere a dictaduras y teocracias. En 1967, el dictador egipcio Gamal Abdel Nasser, con el apoyo de Jordania y Siria, inició acciones para demoler al joven Estado. Entre otras medidas, forzó el retiro de las tropas de las Naciones Unidas para poder invadirlo. Israel atacó primero y obtuvo una impresionante victoria en la Guerra de los Seis Días. Fue entonces -recién entonces y bajo circunstancias no deseadas- que la actual Cisjordania, hasta ese momento parte integral de Jordania, pasó a estar bajo control israelí. Durante las casi dos décadas que duró la ocupación jordana, nunca se había propuesto convertirla en un Estado Palestino. Curioso, ¿verdad? Recién empezó esa demanda cuando la ocupó Israel. Porque el propósito de fondo -la conclusión resulta obvia- no era establecer un Estado Palestino, sino borrar del mapa a Israel, aunque sea arrancándole pedazo tras pedazo. Se puede decir que en esa etapa comenzó el tan publicitado conflicto palestino-israelí. Hasta entonces, era árabe-israelí.

Apenas terminada esa Guerra de los Seis Días, hubo una conferencia de los jefes de Estado árabes en la capital de Sudán, donde se juramentaron los tres noes: No reconocimiento, no negociaciones, no paz con Israel.

¿Qué debía hacer Israel? Todos los caminos estaban cerrados, hasta que un nuevo presidente egipcio, Anwar el-Sadat, se mostró dispuesto a la conciliación. Entonces, Israel le dio la bienvenida y aceptó la fórmula “tierras por paz”. Se retiró de la península del Sinaí, dos veces más grande que su propio territorio, dejando a Egipto pozos de petróleo, aeropuertos, carreteras y nuevos centros turísticos. Hasta sacó por la fuerza a los israelíes que habían construido la ciudad de Yamit en el sur de Gaza, para que la devolución fuese completa.

¿Fue apreciado semejante gesto? No. Tras el asesinato del presidente Sadat, Egipto mantuvo una paz fría e incluso produjo programas televisivos antisemitas y antiisraelíes porque -respondía ante los reclamos- allí “se respeta la libertad de expresión”… Más adelante, Yasser Arafat insinuó un acercamiento, saludado enseguida con alborozo por Israel, y se firmaron los Acuerdos de Oslo, que dieron lugar al nacimiento de la Autoridad Nacional Palestina.

En las negociaciones de Camp David, presididas por Bill Clinton, el premier israelí aceptó casi todas las demandas palestinas. Pero Arafat siempre decía que no. Clinton, impaciente, le exigió que hiciera propuestas. Arafat no las hizo. Regresó triunfante -por haber hecho fracasar la conferencia- y lanzó otra Intifada.

Para acercarse a la difícil paz, Israel se retiró de la Franja de Gaza. Allí no quedó un solo judío (sólo uno, Gilaad Shalit, que las autoridades palestinas mantienen secuestrado y no permiten siquiera la visita de las Naciones Unidas, entidades de derechos humanos o de beneficencia). Los palestinos tenían la ocasión de poner las bases de un Estado pacífico y venturoso. Pero en lugar de ello, usaron la enorme ayuda internacional que reciben para proveerse de armas, bombas y misiles que usan para asesinar a los israelíes de las localidades vecinas. Si de veras quisieran un Estado exitoso al lado de Israel, esta conducta lo desmiente de forma categórica. Su objetivo mayor es la extinción de Israel. Una consigna elocuente de Hamas (la organización terrorista que controla Gaza) dice: “Nosotros amamos la muerte como los judíos aman la vida”. Confirma una clásica declaración de Golda Meir: “Habrá paz cuando los árabes amen a sus hijos más de lo que nos odian a nosotros”.

¿Se puede lograr la paz con quien sólo desea matar al enemigo? Las emisoras de casi todos los países árabes y muchos musulmanes niegan los derechos judíos sobre Israel, incluso reconocidos en el Corán. Palestina (nombre inadecuado, porque se refiere a los filisteos que ocuparon sólo una franja costera) no tuvo jamás un Estado árabe independiente ni un Estado musulmán independiente. En cambio, allí, a lo largo de la historia, se han establecido varios Estados judíos independientes. Israel es el tercero. La trascendencia de ese pequeño territorio se debe a los judíos. Allí consolidaron el monoteísmo, escribieron la Biblia, dieron origen al cristianismo y ahora convirtieron su ínfimo espacio en una potencia tecnológica.

Insiste Dennis Prager en que es irracional culpar a Israel de casi todos los males del mundo. Si llegase un extraterrestre, no comprendería cómo una nación tan pequeña, trabajadora, creativa, estudiosa, democrática y anhelante de paz, pueda ser la causa de tantos conflictos, generadora de tantos males y tantos abusos. ¿No será que la usan de chivo expiatorio? ¿No será que se le tiene demasiada envidia? ¿No será que su ejemplo hace temblar a los totalitarismos? Es curioso que ahora, cuando los pueblos árabes por fin se levantan contra sus tiranos, haya casi desaparecido Israel de las noticias. No la pueden acusar de haber generado la rebelión, aunque existieron intentos y posiblemente se vuelva a ese recurso.

Por último, ¿qué pasaría si Israel destruyese su armamento y decidiera abandonar la lucha? ¿Qué pasaría si los árabes destruyeran sus armamentos y decidieran abandonar la lucha? Prager responde: en el primer caso, habría una invasión inclemente que convertiría a Israel en una cordillera de cenizas. En el segundo caso, se firmaría la paz el próximo miércoles.

Por lo tanto -cierra Dennis Prager-, el conflicto es difícil de solucionar, pero uno de los más fáciles para comprender.

