Rabinos conservadores y reformistas serán reconocidos oficialmente

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Los rabinos de las comunidades conservadoras y reformistas serán reconocidos oficialmente por el Estado de Israel y gozarán de los mismos fondos que los rabinos ortodoxos nombrados por el Gran Rabinato.
El anuncio presentado por la oficina del Fiscal del Estado ante la Corte Suprema con respecto a la petición sobre la igualdad de la financiación de rabinos no ortodoxos, afirmó que los desacuerdos entre el movimiento reformista y el Estado llegaron a su fin cuando acordaron definir a los líderes espirituales como «los rabinos no ortodoxos de las comunidades» y no sólo «líderes de la comunidad».
La decisión del fiscal general desató una guerra intra-religiosa y política, sobre el pago de los salarios de los rabinos no ortodoxos elegidos para dirigir consejos regionales y kibutzim.
Cuando se presentó la petición, el tribunal envió a ambas partes a la mediación. El Estado, que al principio se oponía a las demandas del movimiento reformista, estuvo de acuerdo en ofrecer financiación desde hace varios años, pero el movimiento se negó a retirar la petición debido a los desacuerdos sobre la definición de sus rabinos.
Ahora, con el Estado anunciando su acuerdo con los nombramientos, la intervención del tribunal se ha convertido en innecesaria y se dispone a aprobar la resolución.
En respuesta, el Director Ejecutivo del Movimiento de Israel para el Judaísmo Progresista, el Rabino Guilad Kariv, dijo: «El acuerdo del Estado para apoyar las actividades de los rabinos reformistas en los consejos regionales, fuera de un claro reconocimiento de su condición de rabinos, es un avance importante en los esfuerzos para promover la libertad de religión en Israel y constituye una verdadera satisfacción para cientos de miles de israelíes».
«Este es un primer, pero significativo, paso en el camino hacia la igualdad entre todas las corrientes del judaísmo en Israel y esperamos que el Estado sea cuidadoso en la aplicación de su compromiso con la Corte en su totalidad, y que pueda dar lugar a movimientos adicionales, poniendo fin a la profunda discriminación hacia las corrientes no ortodoxas del judaísmo en Israel», agregó.
Por su parte el sentimiento de los diferentes sectores de la comunidad religiosa ortodoxa difirieron con el resto. Los políticos ortodoxos cuestionaron la autoridad del Estado a decidir quién puede ser llamado rabino, a la vez que condenaron la nueva realidad como un ataque a los valores judíos del Estado.
El presidente del partido nacionalista-religioso Habait Hayehudí (La Casa Judía), el diputado Daniel Herschkowitz, dijo que se reuniría con el primer ministro, Binyamín Netanyahu, «para explicarle la gravedad de la cuestión».
“No es posible que las decisiones relativas a la identidad judía del Estado deban ser entregadas a los asesores jurídicos y funcionarios burocráticos», dijo Herschkowitz. «Al igual que estas personas no son capaces de decidir quién puede y no puede obtener un grado académico, tampoco son capaces de decidir qué es apropiado para tener una calificación rabínica».
El diputado Moshé Gafni, del partido Judaísmo de la Torá, puso la mira en el ordenamiento jurídico, y así como los judíos no ortodoxos, preguntó cómo no hay dinero disponible para los «payasos reformistas y conservadores, para quienes el judaísmo es una burla».
«Este sistema legal, que ya ha intentado hacer daño a aquellos que estudian la Torá, está tratando así de dañar la infraestructura judía del Estado», agregó Gafni.
El diputado de Shas, Nissim Zeev, decaró que la Corte Suprema y el Fiscal General no tienen la autoridad para designar como rabinos a «personas que falsifican la Torá. Este es el comienzo de la destrucción del pueblo judío en la Tierra de Israel».
Del otro lado de la mesa, el parlamentario Nitzán Horowitz de Meretz, presidente del lobby de la Knéset por el pluralismo, calificó la decisión como «un paso de gran importancia en la lucha por el pluralismo y la libertad de cultos».
«El judaísmo en Israel ha sido secuestrado durante muchos años por los grupos extremistas que lo utilizan como un instrumento político y como una fuente de clientelismo sin fin. Ha llegado el momento de reconocer todas las corrientes del judaísmo, y liberar la religión de los políticos ultraortodoxos», aseveró.
Maya Leibovich, rabino de la comunidad reformista Mevasseret Zion, continuó en esta línea, diciendo que la situación ideal sería «una completa separación entre religión y Estado», posición que también Horowitz defiende.
«El Estado debe apoyar a los rabinos, independientemente de su corriente, y así cada uno puede elegir sus propios rabinos, sus propias sinagogas y escuelas, como sucede en EE.UU. y en el resto de la diáspora – dijo Leibovich – Pero hasta que esto suceda, no es razonable ni democrático que sólo los rabinos ortodoxos se financien las arcas del Estado».
Leibovich agregó que «el progreso de los diferentes movimientos judíos, están ahorrando que miles de israelíes se desconecten completamente de la religión y el judaísmo, y que el mayor peligro para el carácter judío del Estado era la coerción religiosa».
“Mucha gente no quiere ir a la sinagoga o participar en la vida judía, ya que se han distanciado por el establecimiento ortodoxo. Pero las personas seculares quieren un hogar espiritual y ver la posibilidad de un judaísmo progresista», añadió.

