Cuando caiga tu enemigo, no te regocijes

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El rabino Yerahmiel Barylka reflexiona acerca del relato del Éxodo y la liberación de la esclavitud, con un oportuno pensamiento que excede los parámetros de la festividad.

Entre las diferentes preceptos de Pesaj, se destaca la enseñanza que indica: “Cuando caiga tu enemigo, no te regocijes; y cuando se le haga tropezar, no esté gozoso tu corazón” (Proverbios 24:17). Los estudiosos de la Torá se preguntan por el significado del mismo. “¿Y éste no se acercó a aquel durante toda la noche?” (Éxodo 14:20) -Responde rabí Ionatán que cuando los ángeles ministrantes quisieron elevar sus cántigas, el Bendito Sea les dijo: ‘Las obras de mi mano (los egipcios y sus carruajes) se hunden en el mar y ¿ustedes cantan?'”.

El cruce por el mar Rojo forma parte de la memoria histórica de nuestro pueblo. En tiempos de Josué (2:10-11) se sabía en Jericó “cómo el Eterno secó las aguas del mar Rojo de delante de ustedes cuando salieron de Egipto”.

Los estudiosos también se interrogan acerca de la aparente contradicción de los Proverbios de Salomón (17:5) que nos enseñan que: “El que hace escarnio de la persona de escasos recursos ha vituperado a su Hacedor, el que está gozoso por el desastre [ajeno] no quedará libre de castigo”, pero, también afirma que: “Cuando perecen los inicuos hay alborozo” (Proverbios 11:10). ¿Cómo se resuelven estas aparentes inconsistencias?

Hay quienes intentaron contestar diciendo que no es lo mismo alegrarse por la caída de un enemigo personal que cuando se celebra la desaparición del mal. Hay que congratularse con la extinción de la perversidad.

La recomendación para restringir la alegría por la desgracia ajena se descubre cuando, respecto a Pesaj a diferencia de otras festividades de Peregrinación, no aparece la instrucción de estar alegres. Y ello se debe a que en esos días murieron egipcios. Por eso tampoco se leen completas las laudes del Halel.

Cuando Moshé entonó la Cántiga del Mar que repetimos todos los días y con más fuerza en el final de Pesaj, rememoramos una situación como la descrita poéticamente por el midrash: “Una paloma huía de un halcón y buscó refugio en la hendidura de una roca donde encontró un nido de serpientes. No podía ingresar al refugio por la amenaza de las serpientes pero tampoco salir por la presencia del halcón. ¿Qué hizo? Comenzó a lamentarse y a agitar sus alas, esperando la oiga el dueño del palomar y salga y la salve”. En similar situación se encontraban los que salían de Egipto, no podían avanzar por el mar ni regresar por la persecución del Faraón, por lo que no les quedó más remedio que elevar su voz al Señor de Israel que los salvó. El llamado y el canto son dos expresiones de la misma desesperación.

Tenemos el derecho y la obligación de recordar los fenómenos que acompañaron al Éxodo. Ese es el motivo central de la memoria del séptimo día de la fiesta. Pese a ello, la exteriorización de la alegría debe ser medida. No sólo para no envanecernos y vanagloriarnos, que de por sí son actitudes sumamente negativas para quien las emprende, sino porque profundamente debemos educarnos a no alegrarnos con la caída de nuestros oponentes. Se puede encontrar un equilibrio.

D-os reprendió a los ángeles que deseaban cantarle. Nosotros somos muy lejanos de parecernos a ellos, pero, podemos aplicar su reconvención a la ligereza que tenemos en alegrarnos no siempre con causa. La libertad en sí nos da suficientes razones de regocijo. No necesitamos sumarle más.

Jag Sameaj

Extraído de Nueva Sión

“Deja ir a mi pueblo” es sólo la mitad de la historia.