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La emoción de Marcos Aguinis al recibir el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Hebrea de Jerusalem

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La emoción de Marcos Aguinis

Dori Lustron

Cuando mi querida amiga Jana Beris dice que esta profesión nos acerca a mucha gente valiosa e inteligente coincido ampliamente con ella. Eso nos da la posibilidad de aprender y conocer a las personas que forjan la historia. Y Marcos Aguinis es uno de ellos. No sólo por su caudal de conocimientos y su postura comprometida, sino por la sencillez de su personalidad y la calidez que emana. Un apretón de manos, un abrazo, la alegría cuando se acerca a un amigo, hacen de Marcos un ser humano especial. Estuve con él, en su casa de Buenos Aires, y le prometí que lo acompañaría en Jerusalem, cuando recibiera el merecido homenaje. No fui la única. Muchos fuimos a aplaudirlo.
En efecto, la Universidad Hebrea de Jerusalem, reconocida mundialmente por su nivel académico, le acaba de conferir al Dr. Marcos Aguinis un nuevo Doctorado Honoris Causa. Ya tiene otro galardón similar de la Universidad de Tel Aviv, sumado a numerosos premios internacionales muy merecidos.
Pero además, quiero contarles algo que, a través de su discurso, se nota mucho: la emoción. La emoción de Marcos cuando hablaba o cuando fue el primero que se paró para aplaudir al maravilloso pianista ruso que estaba en el escenario.
La emoción se retrataba en su rostro cuando recibió la investidura. No solo recibía un honor, sino que ese honor salía de Jerusalem, con toda la carga histórica y el significado que representa para los judíos. Una Jerusalem de la que habló el día después en una conferencia dictada en el Auditorio Liwerant, sito en la misma Universidad. No tocó el tema político. Fue la historia de Jerusalem la que, por su propio peso, revelaba a través del tiempo y las excavaciones arqueológicas su vínculo inescindible con el pueblo judío. Habló de esos descubrimientos y de las pruebas que revelan la poderosa unidad que siempre se mantuvo entre esta ciudad y quienes la convirtieron en su centro político, cultural y religioso hace tres milenios. También repasó los vínculos del islam y el cristianismo con Jerusalem, dando a cada uno lo suyo, pero señalando las diversas intensidades y ondulaciones de esa relación. Se refirió a la “Jerusalem celeste” de los cristianos y el Viaje Nocturno de Mahoma, brindando detalles y puntos de vista minuciosos, iluminadores.
Escucharlo fue todo un aprendizaje. La sala del gran auditorio estaba colmada. Marcos estaba rodeado por muchos amigos argentinos y latinoamericanos que deseaban acompañarlo. No podíamos privarnos de su compañía y su palabra en un momento así. Nos representa muy bien en el mundo como judío, como argentino y como latinoamericano. Sus libros pueblan las librerías de todos los países donde fue traducido.
Quise contar sobre esa emoción, que nos contagió a todos. Quise decir que estuvo acompañado por sus amigos de antes y de ahora. Y nos estremeció su espontáneo acercamiento para saludarnos y abrazarnos.
Gracias , Marcos!!! Nos debes un próximo libro que cuente tus ideas sobre el amigo judío de Mahoma, que le narraba partes del Tanaj. Mientras tanto, sigo leyendo y desmenuzando tu última joya:”Elogio del placer”.

Desde Israel
Dori Lustron

DISCURSO DEL DR. MARCOS AGUINIS CON MOTIVO DE RECIBIR EL DOCTORADO HONORIS CAUSA DE LA UNIVERSIDAD HEBREA DE JERUSALEM

Autoridades universitarias:
Déjenme comenzar cometiendo el pecado de pronunciar un lugar común: ¡Muchas gracias!
También déjenme confesarles que visité esta Universidad hace medio siglo. Recién salía de mi adolescencia y fui invitado al Primer Congreso Mundial de la Juventud Judía. Llegué a la flamante Israel embriagado de emoción. Eran años en que se olfateaba el clima de los pioneros.
Pude cambiar palabras con el presidente Ben Zví, el premier David Ben Gurion y Nahum Goldman, presidente del Congreso Judío Mundial, entre otros padres fundadores. Las sesiones del Congreso juvenil tuvieron lugar en esta misma Universidad, pero no en el Monte Scopus, que estaba sitiado por las tropas jordanas. Hacía poco se había terminado de construir el campus de Givat Ram, y allí tuvo lugar el bullicioso Congreso. Para la época, ese campus era una maravilla de modernidad y contenía todas los Departamentos de esta Universidad.
Al volver a la Argentina me pidieron que contase esta experiencia. En mi cabeza resonaba la historia de la universidad de Jerusalem y su fermentativo progreso. Recordaba que su nacimiento había comenzado en el siglo XIX, cuando surgió como idea en la vanguardia de los Jovevei Zion. El proyecto golpeó fuerte ya en el primer Congreso Sionista de Basilea. En el año 1902 Jaim Weizman y Martin Buber urgieron su inmediata construcción y financiamiento. El mismo Theodor Herzl realizó gestiones ante el Sultán de Tuquía para convertir semejante sueño en una realidad. La piedra fundamental, por fin, se colocó en 1918, apenas terminada la Primera Guerra Mundial. Y el 1 de abril de 1925 se realizó la esperada inauguración, aquí, en el Monte Scopus, rodeado por un paisaje desolado. La clase inaugural fue dictada por Albert Einstein.
Como dije, hace 50 años me pidieron en la Argentina contar el viaje y decidí titular a mi disertación “El tercer templo de Jerusalem”. El tercer Templo es esta Universidad. Es el centro y el motor más eficiente de la resurrección nacional. Una iniciativa revolucionaria con visión de futuro. Ligado a la ciencia y la cultura, valores de hondo arraigo en el alma judía.

