Berlín encendió una hanukkia en el lugar donde Hitler decretó la Solución Final

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Una gran multitud se reunió con antorchas bajo la imponente puerta de Brandenburgo en Berlín el martes pasado para conmemorar y traer luz a una época oscura de Europa por medio de una ceremonia de Jánuca.
“Estamos de pie en el mismo lugar donde Adolf Hitler anunció su plan de aniquilar a los judíos de Europa”, dijo el rabino Yehuda Tiechtel, quien organizó el evento.
“En este mismo lugar, vamos a encender la menorá con funcionarios, dirigentes y embajadores alemanes”, agregó.
En efecto, alrededor de 1.000 personas, incluyendo al embajador de EE.UU. en Alemania, Phillip Murphy, y otros dignatarios asistieron al evento.
Durante el encuentro los estudiantes judíos encendieron simultáneamente velas y antorchas que simbolizaban el triunfo de la luz sobre las tinieblas.
La Puerta de Brandenburgo fue construida por el rey de Prusia Federico Guillermo II en 1788. Cuando los nazis llegaron al poder lo utilizaron para organizar marchas y manifestaciones, incluyendo la asunción de Hitler como canciller en enero de 1933.
Después de la guerra, la puerta estaba en la frontera entre Berlín Oriental y Occidental. También fue donde el entonces presidente de EE.UU. John F. Kennedy pronunció su discurso y donde Ronald Reagan llamó al líder soviético Mijail Gorbachov para que derribase el Muro de Berlín.
Después de la reunificación, la puerta volvió a representar el centro de una ciudad próspera, y a solo unos pasos del museo que recuerda a los judíos asesinados por los nazis en el Holocausto.
Tiechtel dijo que muchos no judíos transeúntes asistieron a la ceremonia por curiosidad.
“Si el propósito de la Menorá es dar la luz sobre las tinieblas, no hay lugar más fuerte para expresar eso que este sitio”, enfatizó.
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Revelan el primer borrador de la carta de Hitler sobre el Holocausto

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Según consta allí, el dictador nazi planificó el genocidio en 1919; en la misiva describe el modo para aniquilar a los judíos
Según consta allí, el dictador nazi planificó el genocidio en 1919; en la misiva describe el modo para aniquilar a los judíos
Foto: AP

NUEVA YORK.- La firma al final de una carta escrita a máquina en páginas que se tornaron amarillentas después de un siglo es inconfundible: Adolfo Hitler, con las últimas letras arrastradas hacia abajo.

La carta está fechada en 1919, décadas antes de la Shoá (el Holocausto). En ella, el entonces soldado alemán de 30 años nacido en Austria plasmó lo que parecen ser sus primeros comentarios sobre la aniquilación de los judíos.

Fue escrita con una máquina de escribir del ejército alemán y ha sido conocida desde hace mucho por especialistas. Es considerada relevante porque demuestra desde cuándo estaba creando sus ideas antisemitas.

El documento fue presentado anteayer por el fundador de una organización judía de derechos humanos que compró el documento original el mes pasado.

Hitler “estableció el estándar de oro para la inhumanidad del hombre hacia el hombre”, dijo el rabino Marvin Hier del Centro Simon Wiesenthal, nombrado en honor a un cazador de nazis.

Hace tres semanas la organización con sede en Los Angeles compró el original por 150.000 dólares de un corredor de antigüedades en California. Antes, la carta había pertenecido a un corredor en Kansas que la adquirió del soldado estadounidense William F. Ziegler.

Al parecer, Ziegler encontró las cuatro páginas escritas a máquina en un archivo nazi cerca de Nüremberg, en Alemania, en los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial.

“El peligro que representa el judaísmo para nuestro pueblo se expresa en la innegable aversión de grandes secciones de nuestro pueblo”, escribió Hitler en alemán. “La causa de esta aversión surge principalmente del contacto personal y de la impresión personal que dejan los judíos como individuos, que casi siempre es desfavorable”, asegura el genocida en el escrito.

En otro pasaje de la misiva, Hitler dice que un gobierno poderoso podría manejar la “amenaza judía” al negar sus derechos, pero que “su meta final debe ser la remoción inquebrantable de todos los judíos”.

Según consta allí, el dictador nazi planificó el genocidio en 1919; en la misiva describe el modo para aniquilar a los judíos

Foto: AP

Al momento de escribir la carta, Hitler rendía servicio en el ejército alemán y había agitado a las tropas con sus discursos antisemitas. Un superior le pidió que escribiera sus ideas.

El documento, conocido como la carta Gemlich, fue certificado como auténtico en 1988 por el experto en caligrafía Charles Hamilton, que reveló que los “Diarios de Hitler” eran falsos.

Adolf Gemlich creaba propaganda para el ejército alemán y Hitler le escribió la carta tras una sugerencia del capitán Ulrich Mayr, para ayudar a popularizar la idea de que había responsables por la derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial.

Hitler se despide “con la más profunda estima”.

El centro planea exhibir la carta en su Museo de la Tolerancia en Los Angeles. “Es un documento fundamental que le pertenece a las generaciones futuras”, advirtió Hier.

Agencias AP y EFE

Recuerden Farhud. Una extensión de la guerra de exterminio nazi

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| Aryeh Tepper | | Fuente: Jewish Ideas Daily/Cidipal