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por Rav Benjamín Blech
para Aish Latino
Odio cuando la gente intenta poner palabras en mi boca.
Eso es exactamente lo que ocurrió cuando me invitaron, en mi rol de experto rabínico, a dirigirme a una clase de último año de secundaria en una escuela pública sobre “El Mensaje Más Importante de La Festividad Judía de Pesaj”.
Antes de que yo pudiera decir algo, la mujer encargada tomó el control efusivamente y le dijo a los estudiantes que yo explicaría que los judíos celebran Pesaj como la festividad bíblica que glorifica la libertad como el más grande de todos los derechos humanos. Ella continuó entusiastamente, y aseguró que éste es el concepto que guía nuestras vidas hoy en día, ya que vivimos en un país que no impone limitaciones a nuestras libertades personales. Somos libres de hacer lo que nos plazca, sugirió ella – todo gracias a una festividad judía.
Finalmente me presentó y me dio la oportunidad de librarla a ella y a la audiencia de tan común error de entendimiento.
Por supuesto que, en un cierto nivel, Pesaj se trata de la libertad; es una festividad que celebra el final de la esclavitud y el sufrimiento judío. Nos recuerda año tras año que Dios escucha el llanto del oprimido, y que es sensible al dolor de los abusados que buscan alivio de sus crueles amos. Se supone que los seres humanos deben ser libres de la opresión del malvado, del maltrato de los crueles, de la subyugación del más fuerte.
Fuimos esclavos del Faraón en Egipto, y esa clase de restricción es algo que Dios no ve con buenos ojos. “Deja ir a mi pueblo” fueron las palabras que Dios puso en la boca de Moisés en la primera parte de su súplica por la libertad de los hijos de Israel. Pero en esa petición había más cosas, las que convenientemente estamos olvidando. Y es la última parte del llamado bíblico a la justicia la que nos obliga a repensar los parámetros de la libertad y la forma en que nuestra sociedad contemporánea ha distorsionado su mensaje.

País Libre
A primera vista suena grandioso decir que todos deberíamos ser libres de hacer lo que queramos, pero la primera vez que nuestros hijos dicen obscenidades o nos hablan irrespetuosamente con el argumento de que “es un país libre” empezamos a aceptar que libertad sin límites es anarquía, y que la libertad sin conciencia es crueldad.
Las sociedades aprenden rápidamente que nadie puede ser totalmente libre a expensas de los derechos de otras personas. La libertad de expresión es un derecho fundamental de la democracia norteamericana, sin embargo la Corte Suprema ha decretado que algunos intereses públicos – seguridad nacional, justicia o seguridad personal – se sobreponen a la misma. El juez Oliver Wendell Holmes, hablando unánimemente en nombre de la Corte Suprema, dijo: “La pregunta en todos los casos es si las palabras utilizadas son utilizadas de manera tal y tienen una naturaleza tal que crean un peligro claro y contundente que traerá los males que el Congreso tiene el derecho de prevenir”.
La idea de que “es un país libre” es lo que hizo que un estudiante de la Universidad de Rutgers se suicidara después de que dos compañeros de clase utilizaran una cámara oculta para publicar su vida sexual en internet.
Tyler Clementi, un renombrado violinista de escuela secundaria, dejó su billetera en el puente George Washington antes de tirarse al rio Hudson hacia su muerte, después de que un post en Twitter revelara detalles delicados sobre su vida privada.
“Es un país libre”, entonces Megan Taylor Meier, una adolescente norteamericana de Misuri, se suicidó ahorcándose tres semanas antes de su cumpleaños número 14. Ella estaba perturbada después de que los emails que recibía de un chico pasaron de ser emails de amor a emails llenos de odio. En realidad eran una broma dolorosa organizada por una vecina, la madre de una de las amigas de Megan con quien ella había tenido una disputa.

La Ley de Sinaí
El abuso de las libertades puede tener consecuencias trágicas. Es por eso que Pesaj, conocida como la festividad de la libertad, es en realidad sólo media festividad. Desde el momento exacto en que celebramos la liberación contamos los días para llegar a la festividad de Shavuot, cuando el pueblo judío se paró en el Monte Sinaí y recibió la Torá. Las dos festividades están inseparablemente relacionadas. La primera trata sobre la liberación de algo, y la segunda sobre la liberación en algo. Fuimos liberados de la esclavitud física para colocarnos voluntariamente bajo las restricciones de la rectitud moral.
La libertad sin límites puede ser tan destructiva como la esclavitud. “Nadie puede decirme lo que tengo que hacer” – una idea no limitada por los impedimentos éticos – es potencialmente una amenaza al orden social tan grande como la esclavitud.
El Midrash tiene un comentario fascinante sobre el primer encuentro entre Dios y Moisés. A Moisés se le ordenó sacar a los judíos de la esclavitud en Egipto en el arbusto ardiente. En hebreo el arbusto es llamado sné. Dicen los comentaristas que esto fue porque ese mismo lugar eventualmente sería llamado Sinaí; el lugar donde comenzó la misión definió su propósito. El objetivo no era simplemente sacar a los judíos de Egipto, sino traerlos a la montaña donde recibirían la ley. La libertad sin ley es inconcebible.
Es por eso que Moisés no sólo le dijo al Faraón más tarde “deja ir a mi pueblo” sino que agregó la frase crucial “para que puedan servir a Dios”. Esta es la libertad de Pesaj, atarse al pacto moral de la Torá.
Desde una perspectiva judía, hablar sólo del ideal de la “libertad” – ignorando su contraparte obligatoria que es la “responsabilidad” – es distorsionar su verdadero significado.
Esto es lo que Abraham Lincoln expresó tan bien en sus famosas palabras: “La libertad no es el derecho de hacer lo que queremos, sino lo que debemos”.
Y este es el mensaje real de Pesaj: Dios nos concedió el regalo de la libertad física con el objetivo de que seamos verdaderamente libres para ser guiados por nuestras almas.