El ejemplo de esta Universidad influyó en toda mi vida, mis creaciones y mis trabajos. Mi actividad profesional, mi desempeño político y todas mis obras literarias tienen la huella de aquel contacto precoz. Y ahora, culminando un vínculo intenso, recibo el título de Doctor Honoris Causa. No existe un premio mejor.

Muchas gracias otra vez.

Auditorio Liwerant. UHJ

Ese Maldito Israel

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Por Marcos Aguinis
Para LA NACION
Los méritos y milagros de un Estado contra el que ahora apuntan todos.
La sistemática descalificación del Estado de Israel se ha convertido en una moneda corriente tan grave como la descalificación de los judíos que hizo el Tercer Reich para cometer el Holocausto. Así como algunos fanáticos piden ahora un Medio Oriente Israelrein (‘limpio de Israel’), los nazis querían un mundo Judenrein (‘limpio de judíos’). La misma mecánica. En ambos casos se procura señalarlos como indeseables, criminales, y hasta como bacterias infecciosas.

Dicen que es necesario exterminar ese “cáncer” (Israel, ahora; todos los judíos, antes) como medida de higiene, para que haya paz, para conseguir justicia, para bien de la humanidad. La mayor parte del mundo cree en esas diatribas o duda, o se mantiene indiferente, o es cómplice. Antes de 1939, Hitler promulgó suficiente cantidad de “leyes raciales” que invitaban al más remiso para hacer desaparecer judíos. No hubo una eficaz repulsa a semejante atrocidad. Y la atrocidad pudo llevarse a cabo sin dificultades. Ahora, cualquier ojo informado puede advertir la doble vara con la que se mide a Israel, exagerando siempre sus errores y, al mismo tiempo, dejando al margen sus virtudes. Martilla el concepto de que Israel es culpable, porque bogue o porque no bogue, convertido en victimario despreciable e irredimible, eterno. Por consiguiente, debe ser borrado del mapa, como proclama un jefe de Estado sin que las Naciones Unidas le exijan retractarse siquiera.

Se cumplieron 62 años de la independencia israelí.

Voy a ser políticamente incorrecto -ya me acostumbré al rol- y señalaré los méritos de Israel.

Sólo los méritos. Sus defectos ya inundan la prensa y los corrillos.
Es uno de los países más pequeños, con la milésima parte de la población mundial. Fue desértico en la mayor parte de su extensión. No tiene recursos naturales. Está rodeado por un
vasto cerco de acoso permanente. Debe mantener activo un ejército popular integrado por sus ciudadanos para defenderse de día y de noche, todos los días y todas las noches. Padece
conflictos interiores debidos a su gran pluralidad. No obstante, mantiene la admirable calidad de su sistema democrático y se ha convertido en una potencia científica, cultural y económica.

Da envidia. Y, en gran parte, esta envidia genera odio.

Veamos algunos hechos.

Su población alcanza a los siete millones y medio de personas, de las cuales un 20 por ciento son árabes que llegan a intendentes, diputados, académicos y ministros. Un vicecanciller israelí fue árabe musulmán y visitó la Argentina en tal carácter.
Pese a la amenaza de sus vecinos y la tensión generada por los mártires místicos asesinos (acertada definición de Carlos Escudé), la esperanza de vida actual trepa a los 81 años, muy por arriba de la media mundial, que se queda en los 67 años. Supera a Inglaterra, Estados Unidos y Alemania. Más del 60 por ciento de los ciudadanos se sienten satisfechos o muy satisfechos por la calidad de vida, pese a las obvias dificultades que genera la tenaz amenaza de algunos países y organizaciones terroristas.

El desarrollo científico y tecnológico alcanzado coloca a Israel entre los países más progresistas del orbe. No mezquina en invertir en este rubro. Tiene la mayor proporción de ingenieros per cápita del mundo entero. Su creación de patentes es asombrosa. Basta hacer algunas comparaciones: de 1980 a 2000, se registraron 77 patentes egipcias y 171 saudíes en
los Estados Unidos, frente a 7652 israelíes. En esa catarata de patentes sobresalen las que mejoran los equipos médicos. Sus hospitales brillan por la excelencia y en ellos son pacientes,
médicos y jefes de equipo tanto los judíos como los árabes, sin discriminación alguna.

Israel ha sido reconocido como uno de los ocho únicos países con capacidad de enviar un satélite al espacio. Produce más papers científicos per cápita que cualquier otra nación del
globo. Está a la cabeza de las compañías valuadas en el Nasdaq, con la excepción de Estados Unidos; más que toda Europa, India, China y Japón combinados. En proporción con su población, Israel desarrolló el número más grande de compañías de emprendimientos (start-up) tecnológicos del mundo.

Pocos prestan atención al hecho de que es un país más seguro que Suiza, por ejemplo. En sus calles, el promedio de asesinatos anuales es de 1,8 por cada 100.000 personas. En tierras
helvéticas, la cifra llega a los 2,3: en Rusia supera los 16, y en Sudáfrica se acerca a los 40. La mayor parte de los heridos y muertos son consecuencia de los ataques con misiles que lanzan
las organizaciones terroristas desde los territorios que Israel ha evacuado.

El viceprimer ministro, Dan Medidor, acaba de formular una síntesis. Dijo:

“Debemos estar muy satisfechos en este 62º aniversario de la independencia. En el desierto, en una tierra sin recursos naturales, construimos un Estado con gran fortaleza, vitalidad y excepcionales logros en ciencia, cultura, medicina, agricultura, economía y altas tecnologías. Afrontamos amenazas
graves en una zona que siempre fue hostil. Nuestro gobierno debe reflexionar con sentido común y actuar. Y no siempre a nivel militar”.

El Estado ofrece, por ley, prestaciones de asistencia social, subsidios, servicios médicos, pensiones, educación, infraestructuras y demás beneficios sociales a los 250.000 palestinos que viven en la zona oriental de Jerusalén, los mismos de los que disfrutan los demás ciudadanos árabes del país.