Una célula alemana neo-nazi podría estar involucrada con el asesinato de un rabino

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La policía de Alemania y Suiza están investigando una posible conexión entre el asesinato del 2001 de un rabino en Zurich y una matanza de una célula terrorista neo-nazi.
El rabino nacido en Israel, Abraham Grunbaum, de 70 años, fue asesinado instantáneamente luego de que le dispararan a quemarropa el 7 de junio del 2001 en la sinagoga Agudas Achim, según el periódico suizo Tagesanzeiger.
La agenciad e noticias JTA informó hoy que el crimen fue grabado por una cámara de seguridad, pero con una baja calidad. La policía encontró dos carcasas de balas y colillas de cigarrillos en el sitio. El rabino no fue asaltado, por lo que se considera que el motivo fue el odio.
Una ola de asesinatos que siguieron poco después del asesinato del ortodoxo están siendo atribuidos a una pandilla alemana neo-nazi Resistencia Socialista Nacional. En su totalidad, se cree que el grupo está involucrado en al menos diez asesinatos en toda la década, y la policía está ahora investigando si estuvo relacionado con la muerte de Grunbaum.
La principal arma, que debe ser encontrada, fue registrada en Suiza y supuestamente también fue usada en campos de tiro suizos.
Se sospecha que el grupo, con base en Zwickau, ha tenido conexiones con extremistas del ala derecha suizos. Las fuerzas de seguridad alemanas han pinchado conversaciones telefónicas entre ambos países, y testigos en Alemania han dicho que el grupo usó un vehículo con platos suizos, según el periódico Basler Zeitung.
Revelaciones recientes sobre la Resistencia Socialista Nacional han estimulados llamados a la prohibición del mayor partido extremista del ala derecha alemana, el Partido Nacional Democrático, que tiene cerca de 7.000 miembros.
“Pero prohibir al partido no es suficiente para eliminar de la sociedad dichos grupos”, dijo Burkhard Jungkamp, jefe del Ministerio de Educación, Juventud y Deporte Brandenburg en una actualización ayer de los programas educacionales pro democráticos co-patrocinados por el Comité Judío Americano en Berlín. “Los colegios deben ser lugares en donde la democracia se viva y se aprenda”, dijo, con el objetivo de eliminar de raíz las semillas del odio.

Historias con nombre y apellido

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Por Alejandra Rey
Para Diario LA NACIÓN