La identificación con Am Israel, Éretz Israel y Medinat Israel

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Pésaj, una de las tres fiestas de peregrinaje del calendario judío, identificada con el concepto de “libertad” -pues está centrada en Ietziat Mitzraim, la salida de Egipto, donde fuimos esclavos de Paró- es una muy buena ocasión para indagar acerca de la propia identificación con Am Israel, Éretz Israel y Medinat Israel.

En el mismo camino

Los jaguim nos aportan símbolos e historias para pensar en los valores más constitutivos de nuestro ser.
Pesaj colabora acercándonos un concepto tan difícil y abstracto como la libertad. Entonar Avadim hainu, atá bnei jorin -Fuimos esclavos y ahora somos libres- nos hace girar en torno a esta idea, ayudándonos a definir quiénes somos. Somos aquellos que alguna vez servimos a un faraón, aquellos que salimos de Mitzraim y aquellos que transmitimos estos sucesos “vejol dor vador”, “en cada generación”.
Pero, ¿acaso hoy somos tan libres como aquel pueblo liberado de la esclavitud, aquel pueblo, nuestro pueblo?
Pensar en la libertad y lo que ella significa para nosotros no es tarea sencilla. Este concepto que a simple vista se nos presenta como una idea acabada, sin aparentes grietas ni contradicciones, con la que todos acordamos, al intentar definirla resulta difícil de atrapar, de demarcar.
Y es que, aunque coincidamos en concebir a la libertad como la posibilidad de elegir o la capacidad de decidir, inmediatamente encontramos que estos atributos están siempre limitados por un espectro de variantes tan amplio como nuestras circunstancias, nuestro entorno, nuestro contexto, nuestra educación y, nada más y nada menos, nuestros prójimos.
De todas maneras, insistimos en buscar, en rastrear aquello que los jaguim pueden ofrecernos como posibles pistas a las preguntas que ellos mismos nos regalan.
Y se nos ocurre pues pensar en la travesía, en el viaje que emprendieron Bnei Israel “hacia la libertad” y encontrarnos allí en el mismo camino, con los mismos problemas. Asumiendo que la libertad, más que un punto de llegada, nos ubica en un lugar de compromisos y responsabilidades, aspectos inherentes a la libertad, pero que con frecuencia se olvidan. Y entonces, tropezarnos con los mismos interrogantes que encontró el pueblo en el enorme y vacío desierto a lo mejor nos permita volver a identificarnos con “nuestro pueblo” y preguntarnos acerca del “atá bnei jorin”, “ahora somos libres”.
Si Bnei Israel descubrieron que con su libertad física no era suficiente para ser liberados de su condicionamiento espiritual, no es necesario que experimentemos el encierro para preguntarnos por nuestras propias ataduras.
Si la multitud que siguió a Moshé se encontró con que ser libre implicaba tomar decisiones, elegir y ponerse de acuerdo, así nosotros nos encontraremos en nuestras vidas con tareas como éstas.
Si este pueblo naciente descubrió en su andar que a veces se hace difícil conciliar las libertades individuales con los proyectos colectivos, quizá nosotros podamos contar innumerables ocasiones en las que esta disyuntiva se nos hace presente.
Bienvenido sea, entonces, jag haPesaj con su propuesta siempre actual de repensar el valor de la libertad y su significación en nuestro tiempo.

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Egipto, Irán y el Milagro de Pesaj

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por Rav Benjamín Blech
para Aish Latino

Dios puede garantizar la supervivencia del pueblo judío, pero individualmente, la amenaza existencial es alarmantemente real.