Al cabo de diez años, casi toda la comunidad judía de Irak huyó.
Dejando a un lado su nombre exótico, Farhud no fue una erupción aislada de violencia anti-judía en un rincón alejado del mundo. Según los historiadores Shmuel Moreh y Robert Wistrich fue, al menos en parte, una extensión de la guerra de exterminio nazi desencadenada contra los judíos.
El final de 2.500 años de vida judía en Irak comenzó durante dos días de junio de 1941. Durante 30 horas, turbas aterradoras de saqueadores árabes iraquíes, soldados y civiles, mataron a 137 judíos e hirieron a miles, dejando decenas de casas saqueadas y destruidas más de 600 empresas de propiedad judía. El caso llegó a ser conocido como el Farhud, término kurdo que alude a una ruptura mortal de la ley y el orden.
Al cabo de diez años, casi toda la comunidad judía de Irak huyó.
Dejando a un lado su nombre exótico, Farhud no fue una erupción aislada de violencia anti-judía en un rincón alejado del mundo. Según los historiadores Shmuel Moreh y Robert Wistrich fue, al menos en parte, una extensión de la guerra de exterminio nazi desencadenada contra los judíos. Moreh fue el editor de una colección de ensayos sobre Farhud, publicado originalmente en 1992, y que, hace poco, fue revisada y actualizada para su traducción al inglés. Marcando el septuagésimo aniversario del ataque, Moreh y Wistrich (historiador del antisemitismo), presidieron un coloquio titulado provocativamente “El nazismo en Irak”, con la esperanza de elevar la conciencia pública sobre ese evento y la lucha contra la “negación del Farhud” entre los árabes- iraquíes actuales.
En el simposio, Wistrich señaló que, en 1941, los judíos iraquíes “se encontraron en el fuego cruzado de tres formas convergentes de antisemitismo”:
1- el antisemitismo de los nacionalistas iraquíes,
2- el antisemitismo de los exiliados palestinos en Iraq y
3- el propio antisemitismo de los nazis alemanes.
Tanto los iraquíes como los diferentes grupos de palestinos estaban profundamente influenciados por el nazismo.
Consideremos el caso de Yunus al-Sabawi, periodista iraquí que se convirtió en ministro de Economía y gobernador de Bagdad. Al-Sabawi resultó ser el autor de una traducción, al árabe, del Mein Kampf de Hitler. En el prefacio, celebraba al “gran aventurero, al gran líder alemán que pasó de ser un simple soldado al liderazgo de una de las naciones más avanzadas y desarrolladas cultural y científicamente del mundo”. Durante el mismo Farhud, los grupos paramilitares organizados por al-Sabawi, recibieron la orden de participar en los ataques. O consideren el papel desempeñado por los exiliados palestinos. Alrededor de unas 400 acomodadas familias palestinas se trasladaron a Irak, después de los disturbios anti-judíos promovidos en Palestina entre 1936-39. El exiliado palestino más destacado fue el mismo orquestador de los disturbios: Haj Amin al-Husseini, mufti de Jerusalén, cuyas conexiones con el nazismo en general, y con Hitler en particular, están bien documentadas. Sin embargo, el mufti no estaba solo en la canalización de los ideales nazis: en su propio relato de los acontecimientos, que condujeron al Farhud, los propios oficiales británicos – que gobernaron Irak desde 1914 a 1955- observaron el efecto electrizante de los grupos de jóvenes iraquíes y sus profesores pro-nazis palestinos.
Luego está el papel desempeñado por los nazis alemanes por sí mismos en el Farhud. El Dr. Fritz Grobba fue el enviado alemán destinado en Bagdad, hablando con fluidez árabe, persa y turco, difundió, con éxito, el mensaje nazi adaptándolo a las sensibilidades locales. Ya en 1939, Grobba predecía, en un informe a Berlín, que “un día la ira de las masas entrará en erupción, y el resultado será una masacre de judíos”.
El nazismo ejerció una doble atracción para los árabes palestinos e iraquíes. Su antisemitismo contactó con ciertas poderosas corrientes de la tradición árabe e islámica y su animadversión contra los británicos resonó en el anti-imperialismo, promovido por los nacionalistas árabes, los cuales despreciaban a esos ocupantes británicos empeñados en frustrar sus aspiraciones. Irónicamente, muchos judíos en Palestina veían, a los británicos, en términos similares (lo cual no les impidió ponerse del lado de los británicos en la lucha contra Hitler). Sin embargo, los judíos de Irak fueron más favorables a Gran Bretaña, y considerados por los nacionalistas iraquíes como quinta columna.
También existieron afinidades más profundas entre el nazismo y el nacionalismo árabe. Con respecto a los baasistas (el partido Baas), el grupo nacionalista que pasaría a dominar el país durante las últimas cuatro décadas del siglo XX, Wistrich afirmó en una entrevista: “El tipo de personas que fundaron el movimiento baasista… se inspiraron en la Alemania nazi. El renacimiento nacional alemán, incluyendo su ideología anti-judía, les apelaba. El Tercer Reich representaba el militarismo, la gloria, la obediencia, la unidad nacional, una fe mesiánica-política… y la eliminación de los judíos”.
Todo esto arroja luz para la comprensión de la historia contemporánea de los conflictos palestino-israelíes. De acuerdo a la narrativa convencional, sus raíces se encuentran en la ocupación de Israel de los “territorios palestinos” a partir de 1967. Sin embargo, una descripción más precisa y mejor pondría la cuestión en el contexto de los 100 años de continua guerra, librada por la parte dominante dentro del mundo árabe-musulmán (es decir, los árabes y musulmanes) para liberar al Oriente Medio de sus minorías: de los bereberes a los kurdos y los judíos, y en los últimos tiempos, los cristianos.
Situándonos en esa perspectiva, las consecutivas intifadas orquestadas contra Israel por la OLP de Arafat representan, según escribe Moreh, “la continuación de los apedreamientos de los judíos de Irak por parte de los palestinos del mufti Haj Amin al-Husseini y sus asociados, tras recalar en Bagdad”.
Tanto Moreh como Wistrich argumentan que Farhud debe ser contemplado como una parte de la Shoah. Esa es una propuesta discutible. En el simposio se expresaron las objeciones al considerar que, a diferencia de Europa, los judíos de Irak, a efectos prácticos, no fueron objeto de exterminio. Pero no hay duda que, la propia matanza, y el papel del nazismo en su promoción y complicidad, merecen un lugar prominente en la conciencia colectiva judía.
Setenta años después, resulta sorprendente y aterrador considerar como los nacionalistas árabes, los nacionalistas pan-árabes y los islamistas (apoyados por sus partidarios europeos), siguen considerando a Israel como un puesto avanzado del “imperialismo occidental” en Oriente Medio.

