31 de Marzo, Fecha trascendental del Pueblo Judío

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El 31 de marzo del año 1492 es una fecha trascendental para el pueblo judío. Los Reyes católicos de Castilla y Aragón, Fernando VII e Isabel ¨ La Católica ¨ firman el Decreto de Expulsión de los judíos de Es paña, quienes podían elegir entre dos caminos muy difíciles: el destierro y la búsqueda de otros lugares donde se les permitiese vivir respetando su fe o convirtiéndose al catolicismo.
Muchos fueron los que optaron por la conversión manteniendo así en secreto su judaísmo, pero esto trajo como posterior consecuencia la implementacion de la tristemente celebre Santa Inquisición que se caracterizó por la total intolerancia y por la utilización de métodos violentos que iban desde la tortura hasta la hoguera, buscando la confesión de aquellos que judaizaban en secreto seguido de la confiscación de los bienes con lo cual los familiares quedaban en el desamparo y la ruina total.
Quedan miles de relatos como testimonios a lo largo de los siglos en que la inquisición persiguió despiadadamente a los judíos en los diferentes continentes. Las cifras no son claras porque muchos archivos con el transcurso del tiempo se perdieron o fueron destruidos intencionalmente, pero se estima que murieron en manos de la inquisición mas de 50.000 judíos cuyo único pecado fue tratar de preservar su fe y su identidad milenaria.
El efecto que tuvo la salida de los judíos de España fue la desaparición del judaísmo de la península y lo que quedo como vestigio fue la práctica del marranismo o de un judaísmo en secreto, que podía despertar la sospecha con las consiguientes delaciones, era obligatorio ocultar las identidades, todo debía ser secreto. Conociendo bien el judaísmo la primera generación, algo menos la segunda, la ausencia de libros, maestros y libertad fue generando un judaísmo muy peculiar, un judaísmo adaptado a la nueva realidad.
En el suelo ibérico donde permanecieron, los conversos que guardaron su identidad como pudieron, fueron social y políticamente discriminados. Trataron por todos los medios de mantener su identidad judía vivieron una doble vida; en la calle, católicos fervientes, y en el hogar, judíos aferrados a sus costumbres y a sus creencias.
Pese a la explícita prohibición, otros conversos lograron llegar a América, después de aquellos que viajaron con Colón. Hasta las costas de Lima y México los persiguió la inquisición y fueron acusados de Judaizar. Muchos millares huyeron al Tucumán y al Río de la Plata. Otros , los que vinieron de Portugal, vivieron sus desventuras en Brasil, entre la inquisición portuguesa y la permisividad holandesa.
Aquello que la Inquisición no pudo lograr durante siglos, pese a la saña con la que se persiguió a los judíos, lo ha hecho el paso del tiempo ya que en cada generación se iba diluyendo un poco mas los lazos ancestrales con sus orígenes pero hoy, en nuestras últimas décadas, muchos de los descendientes de estos Anusim están buscando la forma de retornar a sus raíces.
Se cree que unos 60 millones de los habitantes de Latino América son descendientes de los primeros judíos, de aquellos que llegaron buscando nuevos lugares para vivir en paz alrededor de su fe, son millones de personas que se vieron condenadas a no saber sus verdaderas raíces e identidad. Quienes lograron descubrir algo, sintieron quizás la indiferencia de las comunidades judías actuales por el desconocimiento y tal vez un poco por la desconfianza ante este fenómeno histórico.
El aprecio y orgullo que estas comunidades judías actuales muestran hacia estos ilustres Anusim del pasado contrasta de manera dramática con las dificultades que deben enfrentar sus descendientes cuando deciden llegar ante ellas para reclamar su herencia e identidad Judías. Cada año, un número nutrido de Anusim se acerca a las comunidades judías locales, en busca de respuestas a las preguntas que rondan el laberinto histórico de sus orígenes y su sangre. Algunos buscan ser aceptados plenamente, otros saben que para ser reconocidos deben optar por una conversión para retornar al Pueblo Judío. La mayoría, sin embargo, sólo están interesados en aprender algo más sobre judaísmo y al mismo tiempo, sobre sí mismos. El camino de vuelta a casa no es fácil, siempre plagado de espinas, ya que la mayoría de los Bnei Anusim que desean retornar encuentran generalmente muchos difíciles obstáculos que superar: escepticismo, interrogaciones despiadadas y en la mayoría de los casos el rechazo.
El Estado de Israel ha hecho hasta ahora, muy poco para mejorar las necesidades de los Bnei Anusim. La distancia de Israel hace estos esfuerzos aún más difíciles, especialmente cuando los caminos funcionan a través de esas mismas comunidades que están asustadas para recibir a estos recién llegados.
En Israel y en el Mundo, ciertas instituciones están tratando de ubicar y ayudar a los Bnei Anusim que han descubierto su pasado y buscan su retorno sincero; pero esto no basta, se requiere que sean los mismos Bnei Anusim quienes tomen la bandera de su lucha y exijan ser escuchados y apoyados en su justa y noble causa por recuperar su identidad.
Los B’nei Anusím, o sea, estos descendientes de los forzados, son un gigante dormido, listo para ser despertado a su verdadera herencia.
¡BIENVENIDOS A CASA!