Sentados en el Seder este año, es comprensible que nosotros los judíos de hoy tengamos más en nuestras mentes que los antiguos egipcios. Hoy en día tenemos buenas razones para estar nerviosos una vez más por nuestra supervivencia.
Uno de nuestros enemigos declarados, que ha dejado en claro su intención de destruirnos, está en camino a tener la capacidad nuclear necesaria para materializar su amenaza. A pesar de los innumerables esfuerzos diplomáticos, las sanciones y la presión política puesta sobre el liderazgo de Irán, nada parece persuadirlos de llevar a cabo su versión propia de la “solución final”.
Así como el Faraón, Ahmadinejad representa el peligro más grave, cuyo objetivo no es solamente dañar, sino destruir por completo al pueblo judío. Y así como el Faraón, el crimen de Ahmadinejad es tan inconcebible que Dios promete evitar que ocurra.
Déjenme explicar.
En la historia de Pesaj, los judíos estuvieron en Egipto por 210 años. Ellos sufrieron durante la mayoría de este tiempo. Varias generaciones fueron esclavizadas. ¿Qué fue lo que finalmente provocó que Dios designara a Moisés y comenzara el proceso de la redención? ¿Cuál fue la gota que rebalsó el vaso?
La respuesta fue revelada simbólicamente a Moisés en su primer encuentro dramático con Dios en la Zarza Ardiente.
Una lectura simple de la historia nos dice que mientras atendía a sus ovejas en el desierto de Sinaí, Moisés repentinamente vio una zarza que estaba envuelta en llamas. Sin embargo extrañamente, a pesar de que la zarza estaba ardiendo, no se consumía. Eso desafiaba las leyes de la naturaleza. El fuego siempre destruye. Moisés no podía entender.
En este mismo momento, mientras Moisés se quedó paralizado por el milagro ante sus ojos, Dios se reveló y proclamó, “Yo soy el Dios de tus padres”.
Superficialmente, la historia parece decirnos que Dios realizó este maravilloso acto para impresionar a Moisés antes de pedirle que asumiera el liderazgo. Dios escogió esta señal para que Moisés comprendiera el significado del poder Divino. Pero aquí surge una pregunta. ¿No podía Dios haber realizado otro milagro incluso más sorprendente, más convincente, más indicativo de su control sobre todo el mundo en vez de una zarza en el desierto?
Los comentaristas rabínicos proveen una hermosa respuesta. Dios no estaba solamente realizando un milagro; Él estaba enviando un mensaje. Dios sabía lo que Moisés estaba pensando. Desde el momento en que huyó de Egipto y vio a sus hermanos sufriendo bajo la brutal opresión del Faraón, Moisés se preocupó y se preguntó: ¿Acaso mi pueblo está vivo aún? Y entonces la primera cosa que Dios hizo fue tranquilizar a Moisés, no sólo momentáneamente, sino también a futuro.
La zarza simbolizaba al pueblo judío. La zarza ardía, pero, en contra de todas las leyes de la naturaleza, no se consumía. Así también, el pueblo judío, en contra de todas las leyes de la historia, nunca perecerá. Esa fue la promesa Divina implícita en el primer mensaje que Dios le dio a Moisés al comienzo de su liderazgo.

Promesa Eterna
El milagro de la Zarza Ardiente fue la representación grafica del milagro de la supervivencia judía. Cuando Arnold Toynbee completó The Study of History (El Estudio de la Historia), su clásico análisis de 10 volúmenes de extensión acerca del nacimiento y la caída de las civilizaciones humanas, él estaba perturbado por una aparente refutación de sus reglas universales que gobernaban el inexorable descenso de cada pueblo en la Tierra. Solamente los judíos habían sobrevivido, desafiando el cuidadoso y racional análisis de Toynbee. Así que Toynbee proclamó a los judíos nada más que un “residuo remanente”, un pueblo destinado a expirar prontamente.
Pero de alguna manera, a pesar de todos los brutales intentos por destruirnos, los judíos han personificado el constante milagro de la Zarza Ardiente.
La historia judía desafía la lógica. Se cuenta que cuando el rey Luís XIV le preguntó a su filósofo residente, Pascal, si creía en milagros, Pascal le respondió que sí.
Sorprendido, el rey exigió, “Dame un ejemplo de un milagro que justifique tu creencia”.
“Los judíos, su majestad. La supervivencia de los judíos – eso ciertamente es un milagro”.
La razón de este milagro es la promesa Divina hecha hace mucho tiempo a nuestros patriarcas, Abraham, Isaac y Yaakov. Una promesa que le aseguró a nuestros ancestros que sus descendientes nunca perecerían; que su rol en la historia de ser “una luz para las naciones” permanecería vigente hasta el cumplimiento del sueño mesiánico.
Y eso explica porqué Dios escogió aquel particular momento para que Moisés comenzara el milagro de la redención nacional de Egipto. Cuando los planes del Faraón pasaron de opresión a exterminación, la salvación de Dios fue innegable e inevitable.
Tan pronto como Hamán determinó asesinar a todos los judíos – hombres, mujeres y niños – el milagro de Purim fue una conclusión decidida y Hamán fue condenado a ser colgado en la horca. La desaparición de los judíos del escenario del mundo tenía que ser prevenida, sin importar cuan improbables fueran las muchas coincidencias requeridas para traer la Divinamente deseada conclusión.