Berlín 36

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Por Ezequiel Fernández Moores
Para LA NACION
Gretel Bergmann, discriminada por judía, está furiosa. Descubre que Marie Kettelman, que compite con ella para ganar un puesto en el equipo atlético alemán, es un hombre. Marie se disculpa ante Gretel contándole su confusa historia sexual. Le dice que los nazis, a cambio de no enviarla a un hospital psiquiátrico, le sugirieron que prestara “un servicio a la patria”. “Sólo podemos enfrentar esto juntas”, pide Marie a Gretel. Marie se deja vencer y el pacto de amistad entre ambas arruina el deseo de Hitler de que una atleta aria gane la medalla de oro del salto en alto femenino de los Juegos Olímpicos. Es la trama de Berlín 36, uno de los films del Festival de Cine Alemán que concluye hoy en Buenos Aires. “Una historia verdadera”, se presenta el film, que fue estrenado el año pasado en Alemania. Pero historia y verdad no siempre van de la mano. Menos aún cuando el mundo del espectáculo mete la cola.
La historia de Gretel Bergmann es conocida y real. La Alemania nazi debía demostrar que no discriminaba a los atletas judíos para que el Comité Olímpico Internacional (COI) no le quitara la organización de los Juegos de Berlín. Gretel, campeona británica en su exilio, vuelve a Alemania a pedido de su familia, amenazada por los nazis, para competir en la preselección del equipo alemán. Anota un récord de 1,60 metros, suficiente para ganar su puesto en los Juegos. Pero los nazis, alejada ya la amenaza de boicot de los Estados Unidos, la excluyen del equipo alegando una lesión, a sólo dos semanas del inicio de los Juegos. Tan fuerte fue la injusticia que el deporte alemán, 73 años después, pidió disculpas y homologó en 2009 el récord que los nazis habían ocultado en 1936. La cadena HBO elaboró en 2004 un documental. Lo llamó Hitler?s pawn.The Margaret Lambert Story, con narración de la actriz Natalie Portman. Margaret Lambert es el nombre de casada de Gretel, que a los 95 años sigue viviendo en Nueva York, obligada a recordar siempre su historia, aunque ahora con la adaptación impuesta por Hollywood.
También es verdad que el puesto de Gretel en los Juegos fue ocupado por una competidora que terminó siendo hombre. Dora Ratjen (Berlín 36 la llama Marie Kettelman por derechos contractuales) tiene una historia que también es conocida. El verdadero sexo de Ratjen se descubrió en 1938, cuando volvía en tren de Viena, tras coronarse campeona europea. Gretel, entonces, nunca lo supo durante los Juegos, como dice Berlín 36. Recién se enteró de que Dora era un hombre en 1966, leyendo Time Magazine en la sala de espera del dentista. “Me obligaron a hacerlo por el bien y la gloria de Alemania”, dijo Ratjen, según ese artículo de Time. Der Spiegel, la revista más respetada en el periodismo alemán, sospecha que esa declaración, repetida luego en miles de crónicas, fue inventada. Apoyada en documentos oficiales de la época, Der Spiegel sostiene que Ratjen, más que una manipulación nazi, es la historia de un drama privado.
Los Ratjen, una familia humilde con tres hijas en un pueblo cerca de Bremen, anotaron con el nombre de Dora y sexo femenino al bebe nacido el 20 de noviembre de 1918. Tenían sus dudas, pero la partera, acaso confundida por una cicatriz en los genitales, dijo “nena”. Fue vestida como una niña y enviada a escuelas de niñas. Dora advirtió al crecer que su genitalidad no era la de una niña, pero jamás cuestionó la decisión paterna. El film habla de una madre cruel. Der Spiegel dice que fue ignorancia. El film también dice que Dora fue convocada a la preselección del equipo que iría a los Juegos para dejar afuera a Bergmann. Pero Dora ya era campeona de salto en la región de Baja Sajonia. La hubiesen convocado igual. Dora, como muestra Berlín 36, se aseaba en un baño aparte, alejada del resto. “Una chica rara”, decían sus compañeras, que por supuesto se reían del aspecto de varón de Dora. Podrá sonar extraño a ojos de hoy. No 74 años atrás. También tenían aspecto hombruno tres finalistas de los 100 metros femeninos de Berlín 36. “Yo era la única mujer en esa carrera”, se burló Marie Dollinger de sus rivales Helen Stephens, Stanislawa Walasiewicz y Kathe Krauss. Sólo a la hora de su muerte, en 1980 en Cleveland, se descubrió que Walasiewicz, una polaca nacionalizada en los Estados Unidos con el nombre de Stella Walsh, efectivamente era un varón.
¿Y acaso no fue justamente en el mismo estadio olímpico de Berlín donde el año pasado nacieron las suspicacias sobre el sexo de la sudafricana Caster Semenya, autorizada hace sólo meses a seguir compitiendo entre las mujeres?
El nazismo, dice Der Spiegel, abrió en 1938 una causa contra Ratjen, pero la justicia desestimó la acusación de fraude. “Nunca se le dijo que era un hombre.” Documentos de la causa desnudan el drama familiar que provocó la noticia. Dora pasó a llamarse Heinrich, como su padre, jamás habló públicamente de su caso y murió en 2008, a los 89 años. “No es culpable, la obligaron a hacerlo”, dice la verdadera Gretel Bergmann, entrevistada en el cierre del film Berlín 36. Der Spiegel fue a verla para contarle lo que decían los documentos oficiales. Pero Bergmann apoyó la teoría del complot nazi que cuenta el film. Su director, Kaspar Heidelbach, se aferra al testimonio de Bergmann, de 95 años, para validar su historia. “Todo sucedió tal cual, cambiamos tan poco que por eso la presentamos como una historia verdadera”, agrega el productor, Gerhard Schmidt. El film dramatiza también trampas e insultos entre las candidatas nazis y Bergmann. Las atletas cuentan sin embargo que entre ellas siempre hubo gestos de compañerismo. Der Spiegel cita a especialistas como el escritor Volker Kluge y los historiadores Berno Bahro y Jutta Braun que descalifican el film. El “consumo cinematográfico”, dice la revista, inventó un pacto de amistad entre dos atletas para arruinar el deseo de Hitler. Si hubo manipulación, afirma Der Spiegel, no fue nazi, sino de Heidelbach.
Bergmann, que al año siguiente se coronó campeona nacional en los Estados Unidos, ingresó en los Salones de la Fama de Israel y Nueva York y tiene un estadio con su nombre en Alemania, adonde había jurado no volver, aunque finalmente lo hizo en 1999, para recibir nuevos homenajes. El salto en largo de Berlín 36 fue ganado por la húngara Ibolya Csak, paradójicamente de origen judío. La gran figura de Berlín fue el atleta Jesse Owens. Como todos sus compatriotas negros, Owens carecía de derechos básicos en su país, igual que los judíos en la Alemania nazi. Pero Estados Unidos se aferró a los triunfos de Owens para hablar de “humillación” a Hitler. Lo mismo hizo el COI. Precisaron justificar su decisión de ir a competir a la Alemania nazi a pesar de que el antisemitismo ya era público desde mucho antes. “Prohibidos los perros y los judíos”, decían en 1933 carteles en gimnasios y clubes deportivos, antesala del horror. El libro Berlín Games, publicado en 2006 por el inglés Guy Walters, desnuda que el antisemitismo no era patrimonio de la Alemania nazi. “Podemos aprender mucho de Alemania. También nosotros, si queremos preservar nuestras instituciones, tenemos que erradicar el comunismo. También nosotros tenemos que tomar medidas para frenar la caída del patriotismo.” El discurso lo pronunció pocos días después de los Juegos el millonario constructor Avery Brundage, presidente del Comité Olímpico de los Estados Unidos. Brundage fue el principal impulsor de los Juegos de Berlín, los únicos ganados por Alemania en toda su historia, con Hitler y sus cruces gamadas en lo alto del podio. Ernest Lee Jahncke lideró en los Estados Unidos la oposición. Dos días antes de que comenzaran los Juegos de Berlín, el COI lo echó por 49 votos contra 0. A Brundage terminó designándolo presidente.

