Nuevos vientos soplan por estas latitudes. Serios problemas afectan al país, pero sería injusto dejar pasar desapercibido en Israel el 70 aniversario de la creación del Palmaj. Son pocos los que quedan aún en vida de la gloriosa generación del Palmaj, esos que jugaron un papel tan importante en la creación de Israel.

Su valentía, camaradería y amor a esta tierra se han convertido en un mito. Y son estos mitos los que forjaron identidades nacionales y crearon tradiciones. A mis amigos Shaike, Shraga, David, Amos, Rojele y Leizer sólo les queda el recuerdo y la nostalgia.
Para hablar del Palmaj hay que remontarse a los orígenes de la Haganá.
Ya durante la ocupación otomana en Eretz Israel se pensó en una organización de defensa global del ishuv alrededor de la ya existente Hashomer (que actuaba en forma local). Al crearse el Mandato Británico, cuya constitución declaraba que su meta específica era ayudar a la creación de un Hogar Nacional en Eretz Israel, se pensó que ese organismo de defensa no era necesario, puesto que Inglaterra había asumido la responsabilidad de preservar el orden civil con la ayuda de las fuerzas legalmente constituidas de la comunidad.
Los ataques árabes a Tel Jai en el norte de la Galilea, en 1920, en los cuales cayó Iosef Trumpeldor, y el fracaso de las actividades de autodefensa organizadas por Jabotinsky en Pesaj de ese año, destruyeron esas ilusiones: se llegó a la conclusión de que era imposible depender de las autoridades británicas y que el ishuv tenía que crear una fuerza de defensa completamente libre de autoridad extranjera, la cual, por consideraciones tanto de seguridad como de orden político, tendría que ser clandestina. Así surgió la Haganá, que dependía de la recién creada Asociación de Tabajadores. Se empezó la compra de armas y se establecieron los primeros cursos de instructores.
Los disturbios árabes de 1929 provocaron un cambio drástico en la posición de la Haganá: sin la intervención de las fuerzas de seguridad inglesas y con la total pasividad de la Policía árabe, fueron los pocos voluntarios enrolados en la Haganá los que salvaron a las comunidades judías de Jerusalén, Tel Aviv y Haifa de una matanza. En contraste, los lugares en los cuales no funcionaba aún la Haganá, como Hebrón, Safed y Motza, sufrieron masacres y destrucciones.
En el año 1931 las instituciones civiles del ishuv formaron un comando nacional de la Haganá y desde un principio se decidió aceptar la autoridad de las instituciones nacionales judías, especialmente del Departamento Político de la Agencia Judía, y mantener un marco independiente de los partidos políticos existentes.
Durante los disturbios árabes que se prolongaron de 1936 a 1939 la Haganá maduró y de una simple milicia se convirtió en un cuerpo militar organizado, a pesar de que sus miembros se integraban en forma voluntaria.
Las ciudades y comunidades judías fueron provistas de todo tipo de elementos de seguridad, se cercaron los kibutzim y moshavim y se organizaron los “slikim”, que eran refugios o sótanos secretos donde se almacenaban las armas, ubicados en los lugares más insólitos.
Para financiar estas operaciones se estableció un nuevo impuesto llamado “kofer haishuv” (rescate de la comunidad), que existió hasta 1948 cuando surgió el Estado de Israel.
Cabe mencionar que durante los disturbios árabes del año 1929 jugó un papel redominante Amin El-Hussein, el Mufti de Jerusalén, figura con declarada posición anti judía a quien los ingleses, después de haberlo encarcelado por promover disturbios, no sólo liberaron sino que también nombraron jefe del Consejo Supremo Musulmán.
Los disturbios se iniciaron cuando los árabes se negaron a permitir que los judíos construyesen en el Muro de los Lamentos una separación entre hombres y mujeres para el servicio de Iom Kipur, como había sido la costumbre durante cientos de años. Ello generó un enorme descontento en el ishuv, hecho que fue aprovechado por el Mufti para propagar rumores de que los judíos pretendían conquistar los santos lugares musulmanes, como la Mezquita de Omar y la de Al-Aksa, e izar sobre ellas la bandera blanco-azul.
La reacción árabe fue tremenda. No es una coincidencia que en la actualidad la propagación de rumores similares ha llevado a disturbios organizados y ordenados por la Autoridad Palestina, no sólo en Judea y Samaria donde tienen control absoluto, sino también entre los pobladores árabes residentes y ciudadanos de Israel.
La falta de voluntarios no fue el único obstáculo para la actuación de la Haganá. Sus miembros fueron perseguidos constantemente por las autoridades británicas, a pesar de que era claro que sus actividades eran necesarias para salvaguardar a la población judía. En varias ocasiones fueron arrestados sus líderes y los ingleses continuaron la búsqueda y confiscación de armas.
En 1939 los ingleses publicaron el “Libro Blanco” que restringía tanto la inmigración judía a Eretz Israel como la compra de tierras.