Respondiendo al Peligro
Mientras nos preparamos para celebrar Pesaj, y mientras nos enfrentamos nuevamente a una figura similar al Faraón que busca destruirnos, debemos recordar dos cosas cruciales: Por un lado, todos aquellos que buscan destruirnos provocan la misma cólera Divina que cayó sobre los egipcios que perecieron en el Mar Rojo. Pero por otro lado, debemos asegurarle a Dios que merecemos Su intervención.
De ninguna manera quiero minimizar el peligro de la situación actual. Sin embargo, cuando somos amenazados, nuestra respuesta siempre debe ser el tradicional acercamiento triple de arrepentimiento, rezo y caridad. Los “Hamanes” de la historia pueden estar condenados a la destrucción Divina, pero aún así debemos hacer todo lo que esté en nuestras manos para mitigar los resultados de su maldad, fortaleciendo nuestro compromiso con Dios y con la Torá.
Podemos estar confiados de que Dios no nos abandonará; Él garantiza nuestra supervivencia colectiva. Pero individualmente, la amenaza existencial es muy real. Hay una razón genuina para sentir temor, un temor alarmante que debiera despertarnos e incitar sincera teshuvá.
Este Pesaj, mientras nuestra alegría es atenuada por las siniestras advertencias de los vecinos de Israel, obtengamos esperanza (no apatía) de las palabras de un famoso autor quien, aunque no es judío, comprendió bien el mensaje de la Zarza Ardiente. Leo Nikolayevich Tolstoy, un cristiano más conocido por su libro War and Peace (Guerra y Paz), escribió en 1908:

El judío es el emblema de la eternidad. Aquel a quien ni las matanzas ni las torturas de miles de años han podido destruir; aquel a quien ni el fuego ni la espada ni la inquisición pudieron borrar de la faz de la tierra; aquel que fue el primero en producir los oráculos de Dios; aquel que ha sido por tanto tiempo el guardián de la profecía y quien la transmitió al resto del mundo. Una nación así no puede ser destruida. El judío es tan imperecedero como la eternidad misma.

Pesaj: un desafío a la amnesia cultural de los tiempos posmodernos

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“No es accidental que nuestras sociedades de la información sean sociedades sin memoria, o dicho de otro modo, sociedades cuya memoria es “artificial”, como la inteligencia, una memoria que ya no se encuentra en los hombres sino en las máquinas. Por eso la modernidad hace a las sociedades comunidades amnésicas, incapaces de transformar los acontecimientos del pasado en relatos, en narraciones que se puedan transmitir, que se deban aprender, y que deben perdurar a lo largo del tiempo… Donde impere el impulso electrónico y la mente se vea obligada únicamente a trabajar con datos y a procesar información, resultará imposible la vivencia del tiempo profundo y estaremos desarmados para luchar, como ciudadanos, contra el poder de la vigilancia moderna. Porque entretanto esperamos su regreso, el lenguaje se habrá degradado, las perspectivas históricas homogeneizado y el espacio subjetivo -el yo privado- quizá definitivamente destruido.”

Estas inquietantes palabras son del filósofo español Fernando Barcena en su obra “La Esfinge Muda”. El aprendizaje del dolor después de Auschwitz vinieron a mi mente al reflexionar sobre la cercanía de Pesaj y su valor para nuestro tiempo.

La fugacidad de los saberes y modas de nuestro tiempo, su atroz velocidad y rapidez se contraponen con el sentido de propósito y la perspectiva de larga duración de la tradición judía. Los ritmos de la tradición frenan el acelerado trajinar del mercado, de la sociedad de consumo y las tecnologías de la información.

Tenemos acceso a aparatos con memorias cada día más rápidas y extensas en sociedades que están perdiendo siglos de herencias culturales y espirituales acumuladas por generaciones, y que pasan a convertirse en un lenguaje incomprensible para muchas personas, pues carecen de los códigos para acceder a ellas, comprenderlas y valorarlas.