La mujer que hizo realidad su sueño de ser rabina. Margit, con una sonrisa que hace notar cada vez que no puede, a pesar de lo vivido.
La ambición, la mentira, el maltrato, la simulación y la megalomanía, a veces, y sólo a veces, salvan vidas. Son ínfimas las posibilidades de que tantas miserias humanas obren en beneficio de un bien. Pero sucede, incluso, a pesar de la maquinaria genocida hitleriana, es decir, a pesar del diablo mismo. Porque ¿cómo hubiera sido la historia de Margit Oelsner-Baumatz si su padre hubiera decidido que nadie le robaría su obra, su inteligencia ni su pensamiento? ¿Qué hubiera pasado si rechazaba abiertamente ser parte de esa venta al menudeo de la dignidad humana que practicaban los alemanes nazis y que le proponía ese joven y arrogante integrante de la Gestapo? ¿Estaría viva?
Lo que sigue es la historia de una mujer que le debe la vida a un soldado del régimen nazi, cuyo nombre ignora, que pretendía la gloria adueñándose de ideas y palabras que no eran propias. Esta es la historia de una religiosa de 72 años que luchó contra todo y todos, incluidos sus padres, para convertirse en rabina. Ella nos recibe en su casa de Olivos para contar, minuciosamente, su increíble viaje.
Todo empezó con el ingeniero electrónico Werner Oelsner, un ciudadano alemán, a la sazón judío, quien vislumbraba ya en 1937 lo que Hitler y su banda habían empezado a hacer con los judíos. Vivía con su mujer Edith Chaskel, embarazada de Margit, en la tranquila ciudad de Breslav, en la provincia de Silesia y, de un día para otro, comenzó a ser extorsionado para que aceptara un trato a cambio de su vida y la de su familia: Werner escribiría artículos sobre electrónica para que el joven nazi los firmara y los hiciera pasar como suyos. A cambio de un aviso anticipado y fundamental que podía salvarles el pellejo: cuando el régimen finalmente llegara para requisar su negocio, robar y secuestrar a Werner y a su familia. No había elección: los artículos firmados por el señor de la Gestapo o la muerte. O algo peor: los campos de exterminio.
Margit ya tenía un año cuando ese nazi, cuyo nombre el padre olvidó cuando la vida lo abandonaba, le advirtió a Werner que él mismo se presentaría en las inspecciones, simulando no conocerlo, a cara de perro; le dijo que lo insultaría, quizá lo golpearía, porque no podía jugarse su carrera como militar: total ¿quién iba a sospechar que le perdonaba la vida al “enemigo” por figurar como sabio en materia de electrónica?
Y cada quien cumplió su parte: entre artículo y artículo, el nazi avisaba a Oelsner y todos interpretaban su papel. Werner, el del judío sumiso, golpeado e insultado, y el joven de la Gestapo, el rol del maldito gritando órdenes, escupiendo injurias, amenazando con destierros y pateando traseros y orgullos.
Y mientras esta escena se repetía cada vez con más frecuencia, Werner escribía a todos los países que podía para pedir visas y acogida para su familia en riesgo. “El único país que contestó -cuenta la rabina Margit, en su casa, rodeada de recuerdos y con la sonrisa constante- fue la Argentina. El muchacho, el nazi, vino un día y le dijo a mi padre: «Estás en la lista de arresto de esta noche, cuidate». Y así fue como nos vinimos para acá.”
Y aunque el periplo por la Europa ocupada fue más largo y penoso de lo que ella cuenta, finalmente Margit y su familia llegaron al país y fue anotada como Margarita, en Buenos Aires.

“Mis padres no eran observantes de la religión judía, nunca iban al templo y en mi casa no había ni ceremonias ni celebraciones religiosas porque mi papá, ante todo, era alemán. Un alemán de ascendencia judía, claro, que no hablaba hebreo, que no festejaba Pésaj y que no asistía a la sinagoga.”