Durante la Segunda Guerra Mundial, un fuerte contingente de la Haganá (30.000 personas) se enlistó en la Brigada Judía como parte del Ejército británico, siguiendo el motto de Ben Gurión de “pelear contra el Libro Blanco como si no hubiese guerra, y contra los nazis como si el Libro Blanco no existiera”, e invirtieron enormes esfuerzos para asegurar entre ellos el liderazgo judío y el carácter sionista. Desarrollaron una gran red de adquisición de armas dentro del Ejército británico y, al terminar la guerra, se ocuparon de los sobrevivientes de los campos de concentración y de los refugiados de los países en los cuales estaban estacionados e iniciaron la inmigración ilegal principalmente a través de puertos italianos.
Al conocerse en el ishuv las dimensiones del Holocausto, la Haganá hizo lo imposible por llegar detrás de las líneas enemigas mediante la organización de paracaidistas de Eretz Israel, para ayudar a la resistencia y al rescate. Treinta y un paracaidistas fueron enviados a Yugoslavia, Rumania, Italia, Hungría, Eslovaquia y Austria, de los cuales doce cayeron prisioneros y tres, Jana Senesh, Javiva Raich y Enzo Sireni, fueron asesinados.
Durante la Segunda Guerra Mundial el ishuv se encontró varias veces no sólo en peligro de guerra sino de aniquilamiento total.
En 1941 el Ejército italiano se estableció en Libia, cruzó la frontera egipcia y se acercó peligrosamente a Alejandría; en 1942 el Ejército alemán derrotó a los ingleses en el norte de África y marchó hacia Egipto, mientras que en el norte Siria, que se encontraba bajo mandato del régimen de Vichy, era franca aliada de los alemanes y hasta les permitió construir aeropuertos para sus actividades.
La derrota británica en Grecia y Creta (en la cual participaron miembros de la Brigada Judía) fue total, cayendo prisioneros 1.400 jóvenes israelíes de los mejor entrenados en las artes militares, quienes quedaron fuera de servicio durante el resto de la guerra.
Los ingleses estuvieron a punto de abandonar Eretz Israel y concentrar sus tropas en la India e Irak. Ante esa situación, con tantos jóvenes fuera del país, el ishuv en su totalidad y la Haganá en particular consideraron seriamente el peligro que representaba la combinación alemana-árabe, y en abril de 1941 decidieron crear una fuerza de choque llamada “compañías de asalto”, “plugot majatz” o en sigla, Palmaj.
Apenas tres días después de haber sido constituido el Palmaj, salieron 23 de sus miembros (adiestrados en operaciones marítimas tras haber ayudado a la inmigración ilegal), acompañados de un oficial inglés, en una misión que consistía tanto en bombardear las refinerías de petróleo en el puerto de Trípoli, en Siria, como acumular la mayor información posible. Los ingleses no podían llevar a cabo ese operativo en forma directa puesto que no había aún una declaración formal de guerra contra la Francia de Vichy. La operación fracasó y hasta el día de hoy se desconoce lo sucedido con los miembros del Palmaj.
Cuando los ingleses temieron una invasión alemana a través de Siria en combinación con otra por el sur a través de Egipto, pidieron ayuda al recién creado Palmaj para cruzar la frontera siria y recabar información. Basados en ella, los ingleses invadieron Siria pocos días después, guiados y dirigidos por miembros del Palmaj.
Convencidos los ingleses de la importancia estratégica de este grupo, aceptaron costear los gastos de entrenamiento de 300 de sus miembros y así reconocieron tácitamente la existencia e importancia de la Haganá.
Tras la batalla de El-Alamein desapareció el peligro inmediato de la invasión alemana y los británicos cambiaron su actitud hacia el Palmaj e inclusive dejaron de pagar el entrenamiento. La Haganá se encontró con un serio problema financiero para el sostenimiento y entrenamiento de los soldados, para comprar armas y para establecer bases seguras y firmes en la clandestinidad. La respuesta fue original: los miembros del Palmaj se tenían que mantener solos, caso único y sin precedentes en la historia militar.
Las bases se establecieron en los kibutzim que podían absorber grupos de 30 ó 40 jóvenes, a quienes permitían trabajar 14 días del mes y entrenarse el resto del tiempo en lucha cuerpo a cuerpo, métodos de sabotaje, tiro al blanco y, sobre todo, en mejorar su condición física.
Los “palmajnikim” no tenían uniforme, no recibían sueldo, se afiliaban en forma voluntaria, no tenían ningún derecho adicional y vivían muy modestamente. El trabajo se convirtió en un valor en sí. Las caminatas a lo largo de todo el país, siempre acompañados de una Biblia, les permitieron conocer y amar a esa tierra en la cual tuvieron lugar los sucesos históricos que podían identificar a través de estos recorridos. Conocieron asimismo a los otros pobladores de esa tierra, los árabes, con los cuales habían tenido poco contacto.
Fuentes: Museo del Palmaj de Tel Aviv y el “Libro Verde del Palmaj”.

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