Es la única nación en la historia de la humanidad que logró hacer revivir una lengua que no se hablaba. El hebreo bíblico, la lengua que se utilizó durante los dos primeros Estados judíos que
existieron en ese territorio, se ha convertido en un instrumento que permite expresarse a poetas, novelistas, científicos, periodistas y políticos, con una riqueza que conjuga las
maravillas del pasado con los desafíos del presente.

Desde su independencia, ha obtenido más premios Nobel per cápita que cualquier otro país del planeta.

Un fenómeno impresionante es la obsesión israelí por forestar su suelo. Desde antes de la independencia, funcionaba un fondo destinado a plantar árboles. Por esa razón, cuando en 1947 las Naciones Unidas propusieron la partición de Palestina -por entonces dominada por los británicos- en un Estado árabe y otro judío, a este último le asignaron casi todas las zonas áridas.

Israel planta árboles con una obsesión febril.

Conmueve observar las alfombras verdes que se dilatan en colinas y planicies que habían carcomido la erosión y el abandono. En muchas partes, ahora existen frondosos bosques y
hasta ha comenzado a modificarse el clima. Desde hace décadas, es tradición que los homenajes se traduzcan en plantación de árboles, no en monumentos. Allí, para mantener la memoria, por cada muerto se planta un árbol o un bosque.

Israel creó el único sistema colectivista democrático de la historia, por el cual se puede entrar y salir sin restricción alguna. Me refiero al kibutz.

Se fundaron y prosperaron cientos de aldeas conforme a ese tipo de vida. La mayor parte de los padres fundadores del Estado nacieron, vivieron o se formaron en algún kibutz. Casi el 93%
de los hogares en Israel utilizan la energía solar para calentar el agua. Es el porcentaje más alto del mundo, y se trabaja con entusiasmo en la creación de otras energías alternativas. La
falta absoluta de petróleo y otros recursos naturales exige fortificar la imaginación. Golda Meir solía criticar a Moisés: “Habiendo tanto petróleo en la zona, ¿tuvo que encajarnos en el único rincón donde no existe una gota?”.

Desde hace décadas, Israel atrae una enorme cantidad de inversiones extranjeras. Son las más grandes del mundo, si se las mide per cápita: 30 veces más que Europa.

Desde antes de la independencia, puso el acento en la cultura y el conocimiento. En Jerusalén fundó una prestigiosa universidad, con el compromiso personal y apasionado de Albert Einstein. En Rejovot erigió el primer centro de investigaciones científicas de Medio Oriente y en la ciudad de Haifa, el imponente Tecnión. Ahora funcionan seis universidades de reconocidos méritos y se han formado cuatro Silicon Valleys.

Así como hubo ceguera ante el absurdo que publicitaba el nazismo sobre el carácter de “raza inferior” o “raza infecta” que constituían los judíos, hay ceguera respecto de las virtudes impresionantes de Israel. Como referencia final de este artículo, que podría alargarse con más datos, mencionaré los formidables movimientos por la paz que desarrollaron sus habitantes y
dirigentes, muy superiores a los que se formaron (¿se formaron?) en todo el resto de Medio Oriente. Quedaría para otra ocasión analizar por qué se quedaron sin fuerzas.

A ese “maldito Israel” pretenden borrar del mapa. Prometen que, sin su existencia, todo funcionaría mejor, así como los nazis prometieron que el mundo funcionaría mejor sin judíos.

Es tan evidente el grotesco, que ni cabe perder el tiempo en una refutación.

Ellas las protagonistas!

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Por Marcos Aguinis

La igualdad de géneros, que reconoce al sexo femenino todos los derechos, incluido el placer, todavía es mezquina. Sólo se ha impuesto en los países desarrollados. Los demás, por el contrario, aún se empeñan en mantener su atraso -y varias salvajadas, como la amputación del clítoris- con la impunidad que les brinda un multiculturalismo distorsionado y cómplice que, para colmo, fue inventado por la mala conciencia de Occidente.

La opresión misógina prosigue como si nada en vastas regiones del planeta. Los organismos internacionales y las ONG dedicadas al tema aún no logran triunfos considerables. El patriarcado duró milenios y no quiere ceder su cetro. Es fácil percibir cómo se agitan las aguas cuando la mujer oprimida consigue ser tratada con dignidad. Los que entonces suelen perder la dignidad son los varones. En los últimos años, aumentaron las patologías sexuales de los hombres, a la inversa de lo que sucedía hasta hace poco, cuando la culpa por cualquier trastorno siempre recaía sobre la mujer.

Algunas especulaciones antropológicas, sumadas a leyendas fantásticas como las amazonas y valquirias, hicieron sospechar que la humanidad empezó con el matriarcado. ¿Quién sabe? La Biblia aporta datos sobre el papel de la mujer en el pasado remoto. Tanto que el crítico Harold Bloom especula con que vastas porciones fueron redactadas por una mano femenina en las cortes del rey David o el rey Salomón. Bloom apoya su tesis en la sensibilidad, agudeza psicológica e interés por los conflictos familiares que, sin duda, calzan mejor en una cabeza femenina. La obra de Bloom, escrita en colaboración con David Rosenberg, se llama El libro de J.

Además de las cuatro matriarcas, la Biblia enfoca a otras mujeres notables, como Miriam, hermana de Moisés, la jueza Débora, Noemí y su nuera, Ruth. También se refiere a reinas, como la de Saba, y, más adelante, a la bellísima Esther. No falta una heroína de coraje extremo, como Judith. Pero el protagonismo femenino en el antiguo Israel no conquistó el mundo con la misma fuerza que otras de sus contribuciones. Pese a que el pueblo judío fue el primero en abolir el analfabetismo de los varones -¡cinco siglos antes de la era cristiana!- mediante la instauración del Bar Mitzvá, ese colosal progreso tampoco se extendió a las mujeres. Prevalecía el patriarcado, y aún continúa su rigor entre los ultraortodoxos, aunque morigerado por racionalizaciones de un complicado encaje, idéntico al que utilizan otros fundamentalismos.