Responsable de la noticia
Adolfo Mizrahi

Fuente: Tarbut Sefarad

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En ausencia de lo judío

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Si la pregunta fuese por qué no ha habido en la cultura española moderna un Einstein, un Freud o un Marx, la respuesta podría parecer pagada y sencilla: porque apenas quedaban judíos en estas tierras. Expulsados de golpe por el edicto de fines de marzo de 1492, apenas se ha producido, en cuatrocientos años, más que algún intento aislado de retorno. Sólo en la segunda mitad del siglo XX, las comunidades judías han ido recuperando, tímidamente, apenas un palmo del terreno perdido en la escena española. Los hechos son estos, o se podrían enunciar así, pero naturalmente nuestra obligación es la de mirar las cosas un poco más de cerca.
Julio Caro Baroja, en su desigual historia de Los judíos en la España moderna y contemporánea, cuenta la anécdota de un miembro de la familia Rothschild, aficionado a las bellas artes, que viajaba de incógnito por España y que, en una iglesia perdida, ante una virgen milagrosa, preguntó al viejo sacristán que le acompañaba por la clase de milagros que se le atribuían a la venerada imagen. “Llora cuando ve a un judío”. El visitante se queda mudo, pero espera un rato delante, para ver qué pasa. Al cabo de un tiempo, no puede por menos que expresar que se trata de otro embuste, que él es judío y que la imagen no ha derramado ni media lágrima. “Sí –susurra el guía–, pero por favor no lo repitáis, que yo también lo soy”.
A la hora de valorar el hecho de que la literatura española contemporánea (y la cultura en general) haya quedado al margen de la riquísima tradición hebraica, la anécdota, seguramente apócrifa, cobra nuevos significados, a los que intentaré llegar al final de estas líneas.
Resulta evidente que lo hebraico ha protagonizado, directa o indirectamente, la más alta literatura del siglo XX. Si hubiera que establecer un canon con las cien, diez, cinco, novelas más logradas del siglo XX, la única coincidencia segura se produciría en esa trinidad, la cima de dicha elección imaginaria, conformada por A la búsqueda del tiempo perdido, Ulises y cualquiera de las narraciones, geniales e intercambiables, de Franz Kafka.
Las parábolas del escriba de Praga hunden sus raíces en el judaísmo. Pero, y no es tan sabido, las obras de Proust y Joyce se vuelven ininteligibles sin esa conexión hebraica. Joyce descubre en Trieste, de la mano de Italo Svevo, la riqueza y universalidad del mundo de los judíos. El judaísmo es uno de los grandes temas de la segunda parte de la vida de Joyce, y muy especialmente de Ulises, cuyo protagonista es Leopoldo Bloom, hijo de un judío húngaro, y alter ego del artista dublinés, ya no precisamente adolescente.
Como señaló Svevo, su mentor triestino, “lo que da unidadal libro es que, al final de la jornada en que consiste temporalmente la novela, el docto Dedalus llega a sentir al judío Bloom como padre suyo”. Afirmación todo lo discutible que se quiera, pero que tiene el acierto de dirigir la flecha en el sentido predeterminado por el propio Joyce. Otra vez estamos ante la dialéctica mosaica y freudiana del parricidio. Como en Kafka. Y como en Proust, donde la muerte del padre se convierte, por medio del judío Swann, cuya vereda nunca abandonará Marcel, en la sustitución del padre. De la relación del Proust de À la recherche con el mundo hebraico, poco se puede añadir a lo señalado acertadamente por Juliette Hassine en dos monografías tituladas Esoterismo y escritura en la obra de Proust (1990), y la posterior y definitiva Marranismo y hebraísmo en la obra de Proust (1994).
El peso de la cultura judía en la cultura occidental del siglo pasado, y en especial en el ámbito literario, es deslumbrante. Y, ¿qué ha ocurrido en España? ¿Ha sido por completo ajena a esta extraordinaria ráfaga de luz? Creo que a esa pregunta se pueden dar dos clases de respuestas. Una, inmediata, que tendría que afirmar que sí, que España ha quedado, una vez más, al margen de lo mejor de la historia humana. Sería interesante analizar la importancia decisiva que esto tiene en el desarrollo del casticismo hispano.