Margit cuenta que la familia se dedicó a trabajar.
“Mi papá se olvidó de su título de ingeniero y se desempeñó como electricista. Arreglaba artefactos que le traía la gente, planchas, lámparas, esas cosas… Y yo iba a una escuela pública, aunque los primeros años me habían mandado al Pestalozzi. No sé bien por qué, pero a los 14 años mis padres pensaron que debía tener una educación más judía y, como vivíamos en Vicente López, me mandaron a Lamroth Hakol, que era la comunidad más cercana.”
Es curioso que Margit crea que fue a parar a esa institución “por casualidad”, como dice. Porque, en hebreo, Lamroth Hakol significa “a pesar de todo”. Esto es, “a pesar de las guerras, del odio y de los que murieron -dice-. Y ahí la cosa me fue atrapando. Hasta que a los 18 años mi papá, que no quería que yo fuera a la universidad, me mandó a la B’nai B’rith, conocí a mi marido, me casé y tuve a mis tres hijas”.
Una vida común, la de Margit. Hasta ahí. Porque ella era rebelde, le encantaba estudiar, le fascinaban los desafíos y era feminista en una época en que nadie lo era: incluso su marido le parecía un ortodoxo porque usaba kipá “y hasta comía kosher”, dice, y se ríe.
Y acá hagamos un alto.
La sonrisa de Margit es su guía espiritual y el espejo de su corazón. A lo largo de las horas de charla, esa sonrisa variará, se modificará conforme pasan las preguntas y los recuerdos: los buenos, los malos y los ausentes. Y cuando no pueda sostener esa sonrisa porque el interrogante la incomodó o la evocación se le hizo difícil, se pondrá rápidamente de pie y empezará a buscar cosas que jamás encontrará, dará vueltas por su escritorio ordenado hasta la obsesión, mostrará con orgullo los álbumes con recortes que la nombran, pero no dirá lo que no quiere. No, no lo hará. Porque esta mujer es brava…
Margit tiene tres hijas, diez nietos y un marido al que adora, y se estremece casi imperceptiblemente cuando la cronista le pregunta cómo fueron los años de aprendizaje en el Seminario Rabínico Latinoamericano. Hace una pausa breve, como eligiendo las palabras, y mueve la cabeza negando algo, que no aclara, pero que se le cruzó por la mente muy a su pesar.
No. No quiere decir una palabra sobre los padecimientos, el machismo que soportó, la tremenda oposición de sus padres que no entendían por qué pretendía el título de rabina y ese afán por el Talmud. Y las burlas acumuladas, casi tan patéticas como los desplantes. Cuando se presentó a rendir una de las últimas materias, uno de los integrantes del tribunal faltó sospechosamente y, por lo tanto, no pudo exponer. Y lloró, mucho, muchísimo, eso sí lo confiesa, siempre con una sonrisa.
Pero se recibió a pesar de todo (lamroth hakol , en hebreo) y de la fecha no se olvidará jamás: fue un mes después de que explotara la AMIA, en agosto de 1994. Y Margit cuenta, con aplomo, las inmensas horas desoladas que pasó ayudando y acompañando al rabino Kreiman, cuya esposa estaba sepultada bajo los escombros. Y ellos, muy quietos y en silencio, esperaban que alguien les devolviera el cadáver. “He visto tanto -dice, mientras sigue sonriendo- y Dios me ayuda.”

-¿A qué?

-A soportar el dolor. Mirá, cuando ya era rabina y comencé a trabajar en Lamroth Hakol en el área social, vi la tragedia de los años de la crisis, las familias partidas, la gente llorando porque no tenía qué comer, las colas interminables para buscar mercaderías… pero todo te ayuda y te hace fuerte.
Margit es, en el siglo XXI, una especie de émula de la heroína del escritor judío Bashevis Singer, cuando describió magistralmente en Yentl, el joven de Yesshiva, la decisión de una mujer de hacerse pasar por un muchacho para poder estudiar los libros sagrados.
Margit no debió disfrazarse de hombre, pero sí templar su paciencia y adaptarse a esa casa de estudios donde fue la primera mujer en cursar. “Me fui a hablar con el director y le dije que no podía cumplir con dos de los requisitos que exigían: no tenía carrera universitaria y no podía ir a Israel por un año”. Y la aceptaron, con resquemor, pero admitieron su presencia. Ella guarda para sí los detalles de aquellas conversaciones, de su primer día, de la sensación odiosa de estar especialmente a prueba en forma permanente, de llegar a su casa desolada y de los brazos cálidos de su marido Fredy, siempre dispuesto a ayudarla. Se lo reserva, pero algunas cosas se le escapan.

-¿Y cómo era estar en el seminario?

Acá es cuando Margit se levanta una vez más y busca algo que no encuentra y, de espaldas a la cronista, dice que hizo mucho sacrificio porque estudió psicopedagogía en la universidad para cumplir con lo que le pedían en el seminario, que se fue un mes a Israel, que alguien el día que se recibió le dijo: «Vos te llevás los aplausos y nosotros los palos», que el machismo existe…Claro que existe, en casi cualquier sociedad y religión. Pero Margit se da vuelta y la sonrisa ya está de nuevo en su cara. Y exclama: “Amo lo que hago, no importa lo que tuve que pasar”.
Margit está nuevamente sentada y mira esperando otra pregunta. Pero aprovecha el silencio y dice: “Soy rabina, pero nunca conseguí púlpito, aunque ya no importa. Ahora soy directora de recursos rabínicos, lo que significa que yo contacto a la comunidad que busca un religioso con el rabino que les servirá.
Ya hay más mujeres que se dedican y eso me pone feliz, aunque nos resisten todavía. Los ortodoxos, por ejemplo, ni siquiera piensan en tener a una mujer que oficie; imaginate, ni siquiera te pueden tocar…”
Margit ofrece otro café (“especialidad de esta casa”, dice, y no miente) y vuelve a levantarse para buscar fotos de su graduación. Viste un suéter liviano de color blanco y jeans azules. Saca de todos los estantes y cajones retazos de su vida y cuenta, mientras tanto, que el comienzo de su espiritualidad fue el colegio de sus hijas. “Cuando la mayor entró en una institución judía donde hablaban hebreo, yo me dije: «No puedo mandarlas a un colegio donde aprendan algo que yo no sé», y fue así como, a través del idioma, comencé a estudiar el Talmud y me fascinó. Pasé esos cursos y me inscribí en otros superiores, que también superé y aprender hebreo me fue llevando a la religiosidad, porque no se trataba sólo del idioma, era un conjunto de cosas interesantes”.