El papel dominante por parte de las hembras se da en algunos animales. Por ejemplo, la reina de las abejas, las arañas y, en grado mayúsculo, en un insecto llamado mantis religiosa, porque el macho no puede copular mientras tiene la cabeza unida al cuerpo. Es notable que se haya agregado a su nombre la palabra “religiosa”, porque, aunque provenga de la forma en que une sus patas delanteras como en actitud de rezo, en una asociación libre se puede vincular la fe con la veda del placer. La desgracia de ese insecto en su versión macho es que debe resignarse a que la hembra le arranque la cabeza antes de gozar. ¿No heredaron algunos hombres algo parecido?

Una excepción a la marginalidad de las mujeres se dio en la fabulosa Alejandría, donde vivió, enseñó y fue sacrificada la científica Hypatia. Su historia conmueve. Enseñó que la hembra no debe padecer menoscabo de sus derechos, ya que no es inferior al hombre en nada; menos aún en la inteligencia.
Hypatia nació en el año 370 después de Cristo. Se agitaban por entonces las disputas, pese a haberse consagrado el cristianismo como religión oficial (o por esa causa). Las polémicas no se limitaban a discusiones teológicas, sino que desembocaban en combates callejeros. Quedaban aún reductos paganos, mientras llameaban tendencias encontradas, después del Concilio de Nicea. En Alejandría predicaba el obispo Teófilo, enemigo del arrebatado Juan Crisóstomo, jefe de la iglesia de Antioquía. Representaban liderazgos que se disputaban el poder a dentelladas. La iglesia egipcia acabó por separarse y fundó la denominación copta, con un lenguaje específico que combinaba el egipcio demótico vulgarmente hablado con el griego. Los coptos se consideraban -se siguen considerando- los verdaderos descendientes de la antigua civilización que brilló bajo el mando de los faraones y que, además, fue una de las primeras comunidades cristianas del mundo.

La importancia de las ciencias ya había entrado en crisis, pero Alejandría seguía manteniéndose como excepción. Hypatia influyó mucho. Su padre había sido el célebre matemático y astrónomo Teón, que daba clases en la Biblioteca del Serapeo, sucesora de la legendaria Gran Biblioteca, que había desaparecido en el incendio del año 48 a.C.

Hypatia aprendió la historia de diferentes religiones, se interiorizó en el pensamiento de muchos filósofos y profundizó los principios de la didáctica. Visitó Atenas y Roma. Su hogar se convirtió en una academia a la que concurrían estudiantes de tres continentes, atraídos por la fama y la belleza de esta mujer. Uno de sus alumnos fue Sinesio de Cirene, obispo de Ptolemaida, rico y con poder político. Este personaje dejó escrita una vasta información sobre sus enseñanzas. Por medio de Sinesio pudieron llegar a conocerse los libros de Hypatia, aunque ningún original pudo ser conservado. Otro alumno, Hesiquio el Hebreo, redactó obras en las que también hace una descripción de sus actividades y asegura que los magistrados acudían a Hypatia para consultarla sobre asuntos de la administración. Ella se interesaba también por la mecánica e inventó un aparato para destilar el agua, un hidrómetro para medir la densidad de los líquidos y un artefacto para medir su nivel.

Pero seguía siendo pagana. Muchos pensadores y científicos se convertían para salvarse. Ella aún no estaba segura. Amigos como Orestes, un prefecto romano y alumno, le rogaron que se mudara a otra ciudad.

En el año 412, el obispo Cirilo fue nombrado patriarca. Inició su gestión con una advertencia: no consentiría ninguna manifestación de paganismo. Los historiadores coinciden en responsabilizar a este hombre por el asesinato de Hypatia. La odiaba, temía y admiraba, todo a la vez. Dijo que no era aceptable que una hembra se dedicase a las ciencias y, menos aún, a ciencias difíciles. Su caso prefiguró a la maravillosa mexicana sor Juana Inés de la Cruz.

En marzo del año 415 Hypatia fue atacada por un grupo de monjes. Los hechos fueron recogidos por el obispo Juan de Nikio, pero no para reivindicarla. En su texto justificó también la masacre que en aquel año se realizó contra los judíos. Había que limpiar toda oposición, real o fantaseada. Narró cómo un grupo de fanáticos se dirigió a su casa, cómo la persiguieron a la carrera por diversos aposentos, la atraparon, golpearon, desnudaron y arrastraron por la ciudad hasta llegar a un templo llamado Cesáreo. Allí prosiguieron con la tortura, cortándole la piel y extremidades con caracolas afiladas, hasta que murió sobre charcos de sangre. Pelaron la carne de sus huesos, que después fueron quebrados. A continuación, en medio de una impunidad absoluta, llevaron sus restos a un barrio llamado Cinaron. Arrojaron la carne a los perros y los huesos rotos a una hoguera.

El espantado prefecto Orestes informó a sus superiores sobre esta atrocidad y pidió una investigación. Pero por “falta de testigos” la pesquisa se fue retrasando, hasta que las autoridades religiosas aseguraron que Hypatia estaba viva y habitaba en Atenas. Orestes tuvo que huir.

Lo cierto es que con la muerte de esa mujer se apagó el pensamiento, no sólo en Alejandría, sino en el resto del Imperio. El interés por las ciencias fue debilitándose y el mundo entró en una dilatada penumbra. El rescoldo de la ciencia pudo mantener sus brasas en los laberintos de Bizancio y numerosos conventos. Durante el siglo VIII, esas brasas volvieron a recuperar su lozanía y, lentamente, cuando el islam completó sus conquistas, permitió que mentes ilustradas de tres culturas tuvieran acceso al tesoro que la ignorancia y el fanatismo pretendieron sepultar.