Poner a Hitler en Contexto???

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Nauseabundas, antisemitas y racistas”, así ha calificado el gobierno israelí las declaraciones de Oliver Stone en las que atribuía a la “dominación judía de los medios de comunicación” que se preste atención al holocausto. Dijo, además, que los crímenes nazis deben ser puestos “en contexto”.
2010-07-26Imprimir Enviar Corregir Comentar libertad digital
El afamado director de cine Oliver Stone –hagiógrafo del sanguinario Fidel Castro, propagandista de Hugo Chávez y paladín de la izquierda internacional– hacía este domingo unas miserables declaraciones antisemitas en el diario Sunday Times.

Dijo Stone que los crímenes del nazismo había que ponerlos en “su contexto”, que Hitler “fue un Frankenstein pero también un Doctor Dr Frankenstein” porque contó con el apoyo de “los industriales alemanas, los americanos y los británicos”. Según Oliver Stone “Hitler hizo mucho más daño a los rusos que a los judíos” pero esto no se sabe por “la dominación judía de los medios de comunicación, es el mayor lobby en Estados Unidos y trabajan muy duro”, y que “Israel ha ensuciado la política exterior de los Estados Unidos durante años”.

Según informa la Agencia Judía de Noticias, el ministro israelí de Diplomacia Pública, Yuli Edelstein, criticó este lunes, en duros términos a Oliver Stone por sus comentarios “nauseabundos, antisemitas y racistas”.

Para Edelstein, Stone “no sólo muestra su ignorancia, sino que demoniza a los judíos sin razón alguna, retornando a los Protocolos de los Sabios de Sión”, ese libelo antisemita de la Rusia zarista de fines del siglo XIX que los acusaba de conspirar para adueñarse del mundo. “Cuando un hombre de la estatura de Stone habla de esta manera, puede generar olas de antisemitismo y antiisraelismo, que incluso pueden dañar a comunidades y personas judías”, agregó Edelstein.

Stone se reunió con el presidente iraní, Mahmoud Ahmadinejad, oportunidad en la que afirmó que “Irán no es necesariamente el chico malo; no sabemos la historia completa” ycalificó de “horribles” las sanciones contra Irán.

Así fue capturado Eichmann…

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Eichmann, durante el juicio en Jerusalén en 1962
Para evitar el culto de futuros neonazis, sus cenizas fueron dispersadas en el Mediterráneo
Así fue capturado Eichmann, el único nazi ajusticiado en Israel
10 Mayo 10 – Jerusalén – Elías L.Benarroch/Efe
Tres años de cacería acabaron el 11 de mayo de 1960 en la captura por el Mosad de Adolf Eichmann, que hace medio siglo se convirtió en el único nazi ajusticiado en Israel por el asesinato de seis millones de judíos durante el Holocausto.

Cincuenta años después del episodio que entonces más conmocionó a la sociedad israelí, uno de sus captores, Rafi Eitan, asegura que la elección de Eichmann para que sirviera de símbolo de la persecución por la justicia del horror nazi fue una “mera casualidad”.

“Isser (Harel, entonces jefe del Mosad) ya tenía la idea hecha. Dijo que teníamos que juzgar en Israel a uno de los líderes nazis, y no importaba quién fuera”, recuerda Eitan, que era jefe de la Unidad Conjunta de Operaciones de los servicios secretos israelíes y fue enviado a Buenos Aires para capturarlo.

Eran los primeros años de vida del Estado judío, creado en 1948, y juzgar a alguno de los responsables del genocidio representaba no sólo un acto de justicia, sino también una forma de decir al mundo que, legalmente, Israel se veía responsable de todos los judíos, independientemente de donde vivieran.

“Harel salía de las reuniones con (el primer ministro David) Ben Gurión y preguntaba: ¿A quién podemos traer? ¿A Brunner? ¿Mueller? ¿Mengele? ¿Bormann? ¿Eichmann? !Dime a quién!”, rememora Eitan, de 84 años, en una entrevista con el diario Haaretz.

Por aquel entonces uno de los altos mandos del espionaje israelí y después, entre 2006 y 2009, ministro para Asuntos de los Jubilados, Eitan fue puesto al mando de la operación de la captura en marzo de 1960, y eligió a siete personas -de un grupo de 250 a su disposición- para trabajar exclusivamente en el caso.

La elección de Eichmann, encargado del transporte de millones de judíos desde los guetos hacia los campos de concentración y de exterminio, fue realmente fortuita y, según distintos testimonios, hasta fruto de no pocas presiones.