-¿Alguna vez pensó en abandonar?

-Sí. Una vez sentí que realmente no podía seguir. Pero una amiga me convenció y así logré recibirme.
La rabina tiene un orgullo imparable, dice que suele casar parejas fuera de la sinagoga y que está por oficiar el Bar Mitzvá de una de sus nietas en Brasil. Y otra vez pega el salto y muestra orgullosa los hábitos que va a utilizar para la ocasión: el manto preciosamente bordado y varias kipás que combinará seguro con el atuendo. Porque Margit es coqueta, eso se nota.

-Dígame, Margit, usted habla de Dios con mucha fe, pero ¿dónde está cuando vemos sufrir a los chicos, las guerras, las enfermedades dolorosas?

-Dios no puede con todo. No es omnipotente y hay cosas que los humanos podemos hacer por nosotros mismos.

-La verdad, no entiendo las religiones.

-Yo, en cambio, no pierdo la fe. La adquirí tarde y ahora es parte de mi vida.

No lo dice, pero intuyo que está pensando en su padre Werner, en cómo se salvaron por un pelo del horror y en cómo Dios cambió aquella vez su propio destino.
MARGIT OELSNER-BAUMATZ

Quién es: tiene 72 años, nació en Alemania, debió escapar del régimen nazi y llegó al país porque fue el único que les dio acogida a ella y a toda su familia. Es rabina desde 1994. No tiene púlpito, pero puede oficiar ceremonias fuera de la sinagoga.
Familia: está casada, tiene tres hijas que viven en el exterior y diez nietos. De joven no era observante de la religión y su marido le parecía “un ortodoxo”.
Qué hace: comenzó estudiando hebreo para ayudar a sus hijas, que iban a una escuela de la comunidad, y terminó en el Seminario Rabínico Latinoamericano, a pesar de la resistencia de las autoridades. Este año piensa comenzar a estudiar portugués para poder hablar el idioma de alguno de sus nietos. Habla alemán y hebreo a la perfección.