En las palabras de M. Kundera: “la manera como se cuenta la historia contemporánea se asemeja a un gran concierto en el que se presentaran seguido los ciento treinta y ocho opus de Beethoven, pero tocando tan sólo los primeros ocho tiempos de cada uno de ellos. Si volviera a hacerse el mismo concierto diez años después, sólo se tocaría de cada pieza, la primera nota, siendo pues, ciento treinta y ocho notas durante todo el concierto. presentadas como única melodía. Y, veinte años después, toda la música de Beethoven quedaría resumida en una única larguísima nota aguda que se asemejaría a la que oyó, infinita y muy alta, el primer día de su sordera”.

La amnesia cultural de las sociedades posmodernas se contrapone a la incesante proliferación de mensajes sin sentido y a la vulgaridad de mucha de la cultura popular que se propaga en los medios masivos de comunicación que nos invaden. En este contexto Pesaj, con su carga milenaria de tradiciones, memorias y rituales, nos confronta para que nos repensemos como individuos y como miembros de una comunidad que ha sabido trascender fronteras y geografías, en aras de su identidad primigenia conectada con lo divino.

El acto central de Pesaj, además de la abstención de comer Jametz. y comer Matzá, es la Mitzvá de relatar el Éxodo de Mitzraim. La Hagada, esta narrativa compuesta desde la noche del Éxodo, tal como lo relata la Tora, enriquecida por siglos de repetición y recreación, que agregaron sus interpretaciones, costumbres, historias y canciones, es nuestra guía en la noche del Seder.

Nadie puede excusarse de cumplir con la obligación de relatar esta narración fundamental, sin importar su erudición o su religiosidad. Porque las memorias personales, familiares y comunitarias deben construirse en forma activa y artesanal mediante acciones concretas que movilicen emocional e intelectualmente a personas concretas. Ninguna memoria artificial puede reemplazar el compromiso del acto de puesta en acción de esta narración sagrada, que nos relata cómo un grupo de esclavos, sometidos a una implacable tiranía, encontró su redención en la conjunción de la guía divina y la acción decidida de sus líderes.

La memoria individual es “un espacio subjetivo” en el que se sostiene la memoria colectiva y que resignificamos y activamos en cada generación.
En el judaísmo no hay anonimato ni transmisión virtual. Todo acto tiene su peculiaridad y su sentido en la trama de relaciones en las que nos movemos. No se trata simplemente de procesar información, sino de comprender significados y asumirlos como propios.

Esta epopeya de la liberación se erige como un desafío a la superficialidad, la desintegración del lenguaje y la pérdida de la subjetividad personal. Pesaj nos interpela sobre nuestra condición de esclavos existenciales, sometidos a adicciones y a presiones sociales, que nos limitan y nos quitan nuestra dignidad. Pesaj nos invita a asumir desafiantemente nuestra dignidad.

Cada noche del Seder nos unimos a una comunidad milenaria que conoce la “vivencia del tiempo profundo” porque no confunde el presente con la totalidad, ni el pasado con lo ideal, mientras vive su propia experiencia de la redención en un mundo no redimido.
El Seder es una verdadera pedagogía de la liberación, que ha sabido perdurar en el tiempo, porque como judíos seguimos teniendo lo que narrar y lo que proclamar a nuestros hijos.
A.J. Heschel decía que el drama del ser humano contemporáneo no radica en su incapacidad o limitaciones, sino en el hecho de que se ha transformado en un mensajero que ha olvidado su mensaje.

En Pesaj recuperamos nuestra narrativa fundacional de esclavos que descubrieron la vivencia de la libertad en una vida con sentido, asumiendo el yugo de la Tora.
Al saberse hombres libres debieron asumir los riesgos y las cargas de la responsabilidad que su nuevo estado les impuso en un largo y complejo proceso de aprendizaje, que no ha terminado.

Hoy más que nunca, cuando los mensajes “posmodernos” nos dibujan a seres humanos sin vocación, sin historia y sin proyectos, el Seder nos ayuda a recuperar el hilo narrativo que nos permita volver a ser personas y dejar de parecernos a caricaturas grotescas.
Hoy más que nunca, cuando vivimos rodeados de miles de verdades que nos rodean sin conducirnos a ninguna parte, cuando pareciera que no hay códigos comunes, porque cada uno de nosotros tiene su propio dogma, venimos a recuperar un lenguaje común, que nos permita constituirnos en comunidad. Un lenguaje y una imaginación en la que padres e hijos y en la que nietos y abuelos puedan encontrarse en la palabra.