Gracias a las actividades de grupos voluntarios judíos dedicados a la caza de nazis, desde 1954 habían fluido a Israel informaciones acerca de que el oficial de las SS vivía en Buenos Aires bajo el nombre de Ricardo Klement y trabajaba para una compañía de agua.

La información no despertó la curiosidad de los servicios secretos israelíes -ocupados por ese entonces con un serio problema estratégico regional-, pero entre 1957 y 1959 la insistencia de un fiscal judío del estado alemán de Hesse, Fritz Bauer, consiguió que finalmente el Mosad enviara a sus agentes a capturar a Eichmann.

Yaakov Gat, uno de los siete miembros del comando, está convencido de que sólo una persona pudo haber obligado al jefe del Mosad a reabrir el caso después de haberlo rechazado en al menos dos ocasiones por considerar que las pruebas no eran sólidas.

“Sólo una persona como Ben Gurión podía forzar a Harel a que reanudara la investigación. Es verdad que Bauer era el que presionó, pero en mi opinión la comunidad judía estadounidense presionó a Ben Gurión para que Israel tomara venganza en nombre de todo el pueblo judío“, explica el octogenario agente al Haaretz.

Los detalles de la operación que condujo a la captura y posterior traslado de Eichmann a Israel -en medio de una gran polémica con Argentina porque fue sacado de ese país en un avión oficial del ministro israelí de Exteriores, Abba Eban- aparecieron en numerosos libros y fueron llevados al cine.

“La casa en la calle Garibaldi (1975)”, escrito por el entonces jefe del Mosad, se convirtió con el tiempo en uno de los clásicos mundiales del espionaje, mientras que “Eichmann en mis manos (1990)”, de Peter Z. Malkin, otro de los miembros del comando que le capturó, expone los contradictorios sentimientos de un judío hacia un dirigente nazi tan sólo quince años después del Holocausto.

Después de un desgarrador juicio ante un tribunal que le condenó a la pena capital por crímenes contra la humanidad, el ex oficial de las SS fue ahorcado el 1 de junio de 1962 y sus restos incinerados.

Para evitar el culto de futuros neonazis, sus cenizas fueron dispersadas en el Mar Mediterráneo por un barco de la Armada israelí en presencia de algunos supervivientes del Holocausto, fuera de las aguas jurisdiccionales de Israel.

Pasarían veinticuatro años hasta que otro nazi, John Demjanjuk, se sentó en el banquillo de los acusados en Israel como el presunto “Iván el Terrible” de Treblinka, aunque fue absuelto por la Corte Suprema tras haber sido condenado a la horca por una instancia inferior.

Los héroes del Ghetto de Varsovia.