Alicia L.
Buenos Aires
Argentina

De Skinhead a Judío Ultra-Ortodoxo

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VARSOVIA — Cuando Pawel se mira al espejo, el aun puede ver a veces a un skin-head neonazi mirando hacia atras, el hombre que el una vez fue antes de cubrir su cabeza afeitada con una kipa, tirar su ideologia fascista por la Torah y renunciar a la violencia y odio en favor de Di-s. “Yo aun lucho todos los dias por desechar mis ideas anteriores”, dijo Pawel, un judio ultra-ortodoxo de 33 años y ex conductor de camion, destacando con un poco de ironia que el tuvo que dejar de odiar a los judios para volverse uno de ellos.
“Cuando miro una vieja foto mia como skinhead, me siento avergonzado. Todos los dias intento y hago teshuva”, dijo, utilizando la palabra hebrea por arrepentimiento. “Cada minuto de cada dia. Hay mucho por hacer.”
Pawel, quien tambien usa su nombre hebreo Pinjas, pidio no usar su apellido por miedo que sus viejos amigos neonazis puedan atacarlo a el o su familia.
Pawel es quizas el ejemplo mas improbable de un renacer judio en curso en Polonia en el cual cientos de polacos, una mayoria de ellos criados como catolicos, estan o convirtiendose al Judaismo o descubriendo raices judias sumergidas por decadas luego de la IIª Guerra Mundial.
Antes de 1939, Polonia era hogar para mas de tres millones de judios; mas del 90% de ellos fueron asesinados por los nazis durante el Holocausto. Una mayoria de aquellos que sobrevivieron emigraron. De los menos de 50000 que permanecieron en Polonia, muchos o abandonaron o escondieron su Judaismo durante decadas de opresion comunista en la cual los pogroms politicos contra los judios persistian.
Pero Rabbi Michael Schudrich, el Rabino Jefe de Polonia, destaco que 20 años despues de la caida del Comunismo, estaba teniendo lugar un ajuste de cuentas historico estaba teniendo lugar. El dijo que la metamorfosis de Pawel ilustraba precisamente cuan lejos habia llegado el pais.
“Antes de 1989 habia un sentimiento que no era seguro decir ‘Soy judio,”’ dijo. “Pero hoy, hay un sentimiento cada vez mayor que los judios son un miembro perdido en Polonia.”
Cinco años atras, el rabino destaco, habia unas 250 familias en la comunidad judia en Varsovia; hoy hay 600. Durante ese periodo, la cantidad de rabinos en el pais ha crecido de uno a ocho. Los cafes y bares del viejo barrio judio en Cracovia estan llenos de jovenes judios conversos escuchando musica israeli hip hop. Incluso muchos sacerdotes han decidido volverse judios.
La transformacion de Pawel de skinhead catolico bautizado a judio comenzo en un barrio desapacible de bloques de torres de concreto en Varsovia en los años 1980s. Pawel dijo que el y sus amigos reaccionaban a la carcomiente uniformidad del socialismo adoptando el antisemitismo y una ideologia de extrema derecha. Ellos afeitaron sus cabezas, llevaban cuchillos, y se saludaban unos a otros con el brazo derecho levantado como el saludo nazi.
“Oi Vey, yo odio admitirlo, pero nosotros golpeabamos a los chicos judios y arabes locales y a gente sin techo,” dijo Pawel en la Sinagoga Nozyk aqui.. “Nosotros cantabamos acerca de cosas estupidas como Satan y matar gente. Creiamos que Polonia debia ser solo para los polacos.”
Un dia, el recordo, el y sus amigos se ratearon de la escuela y tomaron un tren a Auschwitz, el campo de muerte Nazi, cerca de Cracovia. “Nosotros hicimos bromas que deseabamos que la exhibicion hubiese sido mayor y que los nazis hubiesen matado incluso mas judios”, dijo.
El dice que sus padres energicamente catolicos, un maestro y un empresario, sospechaban que el era skinhead, pero esperaban que fuese solo una fase.
“Yo nunca fui atrapado o arrestado por lo que hice, entonces mis padres no se daban cuenta que las cosas iban tan mal”, dijo. “Pero ellos se preocupaban cuando yo llegaba a casa en la mañana herido y cubierto en sangre.”
Aun cuando Pawel adopto la vida de un neo-Nazi, dijo, el tenia palpitos que su identidad estaba construida sobre una mentira. Su padre que iba a la iglesia parecia demasiado aficionado a citar el Viejo Testamento. Su abuelo escondia secretos familiares del pasado.
