¿Por qué no hay pancartas en las universidades, ruidos en las calles, gritos en las rabias?
Alguien le preguntó al venerable presidente Shimon Peres qué opinaba de la nueva flotilla que dicen que se prepara contra Israel. Y con su templanza habitual, nos respondió a los periodistas que tuvimos la oportunidad de charlar con él: “¿Por qué envían flotillas? Hagan algo más fácil. Cojan el teléfono y pidan a los líderes de Hamás que acaben con el terrorismo. Verán qué fácil resulta todo a partir de entonces”.
No hubo tiempo de explicarle que algunos de estos libertadores de bolsillo no miran el conflicto con dos ojos, sino con la mirada tuerta de la ideología que superponen. Y esa ideología sólo sabe que el mundo es muy malo porque existe Israel, y que todo lo que palpita bajo la piel palestina -islamismo fanático y terrorismo incluidos- es muy bueno.
El maniqueísmo elevado a la categoría de método de análisis, la consigna elevada a la categoría de pensamiento y la propaganda prejuiciosa como corolario de la acción social.
Sobra decir, por supuesto, que este tipo de entidades siempre son más mimadas por el dinero público para “solidaridad” cuando se presentan como pro palestinas. Que vayan a buscar dinero de según qué gobiernos -“de izquierdas”- si lo suyo es Darfur o Ruanda o las víctimas del terrorismo fundamentalista, porque ni todas las causas interesan ni todas las víctimas conmueven.
Como tantas otras veces, no estamos

ante causas humanitarias, sino ante objetivos ideológicos. Pero tendremos tiempo de hablar cuando se perpetre la enésima acción de estos grupos que basan en el “contra Israel“ su única razón de ser.
El tema ahora se sitúa algo más cerca de Israel, aunque más lejos de las obsesiones políticas de algunos. Libia explota por los descosidos, las gentes mueren bajo las balas de la dictadura y en la sombra del mal aparece el viejo fantoche que subió al poder con la revolución socialista y acabó siendo el oligarca que financiaba grupos terroristas, enriquecía a los suyos y atormentaba a su pueblo. Su alargada maldad no movilizó la indignación de los indignados de siempre durante las décadas de su dictadura y no parece que tampoco ahora, que masacra a su albur, se movilicen los asfaltos.
¿Dónde están los flotilleros de otros mares y otros pueblos? ¿Por qué no aparecen las pancartas en las universidades, los ruidos en las calles, los gritos en las rabias? ¿Será que Israel no tiene la culpa de los muertos de Kadafi? ¿Será que cuando no huelen a perversos “sionistas” no saben por qué movilizarse? Ni me imagino el lío que tendríamos montado si hubiera un solo judío implicado. Siempre me llamará poderosamente la atención esta sangrante dualidad que levanta el dedo acusatorio contra este conflicto, con la misma pasión que eleva un beatífico silencio ante otros conflictos. Quizás un día de estos, entre flotilla y flotilla, se acuerden de los muertos libios. Será un fugaz pero bello momento.

A veces la política internacional llega a tal nivel de surrealismo que, si no fuera trágico, resultaría cómico. Por ejemplo, la noticia de ayer, según la cual la Asamblea General de las Naciones Unidas “ha acordado por unanimidad suspender a Libia como miembro del Consejo de Derechos Humanos de la ONU”. La resolución ha sido adoptada por consenso de los 192 países que integran la Asamblea General. Por supuesto, el secretario general Ban Ki Mun se ha felicitado por la decisión. ¡Fantástico! O sea, que resulta que después de 42 años de “líder de la revolución” –lo cual significa, en idioma del pueblo, pura dictadura–, después de haber financiado y aplaudido actos terroristas brutales, después de haber perseguido y masacrado a sus opositores y después de haber vampirizado la riqueza ingente de su país en favor de su familia, y de haber sometido a su gente a una también ingente pobreza, resulta que ahora la ONU se da cuenta de que no es muy amigo de los derechos humanos. ¡Guau! Es realmente para emocionarse.

Teniendo en cuenta que el tirano de esta magnífica dictadura de corte socializante, amiga de algunos irreductibles de la extrema izquierda –léase Chávez– y de la derecha extrema –léase Berlusconi–, había llegado a ser presidente de la Comisión de Derechos Humanos, nada resulta sorprendente. Recordemos algunos de susmomentos más exultantes de amor a dichos derechos fundamentales: atentado en la discoteca La Belle de Berlín, con un saldo de tres muertos y 229 heridos; apoyo a Abu Nidal, a quien los servicios de inteligencia norteamericanos atribuyeron más de 60 atentados, con decenas de muertos; implicación en el atentado de Lockerbie, donde murieron 259 personas; atentado contra el vuelo UTA 772, con la muerte de 170 personas… Y después, apoyo global al terrorismo, a la vez que oprimía sin miramientos a su propio pueblo. Esta especie de santa Teresa de Calcuta con jaima no sólo no fue expulsado del Consejo de Derechos Humanos, sino que llegó a ser el tipo que presidió las resoluciones sobre derechos humanos de la ONU. Y ¿alguien se sorprendió? ¿Hubo movimientos sísmicos en las conciencias del mundo? ¿Se dieron por sucias las resoluciones que él presidió? Por otro lado, ¿dónde está el problema si los miembros permanentes de este Consejo son paraísos de los derechos humanos como China, Arabia Saudí, Bahréin, Argelia, Azerbaiyán o Cuba? ¿Por qué expulsar a Gadafi si sólo es un aprendiz de tirano comparado con algunos de estos maestros? La respuesta es simple: no se le expulsa por ser un dictador con biografía macabra y miserable, sino porque está siendo derrotado. No se trata de derechos humanos, se trata de poder. Un dictador en el cargo es un amigo. Un dictador caído es un dictador. Realmente es de agradecer la seriedad con que la ONU trata tan sutil diferencia…

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