Frente al individualismo extremo, al enclaustramiento autista y al “sálvese quien pueda”, que nos despojan de nuestra trama social como judíos y como seres humanos, celebramos Pesaj para redescubrir la solidaridad, la comunidad y los proyectos compartidos.
En Pesaj hablamos en familia y con amigos de libertad y justicia, de alabanza y agradecimiento, de liberación y redención y contemplamos el complejo mundo que nos toca vivir desde la óptica de nuestros textos milenarios.

En Pesaj afirmamos nuestro destino desafiando a la amnesia.

La ley y el desierto: tres lecturas de Pesaj

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Por Emmanuel Taub
Para Tu Meser

I: Lo político
La celebración de Pesaj nos abre la posibilidad de una multiplicidad de interpretaciones que hacen a las diferentes alternativas reflexivas al que el pensamiento judío nos expone. Es así que desde una perspectiva política, podemos pensar la celebración de la libertad y la liberación a través de la relación esclavitud/servidumbre tomando a Egipto y a Moisés como centro de esta problematización.
Moisés es el gran maestro, liberador y guía que sacó a los hijos de Israel de la esclavitud de Egipto para transformarlos en un pueblo. Moisés personificó las características espirituales y políticas, transmitió la ley de Dios pero también fue un líder, es así que lo ético-espiritual y lo político se hacen presentes en su figura. Es un hombre que mira el pasado pero desea el futuro que se le hace imposible. Y como el ángel de la historia que describe Walter Benjamin en sus tesis Sobre el concepto de Historia, “Él ha vuelto su rostro hacia el pasado” mientras que la tempestad, el progreso, lo empuja hacia el futuro de espaldas y “el cúmulo de ruinas ante él va creciendo hasta el cielo”, y lo abate la muerte.
Si entendemos el Éxodo como la historia del un pueblo y no sólo como un relato, Moisés tiene un papel fundamental y su importancia, como explica Michael Walzer, “no es personal sino política –como líder del pueblo o intermediario entre el pueblo y Dios– pues se trata de una historia política: una historia de esclavitud y libertad, ley y rebelión”. La historia de la salida y la liberación de Egipto, casa de la servidumbre, imprime una fuerte linealidad histórica como un movimiento que mira hacia adelante, constituyendo una esperanza en el futuro. La fuerza histórica del Éxodo se concentra en su fin, en la promesa divina, pero también se puede hallar en el presente: Canaán es la tierra de la promesa porque Egipto es la casa de la servidumbre. Entre pasado y futuro se formula una relación paradigmática que caracteriza la existencia judía, en donde un pasado más allá de su temporalidad histórica tiene un sentido existencial que lo arranca de esa misma historicidad: ese pasado es aquello que el pueblo judío recuerda y vive en el presente, y es la llave que abre la esperanza de un futuro ideal: no es solamente memoria, sino rememoración como forma de vida.
Y desde esta perspectiva política, ¿cuál es el rol de Egipto para el pueblo de Israel? Egipto es un elemento que marcará la existencia del judaísmo como el lugar de la servidumbre pero también, desde una perspectiva moral, por su carácter opresivo y corrupto que lo convierten en un enemigo del que hay que diferenciarse y alejarse. Egipto no es solamente abandonado sino también es rechazado, juzgado y condenado.
El rechazo a la lógica egipcia es el rechazo a la servidumbre como estado de existencia del hombre y la esclavitud como forma política. Es por ello que el nuevo régimen que se intenta constituir con Moisés además de definirse por contraste con el anterior, y se desarrolla por primera vez todo el lenguaje de la política revolucionaria y también del mesianismo religioso: la opresión adquiere una significación moral y con ella se comienza a pensar de manera decisiva en la posibilidad de la liberación y la redención. No sólo frente a Egipto, sino que en cada momento histórico en el que el pueblo judío haya caído en el exilio y la opresión, entonces dirigirá su esperanza hacia la redención que lo libere de aquel modo de existencia.