“Una vez cuando yo dije a mi abuelo que los judios eran malos, el exploto y me grito, ‘Si alguna vez te escucho decir tal cosa nuevamente bajo mi techo, nunca regresaras!”’Pawel se unio al ejercito y se caso con una compañera skinhead a los 18 años. Pero su sentido de si mismo cambio irrevocablemente a los 22 años, cuando su esposa, Paulina, sospechando que ella tenia raices judias, fue a un instituto genealogico y descubrio a los abuelos maternos de Pawel en un registro de judios de Varsovia, junto con sus propios abuelos.
Cuando Pawel confronto a sus padres, el dijo, ellos se quebraron y le dijeron la verdad: que su abuela materna era judia y habia sobrevivido a la guerra siendo escondida en un monasterio por un grupo de monjas. Su abuelo paterno, tambien judio, tuvo siete hermanos y hermanas, la mayoria de los que habian perecido en el Holocausto.
“Yo fui a lo de mis padres y dije, ‘Que car…?’ Imagine, yo era un neo-Nazi y escuche estas noticias. Yo no pude mirarme al espejo por semanas. Fue una conmocion y aun es una conmocion para mi”, dijo. “Mis padres eran los retoños tipicos de sobrevivientes judios de la guerra, que decidieron ocultar su identidad judia para intentar proteger a su familia.”
Sacudido por el conocimiento de sus raices judias, Pawel dijo que el decidio ir a ver a Rabbi Schudrich, quien le dio una copia de la Biblia Hebrea.
“Yo pase semanas encerrado como una tortuga, cuestionando todo aquello en lo que habia creido. Yo tenia un sentimiento profundo dentro mio que eso era tan malo, que tenia que hacerlo, tenia que volverme judio. Cuando pregunte a un rabino ‘Por que me siento de esta manera?’, el contesto, ‘Las almas dormidas de tus ancestros estan llamandote.'”
Pawel dijo que su transformacion fue ardua, dispuesto a ser renacido. El dijo que se forzo a releer “Mein Kampf” pero no pudo llegar al final porque se sintio fisicamente con repulsion.
A los 24 años, el fue circuncidado. Dos años mas tarde, el decidio volverse judio ortodoxo. Su esposa comenzo a llevar un
sheitel, la peluca que las mujeres ortodoxas visten para mostrar modestia.
Hoy, ellos tienen dos hijos, a quienes estan criando en un hogar judio. Pawel esta tambien estudiando para volverse un
shojet, una persona encargada de matar animales de acuerdo a las leyes dietarias judias. “Soy bueno con los cuchillos”, explico.
Pawel dijo que el saboreaba el significado y disciplina que el Judaismo ultra-ortodoxo trajo a su vida. El reconocio que fue atraido a extremos. “Cuando hago algo, no voy a mitad de camino,” dijo. “Yo continuo luchando para despertarme para rezar todas las mañanas. Yo tengo que recordarme que si como carne, no puedo tomar leche con mi cafe debido a que no es kosher. Yo tengo que pensar antes de hacer cualquier cosa.”
Sus padres no adoptaron su Judaismo, pero el dijo que su madre a veces visitaba su hogar los viernes y encendia las velas de Shabbat. Cuando su padre murio el año pasado, Pawel fue al cementerio catolico y dijo kaddish, la plegaria de duelo judia, sobre su tumba.
Aunque Polonia ha pensado superar una historia de antisemitismo, cultivando fuertes vinculos con Israel, adoptando la musica klezmer y escritores idish como tesoros nacionales, y disculpandose por las transgresiones del pasado, Pawel destaco que el continuaba siendo tomado por blanco por los mismos antisemitas que una vez lo contaron entre sus filas.
El elogio una nueva receptividad general hacia el Judaismo por parte de la generacion joven de polacos, pero dijo que algunos tenian no obstante internalizado el odio de sus padres.
“Cuando la gente joven me ve en la calle con mi sombrero alto y peot a veces se rien de mi. Pero son las viejas damas quienes son las mas malvadas”, dijo. “A veces, ellos utilizan el lenguaje que yo usaba cuando era skinhead y dicen, ‘Vete y regresa a tu pais’ o ‘judio vete tu casa!’ Otros sienten el vacio dejado en Polonia por todos los judios que fueron asesinados y lo vienen y dicen, ‘shalom.”’
Sin importar cuales sean los desafios, Rabbi Schudrich dijo que la transformacion de Pawel ofrecia una historia de moralidad decididamente judia acerca de la posibilidad de cambio. “La leccion de la historia de Pawel es que uno no debe perder nunca la esperanza,” dijo. “Lo imposible solo lleva un poco mas de tiempo.”
FUente: The New York Times