Es obvio que la discriminación contra la mujer viene desde antiguo, que se arraigó en todas las civilizaciones y adquirió su estatuto legal por medio de textos sagrados y profanos. Algunas disposiciones, consignas, consejos y leyes producen risa; otras, sorpresa. Todas, horror.

Como botón de muestra, basta recordar que unos mil setecientos años antes de Cristo fue establecido el Código de Hammurabi, nada menos. Ese Código fue un gran progreso en muchos sentidos y es el antecedente de los Diez Mandamientos. Pero afirma que si una mujer tiene una conducta desordenada y deja de cumplir con sus obligaciones, el marido puede someterla y esclavizarla.. Esa condena podía incrementarse mediante su entrega como mercadería a un acreedor.

Zaratustra -teólogo de nebulosa biografía, pero gran resonancia- también dejó algunas perlas. Se calcula que vivió siete siglos antes de la era cristiana. Entre sus recomendaciones figuraba que la mujer adorase al hombre como a un dios. Cada mañana debía arrodillarse nueve veces consecutivas a los pies del marido y, con los brazos cruzados, preguntarle: “Señor, ¿qué deseáis que haga?”.

En la antigua India se difundieron las Sagradas Leyes de Manu. Sostienen que, aunque la conducta del marido sea censurable o aunque se entregue a otros amores, la mujer virtuosa debe brindarle reverencia. Durante la infancia, una mujer depende de su padre; al casarse, de su marido; si éste muriera, de sus hijos, y si no los tuviera, de su soberano. Una mujer nunca puede gobernarse a sí misma.

Es interesante cómo a lo ancho de la Tierra, en diferentes culturas y religiones, prevalecieron conceptos análogos hasta hace poco, y siguen vigentes en muchas partes. El lúcido Aristóteles, que, entre otras aberraciones, consideraba aceptable la esclavitud, escribió que la naturaleza sólo hace mujeres cuando no puede hacer hombres. Por lo tanto, la mujer es un hombre inferior.

Lutero, que tuvo la osadía de rebelarse contra aspectos corruptos de la Iglesia terrenal, también cometió varias groserías. Entre ellas, decir que el peor adorno que puede anhelar una mujer es ser sabia. ¡Pobre Hypatia, entonces! ¡Pobre Juana Inés de la Cruz!

Por esa época, el rey Enrique VIII, que inauguró la Iglesia anglicana por sus caprichos con sucesivas mujeres, afirmó que los niños, los idiotas, los lunáticos y las mujeres no tienen capacidad para los negocios. Como castigo de la Historia a tamaño disparate, fue sucedido en el trono por dos hijas: María y Elizabeth. Esta última se convirtió en la soberana más trascendental de Inglaterra. Siglos después llegó otra mujer al trono, Victoria, que batió récords de permanencia. Tenía habilidad para designar ministros y hacer redituables negocios. Ahora dura muchísimo la cuarta reina.

En el siglo XIV, circulaba por Francia Le Ménagier de Paris , un tratado sobre moral y costumbres, que decía: “Cuando un hombre fuera reprendido en público por una mujer, tendrá derecho a golpearla con el puño o el pie y romperle la nariz, para que así, desfigurada y avergonzada, no se deje ver”.

En el culto siglo XVIII, se estableció en Inglaterra que todas las mujeres que sedujeran mediante el uso de perfumes, pinturas, dientes postizos, pelucas y rellenos en cadera y pechos incurrían en delito de lujuria y su casamiento quedaba automáticamente anulado. (¡Cuántos se anularían hoy!)

Siento envidia por Israel

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Por Marcos Aguinis.
Para Revista Noticias