II: lo identitario
Pesaj es una metáfora de la libertad, pero esta libertad puede tener diferentes formas y caras, y una de ellas, a la que queremos darle luz aquí, es la de la libertad como transformación. Cada generación y cada hombre debe sentirse como si él mismo hubiese salido de Egipto en una conexión que une la salvación del pasado con la redención del futuro: en esa intersección se construye la identidad judía del pueblo, de la comunidad y de la historia.
Pesaj como símbolo de libertad por un lado, de la liberación de la servidumbre y la irrupción de Dios en la historia del pueblo, por el otro. Se constituye un nuevo concepto de hombre –el del pueblo de Israel– y de historia, en la que Dios interviene para darles la libertad. Se constituye una esperanza en la redención vinculada con la libertad y la expectativa de un futuro próximo en la tierra de Jerusalén.
Maimónides explica que cada celebración tiene su dogmática y su idea moral. Pesaj permite perpetuar el recuerdo de lo ocurrido en Egipto y transmitirlo de generación en generación ya que “la enseñanza moral es que el hombre, en el bienestar, debe acordarse de los días de angustia, a fin de manifestar a Dios todo su reconocimiento y deducir de ahí lecciones de sumisión y humildad”. La libertad es transformación, y no hay que entenderla solamente como no-esclavitud. Porque es un sinónimo de pueblo y de comunidad, de espíritu y de herencia, de responsabilidad y de ley. Libertad es aparición. La libertad para el pueblo de Israel significa como un pasado que mira al tiempo que viene, a un presente que se vuelve futuro. Por ello, la libertad no es tan sólo del hombre como individuo, sino del hombre como pueblo, como un todo-judío que se autodetermina: hijos de los padres y padres de los hijos. Herencia de los ancestros e hijos de sus palabras. Hijos del mismo Dios que liberó al pueblo de Egipto, al que consagró y al que año tras año, década tras década, quita aquello que sobra, el jametz, para comer solamente matza, el pan ázimo, y buscar lo esencial, y esperar allí el momento en que Dios se revele e irrumpa en la historia trayendo un tiempo de felicidad. El judaísmo vive como una totalidad y en cada nuevo Pesaj rememora y le da vida a la posibilidad de volver a ser liberado, consagrado y redimido.
Ser libre mantiene en continua constitución la responsabilidad por habitar la tierra, el pacto con Dios y la humildad frente al otro. Ser libre para atravesar el desierto, recorrerlo en un viaje exterior e interior.

III: lo teológico
Cuando Pesaj es celebrado trae la esperanza en la llegada y la memoria de la partida, el éxodo. Allí, en aquella encrucijada hay un elemento crucial de la experiencia judía: la del desierto y la ley; la de la identidad y la trascendencia. Así como la tradición evoca vivamente la memoria de la milagrosa liberación de Egipto, ella inspira y crea la certeza de una redención futura: las condiciones no necesitan definir lo posible siempre que la memoria del éxodo esté viva. El seder de Pesaj comienza con el relato de la salida de Egipto y concluye con “el próximo año en Jerusalén”.
Pesaj tiene una idea moral que contiene la rememoración y por ello no se puede dejar de ser el pueblo liberado que en su viaje se construye, que en su constitución se hace pueblo, que en su exilio se reconoce. Y en el mismo viaje, por el desierto, la ley es entregada, y ya no hay arenas movedizas en la base de la identidad, sino el movimiento de un pueblo sobre las arenas del desierto construyendo identidad, llevando la ley y la experiencia, el presente del pasado y la esperanza del futuro.
Desde la celebración de Pesaj hasta la entrega de la ley se tienen que pensar esos días como un proceso de consagración del pueblo de Israel. El sentido de la salida de Egipto es recibir la Torá, transformarse en pueblo y la transmisión del sentido que representa el ser-judío, frente a la dispersión y la destrucción, sentido de pueblo que hace a la permanencia histórica y temporal como comunidad. En cada paso ritual de la celebración de Pesaj, al vaciar la casa de jametz, al preparar el seder, al realizar cada kidush, se perpetúa la historia rememorando la existencia. La celebración de Pesaj no sólo recuerda los pesares de la vida en esclavitud/cautiverio y la liberación, sino también el inicio del viaje exílico que lleva desde esa libertad hasta el recibimiento de la ley, y desde la ley a la esperanza en la redención futura, en donde ella será consagrada.
Y vino el desierto y con el desierto la ley, y la ley tradujo el desierto en experiencia y en rememoración. Éxodo y Sinaí, son los dos paradigmas teológicos del tiempo judío. La identidad judía es el desierto y la ley, el caminar y el trascender, el horizonte inalcanzable y la altura inconmensurable; y una no puede sin la otra, y una no es sin la otra. Y allí, entre ambas, se construye, generación tras generación, la identidad judía. Celebremos la identidad, el desierto y la ley, que por ello Pesaj es diferente a otros días y a otras noches.

Rapsodia de Pesaj – Una Ópera Rock Judía

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