Judíos sin bandera hasta que llegue el Mesías

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No hablan hebreo sino yidish, usan dólares en vez de shékels y compran pan en rebanadas porque no está subvencionado; son judíos, ultra ortodoxos y anti-sionistas, en el Estado de Israel.
“El pueblo judío no debería tener Estado ni Ejército”, declaró Yoel Krois, tímido en su oficina del barrio ultra-ortodoxo por excelencia de Jerusalén, Mea Shearim, donde la oración y la familia centran la existencia, la Torá es ley y las justificaciones son siempre teológicas.
“Para mí no cambiaría nada si todos los diputados fueran de Shas, el partido ultra-ortodoxo sefardí. El tema es que la ley judía prohíbe la creación del Estado antes que llegue el Mesías”, sentenció Krois.
Imposible saber cuántos israelíes piensan como él, ya que no se inscriben en el censo porque sería colaborar con un Estado cuya existencia rechazan y porque la tradición judía prohíbe contar personas.
Benjamin Brown, profesor de pensamiento judío en la Universidad Hebrea de Jerusalén, los cifra en “unas decenas de miles”, en su gran mayoría asquenazíes, originarios de Europa Central y Oriental, y defiende que no suponen amenaza alguna para el Estado al ser minoritarios incluso entre los ultra-ortodoxos, conocidos en hebreo como haredim, “temerosos” de Dios.
“Entre los haredim se ven tres actitudes ante la existencia del Estado de Israel. Hay un primer grupo que nunca se definiría como sionista, pero no lo es menos que cualquier otro ciudadano israelí; un segundo, mayoritario, que ve el Estado judío como algo temporal y, por último, los anti-sionistas”, distingue Brown.
Al igual que el resto de ultra-ortodoxos, estos últimos se financian principalmente de su muy demandada certificación kosher propia y de fondos provenientes del exterior, principalmente de judíos neoyorquinos.
“Rechazamos las ayudas estatales. Aceptar dinero del Estado es como aceptar un soborno. Pagamos impuestos porque no hay más remedio”, explica Krois.
También evitan hablar hebreo moderno, idioma oficial de Israel nacido a finales del siglo XIX, por tratarse de una lengua “impía”, a diferencia del “santo” hebreo del Antiguo Testamento o del yidish de los judíos asquenazíes, que emplean en sus hogares.
Los anti-sionistas boicotean a la compañía privada de autobuses Egged porque goza de subvenciones estatales y usan generadores de energía propios en shabat, para evitar que otro judío tuviera que vulnerar el día sagrado del judaísmo para arreglarlos.
La extrema dificultad de vivir en una suerte de mundo paralelo les ha obligado, sin embargo, a algunas concesiones.
“Usan la red de correos, aceptan la limpieza y el alumbrado público y, desde los setenta, el sistema de seguridad social. Si no, sería imposible”, matiza Brown.
Los radicales entre los radicales son Neturei Karta, y su portavoz, el rabino Meir Hirsh, insiste en que “el Estado de Israel no tiene derecho a hablar en nombre del pueblo judío ni a enviar a sus miembros a una guerra”.
“Nos está prohibido por la Torá ser parte de cualquier gobierno. Tendríamos que seguir en la diáspora y añorar Jerusalén. Nosotros somos los judíos auténticos”, señaló.
En los últimos meses, Neturei Karta ha vuelto a las páginas de los periódicos al participar en las protestas semanales por la apertura de un aparcamiento en shabat en Jerusalén, agravadas tras la detención de una madre ultra-ortodoxa sospechosa de provocar inanición a su hijo de tres años.
“Cuando no se cree en el sistema, cualquier cosa enciende una manifestación”, lamentó el también ultra-ortodoxo vicealcalde de Jerusalén, Itzhak Pindrus

Juan Pablo II y los “hermanos mayores”

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Ubiquémonos por un momento en una solemne sala del Vaticano. Allí el papa Juan Pablo II recibe a una de las más altas autoridades religiosas del judaísmo, el gran rabino del Estado de Israel, Meir Lau. La formal entrevista se lleva a cabo en fraternal marco y queda espacio para el relato anecdótico. Entonces el religioso judío narra al Sumo Pontífice un hecho acaecido hace largas décadas en una ciudad europea. Le cuenta que, luego de terminada la Segunda Guerra Mundial, una señora católica se dirigió al párroco de su pueblo, para hacerle una consulta. Ella tenía a su cuidado, desde los días de la guerra, a un pequeño, judío. Los padres de éste, desaparecidos en el trágico infierno de la masacre nazi, habían previsto para él un futuro en la tierra de Israel. La señora se encontraba ante una encrucijada y pedía al sacerdote católico un consejo. El párroco tuvo una pronta y comprensiva respuesta: “Se debe respetar la voluntad de los padres”. El citado niño judío fue enviado al entonces naciente Estado de Israel, donde se criaría y educaría.

La anécdota resultaba muy interesante para Karol Wojtyla. Y pasó a ser más conmovedora aún cuando el gran rabino le aclaró la identidad de aquellas personas:

“Usted, Eminencia, era ese párroco católico. Y ese niño huérfano… era yo”.

Los protagonistas de este diálogo volvieron a encontrarse numerosas veces, tanto en Jerusalem y en la sede del Gran Rabinato, y seguramente recordaron la anécdota