Hace un tiempo escribí que el Estado de Israel quiso ser Atenas y lo obligan a portarse como Esparta. Mantengo ese criterio.
Antes de la independencia israelí los judíos asumían que desde Sión se irradiaría paz, luz y saber. Estaba aún lejos la soberanía sobre el terruño ancestral, pero durante la refertilización, reconstrucción y reforestación que desencadenaron los pioneros en esa olvidada provincia del Imperio Otomano, también se establecieron instituciones académicas, científicas y artísticas. La lista de obras realizadas en pocas décadas es apabullante, porque incluye teatros, orquestas, institutos técnicos, una red de escuelas, centros de investigación, la universidad de Jerusalén, conservatorios, el museo Bezalel, huertas, granjas y fábricas. Consolidaron una mentalidad vinculada al trabajo y la creación mediante la erección de ciudades grandes y pequeñas, kibutzim y moshavim, desarrollo vial, excavaciones arqueológicas.
No me gusta ser apologista, pero hay hechos demasiado evidentes que se tratan de negar falazmente. Como argentino, envidio a Israel. Y lo digo, aunque suene a “políticamente incorrecto” en estos días de dolor, confusión y odio.
Israel fue uno de los hechos progresistas más notables del siglo XX. Extensiones desérticas se convirtieron en jardines. Fueron plantados bosques donde sólo había colinas peladas. Documentos del Foreing Office detallan las columnas de árabes provenientes de Egipto y Siria que inmigraron a la entonces Palestina bajo mandato británico para beneficiarse de la industriosidad sionista.
Pese a la ausencia de recursos naturales y la pobreza inicial, fue maciza la decisión de poner las bases de un Estado que fuese productivo, democrático, pluralista, con libertad de expresión, igualdad de la mujer y majestad de la justicia. Significaba una revolución en el Oriente Medio, que generó asombro y luego animosidad entre los sectores más quietistas de toda la región, incluidos los judíos ultra-ortodoxos que allí vivían desde hacía siglos. Por eso dirigentes regresivos como el Mufti de Jerusalén, viajaron a Berlín y Zagreb, para fotografiarse e inclinarse ante Hitler y Ante Pavelic, prometiéndoles liderar la “solución final” en Medio Oriente limpiándolo de judíos.
El renaciente Israel arraigaba en la tradición de los profetas, pero también en la herencia que provenía de Atenas. Ben Gurion fue un lector incansable de los clásicos griegos. La ciudad de Pericles era un modelo que se articulaba con la tradición bíblica y talmúdica. No obstante, pese a que se quería edificar algo semejante a la Atenas de Pericles, hubo que entrenarse para los combates, como los espartanos. Se debía lidiar con un océano hostil. Entonces surgieron personajes bravíos como Leónidas. Se formó un ejército estrictamente popular, donde cada ciudadano debía poner el pecho para defender a su familia. Si no se era también Esparta, no se podía sostener Atenas. Era -sigue siendo- una cruel paradoja.
La mentalidad de Esparta, sin embargo, jamás asfixió la de Atenas. Después de la independencia (año 1948), pese al racionamiento por falta de víveres, y tener que recibir espectrales sobrevivientes del Holocausto -además de los 800 mil judíos expulsados de todos los países árabes como expresión de venganza por la derrota militar-, se fundaron más universidades, más teatros, más conservatorios, editoriales, periódicos, centros culturales, numerosos museos. Se realizaron descubrimientos de trascendencia en el campo de la biología, la agricultura, la genética, las comunicaciones, la química, la informática .. Muchos israelíes recibieron reconocimientos internacionales, entre los cuales figuran varios premios Nobel.
En casi un siglo y medio de afiebrada actividad pionera, ese diminuto fragmento del globo terráqueo vibra con el espíritu de una resucitada y asombrosa Atenas, pese a que los vecinos y una parte enceguecida del mundo la quieren borrar del mapa y la obligan a portarse como Esparta.
García Granados, embajador guatemalteco ante la ONU durante la independencia de Israel, escribió que la legitimidad de este país arraigaba en su extraordinaria potencialidad constructiva y la notable autodefensa desplegada por sus ciudadanos. “Israel no fue un regalo, sino que ganó en buena ley su lugar entre las naciones”. Su vocación no es la guerra, sino vivir en paz para seguir creando. Por eso, cuando Egipto aceptó la paz, Israel le devolvió hasta el último grano de arena del Sinaí, un territorio tres veces más grande que el suyo propio.

ISRAEL, Judío entre las naciones

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ISRAEL, Judío entre las naciones