Pensemos en la generación del noventa y ocho. Baroja fue antisemita (en realidad fue antitodo). Azorín mostró una indiferencia pasmosa ante todo lo que tenía que ver con el mundo hebraico, lo que para mí constituye un gran enigma pendiente de resolver. ¿Y Ortega? Ortega, como siempre, es más complicado. No es el lugar para abordar el asunto, pero voy a apuntar algo que siempre he pensado al releer su insoslayable ensayo titulado Dios a la vista. Se trata de un texto que habría que poner en conexión, también, con la interpretación que hace el filósofo de las consecuencias de la teoría de la relatividad einsteniana (en El sentido histórico de las ideas de Einstein). Y lo que se saca de esa especulación tiene bastante que ver con la noción de mesianismo judío, tal y como la explica Gershom Scholem al final de sus Conceptos básicos del judaísmo (Trotta, 1998). La idea orteguiana, según la cual hay un Dios laico, profano, que está antes y mucho más allá de la religión positiva, y que se sitúa a la vista, es decir, que no se puede tocar y manipular, pero que está en el horizonte abierto e inalcanzable del hombre libre, tiene que ver directamente con el vivir en la irrealidad necesaria de la esperanza de algo por definición inalcanzable.
Este es para mí el eje de un segundo tipo de respuesta, que naturalmente apunta a lo esencial. Nosotros no hemos dado a luz a ninguno de los Roth, ni a Elsa Morante ni a Clarice Lispector, ni a Walter Benjamin ni a Canetti, ni a Mandelstam, ni tampoco a Joseph Brodsky. Cierto. Pero finalmente los hemos leído a fondo y, en algunos casos, hasta los hemos asimilado. Evidentemente, eso ha sido así a ambos lados del Atlántico. ¿Es que se puede entender, pongamos por caso, el Diario íntimo de Emilio Prados, o Muerte sin fin, de José Gorostiza, sin la huella hebraica o sin sus imágenes? ¿Se puede entender a Borges, lo que para este significa la escritura, el sistema de signos que rige el mundo, al margen de la tradición judía? ¿Se puede entender a Zambrano sin Spinoza? ¿Y a Valente sin Celan o sin Edmond Jabès? ¿Acaso la metaliteratura de Enrique Vila-Matas significa algo al margen de Kafka?
Cada una de estas preguntas necesitaría un largo desarrollo, innumerables matices y profundizaciones. No es este el lugar por acogedor que resulte. Pero todas ellas apuntan, de un modo u otro, a aquello que dejó escrito Marina Tsevietáeva: “Los poetas somos judíos”.
Este dictum pertenece al Poema sin fin, en concreto a los últimos versos del poema duodécimo. La proposición completa es la siguiente: “Si es este/un mundo cristiano, los poetas somos judíos”. Qué difícil de interpretar, comenzando por ese si condicional con el que arranca el verso. Yo me quedo con el hecho de que cristianismo y judaísmo estén puestos en relación, aunque se refiera en este caso a una relación de antagonismo. Se trata de la manía insensata que hizo que los judíos fueran expulsados de España, y del resto de los incipientes estados- nación, en pleno Renacimiento. La injusticia que les convirtió, de nuevo, en exiliados que se refugiaban en la ley escrita en los rollos de la Torá y en el abismo de sus corazones de carne. También fue el caso de muchos conversos, marranos o no, protagonistas de un exilio interior, consciente o inconsciente. La raíz estaba plantada, en lo más hondo de la misma condición de cristianos, o de miembros de una cultura de raíz bíblica. Como el sacristán de la anécdota, al que le cuesta reconocer su condición, dentro de cada español hay, lo sepa, lo ignore, o lo rechace, semillas fecundas de un judaísmo que se transforma y vivifica ante cualquier intento de creatividad.

Fuente: La Vanguardia, suplemento Culturas