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El 19 de abril de 1943, la víspera de Pesaj, un grupo de jóvenes se rebelaron inspirados por nuestras tradiciones de libertad, por nuestra salida de Mitzraim. Les habían elegido ese día seguramente sin saberlo los nazis. Esos jóvenes se rebelaron contra las poderosas SS junto con los supervivientes del ghetto de Varsovia. En un mes murieron “con honor”, casi todos aquellos que lograron sobrevivir a tres años de vejaciones y de tormentos en el ghetto más grande de la Polonia ocupada. Fue un acto de desafió de nuestro pueblo para el que ya nunca nada volvería a ser igual y cuya secular capacidad de supervivencia había sido sometida a la prueba terrible del exterminio industrial.
Después de la invasión de Europa por los nazis, nuestro pueblo había sido recluido en ghettos, expresamente construidos para servirnos de prisión y antecámara a la muerte. Esto no era, ni mas ni menos, que la primera fase de aquella solución final hitleriana, que, veinte años antes, había ya anunciado el criminal alemán en su siniestro libro Mein Kampf.
En otoño de 1940, el barrio judío de Varsovia, al oeste del Vístula y de una extensión de 6,5 km, fue cercado por un alto muro protegido con alambrada de espino. Allí fueron depositados casi 443.000 judíos, muchos de los cuales no tenían ni casa ni lazos familiares en la capital polaca. Fueron encerrados en él, aislados del mundo exterior, en espera de un destino que no conocían y poquísimos en el exterior consideraban posible: el exterminio racional, sistemático e industrial de nuestro pueblo.
Los judíos del ghetto, como en otros lugares del Reich fueron sistemáticamente condenados al hambre por sus guardianes y aterrorizados con continuos momentos de violencia indiscriminada con el fin de amedrentarlos. Nuestro espíritu, ya no de resistencia, sino de simple supervivencia era carcomido por los breves y vanos chispazos de esperanza, maliciosamente alimentados por los propios nazis. De vez en cuando, la presión disminuía, se aumentaban las raciones alimenticias asignadas al ghetto (esos días comían) y se veía sonreír a las tropas que los mantenía encerrados. En aquellos momentos de calma se permitía incluso que ciertas noticias tranquilizadoras se filtrasen en el ghetto desde los campos de trabajo exteriores. Por un momento, parecía posible a aquellos seres que, al fin y al cabo, nadie podía ser tan completamente inhumano. Vanas esperanzas para nuestro pueblo que languidecía en un exterminio implacable.
La más eficaz entre todas las técnicas de la guerra psicológica aplicada por los nazis fue la habilidad con que se supieron manejar al Consejo judío. Este era, en definitiva, un organismo político alemán que funcionaba por iniciativa de algunos judíos, impulsados por muy diversos motivos, que iban desde el puro y simple deseo de salvar la propia vida a la esperanza de proteger a nuestra gente, por lo menos en los aspectos más intolerables de la opresión. Se trataba de una misión imposible que desconocían y que se hacía todavía más desesperada y brutal a causa de la misma policía judía, cuyos miembros se veían miserablemente y de manera continua obligados a elegir entre la vida de sus familiares y la de sus vecinos en la subsistencia diaria.
No obstante, incluso en medio de este cuadro de muerte y de enfermedad, del terror, de la corrupción y de las traiciones, las escuelas clandestinas prosperaban, las zonas bombardeadas eran cultivadas como parques, cuatro teatros permanecían abiertos, los músicos daban conciertos y los poetas infundían en sus versos tanta desesperación como imágenes de esperanza; pintores y escultores creaban y exponían obras nuevas, se publicaban periódicos clandestinos y algunos eruditos, como Emmanuel Ringelblum y Jaim A. Kaplan, reunían documentos secretos cobre los sufrimientos que estaba padeciendo nuestro pueblo.
Un anónimo conferenciante definió la situación en la primera de una serie de reuniones culturales clandestinas, del siguiente modo:
“Queremos continuar viviendo y ser un pueblo libre y creador. Por ello resistiremos la prueba de la vida. Si nuestras vidas no se extinguen en un montón de cenizas, será el triunfo de la humanidad sobre la inhumanidad, será una prueba de que nuestra fuerza vital es todavía mayor que la voluntad de destruirnos.”
Pero después de un año de estar encerrados en el ghetto, paralelamente a esta intransigencia intelectual, empezó a formarse el núcleo de la resistencia. En el ghetto, a través de nuevos judíos que eran encerrados y de espías procedentes del exterior de Varsovia empezó a transparentarse la cruda verdad respecto a los campos de exterminio y a la destrucción de otras comunidades confinadas en otros tantos ghettos. Primero las noticias no querían creerse, ¿Quién va a creer que un asesinato industrial es posible? Luego empezó a brotar, en el seno de un exiguo grupo de lo que algunos llamaron al principio «fomentadores de desorden», la convicción de que los alemanes no les ofrecían, en realidad, otra alternativa que la del exterminio.
Algunos grupos juveniles, sionistas de izquierda, tomaron la iniciativa en el transcurso del invierno de 1941. Antes de la guerra, sus miembros ya se habían preparado para emprender una actividad de pioneros en la Palestina Británica –en Eretz Israel- , otros habían luchado en la Guerra de España contra el fascismo. Entre estos organizadores cabe destacar el joven Pinkus Kartin Z”L un ex-miembro de la brigada judía Botwin de las Brigadas Internacionales, aunque contra el fascismo en España luchó con el nombre de Andrezej. Su conciencia nacional y política era precisa y fuerte, habiendo ya rechazado todos los compromisos que inevitablemente estaban vinculados con el exilio judío. Estaban convencidos de que sus ideales debían conducir, lógicamente, a la acción.
El primer impulso les llegó de los miembros del partido comunista, que, como sus compañeros de otros países europeos, con una mano hacían la guerra y con la otra la revolución, pero fueron más allá.
El Bund, el partido socialista judío más importante, vaciló. En un principio, su confianza en la solidaridad de la clase trabajadora le impidió apoyar un movimiento de resistencia exclusivamente nacional judío. Pero en el transcurso del mes de julio de 1942, cuando las cámaras de gas de Treblinka, a pocos kilómetros al nordeste de la capital, humearon iniciando el exterminio en masa de los judíos de Varsovia, el movimiento de resistencia se aseguró la plena adhesión de los movimientos políticos y religiosos presentes en el ghetto en una unidad nacional. Tan solo el grupo nacionalista de los sionistas revisionistas quedó aparte, prefiriendo combatir separado del resto de los otros grupos, bajo la bandera sionista del Irgun Zvei Leumi (Organización militar nacional), ¿Cómo no iba a ser así , si todos éramos judíos? Y ya se sabe, dos judíos tres pareceres. Juntos sí, pero con nuestras diferencias, hasta para afontar la muerte.