Aunque no es una definición original, se la debería tener en cuenta. Israel ahora condensa el milenario odio hacia los judíos y es tratado con el mismo consciente o inconsciente prejuicio. Siempre es el culpable. Haga lo que haga, siempre está mal, excepto cuando contribuye a su autodestrucción. Se desconocen sus virtudes, se exageran sus defectos.El odio a los judíos empezó hace más de 2000 años, antes aún de Cristo. Prevalecen las teorías que lo atribuyen a la tenacidad con la que se aferraban a un Dios único y abstracto que, además, era ético. Gracias a Pablo, el apóstol de los gentiles, se expandió con fuerza el cristianismo que, durante sus primeros veinte años, no se alejaba de las sinagogas. Siglos más adelante, por la excepcional inspiración de Mahoma -articulada a los textos del viejo Israel-, nació el islam. Pero ambos descendientes tendieron al parricidio.Para los cristianos, la llegada de Jesús significaba el fin de la función “placentaria” de Israel: después de Cristo su supervivencia era vista como impugnadora, anormal. Para los musulmanes, al no aceptar los judíos a Mahoma como el último de los profetas, revelaban haber modificado sus propios textos, donde habría sido anunciado; una redonda e imperdonable perversidad.No obstante, tanto unos como otros fueron ambivalentes. Para los cristianos, Dios no quiere la desaparición de los judíos, porque terminarán convirtiéndose a la nueva religión y serán la corona del plan celestial. Para los musulmanes son el Pueblo del Libro, junto con los cristianos, y merecen un status superior al de los politeístas. Por eso en ambas jurisdicciones hubo períodos de fértil convivencia y períodos de sanguinaria persecución.Los judíos conforman la comunidad humana que ha padecido el maltrato más obstinado de la historia. Fueron convertidos en el chivo expiatorio de todos los males, por absurdas que fueran las acusaciones. Por ejemplo, durante la “peste negra” que asoló Europa, se les atribuyó haber envenenado los pozos de agua y las turbas se dedicaron a incrementar el número de muertos judíos. Tuvo que intervenir el Papa para frenar tamaña locura. Siglos antes se había inventado el baldón del “crimen ritual”: los judíos extraían la sangre de niños cristianos para amasar el pan de su Pascua (¡!).Este vampirismo (no olvidar el ejemplo de Shylock; y que hasta el Concilio Vaticano II los judíos eran “deicidas”, peor imposible), permaneció ajeno a la tradición musulmana. Ahora el mundo musulmán ha sido colonizado por la vasta producción antisemita occidental, incluido el “crimen ritual” que genera terror.En Egipto, país que ha firmado la paz con Israel y debería contribuir a desalentar el odio, tuvo gran éxito una serie de TV donde se mostraba cómo los judíos degüellan niños árabes sobre una palangana para llenarla con su sangre y luego amasar el pan de la Pascua. No hubo condena de ningún organismo internacional a tamaña usina de odio. La dolida queja de Israel fue contestada con esta frase: “En Egipto hay libertad de expresión”.Predicadores, políticos e intelectuales tienden ahora, como en la década de 1930, a incentivar el antisemitismo “demostrando” que el sufrimiento de los judíos, en vez de provocarnos solidaridad, debería hacernos comprender su maldad incurable. Son auténticos verdugos, criminales. Ya no queda bien calificarlos de “raza inferior”, por supuesto. Los racistas son ahora los judíos. Racistas, nazis, asesinos de niños, lo peor. En la Carta del Hamás, por ejemplo, se los identifica según el libelo fraguado por la policía zarista en Los protocolos de los sabios de Sión : provocaron todos los males del mundo para dominarlo, incluida la Revolución Francesa, la Primera y Segunda Guerraa Mundial, la Revolución Rusa y otras calamidades por el estilo.Recordemos que las grandes matanzas comenzaron por una intensa descalificación. Luego resulta fácil avanzar. El Holocausto no hubiera sido posible sin las centurias previas, donde el judío era asociado con ratas y cucarachas. Las “leyes raciales” que lanzó Hitler durante años deshumanizaron a los judíos hasta que en muchas partes del mundo se considerara su eliminación como un acto de higiene.El Estado de Israel es descalificado de la misma forma. Se lo acusa con una tirria que no se aplica a otras naciones. En especial sobresale la izquierda fascista, que ha traicionado sus ideales de origen y ahora se asocia con dictaduras y teocracias. Si Irán, junto con las organizaciones terroristas que apoya, lograse su objetivo de borrar a Israel del mapa, no se derramarán muchas lágrimas, porque el mundo se está convenciendo de su malignidad innata. Terminado el Holocausto, tampoco se derramaron demasiadas lágrimas: los puertos del mundo se cerraron para los supervivientes, incluso los de América latina y los Estados Unidos. Un año después de terminada la guerra hubo otro progrom en Polonia.El Estado de Israel no fue un regalo por causa del Holocausto, sino que consiguió su independencia luchando contra la más poderosa potencia colonial de entonces, que era Gran Bretaña. Los foros internacionales sólo le fueron favorables en noviembre de 1947, cuando las Naciones Unidas votaron por más de dos tercios la partición de Palestina en un Estado árabe y otro judío. Al Estado judío no se le otorgaba casi ningún sitio bíblico de significación, ni siquiera Jerusalén, cuya mayoría de habitantes era judía. Para “compensar”, le adjudicaron el vasto desierto del Neguev. Los judíos aceptaron felices. Los estados árabes, en cambio, juraron violar esa resolución y arrojarlos al mar. Ni mencionaron independizar un Estado palestino. Tampoco lo crearon durante los 19 años en que ocuparon la Franja de Gaza y toda Cisjordania.En 1967, Egipto bloqueó el Canal de Suez para el comercio con Israel y le cerró su salida por el golfo de Akaba. Manifestó que anhelaba borrarlo del mapa (como ahora Irán) y exigió el retiro del colchón de la ONU para terminar con la “entidad sionista”. ¿Qué hicieron las Naciones Unidas? Retiraron el colchón, por supuesto, y dieron luz verde al exterminio. Pero el resultado no fue el que se esperaba.Terminada la Guerra de los Seis Días, Israel ofreció la paz a cambio de la devolución de territorios conquistados. La Liga Arabe se reunió entonces en Khartun y emitió los famosos “Tres No”: no negociar con Israel, no reconocer a Israel, no firmar la paz con Israel. ¿Hubo una indignada reacción a semejante hostilidad? Ninguna.Sólo después de la Guerra de Iom Kipur el presidente Anwar El Sadat entendió que era imposible destruirlo y manifestó su propósito de acabar con la guerra. Entonces, el más duro de los israelíes, que era Menajem Beguin, le devolvió hasta el último grano de arena del Sinaí, territorio tres veces más extenso que todo Israel. No sólo eso: le entregó pozos de petróleo, aeropuertos, carreteras y hasta los centros turísticos más sofisticados que ahora posee Egipto, construidos por el mismo Israel. Como añadido, evacuó la ciudad de Yamit, al sudoeste de Gaza que, de haber existido aún, hubiese dificultado el contrabando de millares de misiles en los que gastaron ríos de dinero los actuales señores de esa Franja.Después de ceder el Sinaí, Israel siguió siendo acusado de “expansionista”. Es el judío, el maligno. Tampoco ayudó a la paz que evacuase por completo la Franja de Gaza sin pedir nada a cambio. Y la esperanza de que cesara el lanzamiento de misiles contra las poblaciones del sur. La Franja se convirtió en un territorio Judenrein. ¿Qué hicieron los líderes de Hamás con las 20 colonias paradisíacas que les dejaban los pioneros israelíes, llenas de flores, árboles, invernaderos, centros sanitarios, granjas, escuelas y hasta fábricas? ¡Las destruyeron, quemaron y convirtieron en escombros! ¿Fue condenada esa depredación irracional? No.¿Se mencionan otros responsables, además de Israel, por los sufrimientos del pueblo palestino? El ejército jordano asesinó millares en el Septiembre Negro de 1971. Siria mató más palestinos que Israel, según dijo el mismo Yasser Arafat. Hamás ejecutó 370 palestinos cuando se adueñó de la Franja de Gaza y luego impidió la peregrinación a La Meca de los musulmanes que no respondían a sus mandatos.Cierro con pena. Los terroristas están ganando la campaña que enciende el odio en vez de conducir a la moderación, el diálogo y la paz. Para ellos es mejor que muera un palestino a que muera un israelí, por eso los usan de escudos humanos. Cuando muere un israelí la prensa calla. Cuando muere un palestino brota lava ardiente. Mientras más palestinos sufran y mueran, más grande será la lástima. Pero esa lástima no aporta paz ni progreso.Israel, judío entre las naciones, imperfecto como toda construcción humana, deberá seguir tolerando la doble vara con que se miden sus acciones. Es ineluctable. Pese a ello, sólo le queda reforzar lo que fortifica una buena relación con los sectores pacifistas y racionales del mundo árabe. Ya ha realizado mucho y bueno en varios campos, aunque de eso no se habla. Tiene que hacer más. Allí reside su condena o su gloria.