Nelson Mandela es uno de los iconos de la libertad, uno de los grandes del siglo XX. Y, sin duda, verlo cumplir años con esa fuerza resulta un testimonio extraordinario de la vida, una suerte de extraña luz, como si la larga vida de los grandes héroes compensara un poco la corta vida que han tenido muchos inocentes. Mandela es la memoria del siglo XX y su presencia nos recuerda las vilezas con que el siglo empezó, y algunas grandezas con las que supo acabar. Acompañado de otro grande del siglo, como Mahatma Gandhi, Mandela es la imagen de la resistencia pacífica y, a la vez, la madurez de un planeta que se plantó colectivamente ante el racismo institucionalizado, legalizado, y vomitó su desprecio. Ese siglo que, de la mano de otros grandes como Eleanor Roosevelt, supo crear una Liga de Naciones preñada de esperanzas de libertad, decidió que no podía permitir, en su interior, un país que segregaba a una parte de su población, la despreciaba, la condenaba al ostracismo y a la violencia, y todo ello lo hacía por el simple color de su piel. El estómago del mundo, pues, no toleró más dolor, más odio y más violencia racial. ¿Se acabó el racismo con la desaparición de la Sudáfrica racista? Por supuesto que no. El racismo, como el resto de maldades intolerantes, continúa habitando en el alma negra de alguna gente, pero al menos ya no toleramos que eso imprima las leyes de un país legal, reconocido y mínimamente decente. Después de Mandela, es impensable otro país institucionalmente racista.
Siempre que pienso en ello, sin embargo, mi esperanza se torna un dulce amargo. Porque si el racismo ha desaparecido de las leyes, y no tiene cabida en el siglo XXI, otra forma de opresión brutal, violenta, bárbara, ha acaparado las leyes del mundo, ha crecido, se ha homologado en ese mismo paraguas de la Liga de Naciones y muestra su insolente, sucia y brutal cara, sin complejos y con total impunidad. Hoy no se puede segregar legalmente a un ser humano por ser negro. Pero se puede segregar legalmente a un ser humano por haber nacido mujer. Y esta forma de violencia institucional, que llega a extremos tan execrables que ni el racismo los alcanzó, secuestra para la libertad y para la vida a millones de mujeres en el mundo. Si los negros de Sudáfrica fueron, durante décadas, los grandes parias del mundo, los olvidados de la ley, hoy son las mujeres de las dictaduras islámicas las grandes ninguneadas, despreciadas, esclavizadas, ignoradas. No nos importan porque los petrodólares de sus tiranos son más importantes que sus derechos, y por ello permitimos las Sudáfricas del islam. ¿Cuándo tendremos una Nelson Mandela de las mujeres esclavas? Difícil respuesta. Porque la cuestión no está en la sensibilidad por sus derechos. La cuestión, para desgracia de las mujeres, es que somos esclavos económicos de sus opresores.

fUENTE: La Vanguardia

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