Las deportaciones masivas se iniciaron el 22 de julio de 1941, la víspera de Tisha B’Av (9 de Av) de 5702 , en el que nuestro pueblo llora la destrucción de los dos Templos de Jerusalem y la pérdida de la independencia frente a los romanos, la expulsión de Sepharad y tantas otras cosas malas que la Historia nos ha deparado. Seis días después de esta triste jornada, se constituyó la organización combatiente judía, que pronto fue puesta al mando de Mordejai Anielevvicz; un joven de veintitrés años, miembro del movimiento sionista de izquierda Hashomer Hatzair. Hijo de padres pertenecientes a la clase obrera, había asistido a la escuela superior judía de Varsovia, y a principios de 1942 fue enviado fuera del ghetto para averiguar la situación existente en Silesia.
Entre el 22 de julio y el 3 de octubre más de 300.000 judíos fueron deportados de la capital polaca vaciando el ghetto. Cuatro quintas partes de ellos a los campos de exterminio de Treblinka y el resto a los campos de trabajos forzados. Jaim A. Kaplan, antiguo director de una escuela judía, llegado cuarenta años antes a Varsovia desde Rusia, describe en su Diario los métodos brutales de las redadas diarias y el pánico que estas suscitaban:
”El ghetto se ha transformado en un infierno. Los hombres son como bestias. Cada uno se encuentra a un solo paso de la deportación; se caza a las gentes en las calles, como si se tratase de animales en la selva. Y precisamente son los hombres de la policía judía los más crueles con los condenados. A veces se cerca una sola casa; a veces, una manzana entera. En cada edificio destinado a ser destruido se realiza primero el registro de los pisos, pidiendo a todo el mundo la documentación. Al que no posee documentos que le den derecho a permanecer en el ghetto, ni el dinero necesario para corromper a los esbirros, se le obliga a meter sus enseres en un paquete de quince kilos como máximo y se le empuja al camión que espera ante la puerta.
Cada vez que se cerca una casa suceden al cerco increíbles escenas de pánico. Sus habitantes, que no tienen documentos ni dinero, se esconden en alacenas, bodegas y buhardillas. Cuando existe posibilidad de pasar de un patio a otro, los fugitivos saltan por los tejados, incluso con riesgo de su vida. Mas todos estos sistemas sirven tan sólo para retrasar lo inevitable, y, al fin, la policía acaba por prender siempre a hombres, mujeres y niños. Los indigentes y aquellos que han perdido cuanto tenían, son los primeros en ser deportados. El camión se llena en un momento. Es difícil distinguir a una persona de otra: la miseria les hace a todos iguales. Sus gritos y gemidos destrozan el corazón.
Los niños, en particular, lanzan gritos desgarradores. Los viejos y los hombres de mediana edad aceptan la condena en silencio y permanecen de pie, con sus pequeños paquetes bajo el brazo. Pero el dolor y las lágrimas de las mujeres jóvenes no reconocen límite. A veces, una de ellas intenta liberarse de las manos que la tienen agarrada y entonces se inicia una lucha terrible. En estos momentos, el horror de la escena llega a su cumbre. Ambas partes luchan hasta el final. De una parte, la mujer, con el cabello revuelto y la blusa desgarrada, lucha con todas sus fuerzas contra aquellos verdugos, intentando escapar de sus manos. De su boca sale un torrente de imprecaciones rabiosas y toda ella parece como una dona dispuesta a matar. De la otra parte, dos policías la empujan par los hombros hacia la muerte.”
Estas deportaciones tuvieron sus héroes… quizás donde hubiera sido menos lógico esperarlo: por ejemplo, Adam Czerniakow, el ingeniero presidente del Consejo judío, quien, antes que firmar el decreto de expulsión, se envenenó; y el doctor Henryk Goldsmidt, decidió morir con los niños de su orfanato aun cuando los alemanes le habían ofrecido la salvación. Era en vano.
Las deportaciones a Treblinka se suspendieron entre el 3 de octubre de 1942 y enero de 1943. Pero ahora los jóvenes judíos con el espiritu de Pesaj sabían ya que el encuentro decisivo era tan sólo cuestión de tiempo. Habían adquirido armas con la ayuda de agentes que entraban y salían, furtivamente, en el ghetto, a lo largo del alcantarillado, y que se mezclaban con los grupos destinados a efectuar los trabajos de sepultureros y que por ello tenían permiso para traspasarlos muros para llegar al cementerio judío. Así se constituyeron y adiestraron veintidós grupos de resistencia.
La primera confrontación armada se produjo el 18 de enero, nueve días después de haber visitado Himmler el ghetto y de ordenar la reanudación de las deportaciones Después de cuatro días de lucha, las SS, que se habían dispuesto a cercar a los últimos 60.000 0 70.000 judíos que aún permanecían en el ghetto, se retiraron. Las fuerzas del joven Anielewicz habían superado el bautismo de fuego y todo estaba ahora dispuesto para la sublevación masiva.
El 16 de febrero, tras una resistencia a las deportaciones por parte de los judíos, Himmler decidió que el ghetto fuera destruido. Dos meses más tarde, mandó de Grecia, para dirigir la operación, al teniente general Jürgen Stropp.
A primeras horas del 19 de abril, víspera de la Pesaj (Pascua judía); la fiesta en la que se conmemora la salida y el fin de la esclavitud en Egipto y nuestra afirmación como pueblo, el ghetto fue cercado. La organización judía de combate declaró entonces el estado de alarma. De los preparativos del Seder se pasó a la alerta. Y poco después, a las 6 –cuando los últimos judíos del Ghetto se preparaban para el Seder- las SS hicieron su aparición, iniciándose con ello la «acción en amplia escala» de Jurgen Stropp.
Con gran estupor por parte de los alemanes, su primera tentativa de penetración fue rechazada por un nutrido fuego de armas de pequeño calibre, granadas y bombas caseras, tan rudimentarias que podían encenderse con un fósforo. Un carro de combate fue incendiado por un grupo de veinte personas -hombres, mujeres y niños que se sabían muertos- y los alemanes tuvieron que retirarse. Por primera vez en mucho tiempo, en el bando judío reinaba un ambiente de gran alegría. La alegría que da sentirse libres. Y, sin embargo, pocos, entre los judíos del ghetto, se hacían más ilusiones que ser ejemplo. Sabían, desde luego, que no podrían vencer; pero estaban decididos a vender cara su, por fin recobrada, esperanza de libertad.
A las 8, Stropp asumió personalmente el mando de la operación, dividiendo sus faenas en pequeños contingentes y asignándoles la misión de barrer completamente el ghetto. Muy pronto nuestro pueblo se vió obligado a retirarse de los tejados y de los pisos superiores de las casas. Así pasó el primer día de Pesaj y el segundo, entre fuego, disparos y francotiradores. Al tercer día, ya en Jol Hamoed, la resistencia se había concentrado en las esquinas y en los bunker de la plaza Muranowsky.
Una complicada red de trincheras y de pasos subterráneos se había dispuesto en el transcurso del otoño e invierno. Los bunker fueron hábilmente adaptados para poder hospedar a familias enteras, con reservas de alimentos y de municiones y con rudimentarios aseos. En su informe cotidiano a sus superiores, Stropp se expresaba tristemente de este modo:
«Descubrir los refugios individuales es extremadamente difícil, por cuanto han sido enmascarados muy hábilmente; en muchos casos sólo es posible por la traición de otros judíos.»
Stropp concentró todos sus esfuerzos en dirección a los antiguos establecimientos alemanes, transformados ahora en importantes centros de resistencia y de abastecimiento. Llegó a la conclusión de que su plan no podía realizarse si no se destruían tales puestos. En su interior halló un estado de «caos indescriptible», situación cuya responsabilidad cargó a los dirigentes civiles y al Ejército, incluso a sus propias SS.
«Todo estaba en manos de los judíos, desde las sustancias químicas empleadas para la fabricación de explosivos, hasta los vestuarios y equipos destinados a la Wehrmacht. Los dirigentes sabían tan poco de sus propias fábricas, que los judíos estaban en situación de producir armas de todas clases. Además, éstos habían conseguido organizar en el interior de estos lugares centros de resistencia. Los dirigentes de los establecimientos, cuya actividad era regulada por un oficial de la Wehrmacht, casi nunca podía decir con precisión a cuánto ascendía el número de su gente ni dónde se las encontraba. Las declaraciones de estos dirigentes, relativas al número de judíos que trabajaban en sus establecimientos eran siempre imprecisas.»
Pasadas las primeras dos semanas, Stropp se dio cuenta de que cada vez era más difícil aniquilar a los judíos. Su desprecio inicial por ellos, a los que designaba como «cobardes por naturaleza», se transformó gradualmente en un rabioso respeto.
«Una y otra vez grupos de combate formados por veinte o treinta o más judíos, de edad comprendida entre los dieciocho y los veinticinco años, y acompañados por un número semejante de mujeres, encendían nuevos focos de resistencia. Estos grupos tenían orden de resistir con las armas hasta el fin, y, si era necesario, debían evitar caer prisioneros suicidándose. Uno de estos grupos, saliendo de una alcantarilla, logró apoderarse de un camión y huir en él.» La resistencia opuesta por nuestro pueblo y por un puñado de guerrilleros polacos, que les apoyaban desde el exterior del muro, era tan eficaz que Stropp debía mantener en acción a sus patrullas de asalto veinticuatro horas al día, «enérgicamente y sin tregua. Pero Himmler empezó a revelar cierta impaciencia y Stropp se vio de pronto obligado a adoptar una política de destrucción total.
«Uno tras otro, los establecimientos fueron sistemáticamente evacuados y en seguida incendiados. Por lo general, los judíos abandonaron sus escondrijos y refugios. No obstante, en algunas ocasiones permanecían en los edificios incendiados hasta que, impulsados par el calor de las llamas y por el temor de abrasarse vivos, preferían arrojarse desde los pisos más altos, después de lanzar a la calle colchones y otros objetos que pudieran amortiguarla caída. Entonces, y aun con las naturales fracturas, intentaban cruzar la calle para llegar a lugares todavía no incendiados o sólo parcialmente en llamas.»
También en las cloacas, donde se escondían muchos judíos, la vida se hizo cada vez más dura, sobre todo después de las tentativas de los alemanes de ahogarles allí mismo, abriendo las válvulas de descarga del alcantarillado general de Varsovia. Gradualmente, uno tras otro, los bunker fueron barridos y destruidos por los ingenieros de la Wehrmacht, que empleaban bombas lacrimógenas y explosivos. El 8 de mayo el subterráneo que albergaba al Estado Mayor judío (que orgullo poder decir este nombre) -bajo el número 18 de Vía Mila- fue bloqueado y sometido a un intenso bombardeo de granadas de mano. Allí pereció Mordejai Anielewicz Z’’L con ochenta de su compañeros. Y con ello la rebelión terminó.
Toda forma de resistencia organizada acabó el 16 de mayo, a las 20,15 horas, con la significativa demolición de la sinagoga. Algunos judíos que sobrevivieron lograron huir a través de las cloacas y unirse a los partisanos polacos. Pero todavía en pleno mes de julio los alemanes se hallaban ultimando las operaciones de limpieza. Stropp registró la muerte de unos 56.000 judíos durante la rebelión. Unos 7.000 resultaron muertos en combate y un número análogo fue enviado a Treblinka. Se calculó que otros 5.000 o 6.000 murieron a causa de las explosiones y de los incendios; el número exacto de lo cadáveres bajo los escombros en imposible de calcular y desde luego los nazis no se preocuparon por ellos.
En el transcurso de la rebelión, el partido socialista polaco de Varsovia proporcionó a los combatientes judíos un número limitado de armas. Sin embargo, ninguna respuesta se recibió a la demanda de ayuda cursada al ejército clandestino polaco, del general Tadeuz BorKmorowski. En Londres, después de largas semanas de conversación, el primer ministro polaco, general Sikorski, lanzó una llamada general a los polacos que se encontraban en su patria para que ayudasen a los insurgentes judíos. Pero ya era demasiado tarde.
En efecto, dos días antes, Stropp había comunicado orgullosamente: El ghetto de Varsovia ya no existe. Su comunicado terminaba con este prosaico epitafio: Con exclusión de ocho edificios (alojamientos para la policía, hospital y alojamiento reservado para la guardia de las fábricas) el ex ghetto está totalmente destruido. Sólo algunos muros contra incendios quedan en pie y ello únicamente en los casos en que no ha sido necesaria la demolición con explosivos. Pero las ruinas contienen todavía una notable cantidad de piedras y materiales de desecho que podrían ser utilizables.
Esta es la historia de la muerte del Ghetto de Varsovia, pero también de nuestra victoria en ser libres una noche de Pesaj. En el pasado, los notables judíos usaban sus influencias para frenar alguna medida antijudía o moderarla. No siempre tuvieron éxito. Por ejemplo, Don Isaac Abrabanel, el influyente judío en la corte de España, no pudo hacer cambiar la orden de expulsión decidida por los reyes católicos. La historia registra generalmente los triunfos, no las derrotas. El ghetto fue una experiencia totalmente nueva. Sólo el nombre era igual. Todo lo demás era totalmente distinto. Los líderes de los ghettos bajo el dominio nazi, trataron desesperadamente que éstos perduraran, de que sobrevivieran la mayor cantidad de tiempo posible. Tal vez, la guerra se terminaría -y terminó-, Hitler sería derrotado -y lo fue-, y lo vivido sería recordado como una terrible pesadilla. Y es nuestro deber guardar memoria de ello por cada una de las generaciones. No pudo ser la libertad para ellos. El ghetto de Varsovia no duró siquiera tres años enteros; pero de las antiguas piedras se alzaron nuevamente las cuatro preguntas en esa noche Pesaj de 5703 entonadas seguramente por alguno de los pocos niños que quedaban vivos:
ma nishtaná halaila hazé micol haleilot
shebejol haleilot anu ojlin jametz umatzá, halaila haze culó matzá
ma nishtaná halaila haze micol haleilot
shebejol haleilot anu ojlin shear ierakot, halaila hazé culó maror
ma nishtaná halaila haze micol haleilot
shebejol haleilot ein anu matbilin afilu paam ejat, halaila hazé shetei peamim
ma nishtaná halaila hazé micol haleilot
shebejol haleilot anu ojlin bein ioshvin ubein mesubin, halaila haze culano mesubin
¿Por qué es esta noche diferente al resto de las noches?
Y al final de ese Pesaj tan cruel vendría el orgullo de ser libres. Y esa noche sería diferente, ciertamente… y a partir de ella ninguna noche sería igual.
Quedaron las cuatro preguntas y la certera respuesta de que nunca más los judíos volveríamos a agachar la cabeza ante los que no nos consideraban y aún nos consideran ni tan siquiera seres humanos.

¡AM ISRAEL JAI!

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